—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Extraviados

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Un enlace, menos para ampliar este tema que para dejar constancia en algún sitio del descubrimiento de TED

Yo soy de los que aceptan la farsa de Lost porque me gusta esta alegoría de la vida, misteriosa, incomprensible, a veces grotesca, a veces absurda, a veces innecesariamente enrevesada (por falta de comunicación cuando no por lastres vivenciales). Los episodios tienen un ritmo interior; y estando inmersa en él, Shere, tu debilidad aparece por sorpresa: el enamoramiento irracional de un fragmento musical que te atrapa (enrededada con algunas nuevas y fugaces, como esa voz).



Planos cortos de ocho personas (más la novena, seguramente, porque es mágica) de las cuales sabemos, porque ya lo hemos visto, que en el siguiente episodio estarán fuera de la isla, lo que en esta historia equivale a decir fuera del mundo o del universo conocido, pero que en este clímax al que la música acompaña tan bien, un poco discordante, un poco distorsionada, se encuentran enfermos, o secuestrados, o a punto de recibir algo parecido a una reivindicación, o caminando hacia la boca del lobo, o saliendo de ella pero con responsabilidades inesperadas entre los brazos y dejando atrás a seres amados, y en general inmersos en vicisitudes y sordideces que no hacen sospechar el final de temporada, supuestamente feliz para seis de ellos, del siguiente episodio, a sólo unas cuantas horas de distancia.

Como la vida misma, aunque tendamos a olvidarlo, o más bien aunque seamos incapaces de darnos cuenta porque siempre la vemos, la vida, desde la perspectiva limitada de un presente en el que sólo disponemos de flashbacks para manejarlo. Pero si pudiéramos emplear flashforwards, ¿quién nos garantiza que no desearíamos quedarnos anclados en nuestra isla/presente para siempre?

¡Juá!

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Lo aprendiste todo, Ignatius, todo, salvo cómo debe comportarse un ser humano.

La conjura de los necios (A Confederacy of Dunces), de John Kennedy Toole, escrito en los años 60, publicado en 1980, Ed. Anagrama, trad. de J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez


Opiniones he visto por ahí que dicen que Ignatius Reilly, inteligente y profundamente cultivado pero sobre todo sucio, mentiroso, manipulador, perezoso, reprimido, egocéntrico, despótico, plañidero e incapaz de conexión empática con nadie, es entrañable. Casi siempre se le da a la palabra un significado parecido a "que produce ternura", pero aquí ni éste ni el ortodoxo encajan.

Puede que sea la costumbre de poner adjetivos uno detrás de otro sin pararse a pensarlos. Puede.

Bajo mi limitado punto de vista, Toole sólo salva de la quema de su sarcasmo a Burma Jones, aunque reclame el derecho a tener un acondicionadó de aire y un televisor en coló. O a lo mejor precisamente por eso.

Subdivisiones

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¿Alguna vez han intentado concentrarse en hacer algo difícil con una multitud de gente mirando? O peor, con una multitud de espectadores que expresan en voz alta su esperanza de que falles para que su favorito te pueda ganar. En los partidos de bajo nivel que yo disputé como juvenil, ante públicos que casi nunca alcanzaban las tres cifras, yo estaba que apenas me podía controlar el esfínter. Me volvía loco a mí mismo: «...Pero ¿y si ahora hago una doble falta y dejo que el otro me rompa el servicio con toda esta gente mirando...? No pienses en ello... Sí, pero es que si estoy no pensando en ello de forma consciente, entonces, ¿acaso una parte de mí no tiene que pensar en ello a fin de que yo recuerde qué es lo que se supone que no tengo que pensar...? Cállate, deja de pensar en ello y sirve la maldita pelota... pero ¿cómo puedo estar hablando conmigo mismo sobre no pensar en ello a menos que siga siendo consciente de qué es eso en lo que no estoy pensando?», etcétera. Me quedaba dividido, paralizado.

[...]

