—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Esteta

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El vídeo me conquista, y esta conquista me disgusta por lo que tiene de manipulada y porque apela a una emocionalidad tramposa, inducida.

Me pregunto si volverá a darse esa espontaneidad incondicionada en una revolución, la que no mide el futuro impacto mediático de sus movimientos. Hoy, cualquier temeridad se realiza con la consciencia plena de las cámaras que le apuntan a uno a la espalda. Sabiendo que mañana los informativos arrancarán con tu imagen, que los periódicos de medio mundo hablarán de ti, seas una sola persona o una multitud indignada, y que siempre habrá un apologista que, con música especialmente seleccionada, hará de tu historia una película con la que el espectador de la realidad pueda experimentar masificadas elevaciones del espíritu.

No estás solo: la Sociedad de la Información, que es decir el mundo, está pendiente de ti.

Otro:
Desde el minuto 8:10: http://www.youtube.com/watch?v=fhWQ_VIh8sE

Varios periodistas filmaban desde el hotel, pero quienes corrían no lo sabían. No eran actores semi-conscientes de los que, repito, calculan el futuro impacto mediático de sus actos, sino padres que habían ido a buscar a sus hijos.

Hoy, en cambio, todo somos conscientes de los medios, ese gran dios voraz que todo lo ve y que por fin se manifestó en la Tierra para condicionar

a) nuestro conocimiento del mundo, y
b) la forma en la que el mundo reacciona a sí mismo.

La superioridad del sumiso

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Leo que a Portero de noche se la criticó en su día por varios motivos, y que uno de ellos fue presentar de modo favorable al oficial de las SS, luego portero en el hotel de los cubiles. No veo esa intención de simpatía por ninguna parte.

La insania de estos dos personajes es respuesta natural al horror. No hay demagogia, no hay bondad ni maldad, no hay heroísmo ni cobardía en la reclusión, ni grandeza o miseria en la sumisión. Hay reacciones, entendibles o no según la psicología de cada espectador, de dos personas que tienen la suficiente humanidad como para no haber sido capaces de moverse con completitud humana por el tropiezo más macabro de la Historia, ni de salir indemnes de él. En la escena del reencuentro por los suelos de la habitación, se siente en el corazón el vacío de la desesperación por la inevitabilidad de reavivar lo que ya había sido (aparentemente) dejado atrás, al mismo tiempo que un contento al escuchar la risa de Lucía.

A la pregunta formulada, ¿preferiría una relación masoquista, o una relación pseudo-incestuosa de protección paternalista? En la respuesta real: la libertad te llama desde dentro y no podría aceptar las hostias nacidas del miedo a perderme. Entonces tendría que escoger, una vez más, la segunda opción. En la respuesta literaria: hay un ansia, sí, una desearía abandonarse a un cierto sometimiento a una personalidad de aristas que sintiera debilidad por una, y por despertar una pasión y una ternura como la que Max siente por su pequeña. Eso no quiere decir que una desee la violencia física de ese amor, sino experimentar el torbellino de una compenetración absoluta, conflictiva (para que esté siempre renovándose) pero segura de sí.

Tras la película descubro el concepto de "metaconsenso", y pasa a interesarme mucho más la figura del dominante. Lucía ve el poder que tiene sobre él, y por lo tanto sobre su propia realidad, con el regalo de la cabeza. Lucía se agazapa como un animal en el suelo, sabiendo que cuando le mira desde abajo en realidad le está mirando desde arriba, lo que al final les coloca al mismo nivel.

Hablar por hablar

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"Aunque es difícil llegar a ser una réplica exacta de la hermosa reina faraónica, el solo hecho de soñar con convertirse en Nefertiti es algo que suscita valoración y admiración".

http://www.elpais.com/articulo/gente/51/operaciones/quirurgicas/parecerse/Nefertiti/elpepugen/20090824elpepuage_5/Tes

Matiz

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Mañana será la gran ciudad de hormigón y cristal que bulle como si no quisiera saber que está rodeada de aridez. El trámite del transporte público pensando en quién sabe. El bullicio frívolo de Goya, tan revitalizador, y el permanente encogimiento de hombros de Azca. Los domingos de Rastro y esa soledad que no es soledad sino Soledad.

