—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

-ína

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Sherlock Holmes y Robert Downey. Qué mejor combinación podría reconciliarme un poco con mi psique.

No creo que me gaste los euros en la película, ni el tiempo de una descarga en internet por, sobre todo, la "atracción por Irene Adler". No debería ser atracción, debería ser admiración, en el caso de Holmes sin componente erótica, ante una mente en la cual casi reconocerse (no puede haber mente igual a la suya, ni femenina ni masculina). Porque incluso aunque pudiera haber sido la única ocasión en la que este hombre ficticio fantaseó con la posibilidad de una compañera, no la hubiese deseado con la cabeza pequeña, sino con la grande, la inmensa cabeza de un solitario que jugaba a su antojo con el mundo porque no había manera de sentirse parte de él, y que si había encontrado a otro casi igual al cual tampoco podía acercarse (era su archienemigo), debía parecerle frustrante prever que el culmen de la aproximación no sería la compañía y el reconocimiento, sino el abismo de unas cataratas.

Los paisajes del alma

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La cándida enciclopedia electrónica pre-internet desapareció de la vista al toque de las primeras notas, e incomprensiblemente (dado que el tema daba pie a escenas nocturnas, por las que tanta querencia sentía la imaginación) se presentó el sol, si bien oculto. Con una recurrencia de días, los ojos de la mente se recrearon en una vasta habitación colonial en penumbra, tan grande que el suelo se dividía en varios niveles. Uno de estos niveles conducía hacia los ventanales que, de techo a suelo, franqueaban el paso hacia el exterior, donde había una terraza que se abría, puede que sobre un jardín tropical, puede que sobre una arboleda umbría y exótica, tal vez a ambos. Los rayos de sol de la hora de la siesta se abrían paso a través de las persianas laminadas y acariciaban los muebles viejos armados en madera noble, más sólidos que la propia casa. El olor de un lugar limpio repleto de libros, muebles, telas mil veces lavadas y plantas exuberantes. Y una mujer cantando y abanicando suavemente sobre una cuna con una hoja de palma.

Esteta

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El vídeo me conquista, y esta conquista me disgusta por lo que tiene de manipulada, aun siendo mi arrebato alérgico, como siempre, a la grandilocuencia de los textos. Que te secuestre el corazón la contemplación de unos niños que dan inconscientemente una alegría sencilla a quien la necesita con mucha consciencia, es una cosa. Que veas estas escenas y te encuentres pensando que el autor de este vídeo habría acertado más si hubiera mantenido la primera canción(*) hasta el final, es otra muy distinta.

Apela a una emocionalidad tramposa, inducida.

Me pregunto si volverá a darse esa espontaneidad incondicionada en una revolución, la que no mide el futuro impacto mediático de sus movimientos. Hoy, cualquier temeridad se realiza con la consciencia plena de las cámaras que le apuntan a uno a la espalda. Sabiendo que mañana los informativos arrancarán con tu imagen, que los periódicos de medio mundo hablarán de ti, seas una sola persona o una multitud indignada, y que siempre habrá un apologista que, con música especialmente seleccionada, hará de tu historia una película con la que el espectador de la realidad pueda experimentar masificadas elevaciones del espíritu.

No estás solo, la Sociedad de la Información, que es decir el mundo, está pendiente de ti.

Otro:
Desde el minuto 8:10: http://www.youtube.com/watch?v=fhWQ_VIh8sE

Varios periodistas filmaban desde el hotel, pero quienes corrían no lo sabían. No eran actores semi-conscientes de los que, repito, calculan el futuro impacto mediático de sus actos, sino padres que habían ido a buscar a sus hijos. Hoy sabemos lo voraces que son los medios, ese gran dios que todo lo ve y que por fin se manifestó en la Tierra para condicionar

a) nuestro conocimiento del mundo, y
b) la forma en la que el mundo reacciona ante este dios y, por lo tanto, ante quienes le miramos.

Es tarde, Shahriar, y hace frío. Añoro los amaneceres de principios de verano, cuando al detenerme seguíamos estando, seguiremos estando (medio vacía, medio llena) muy cerca de la madrugada.


(*) Politik, de Coldplay

La superioridad del sumiso

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Leo que a Portero de noche se la criticó en su día por varios motivos, y que uno de ellos fue presentar de modo favorable al oficial de las SS, luego portero en el hotel de los cubiles. No veo esa intención de simpatía por ninguna parte.