¿Cómo pueden los grandes atletas hacer callar esa voz del yo tan parecida a la voz de Yago? ¿Cómo pueden dejar de lado la cabeza y limitarse a actuar de forma soberbia? ¿Cómo pueden, en el momento crítico, invocar para sí mismos un tópico tan trillado como «Mirar la pelota que tienes delante» o «Tengo que concentrarme en esto», y pensarlo en serio, y encima hacerlo? Tal vez sea porque, en el caso de los atletas de élite, los tópicos no se presentan como algo trillado sino meramente como algo verdadero, o tal vez ni siquiera como expresiones declarativas provistas de cualidades como la profundidad o el hecho de ser trillados o la falsedad o la verdad, sino como simples imperativos que pueden ser útiles o no, y que si lo son, deben ser invocados y obedecidos y no hay más que hablar.

¿Y si, cuando Tracy Austin escribe que después de su accidente de tráfico en 1989, «Acepté enseguida que no podía hacer nada al respecto», la declaración no es solo cierta sino que describe de forma exhaustiva todo el proceso de aceptación por el que pasó? ¿Acaso una persona es estúpida o banal solamente porque sea capaz de decirse a sí misma que no puede hacer nada al respecto de algo malo, así que lo mejor será que lo acepte, y por tanto va y se limita a aceptarlo sin más conflicto interior? ¿O bien esa persona es tal vez alguien con una sabiduría y profundidad natas, y está iluminada de esa forma infantil en que lo están ciertos santos y monjes?

Ese es, para mí, el verdadero misterio: la cuestión de si una persona así es idiota o mística o ambas cosas o ninguna.


Cómo Tracy Austin me rompió el corazón, de David Foster Wallace, 1994, publicado en Hablemos de langostas (Consider the Lobster), 2006, Mondadori, trad. de Javier Calvo

Humanidad

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El hecho de haber visto las caras de esos desconocidos en pleno orgasmo: la más desprevenida y puramente neural de todas las expresiones, esa que es tan vulnerable que durante siglos básicamente tenías que casarte con alguien para dejar que ese alguien la viera (14).

Nota al pie 14. El señor Harold Hecuba, cuyo trabajo en su revista implica reseñar docenas de títulos pornográficos todos los meses, tiene una interesante viñeta sobre un detective de la policía de Los Ángeles al que conoció una vez cuando alguien le abrió el coche y le robó una caja entera de cintas de vídeo de Elegant Angel Inc. (la caja llevaba el nombre y la dirección del trabajo de H.H.), que después la policía recuperó. Un detective fue a devolverle la caja en persona a Hecuba, un gesto que H.H. recordaba haber pensado que resultaba inusualmente considerado y comprometido hasta que salió a la luz que el detective únciamente había usado la devolución de la caja como excusa para conocer a Hecuba, cuyo trabajo crítico parecía conocer, y para conversar sobre los tejemanejes de la industria del vídeo para adultos. Resultó que aquel detective -que tenía sesenta años, estaba felizmente casado era abuelo, tímido, educado y obviamente un tipo decente- también era un fan acérrimo del porno. Él y Hecuba terminaron tomando café, y cuando H.H. por fin carraspeó y le preguntó al poli por qué un tipo que era tan obviamente decente y estaba claramente del lado de la ley y de las virtudes cívicas era fan del porno, el detective confesó que lo que le atraía de las películas eran «las caras», es decir, las caras de las actrices, es decir, aquellos momentos de orgasmo o de ternura accidental en que las actrices dejaban de lado sus muecas burlonas de «fóllame, soy una niña mala» y de pronto se convertían en gente de verdad. «A veces, y nunca sabes cuándo, es lo que tiene... a veces de golpe se revelan a sí mismas», fue la explicación del detective. «Su... cómo se llama eso... humanidad.» Resultaba que al detective de la policía de Los Ángeles las películas para adultos le resultaban conmovedoras, de hecho mucho más que la mayoría de las películas convencionales de Hollywood, en las cuales los actores -a veces actores con mucho talento- se dedican a intentar fingir una humanidad genuina, es decir: «En las películas normales, todo es intencionado. Supongo que lo que me gusta del porno es que ahí pasa de forma accidental».