Hoy ha sido un trayecto en coche mientras el sol doraba las ocho de la tarde, carretera recta hacia el oeste bajo una bóveda de pinos y robles que filtraban con avaricia los rayos de oro. El guiño de la pulsera bajo el silencio absoluto, sin cuco, sin pájaro carpintero, la charla tranquila y el olor de la menta (ella) y la hierbaluisa (él). Los regalos, tantos regalos de frutas que guardan una explosión de sabor de la que no saben nada los estantes del Mercadona ni los del Eroski. Jugo que correrá por la barbilla lamentándose de no estar bajo la bóveda verde. Y la imagen de una dama, menuda y anciana, vigorosa, estrafalaria, de espaldas, seleccionando los mejores regalos, diminuta figura perdida en la inmensidad del fondo que la contenía, verde y rama, hoja y liquen, subiendo el fondo hacia arriba y hacia atrás, verdes más oscuros, árboles más altos y más viejos, y arriba el turquesa intenso, y atrás, al otro lado, el sol muy dorado porque ya moría.

Disección del sentimiento de culpa

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Solaris, Stanislaw Lem (1961), Ed. Minotauro (por confirmar que la yoísta traducción es de Matilde Horne y F.A.).

El visitante de Snaut es más intrigante que el de Sartorius. Sartorius vive torturado por lo que puede ser el remanente de una tendencia pedófila soterrada, el testimonio de un deseo reprimido de paternidad, o el recuerdo de alguna vivencia traumática de la niñez. El sombrerito de paja y las risas y pisadas infantiles hacen pensar así.

Pero del de Snaut no se tiene la más mínima pista, ni una sola, salvo la sospecha de que se trata de una representación adulta y, tal vez, la posibilidad de que no sea la encarnación de una persona real, sino la manifestación de un deseo, fantasía o inclinación vergonzantes.

Que esto y otras cosas se queden sin resolución defrauda a los apegados a presentación, nudo y desenlace. Es obvio que los creadores que proponen una idea genial y no saben resolverla, están a una altura inferior a la de aquellos que saben cerrarla bien. Pero su "incapacidad" no llega a ser un fracaso si la genialidad trasciende la anécdota y aporta una línea de pensamiento novedosa, si realmente hace participar a las neuronas del espectador/lector más allá del recurso fácil de escudarse tras la excusa de una "obra abierta a interpretaciones".

En el caso de Solaris, el que la historia no esté bien resuelta es discutible. Mi impresión es que sí, aunque el mismo Lem se sintiera abrumado por el peso de la responsabilidad de las interpretaciones, muchas de las cuales iban más allá de sus intenciones o su limitación. Parece que su ambición solariana era mucho más modesta que las expectativas que luego se generaron (*). En todo caso se trata de una historia de incomunicación y falta de entendimiento, y para esas imposibilidades su atmósfera y su transcurso son los que deben ser. Las minuciosas descripciones de los fenómenos solarianos, por ejemplo, no intentan poner ante nuestros ojos todo el misterio de Solaris para que lo desentrañemos con el mayor número de pistas posible, sino que sólo nos hacen ser testigos de acontecimientos ajenos a la inteligencia humana que son, por lo tanto, inaprensibles. A pesar de todo, el ansiado Contacto tiene lugar pero nadie está capacitado para reconocerlo. Si Kelvin no es capaz de entender que durante sus pesadillas su mente se pone en el lugar de la del océano, con esas montañas de dolor (¡dolor!) que cristalizan bajo la luz de ese mundo nuevo, ¿cómo esperar que el propio océano les indique de alguna manera que les ha "visto"?