La insania de estos dos personajes es respuesta natural al horror. No hay demagogia, no hay bondad ni maldad, no hay heroísmo ni cobardía en la reclusión, ni grandeza o miseria en la sumisión. Hay reacciones, entendibles o no según la psicología de cada espectador, de dos personas que tienen la suficiente humanidad como para no haber sido capaces de moverse con completitud humana por el tropiezo más macabro de la Historia, ni de salir indemnes de él. En la escena del reencuentro por los suelos de la habitación, se siente en el corazón el vacío de la desesperación por la inevitabilidad de reavivar lo que ya había sido (aparentemente) dejado atrás, al mismo tiempo que un contento al escuchar la risa de Lucía.

A la pregunta formulada, ¿preferiría una relación masoquista, o una relación pseudo-incestuosa de protección paternalista? En la respuesta real: la libertad te llama desde dentro y no podría aceptar las hostias nacidas del miedo a perderme. Entonces tendría que escoger, una vez más, la segunda opción. En la respuesta literaria: hay un ansia, sí, una desearía abandonarse a un cierto sometimiento a una personalidad de aristas que sintiera debilidad por una, y por despertar una pasión y una ternura como la que Max siente por su pequeña. Eso no quiere decir que una desee la violencia física de ese amor, sino experimentar el torbellino de una compenetración absoluta, conflictiva (para que esté siempre renovándose) pero segura de sí.

Tras la película descubro el concepto de "metaconsenso", y pasa a interesarme mucho más la figura del dominante. Lucía ve el poder que tiene sobre él, y por lo tanto sobre su propia realidad, con el regalo de la cabeza. Lucía se agazapa como un animal en el suelo, sabiendo que cuando le mira desde abajo en realidad le está mirando desde arriba, lo que al final les coloca al mismo nivel.

En el fondo de los ojos

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A los seis años aquel libro de ilustraciones de hojas gruesas y duras como el cartón era su favorito, pero años más tarde lo extravió en la típica pérdida de una típica mudanza. Durante veinte años fue una constante el recordar cómo influían sus imágenes en su imaginación morbosa, hipersensible y excitada, tres adjetivos sin segundas lecturas porque los aplico a una mente tan descontrolada que por las noches se aferraba a la realidad de la almohada para no perderse en viajes astrales, y a la que durante el día el más mínimo comentario al azar, si tocaba el punto adecuado, la hacía escorar hacia un vértigo nihilista, un vértigo que no era ni bueno ni malo, porque la inocencia absoluta nos da el regalo de no saber lo que son las clasificaciones.

Pero había refugios como los que de adulta aún construía. Y así, el niño del libro le iba enseñando las diferentes habitaciones de una casa y los objetos que se encuentran habitualmente en ellas, y la niña era feliz dentro de la ilustración de la cocina, donde bajo una iluminación acogedora se le mostraba a la familia sonriente y afanada en sus asuntos, rodeada de verduras, electrodomésticos, ollas y cacerolas mientras la noche se agazapaba tras las ventanas.

Pero por encima de todo recordaba y guardaba en el corazón una ilustración en el exterior que mostraba una escena un poco absurda para la temática del libro: el niño en un lateral de la casa, la pared sin más y un par de arbustos del jardín, y sobre el niño la noche, no al otro lado de unas ventanas sino directamente encima, violeta y sin estrellas. Y ella allí con él, absorta en la contemplación de la noche y de todo lo que no se veía más allá del borde de la página donde la ilustración terminaba a la fuerza. Todo lo que había justo al otro lado del límite de la percepción visual.

Y claro que se oía un grillo. Pero sólo uno. Y ninguna cosa más.

Por volver a ver esa ilustración, por tratar de recuperar algunas sensaciones que, hay que saberlo de una vez, no hay manera de que vuelvan nunca, quiso remover cielo y tierra. La investigación merece una I mayúscula (ahora ya no sabe encontrarlo otra vez), pero hace dos años consiguió el libro, que hojeó en el tiempo de un suspiro porque resultó tener sólo cinco ilustraciones.

La cocina.
El salón.
El baño.
La habitación.
El garaje.

¿Hay algún niño que no sea oscuro? Sí, claro que los hay, decir lo contrario sería caer en ese tipo de generalidades tan grandilocuentes como irreales que muchos escritores utilizan para cerrar textos. ¿Creemos que sabemos identificar con facilidad a los que lo son, y que su vitalidad y su alegría no nos impide verles el fondo de los ojos? También, porque adultos soberbios hay muchos.

Donde viven los monstruos, Maurice Sendak

Las mujeres y los hombres que no se entendían

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Alaba Mario Vargas Llosa la trilogía Millenium y me tiro por el suelo dedicándome un «¡nunca acertarás!» mental carcajeante. Aunque mi opinión sobre el primer volumen permanece invariable.

