—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Un perro

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Hay libros que se abren con avidez y otros que requieren una cierta ceremonia: libros que se buscan despacio, que se encuentran de pronto, libros incluso con los que uno se cruzó meses atrás y el dilema de comprar o no comprar se decantó provisionalmente por la segunda opción hasta que una opinión fiable descubierta por los pelos la acerca de nuevo a la primera fila de nuestro interés. Y entonces, como ya se ha dicho, se buscan despacio, se encuentran de pronto, se pagan con ganas, se llevan con morosidad a dar un paseo por el Retiro, y uno espera el momento adecuado para abrirlo porque no vale cualquier luz ni cualquier ruido ambiental para propiciar el descubrimiento.

Un perro en el grabado de Durero titulado "El caballero, la Muerte y el Diablo", con relato de Marco Denevi e ilustraciones de Max (Ed. Media Vaca), necesita unas cortinas conteniendo a medias la oscuridad de la noche (pero sin perderla de vista), la luz matizada de una lámpara y que el vecino se haya ido por el momento con su música a otra parte. Se huele primero, antes de nada. Se abre. Y poco a poco se descubre que el libro está ideado de tal forma que origina una mecánica de disfrute: aparecen primero las ilustraciones de Max, todas a la vez, ilustraciones que no se entienden pero que cautivan; el rey desnudo de rodillas ante una puerta; el viejo desnudo acuclillado en la nieve; la armadura rellena de paja; el perro desorientado oliendo a la Muerte. Llega después el relato de Denevi de un solo golpe, con un solo punto, la historia de un caballero volviendo de una guerra, no importa cuál porque no es más que la parte de un todo llamado Guerra delineado por horrores cuyas implicaciones se despliegan en espirales microscópicas y macroscópicas. Al terminar de leerlo hay que volver a las ilustraciones para entender su significado. Y al contemplar las ilustraciones por segunda vez hay que regresar al relato para ubicarlas definitivamente en su contexto. Cuando uno quiere darse cuenta ha repasado ya tres o cuatro veces el cuadernillo prodigioso con placer medieval y eterno.

Vale lo que cuesta, y da lo que no se espera.