Es lógico que los robots de la Estación fueran desconectados. Aún no podemos anticipar si los sueños de la inteligencia artificial estarán poblados por algo, sean ovejas eléctricas u otra cosa, pero parece que Gibarian, Sartorius y Snaut llegaron a saberlo.



(*) No es un ejemplo directo de lo mencionado, pero quería hacerlo notar: la aceptación plena de Harey por parte de Kelvin es maravillosamente romántica y liberadora, y se contrapone a la vergüenza de los otros habitantes de la Estación, que luchan con desesperación para ocultar a sus visitantes, pero es posible que en ella pese, aunque sea un poco, la necesidad del autor de encontrar un recurso que permita que los tres científicos estén juntos en la misma habitación para que haya conversaciones y la historia transcurra.

Desde el regazo del hacker

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La primera vez que leí Snow Crash (Neal Stephenson, 1992, Gigamesh, excelente traducción de Juanma Barranquero), hace seis años, me absorbió tanto la parte sumeria de esta historia cyberpunk, que sólo veía al (y soñaba con) el Bibliotecario; así que la relectura me ha traído el "redescubrimiento" de la trama completa, de la cual hasta ahora, exageraciones aparte, no habría podido explicar gran cosa.

La parte sumeria sigue siendo un punto erógeno. Tan bien traída, tan bien hilada, que no voy a ser tan ingenua como para pensar que el señor autor no haya hecho algún juego de manos tramposo que otro para que todo casara. Pero a veces apetece dejarse embaucar y, en este caso, admitir literariamente el hackeo mental, la explicación de Babel y de la desaparición del sumerio, las tentadoras analogías para nam-shub y me, y hasta, literariamente siempre, la presencia del lenguaje binario en el Código de Hammurabi. Porque si se nos exige una respuesta 100% racional a la aridez de la vida, por algún carril tenemos que dejar que corra la imaginación crédula, que es parte inseparable y sana de nuestras neuronas por más que a algunos les pese.


Voltarán as escuras anduriñas
no teu balcón os seus niños a pendurar,
e outra vez coas ás ós seus cristais
xogando chamarán.

Pero aquelas que o voo detían
a túa beleza e a miña ledicia a contemplar,
aquelas que aprenderon os nosos nomes...
esas... non voltarán!

Voltarán as mestas madreselvas
do teu xardín os valos a escalar,
e outra vez á tardiña, aínda más fermosas,
a súas flores abrirán.

Pero aquelas cargadas de resío
cuxas pingas mirábamos tremar
e caer coma bágoas do día...
esas... non voltarán!

Voltarán do amor nos teus oídos
as verbas ardentes a soar;
o teu corazón do seu profundo sono
quizais espertará.

Pero mudo, absorto e de xeonllos
como se adora a Deus ante o seu altar,
como eu te quixen... desengánate,
así... non te quererán!

Gustavo Adolfo Bécquer traducido, porque Babel trajo estas hermosuras.

Enfoques

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Inteligencia artificial. Cuestionar la mano de Kubrick porque la película es efectista es olvidar la poesía, gélida pero poesía, de este hombre, si dudamos de ella basta preguntar a la muchacha que canta al final de Días de gloria o al ingeniero que hizo aprender Daisy a Hal-9000 cuando era un recién nacido.

Spielberg elimina escenas de sexo, cambia el alcoholismo de la madre de David por su afición a las tazas de café que el niño le prepara (en la historia original era aficionada a sus Bloody Marys), y en las escenas finales decide mostrar lo que Kubrick iba a dejar fuera de plano, pero el resto de la película es bastante fiel a lo que él creó en su cabeza durante tantos años. La historia de Pinocho no está intensificada por Spielberg, el propio Kubrick llamó siempre a esta película por el nombre del muñeco de madera. Y en cuanto al final, quizás Kubrick no lo hubiera magnificado con una banda sonora tan tremendista, pero el objetivo era el mismo.