Vargas Llosa parece cantar albricias por que la figura femenina esté siendo redimida como figura fuerte y, en ocasiones, superior a los hombres (a los que, en una frase simplona no sé si humorística, deja sujetos a la inclinación hacia la complacencia y el delito), para a continuación decir que cómo no tener sueños eróticos con toda esa lista de hembras poderosas que cita acto seguido. Parece que una mujer fuerte y decidida no es susceptible tanto de la admiración como de un sueño erótico.

¿Pueden los hombres admirar a las mujeres sin desearlas sexualmente? ¿Y si la mente masculina admiración y deseo sexual? Entonces no cabría ofensa, sino la aceptación de la naturaleza humana masculina (siempre y cuando no se transgredan los límites, claro).

¿Descansan nuestros modos de ver el mundo sobre nuestras glándulas sexuales? No me he puesto a buscar los últimos "paper" al respecto, la verdad. Recuerdo una vez en la que un conocido me señaló una mujer imponente, con unas piernas kilométricas enfundadas en unas llamativas medias de malla, y me dijo «no me digas que no os ponéis así para que no os miren». Ahí me vino la certeza de nuestras diferentes maneras de concebir esa "mirada del Otro". Cuando una mujer se viste para que la miren busca, en general, la admiración estética. Quiere que ellos vean lo mismo que vio ella en el espejo esa mañana, cómo esta sombra de ojos enfatiza la mirada, o la manera en que el cuello barco de esta camiseta realza la curva del cuello y deja al descubierto la delicadeza de los hombros, o cómo se abren los bordes del cuello mao de esta blusa, enmarcando la belleza del hueco donde confluyen las clavículas, o el modo en que la caída de esta falda acoge la redondez de las caderas, o cómo estos botines estilizan los tobillos y las piernas y afirman el caminar.

Y ellos lo ven, claro que lo ven, y claro que le rinden admiración a su manera, visualizando la carne mórbida de esas nalgas vibrando al ritmo de sus embestidas, más lejos del aprecio estético y extático que ellas preferirían. Tendemos a pensar que esa admiración ligada a lo sexual no implica respeto inter pares. Fundamentar esta creencia alargaría esta entrada (y me metería en temas más profundos, más ligados al artículo del Sr. Vargas Llosa que a la afirmación puntualmente superficial de mi conocido, que es de la que hablo ahora), así que me limitaré a decir que, aunque suframos a muchos cabestros, me gusta pensar que estamos equivocadas.

Hablar por hablar

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"Aunque es difícil llegar a ser una réplica exacta de la hermosa reina faraónica, el solo hecho de soñar con convertirse en Nefertiti es algo que suscita valoración y admiración".

http://www.elpais.com/articulo/gente/51/operaciones/quirurgicas/parecerse/Nefertiti/elpepugen/20090824elpepuage_5/Tes

Matiz

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Mañana será la gran ciudad de hormigón y cristal que bulle como si no quisiera saber que está rodeada de aridez. El trámite del transporte público pensando en quién sabe. El bullicio frívolo de Goya, tan revitalizador, y el permanente encogimiento de hombros de Azca. Los domingos de Rastro y esa soledad que no es soledad sino Soledad.

Hoy ha sido un trayecto en coche mientras el sol doraba las ocho de la tarde, carretera recta hacia el oeste bajo una bóveda de pinos y robles que filtraban con avaricia los rayos de oro. El guiño de la pulsera bajo el silencio absoluto, sin cuco, sin pájaro carpintero, la charla tranquila y el olor de la menta (ella) y la hierbaluisa (él). Los regalos, tantos regalos de frutas que guardan una explosión de sabor de la que no saben nada los estantes del Mercadona ni los del Eroski. Jugo que correrá por la barbilla llorando por no estar bajo la bóveda verde. Y la imagen de una dama, menuda y anciana, vigorosa, estrafalaria, de espaldas, seleccionando los mejores regalos, diminuta figura perdida en la inmensidad del fondo que la contenía, verde y rama, hoja y liquen, subiendo el fondo hacia arriba y hacia atrás, verdes más oscuros, árboles más altos y más viejos, y arriba el turquesa intenso, y atrás, al otro lado, el sol muy dorado porque ya moría.

No la de los Nibelungos

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Es Millenium una entrada de enciclopedia sobre Suecia, y digo Millenium en lugar de Los hombres que no amaban a las mujeres (Ed. Destino, trad. de Martin Lexell y Juan José Ortega Román), aunque sólo haya leído ésta y no la trilogía, porque parece que en el segundo volumen esta tendencia a catalogar proezas suecas alcanza cotas de vergüenza ajena.