La explicación del detective de Hecuba resulta intrigante, por lo menos para estos enviados especiales, porque ayuda a explicar parte del atractivo del porno duro, películas que se supone que son «desnudas» y «explícitas» pero que en realidad contienen material filmado que se cuenta entre el más distante y opaco que se puede encontrar. Una gran parte de la naturaleza fría, muerta y mecánica de las películas para adultos es atribuible en realidad a las caras de los actores y actrices. Se trata de caras que suelen parecer aburridas o inexpresivas o profesionales, pero que en realidad están simplemente escondidas, el yo permanece encerrado en algún lugar lejano muy por detrás de los ojos. Seguramente ese naturaleza escondida es la forma que un ser humano que está revelando las partes más íntimas de sí mismo tiene de preservar cierto sentido de la dignidad y la autonomía: negarnos toda expresión verdadera. (Se puede apreciar esta mirada aburrida, dura y muerta en las bailarinas de striptease, prostitutas e intérpretes de pornografía de todos los lugares y géneros.)

Pero también es cierto que de vez en cuando en las escenas de porno duro aparece el yo escondido. Viene a ser lo contrario de actuar. Se puede ver cómo toda la cara del actor o actriz porno cambia cuando la conciencia de uno mismo (en la mayoría de las mujeres) o la inexpresividad desquiciada (en la mayoría de los hombres) ceden el paso a un placer erótico sentido de forma genuina hacia lo que está pasando; los suspiros y gemidos dejan de ser automáticos para volverse expresivos. Solamente pasa de vez en cuando, pero el detective tiene razón: el efecto en el espectador es eléctrico. Y los actores y actrices que pueden hacer esto con frecuencia -permitirse sentir y disfrutar de lo que está sucediendo, con o sin cámaras- se vuelven estrellas enormes y legendarias. En los años ochenta lo podían hacer Ginger Lynn y Keisha, y ahora a veces pueden Jill Kelly y Rocco Siffredi. Jenna Jameson y T.T. Boy no pueden. Siguen siendo nada más que cuerpos.


Gran hijo rojo, de David Foster Wallace, 1998, publicado en Hablemos de langostas (Consider the Lobster), 2006, Mondadori, trad. de Javier Calvo

Retiro de lluvia

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Cuando es diciembre, puente y ha llovido, al Retiro acuden las personas juiciosas. Al atravesar una entrada lateral sin perros, bicicletas ni corredores se tiene la impresión de que se disfrutará del raro milagro de un Retiro solitario; los zapatos se embarran y hasta el libro que se lleva en la bolsa se acomoda al aspecto de las cosas, porque es diciembre, puente y ha llovido, y los árboles están desnudos pero cargados de agua, las nubes grises han bajado hasta casi tocar las ramas ateridas y hay un aire como vintage en el ambiente. Entonces se llega al Paseo de Coches y aparece la gente, pero no los patinadores todo fibra, músculo y empuje, no los ciclistas que sortean a los caminantes, tampoco los alborotadores que jaranean sin gracia, sino los solitarios que caminan pausadamente con las manos en los bolsillos y el paraguas colgando del brazo, las familias tranquilas que pasean apacibles, una chica y una niña que bailan a saltos allá adelante. Y llueven hojas secas sobre todos nosotros. Las nubes grises están muy cerca.

A lo lejos reina el alto carrusel, tras una pequeña bajada y una pequeña subida que durante la Feria del Libro es casi imperceptible pero que el carrusel en perspectiva al fondo ayuda a calibrar. Árboles, ramas y asfalto, puntos de fuga dirigiéndose hacia su carpa granate que combina de muerte con el gris de las nubes. O sea. Carpa altísima y muda que va adquiriendo sonidos según uno se acerca, como el inicio de E la nave va, poco a poco, los sonidos contenidos y expectantes de niños y mayores encaramados a las atracciones de hierro, muy vintage todo, muy vintage, suena un beeeeeerp átono pero lleno de vida y el mecanismo se pone en movimiento, los niños pedalean, los adultos manipulan palancas, el toro gigante da vueltas y asciende hasta una altura de vértigo, los saltamontes hacen oscilar sus vientres de arriba abajo, y el mecanismo nos deja oír su voz engrasada.