Sobre el final rescato una frase de Sara Maitland, novelista inglesa a la que Kubrick acudió para encontrar el enfoque de un cuentacuentos. Maitland odiaba el final en el que Kubrick se empeñó:

«Debía de ser una imagen visual muy poderosa para él, porque no solía cometer estupideces con la trama. Me contrató porque yo era experta en cuentos de hadas, pero no quiso escucharme cuando le dije “puedes contar un viaje épico que termine en fracaso, pero no un viaje épico que se complete con éxito y se quede sin recompensa”» - Aquí

There are dreams that cannot be

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Caminando a toda prisa por un MacDonald's, la feiticeira encontró una obsidiana envuelta en papel corporativo. La sacó del envoltorio que olía a fritanga y su brillo le cegó y le habló directamente al corazón.

I dreamed a dream, Les Misérables, 1985


No podía aceptar la falta de aire y el peso en el alma, aún joven. No superar el error cometido, focalizar la atención en ese hueco físico situado en los pulmones, era morir y matarse a destiempo. Le dio vueltas entre los dedos y no había manera de cambiarle el color, pero su belleza merecía algo más que un suelo de baldosa. Ahora la tiene en el alféizar de la ventana sur de su cabaña, donde le da el sol todo el día y ella no la ve, y mientras sigue con su vida alberga la esperanza fiera de encontrar el hechizo que la disuelva.

**
*

-Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el cielo.

Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acunándolo, le rascó la cabeza y preguntó:

-¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que formar pandillas. Así que sal zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te largues!

El gato se frotó contra su pierna.

-¡Te digo que te largues por ahí a tomar por...! -gritó Holly, y entró en el coche de un salto, cerró de un portazo y dijo-: Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

-La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

-Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada. Nunca... -dijo, y se le quebró la voz, le dió un tic, y una blancura de inválida hizo presa de su rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría de un lado para otro gritando:

-Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:

-¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer.

-Joder. Eramos el uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

-Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de alegría.

-Pero ¿y yo? -dijo, susurró, y volvió a estremecerse-. Tengo mucho miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de escupir aunque me fuera en ello la vida. -Subió al coche, se hundió en el asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.


Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote (1950), no anoté traductor

Soy Ana

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Lo que sí es apropiado es que en El espíritu de la colmena, a la escena del pueblo con los ojos clavados en Frankenstein le siga otra de un apicultor misántropo atontando a las abejas con humo para manejarlas sin peligro de picadura.

El espíritu de la colmena, el momento en que una niña descubre la ambigüedad del mundo a través del cine y aprende que ella ya no es sólo IsabelyAna, ese descubrimiento vital que todos los que no somos hijos únicos podemos reconocer. Desarrollando una personalidad propia, un espíritu independiente que la sitúa ya no junto a su hermana sino frente a ella, dos niñas que crecen y diferencian sus maneras de responder al mundo. El punto de vista de la hermana ya no es fiable, ya no vale; ya muestra dobleces y retorcimientos que ella aún no puede aceptar.

Y si nos hemos saltado las normas de la película y han matado al monstruo antes que a mí, ¿no será que debo hacer yo algo al respecto? Por muy mal que suene por las retorcidas asociaciones adultas, la pregunta es simple, ¿me la como o no me la como, esa que produce tanto rechazo que no hay ni que nombrarla?

Daría para varios párrafos (y ya se ha escrito mucho sobre esta historia) hablar de si termina desafiando la prohibición del padre o no. En todo caso, al final el espíritu no era aquel señor. El espíritu lo ve en su propio rostro cuando se asoma al espejo del agua, y lo encontrará dentro de sí misma para acudir a él cada vez que lo desee, con la libertad que siempre tenemos para recurrir a nuestros propios recursos internos sin censuras ni límites. Si tu mayor anhelo descansa en un elemento externo, como una persona que no da noticias de sí misma, asume los vaivenes del destino y las frustraciones que vengan. Si reside en ti, úsalo y disfrútalo con libertad; no puede haber frustración posible.