Pero Stieg Larsson escribió a una protagonista muy magnética, y por lo visto esto es suficiente para redimir un libro de setecientas páginas: aunque el otro protagonista tenga el carisma de un llavero, aunque haya situaciones, comentarios y descripciones que producen ecos en la cabeza, que no llegan a ningún sitio y no sirven para nada, algún crítico le ha halabado la habilidad narrativa. No. En caliente, tras leerlo, escribí que se le podría llamar activista concienzudo pero no buen escritor.

Era tan bajo (nulo) el índice de decepciones, incluso de personas que decían que se habían acercado al libro con cautela debido a la acumulación de expectativas, que creí que esta vez sí encontraría algo que valiera la pena. Pero he hecho caso del entusiasmo colectivo y me ha pasado igual que con El curioso incidente del perro a medianoche (Mark Haddon) y El niño con el pijama de rayas (John Boyne). En cuanto al misteriazo que eleva la adrenalina y hace escribir opiniones entusiastas y exageradas en la red, sólo queda decir que a principios de esta década me cayó en las manos Lugar de ejecución, de Val McDermid (2000, RBA, trad. de Francisco Martín Arribas), con un planteamiento muy muy muy similar. En Los hombres..., olerse el final a la altura de la página 2 estropea la única diversión que podía reservarme este libro.

**
*


Releo Robinson Crusoe, de Daniel Defoe (1719, trad. de Martha Eguía). Me llama la atención la última expresión de este párrafo, internamente se la regalo al que sé que no me va a leer:

Estos pensamientos me asaltaban de golpe, como una tempestad que se abatía sobre mí, en los momentos de mayor serenidad espiritual, haciéndome retorcer las manos y sollozar como un niño. A veces me sorprendía en medio del trabajo y me sentaba inmediatamente suspirando con los ojos bajos durante una o dos horas, y esto era aún peor, pues si hubiese podido irrumpir en lágrimas o expresarme en palabras, habría podido desahogarme, y el dolor se hubiese agotado por sí solo.

Disección del sentimiento de culpa

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Solaris, Stanislaw Lem (1961), Ed. Minotauro (por confirmar que la yoísta traducción es de Matilde Horne y F.A.).

El visitante de Snaut es más intrigante que el de Sartorius. Sartorius vive torturado por lo que puede ser el remanente de una tendencia pedófila soterrada, el testimonio de un deseo reprimido de paternidad, o el recuerdo de alguna vivencia traumática de la niñez. El sombrerito de paja y las risas y pisadas infantiles hacen pensar así.

Pero del de Snaut no se tiene la más mínima pista, ni una sola, salvo la sospecha de que se trata de una representación adulta y, tal vez, la posibilidad de que no sea la encarnación de una persona real, sino la manifestación de un deseo, fantasía o inclinación vergonzantes.

Que esto y otras cosas se queden sin resolución defrauda a los apegados a presentación, nudo y desenlace. Es obvio que los creadores que proponen una idea genial y no saben resolverla, están a una altura inferior a la de aquellos que saben cerrarla bien. Pero su "incapacidad" no llega a ser un fracaso si la genialidad trasciende la anécdota y aporta una línea de pensamiento novedosa, si realmente hace participar a las neuronas del espectador/lector más allá del recurso fácil de escudarse tras la excusa de una "obra abierta a interpretaciones".

En el caso de Solaris, el que la historia no esté bien resuelta es discutible. Mi impresión es que sí, aunque el mismo Lem se sintiera abrumado por el peso de la responsabilidad de las interpretaciones, muchas de las cuales iban más allá de sus intenciones o su limitación. Parece que su ambición solariana era mucho más modesta que las expectativas que luego se generaron (*). En todo caso se trata de una historia de incomunicación y falta de entendimiento, y para esas imposibilidades su atmósfera y su transcurso son los que deben ser. Las minuciosas descripciones de los fenómenos solarianos, por ejemplo, no intentan poner ante nuestros ojos todo el misterio de Solaris para que lo desentrañemos con el mayor número de pistas posible, sino que sólo nos hacen ser testigos de acontecimientos ajenos a la inteligencia humana que son, por lo tanto, inaprensibles. A pesar de todo, el ansiado Contacto tiene lugar pero nadie está capacitado para reconocerlo. Si Kelvin no es capaz de entender que durante sus pesadillas su mente se pone en el lugar de la del océano, con esas montañas de dolor (¡dolor!) que cristalizan bajo la luz de ese mundo nuevo, ¿cómo esperar que el propio océano les indique de alguna manera que les ha "visto"?