Mucho más adelante, el ángel sigue cayendo, esta vez ante el fondo de un cielo que es más apropiado para su desdicha. Entonces se viene a la cabeza el recuerdo de una mañana de verano, en la que tuve varios encuentros con ellos. Iban en grupos de tres, impecablemente vestidos, con corbata, camisa de manga corta de un blanco nuclear, pantalones oscuros de raya esculpida, zapatos relucientes, pelo cortado al rape, libros negros en la mano: El libro... no se pudo leer más que el inicio del título. Hablaban inglés entre ellos.

Una de las trinidades caminaba por la vía del este directamente hacia el Ángel Caído, pero fueron atraídos por la rosaleda y se internaron en su aroma.

En la vía del oeste, la segunda trinidad hablaba con una pareja joven, llevando el libro hacia su pecho a modo de escudo para su recato. Cuando iban a seguir su camino rumbo al Ángel, torcieron en cambio a la izquierda por un camino de tierra y se perdieron entre los árboles.

El último grupo de tres caminaba reciamente por la vía norte procedente del lago. Iban por el centro, derechos y seguros. Pero aun sin vigilar en qué quedó la cosa, apostaría a que no llegaron a la escultura. Sonreí al sentir cómo mi imaginación alzaba el vuelo y, desde una vista panorámica en picado, veía el Parque lleno de tríadas orbitando alrededor del Ángel Caído, sin llegar jamás a él.

Un perro

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Hay libros que se abren con avidez y otros que requieren una cierta ceremonia: libros que se buscan despacio, que se encuentran de pronto, libros incluso con los que uno se cruzó meses atrás y el dilema de comprar o no comprar se decantó provisionalmente por la segunda opción hasta que una opinión fiable descubierta por los pelos la acerca de nuevo a la primera fila de nuestro interés. Y entonces, como ya se ha dicho, se buscan despacio, se encuentran de pronto, se pagan con ganas, se llevan con morosidad a dar un paseo por el Retiro, y uno espera el momento adecuado para abrirlo porque no vale cualquier luz ni cualquier ruido ambiental para propiciar el descubrimiento.

Un perro en el grabado de Durero titulado "El caballero, la Muerte y el Diablo", con relato de Marco Denevi e ilustraciones de Max (Ed. Media Vaca), necesita unas cortinas conteniendo a medias la oscuridad de la noche (pero sin perderla de vista), la luz matizada de una lámpara y que el vecino se haya ido por el momento con su música a otra parte. Se huele primero, antes de nada. Se abre. Y poco a poco se descubre que el libro está ideado de tal forma que origina una mecánica de disfrute: aparecen primero las ilustraciones de Max, todas a la vez, ilustraciones que no se entienden pero que cautivan; el rey desnudo de rodillas ante una puerta; el viejo desnudo acuclillado en la nieve; la armadura rellena de paja; el perro desorientado oliendo a la Muerte. Llega después el relato de Denevi de un solo golpe, con un solo punto, la historia de un caballero volviendo de una guerra, no importa cuál porque no es más que la parte de un todo llamado Guerra delineado por horrores cuyas implicaciones se despliegan en espirales microscópicas y macroscópicas. Al terminar de leerlo hay que volver a las ilustraciones para entender su significado. Y al contemplar las ilustraciones por segunda vez hay que regresar al relato para ubicarlas definitivamente en su contexto. Cuando uno quiere darse cuenta ha repasado ya tres o cuatro veces el cuadernillo prodigioso con placer medieval y eterno.

Vale lo que cuesta, y da lo que no se espera.

Y con aquel beso se despertó

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Cuando ya habíamos cogido el ritmo, de repente en no sé qué noche se coló el relato de la Bella Durmiente.

Lamento enormemente el tsunami asociado.

Lamento hasta el dolor los Shahriars que desaparecieron entre tanto; fraga y orión.

Pero tú, el literario, sigues aquí. Si en algún momento llega a merecerlo, ilustraré tu alcoba pintando tan sólo unos labios femeninos entreabiertos en primer plano y, en segundo, unos ojos masculinos concentrados, aún no sé si mirando atentamente esos labios, o si con la mirada perdida en la llama de la vela y la imaginación absorta en las palabras de la cuentista. De momento la ilustración de Nielsen seguirá acompañando, casi dos años después.