También lectura global, Ana como España viviendo su vida de colmena u hormiguero en ese desierto de color ámbar y ceniza que tanta desolación trae a mis ojos que mamaron monte verde y frondoso. No hay más ambición de descollar que la que pueda sugerir la sin embargo engañosa mirada perdida de la maestra ante el poema de Rosalía de Castro (en el caso de aceptar que lo escucha de verdad, entonces su actitud vacía y desencantada contrasta con la de la niña, que absorbe el poema con interés vivo). Y si algún día descollaste y, por circunstancias terribles, los tuyos cayeron en desgracia pero no quisiste llegar tan lejos como para recurrir al exilio autoimpuesto, no te quedará más remedio que pasar desapercibido y estudiar la vida de la colmena desde una de sus celdillas. Pero tu hija no llevará el brasero debajo del brazo cada vez que salga de casa. Tu hija será como tú.

Deséale que no le maten su conocimiento.


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*

Fue entonces cuando Víctor Erice (San Sebastián, 1940) recordó en voz alta lo que para él fue el momento más extraordinario del filme y que no está en sus imágenes. Describió la escena como si de un cuento se tratara, mientras la sala se iba quedando cada vez más y más silenciosa. Fue el encuentro real entre Ana Torrent y el actor que hacía de Frankenstein. Era de noche, el bosque estaba ya iluminado por los proyectores y las luces, «siempre las luces», lo habían transfigurado. El actor estaba ya maquillado de Frankenstein. «Algo iba a pasar», recordó Erice. «Cuando llegó la niña estábamos cenando. También Frankenstein, que tomaba unos huevos fritos. De pronto, Ana reparó en el monstruo, dio un salto y se refugió en los brazos del primero que pilló, que era Teo Escamilla. Tuvo un ataque de pánico. Frankenstein no hacía más que sonreír y la niña no paraba de llorar. Fue un momento extraordinario. Pasados unos minutos, Ana y el monstruo empezaron a hablar. Ella le hizo entonces la pregunta fundamental: ¿Porqué [sic] mataste a la niña? Espero que la película en cierta forma respondiera a esta cuestión.» (Rodrigo García, El País, 23/09/2003)

Yo no me hice esa pregunta cuando vi la película (de la que sólo recuerdo esa escena) a la edad de Ana; el sentido poético, tan retorcido, ya estaba en mi cabeza.

Lo apropiado

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Cualquiera que tenga una idea interesante puede intentar convertirse en experimentador y "conclusionista".

Y también, cualquiera puede intentar convertirse en opinador: si a un hombre que tiene sólo media hora para comer le invitan a sentarse a una mesa a disfrutar de un solomillo relleno de boletus regado con un Vega Sicilia del 94, por muy exquisito que sea (en este caso por serlo), intentará agendarla para un día que permita degustación tranquila y sobremesa larga. Un momento para cada cosa.

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La primera idea que se me viene a la cabeza lavanda cuando se estrena la enésima película sobre el Holocausto, es conspiranoica y a mayor gloria del lobby; a una se le encadenan pensamientos que terminan en la idea de un acuerdo anual oculto. Pero aunque no sería descabellado pensarlo, tal y como está de sensible la epidermis, no hay que irse tan lejos. Así son. No por nada le llaman industria. Echarán mano de lo que haga falta para dar de comer a iluminadores y actores. Cualquier personaje más o menos descollante (el motivo es lo de menos) será justificación suficiente para hacer un homenaje a una vida. Robarán hasta la última gota el encanto vital de cualquier suceso mínimo. Cómo no entender entonces que para ellos aquella abominable infamia rebosante de innumerables historias y dramas anónimos sea el Atapuerca emocional por antonomasia.