Es lógico que los robots de la Estación fueran desconectados. Aún no podemos anticipar si los sueños de la inteligencia artificial estarán poblados por algo, sean ovejas eléctricas u otra cosa, pero parece que Gibarian, Sartorius y Snaut llegaron a saberlo.



(*) No es un ejemplo directo de lo mencionado, pero quería hacerlo notar: la aceptación plena de Harey por parte de Kelvin es maravillosamente romántica y liberadora, y se contrapone a la vergüenza de los otros habitantes de la Estación, que luchan con desesperación para ocultar a sus visitantes, pero es posible que en ella pese, aunque sea un poco, la necesidad del autor de encontrar un recurso que permita que los tres científicos estén juntos en la misma habitación para que haya conversaciones y la historia transcurra.

Desde el regazo del hacker

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La primera vez que leí Snow Crash (Neal Stephenson, 1992, Gigamesh, excelente traducción de Juanma Barranquero), hace seis años, me absorbió tanto la parte sumeria de esta historia cyberpunk, que sólo veía al (y soñaba con) el Bibliotecario; así que la relectura me ha traído el "redescubrimiento" de la trama completa, de la cual hasta ahora, exageraciones aparte, no habría podido explicar gran cosa.

La parte sumeria sigue siendo un punto erógeno. Tan bien traída, tan bien hilada, que no voy a ser tan ingenua como para pensar que el señor autor no haya hecho algún juego de manos tramposo que otro para que todo casara. Pero a veces apetece dejarse embaucar y, en este caso, admitir literariamente el hackeo mental, la explicación de Babel y de la desaparición del sumerio, las tentadoras analogías para nam-shub y me, y hasta, literariamente siempre, la presencia del lenguaje binario en el Código de Hammurabi. Porque si se nos exige una respuesta 100% racional a la aridez de la vida, por algún carril tenemos que dejar que corra la imaginación crédula, que es parte inseparable y sana de nuestras neuronas por más que a algunos les pese.


Voltarán as escuras anduriñas
no teu balcón os seus niños a pendurar,
e outra vez coas ás ós seus cristais
xogando chamarán.

Pero aquelas que o voo detían
a túa beleza e a miña ledicia a contemplar,
aquelas que aprenderon os nosos nomes...
esas... non voltarán!

Voltarán as mestas madreselvas
do teu xardín os valos a escalar,
e outra vez á tardiña, aínda más fermosas,
a súas flores abrirán.

Pero aquelas cargadas de resío
cuxas pingas mirábamos tremar
e caer coma bágoas do día...
esas... non voltarán!

Voltarán do amor nos teus oídos
as verbas ardentes a soar;
o teu corazón do seu profundo sono
quizais espertará.

Pero mudo, absorto e de xeonllos
como se adora a Deus ante o seu altar,
como eu te quixen... desengánate,
así... non te quererán!

Gustavo Adolfo Bécquer traducido, porque Babel trajo estas hermosuras.

un mar y El tren, la tarde de verano, la luz del sol

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Siempre con los ojos occidentales apuntando al ombligo occidental.
Que quede constancia al menos en algún lugar de la red que la
arrebatadora
película El viaje de Chihiro, concebida por
el inmenso
Miyazaki, no es una adaptación sui generis del
perturbador
libro Alicia en el País de las Maravillas, escrito por
el desestabilizante
Carroll, sino del
simbólico
cuento ruso Basilisa la Hermosa o Vasilissa la Sabia, parido por el
(     )
subconsciente arquetípico colectivo, que está más allá de cualquier adjetivación.

(Artículo en "El espectador imaginario" sobre la escena de abajo)

El séptimo sentido

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A veces se encuentran regalos donde no se los espera, y entonces se recupera por un instante la emoción genuina, tan difícil de sentir a partir de cierto momento vital. No esa emoción grandiosa de un hermano que se convierte en padre o un licenciado que consigue su primer contrato no basura, sino la que sentíamos de niños cuando alguna incongruencia grotesca y deliciosa, de esas que más hacen reír que otra cosa, nos hacía sospechar que el mundo era más grande y sus habitantes tenían más dimensiones de lo que veníamos pensando.

Hace años, mi participación inusual, activa y cómplice en el final de Hana Bi («al menos pásale el brazo por el hombro») dejó una milésima parte de mí junto a este hombre. Su castillo pasó a ser una de esas capas de la cebolla que es mejor no juzgar porque la vida es así. Hoy otra milésima se fue con él.


Zatoichi, de Takeshi Kitano, 2003. Música de Keiichi Suzuki


El que no quiera entenderlo, que no lo haga. El séptimo sentido es el del ritmo.

