—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Retiro de lluvia

+ Sin comentarios
Cuando es diciembre, puente y ha llovido, al Retiro acuden las personas juiciosas. Al atravesar una entrada lateral sin perros, bicicletas ni corredores se tiene la impresión de que se disfrutará del raro milagro de un Retiro solitario; los zapatos se embarran y hasta el libro que se lleva en la bolsa se acomoda al aspecto de las cosas, porque es diciembre, puente y ha llovido, y los árboles están desnudos pero cargados de agua, las nubes grises han bajado hasta casi tocar las ramas ateridas y hay un aire como vintage en el ambiente. Entonces se llega al Paseo de Coches y aparece la gente, pero no los patinadores todo fibra, músculo y empuje, no los ciclistas que sortean a los caminantes, tampoco los alborotadores que jaranean sin gracia, sino los solitarios que caminan pausadamente con las manos en los bolsillos y el paraguas colgando del brazo, las familias tranquilas que pasean apacibles, una chica y una niña que bailan a saltos allá adelante. Y llueven hojas secas sobre todos nosotros. Las nubes grises están muy cerca.

A lo lejos reina el alto carrusel, tras una pequeña bajada y una pequeña subida que durante la Feria del Libro es casi imperceptible pero que el carrusel en perspectiva al fondo ayuda a calibrar. Árboles, ramas y asfalto, puntos de fuga dirigiéndose hacia su carpa granate que combina de muerte con el gris de las nubes. O sea. Carpa altísima y muda que va adquiriendo sonidos según uno se acerca, como el inicio de E la nave va, poco a poco, los sonidos contenidos y expectantes de niños y mayores encaramados a las atracciones de hierro, muy vintage todo, muy vintage, suena un beeeeeerp átono pero lleno de vida y el mecanismo se pone en movimiento, los niños pedalean, los adultos manipulan palancas, el toro gigante da vueltas y asciende hasta una altura de vértigo, los saltamontes hacen oscilar sus vientres de arriba abajo, y el mecanismo nos deja oír su voz engrasada.

Mucho más adelante, el ángel sigue cayendo, esta vez ante el fondo de un cielo que es más apropiado para su desdicha. Entonces se viene a la cabeza el recuerdo de una mañana de verano, en la que tuve varios encuentros con ellos. Iban en grupos de tres, impecablemente vestidos, con corbata, camisa de manga corta de un blanco nuclear, pantalones oscuros de raya esculpida, zapatos relucientes, pelo cortado al rape, libros negros en la mano: El libro... no se pudo leer más que el inicio del título. Hablaban inglés entre ellos.

Una de las trinidades caminaba por la vía del este directamente hacia el Ángel Caído, pero fueron atraídos por la rosaleda y se internaron en su aroma.

En la vía del oeste, la segunda trinidad hablaba con una pareja joven, llevando el libro hacia su pecho a modo de escudo para su recato. Cuando iban a seguir su camino rumbo al Ángel, torcieron en cambio a la izquierda por un camino de tierra y se perdieron entre los árboles.

El último grupo de tres caminaba reciamente por la vía norte procedente del lago. Iban por el centro, derechos y seguros. Pero aun sin vigilar en qué quedó la cosa, apostaría a que no llegaron a la escultura. Sonreí al sentir cómo mi imaginación alzaba el vuelo y, desde una vista panorámica en picado, veía el Parque lleno de tríadas orbitando alrededor del Ángel Caído, sin llegar jamás a él.