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Miraba los títulos tontorrones de las novedades editoriales cuando sonó un estruendo seco: a una distancia de cinco metros, lo único seguro eran una madre joven y su hijo pequeño junto a una estantería con baldas de cristal, y una de ellas se había roto en dos pedazos al estrellarse contra el suelo. El guardia de seguridad se acercó mientras la madre joven miraba bobamente al suelo, quizá preguntándose si tendría que pagar el estropicio. En un momento dado, quizá cuando ya le habían dado garantías de que no iba a tener que sacar la tarjeta de crédito, pronunció una tímida pero clara disculpa. Me crucé con ellos cuando se alejaban del lugar del estropicio y yo caminaba hacia la salida; el niño pequeño preguntó con su gramática de niño pequeño «¿quién hubiera sido?», y la madre joven dijo, con la voz quejosa que muchos adultos usan cuando hablan con un niño, «nadie, ya estaba roto cariño».

La frase se me quedó metida en la cabeza lavanda como un signo de mal augurio a largo plazo para ambos, la madre madura y el niño crecido, pero a corto plazo y de manera puntual para ninguno de los dos.

British life on Mars

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Érase una vez un hombre desconcertado, un hombre atribulado, un hombre inteligente, sereno y conciliador que tuvo que vivir durante un tiempo sin consciencia. La vida se apagó temporalmente en 2006 y junto a ella se truncaron todas las vicisitudes (un caso policíaco en su punto álgido, dramático a nivel personal), todas las relaciones personales y hábitos, para encenderse en 1973 a unos hábitos, relaciones personales, vicisitudes y vida que parecían de otro mundo.

[No tengamos en cuenta la respuesta que da la serie a la pregunta germen («Am I mad, in a coma, or back in time?»), que puede ser cualquiera de las tres; especulemos con la segunda, la obvia, la mejor para construir un subtexto.]

Atrapado en su interior, el hombre se enzarzó en una lucha continua con cada aspecto de su yo:

Descubrió (quizás; es arriesgado aventurarlo) qué tipo de mujer estaba buscando en realidad, que no tenía mucho que ver con las que hasta ese momento habían entrado en el radar de su atractivo.

Tuvo que enfrentarse a un ambiente inhóspito y, sobre todo, a un compañero hostil, la dura voz del rechazo personal con la que algunos parecemos haber sustituido al Pepito Grillo consejero (la desagradable sorpresa es que si por una vez le desafiamos y nos atrevemos a quitarle la razón, podemos encontrarnos con que quizás está menos equivocada de lo que deseábamos... aunque siempre hay tiempo para una vuelta de tuerca y demostrarle lo mismo a ella). En tono desafiante, nuestro hombre se reafirmaba ante otro personaje, qué más da ante quién si sobre todo se lo estaba recordando a sí mismo: «¿Sabes?, en el lugar del que vengo [...] la gente me quiere. No desean nada de mí, no desean enfrentarse a mí. Simplemente me quieren». En las luchas con nosotros mismos olvidamos que el resto del mundo no nos cuestiona tanto, y lo olvidamos porque nos cuesta creer que la aceptación sea tan fácil como parece.

Y ante todo, sobre todo, batalló con su lado oscuro encarnado en un hombre que no carecía del principio de integridad que a él mismo le movía, pero básicamente violento, visceral, maleducado, ultra-políticamente-incorrecto (ese concepto actual de camino incierto), importante notar que aun siendo un lado oscuro al que nuestro hombre se enfrentaba y al cual cuestionaba, en general ante sus acometidas imposibles de detener, por tratarse de un superior jerárquico, debía retirarse (¿liberadoramente?) a un segundo plano y dejarle actuar.

Mientras tanto, intentó con todas sus fuerzas volver al mundo consciente alentado por las muchas ocasiones de percepción del exterior. Contactó con recuerdos y partes de sí mismo que parecían enterrados muy al fondo de su subconsciente. Interactuó con ellos de forma insólita, pero como experiencias estrictamente personales. Y aún tuvo tiempo, en no pocos momentos, de descubrir
lo solo que está uno
consigo mismo
en su interior.

Auntie Heather, la tía Heather, desde el televisor fantasmal: «Now, from one lovely boy to another... it's Gilbert O'Sullivan and "Alone Again (Naturally)"».