Polvo y lodo

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Famoso aforismo antropocéntrico: si un árbol cae en el interior de un bosque donde no hay nadie para oírlo, ¿hace ruido o no? Puestos a ser el centro del universo, generaría un zen más poderoso el preguntarnos si realmente ha caído. ¿O ha tenido vida alguna vez, si ha crecido en lo más profundo de un bosque donde nadie ha entrado nunca?

Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón (2006). Si dentro de cien años nadie estará ahí para admirar o entender el Guernika o el David, ¿se desvanecerán? Ahí estarán los perros, gatos, gallinas, palomas, cuervos, cerdos, ciervos, dromedarios, canarios, cebras, vacas, a los que ya preparamos el terreno, para llenar el mármol de cagarrutas y afilar las uñas en el lienzo. Pero no admirarán nada. Se limitarán a continuar con la ley del más fuerte, pero con una carga cero consciente, cero moral, cero filosófica, cero cultural y casi cero contaminante. Todo ventajas.

El futuro ya está aquí. ¿Cuándo se acabará el mundo? ¿Cuando las ranas críen pelo? No, cuando los cerdos vuelen. O eso pensaba yo, pero la interpretación de símbolos depende de la cultura o los conocimientos que el intérprete tenga, y pues el cerdo flotante resultó ser por lo visto, al fin y al cabo, una referencia musical. Antropocéntrica.

Atavismo ucrónico

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Desconozco las razones que mueven al reflejo de hacer aspavientos
y montar un número
cuando un pequeño bicho de muchas patas, y a veces muchos ojos, cae sobre tu chaqueta o te mira desde un lugar situado a la altura de tus ojos.

Mi razón irracional es la perspectiva, siempre insoportablemente bien visualizada, de que salte a mi cuerpo y,
en cuestión de segundos,
me devore el esternón.

Y la mandíbula inferior.

Enfoques

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Inteligencia artificial. Cuestionar la mano de Kubrick porque la película es efectista es olvidar la poesía, gélida pero poesía, de este hombre, si dudamos de ella basta preguntar a la muchacha que canta al final de Días de gloria o al ingeniero que hizo aprender Daisy a Hal-9000 cuando era un recién nacido.

Spielberg elimina escenas de sexo, cambia el alcoholismo de la madre de David por su afición a las tazas de café que el niño le prepara (en la historia original era aficionada a sus Bloody Marys), y en las escenas finales decide mostrar lo que Kubrick iba a dejar fuera de plano, pero el resto de la película es bastante fiel a lo que él creó en su cabeza durante tantos años. La historia de Pinocho no está intensificada por Spielberg, el propio Kubrick llamó siempre a esta película por el nombre del muñeco de madera. Y en cuanto al final, quizás Kubrick no lo hubiera magnificado con una banda sonora tan tremendista, pero el objetivo era el mismo.

Sobre el final rescato una frase de Sara Maitland, novelista inglesa a la que Kubrick acudió para encontrar el enfoque de un cuentacuentos. Maitland odiaba el final en el que Kubrick se empeñó:

«Debía de ser una imagen visual muy poderosa para él, porque no solía cometer estupideces con la trama. Me contrató porque yo era experta en cuentos de hadas, pero no quiso escucharme cuando le dije “puedes contar un viaje épico que termine en fracaso, pero no un viaje épico que se complete con éxito y se quede sin recompensa”» - Aquí

Suceder

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Y pues de repente en cinco días se acumula el movimiento que no apareció en seis meses. Viene la Parca que hila, exhuberante y hermosa en su Lamborghini verde pistacho, hace un nudo, y un viejo conocido desconocido dice que se va a pasar por la ciudad y que estaría bien quedar a comer. Vuelve la Parca, la muy cachonda hace un segundo nudo, y un americano desconocido decide que una es un buen destino para el regalo al que alguna otra persona no hizo aprecio, y la deja a una intrigada pensando cómo le hará sitio en el rincón tan pequeño de su hueco. Con el tercer y último nudo se recibe la llamada de teléfono de un viejo conocido ultra-conocido, informando de las buenas novedades en su vida.

Le pregunto si no hay previsto ningún nudo por el no-gigante del noreste y me dice que hace tiempo que el no-gigante dejó de hablarme, mucho antes de que nos dejáramos de hablar. Le pregunto si hay alguna compensación, algún resarcimiento, y me dice que ni hablar, que hay cosas muy merecidas.

La radio irá en la balda de abajo, junto al deuvedé, y así se ganará espacio para buena parte de lo que viene. Menos mal que la luz es buena.






La actualización de este pálpito es para dejar constancia de un asombro, ya que varios días después hubo nudo del no-gigante. Pero no lo ató la Parca. Lo trajo Murphy. Como dentro de un tiempo no recordaré cómo, cuándo ni por qué, sólo diré, como pista para el yo futuro, que fue un nudo agradable y hermoso.

