—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Subdivisiones

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¿Alguna vez han intentado concentrarse en hacer algo difícil con una multitud de gente mirando? O peor, con una multitud de espectadores que expresan en voz alta su esperanza de que falles para que su favorito te pueda ganar. En los partidos de bajo nivel que yo disputé como juvenil, ante públicos que casi nunca alcanzaban las tres cifras, yo estaba que apenas me podía controlar el esfínter. Me volvía loco a mí mismo: «...Pero ¿y si ahora hago una doble falta y dejo que el otro me rompa el servicio con toda esta gente mirando...? No pienses en ello... Sí, pero es que si estoy no pensando en ello de forma consciente, entonces, ¿acaso una parte de mí no tiene que pensar en ello a fin de que yo recuerde qué es lo que se supone que no tengo que pensar...? Cállate, deja de pensar en ello y sirve la maldita pelota... pero ¿cómo puedo estar hablando conmigo mismo sobre no pensar en ello a menos que siga siendo consciente de qué es eso en lo que no estoy pensando?», etcétera. Me quedaba dividido, paralizado.

[...]

¿Cómo pueden los grandes atletas hacer callar esa voz del yo tan parecida a la voz de Yago? ¿Cómo pueden dejar de lado la cabeza y limitarse a actuar de forma soberbia? ¿Cómo pueden, en el momento crítico, invocar para sí mismos un tópico tan trillado como «Mirar la pelota que tienes delante» o «Tengo que concentrarme en esto», y pensarlo en serio, y encima hacerlo? Tal vez sea porque, en el caso de los atletas de élite, los tópicos no se presentan como algo trillado sino meramente como algo verdadero, o tal vez ni siquiera como expresiones declarativas provistas de cualidades como la profundidad o el hecho de ser trillados o la falsedad o la verdad, sino como simples imperativos que pueden ser útiles o no, y que si lo son, deben ser invocados y obedecidos y no hay más que hablar.

¿Y si, cuando Tracy Austin escribe que después de su accidente de tráfico en 1989, «Acepté enseguida que no podía hacer nada al respecto», la declaración no es solo cierta sino que describe de forma exhaustiva todo el proceso de aceptación por el que pasó? ¿Acaso una persona es estúpida o banal solamente porque sea capaz de decirse a sí misma que no puede hacer nada al respecto de algo malo, así que lo mejor será que lo acepte, y por tanto va y se limita a aceptarlo sin más conflicto interior? ¿O bien esa persona es tal vez alguien con una sabiduría y profundidad natas, y está iluminada de esa forma infantil en que lo están ciertos santos y monjes?

Ese es, para mí, el verdadero misterio: la cuestión de si una persona así es idiota o mística o ambas cosas o ninguna.


Cómo Tracy Austin me rompió el corazón, de David Foster Wallace, 1994, publicado en Hablemos de langostas (Consider the Lobster), 2006, Mondadori, trad. de Javier Calvo