There are dreams that cannot be

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Caminando a toda prisa por un MacDonald's, la feiticeira encontró una obsidiana envuelta en papel corporativo. La sacó del envoltorio que olía a fritanga y su brillo le cegó y le habló directamente al corazón.

I dreamed a dream, Les Misérables, 1985


No podía aceptar la falta de aire y el peso en el alma, aún joven. No superar el error cometido, focalizar la atención en ese hueco físico situado en los pulmones, era morir y matarse a destiempo. Le dio vueltas entre los dedos y no había manera de cambiarle el color, pero su belleza merecía algo más que un suelo de baldosa. Ahora la tiene en el alféizar de la ventana sur de su cabaña, donde le da el sol todo el día y ella no la ve, y mientras sigue con su vida alberga la esperanza fiera de encontrar el hechizo que la disuelva.

**
*

-Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el cielo.

Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acunándolo, le rascó la cabeza y preguntó:

-¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que formar pandillas. Así que sal zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te largues!

El gato se frotó contra su pierna.

-¡Te digo que te largues por ahí a tomar por...! -gritó Holly, y entró en el coche de un salto, cerró de un portazo y dijo-: Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

-La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

-Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada. Nunca... -dijo, y se le quebró la voz, le dió un tic, y una blancura de inválida hizo presa de su rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría de un lado para otro gritando:

-Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:

-¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer.

-Joder. Eramos el uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

-Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de alegría.

-Pero ¿y yo? -dijo, susurró, y volvió a estremecerse-. Tengo mucho miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de escupir aunque me fuera en ello la vida. -Subió al coche, se hundió en el asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.


Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote (1950), no anoté traductor

Diógenes

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Creo que una de las intoxicaciones culturales posrománticas ha sido el gusto por una metafísica del hundimiento. A ser posible sufrida en cabeza ajena, lo que es el colmo de la impostura. Sade es estupendo para ser leído, no para ser vivido. Convertir la degradación, el fracaso, el horror, la crueldad, el sinsentido en objeto estético es inevitable, pero confundente. Separa el arte de la vida. Resulta escandalosa, porque es verdadera, la afirmación de George Steiner: la cultura no hace mejores a las personas. Una pena.

Me lleva a estudiar un tema tan complicado mi optimismo de pedagogo. Creo que la inteligencia puede triunfar y sería deseable que lo hiciera.

La inteligencia fracasada, José Antonio Marina, Ed. Anagrama, 2008

No es la misma "metafísica del hundimiento" a la que él se refiere, pero la expresión me ha recordado el barrio cibernético que frecuentaba hace tres años, en el que personas para mí brillantes se regodeaban en algo que podría llamarse igual. Por curiosidad he vuelto hace unos días a dos de estos blogs y me ha sorprendido encontrar a sus autores en los mismos puntos en los que estaban hace tres años, cuando ya llevaban otros tantos con su literatura de la espiral derrotista, de interpretar su realidad con metáforas de perdición y fracaso. Una solamente podía especular con los sucesos cotidianos que originaban sus textos, ya que su lenguaje, casi siempre negro, era críptico, enrevesado.

Yo si quisiera podría ser así, tengo potencial para ello al ser una inteligencia dañada (*), y durante un tiempo sentí inclinación hacia el abismo literario oscuro. Pero imaginé el lastre que debe suponer tener todos tus pensamientos a un clic de distancia, las antiguas sensaciones siempre frescas, presentes y listas para influir en las nuevas (que tal vez tendrían más oportunidades de ser distintas si no tuvieran encima los ojos inquisidores de las primeras), y decidí cambiar el enfoque. Es muy poderosa la capacidad de partir de cero, de tener la oportunidad de que gente nueva te mire con ojos nuevos para que también tú empieces a apreciarte. Son también muy poderosas las ganas de apreciarse. Y adictivas.

No hay que lastrarse. Estamos o deberíamos estar en continuo cambio, y de lo que se trata es de liberarnos del mosquetón anterior para pasar al siguiente, en lugar de acumular cuerdas ancladas que nos dejen clavados a la pared como insectos de exposición resecos y vacíos.



(*) Resulta trágico comprobar que con frecuencia las circunstancias, las experiencias, limitan los recursos intelectuales de una persona, su capacidad para enfrentarse con la vida. Se da entonces un fracaso objetivo del que la víctima no es, claro está, responsable. Un niño al que se le ha inoculado el odio va a sufrir un desajuste permanente en su vida. Es una inteligencia dañada.


La inteligencia fracasada, José Antonio Marina, Ed. Anagrama, 2008

Raíces

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Veo parte de Encuentros en la tercera fase por enésima vez y recuerdo la primera, siendo muy, muy pequeña, cuando se me quedó grabada a fuego una de las secuencias. No guardé el más mínimo recuerdo de los colores y la musiquilla y la fascinación naïf del final, no. La única que se me quedó grabada esa primera vez fue toda la secuencia en el interior de la casa de la que los extraterrestres se llevan al niño Barry, que me impresionó no sólo por la oscuridad y la amenaza, sino sobre todo por la angustia de la madre.

(Y ahora que lo pienso, en oposición a esa angustia, el desapego alegre del niño. Recuerdo que el contraste no encajó bien en mi cabeza, y puede que en aquel momento me chocara la posibilidad de que algo que a mí me pareciera bien o divertido podía ser tal vez motivo de horror para mis padres, ¿y cómo estar segura de ello?; puede que ahí empezara la percepción del mundo como una realidad con varias interpretaciones, y que la correcta pero aún inaprensible era la de los adultos.)

Este recuerdo me ha llevado esta tarde a una persona querida de mi pasado cada vez menos cercano que, traumatizada en la infancia por la muerte de la madre del ciervo de Disney (su único recuerdo de la trama), creía que los cuentos debían prescindir de brujas malas, niñas envenenadas, hijos abandonados en el bosque y escenas traumáticas en general, porque esa era seguramente la razón de que el mundo fuera un lugar tan desagradable. Hay mucha simplificación en esta frase mía, pero la idea era ésa: los niños educados en valores positivos crecen y originan adultos sensatos, sin traumas, miedos ni inseguridades.

No. La angustia de Encuentros... no quiero que me la ahorren. Tampoco el terror de la escena de La Cosa en la que el perro se abre, que me aterrorizaba tanto que apartaba la vista pero no me perdía detalle auditivo. Y la sensación de absoluta vulnerabilidad que jamás olvidaré, al subir una tarde las escaleras estrechas y oscuras de la casa de mi abuela tras haber visto a solas, en una cocina en penumbra con rayos de sol filtrándose por las contraventanas, la que acabo de descubrir que se llama Dark Night of the Scarecrow y por lo visto es nefasta: mi familia arriba, lejos, bromeando en la luz del primer piso, y yo batallando con mis piernas para que no se me quedaran paralizadas en las escaleras oscuras. Porque como me había incorporado tarde a la película y no conocía la amistad previa, ¿quién podía garantizarme que la niña seguía a salvo después de la flor? ¿Acaso no había visto hacía tiempo otra escena de otra película con niñas, flores y monstruos, que había acabado muy mal?

No valen la pena por el momento infantil de agonía (y si eres una persona morbosa la sensación obsesiva te acompaña hasta más allá de las pesadillas y se filtra en cada poro de tu piel), sino por el momento, más tardío, en el que las piezas encajan y se ve todo claro. Y eso que he mencionado situaciones de miedo gratuito. Con más razón pienso que es necesario en los cuentos, que tienen una intencionalidad aleccionadora básica. Necesitamos impresiones fuertes para desmitificarlas después. Un aprendizaje sin enigmas ni terrores no sería emocionante ¿y para qué serviría entonces?

Ensayo y error

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En febrero el innombrable arrancaba maravillosamente bien y le asomaba el segundo par de hojitas. Erré al pensar que tal vez empezaba a necesitar sol, y en dos horas, evidente, todas las germinaciones se achicharraron dentro del improvisado invernadero. No quedó ni la prueba de los hijos de las que serán las míticas nevadas de 2009.

Nunca he dejado de ser consciente de que la vida real no es como un Word, un Powerpoint, un Excel o un Photoshop, lo que no quita que, malacostumbrada por el hábito, genere cierta frustración el no poder utilizar un botón Deshacer. Pero viene bien recordar que no todos los errores son reparables. Como si no lo hubiera descubierto ya, dolorosamente, hace poco.

La segunda versión del innombrable está preciosa, y falta idear algo para que no note mi ausencia de la Semana Santa. Pero si los brotes salen adelante, por muy fuerte que sea la planta que venga después, me quedará el regusto amargo de saber que no son los hijos de las nevadas míticas.

El espíritu de los tiempos

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Escribiendo un borrador para una entrada interrumpo para ver Zeitgeist, y la bofetada, o más bien zarpazo porque no es un conocimiento nuevo que me coja por sorpresa sino una serie de hechos sabidos uniéndose para formar una imagen reconocible que me salta a la cara, me arrebata para escribir desde la víscera mi convencimiento de que todo el mundo en todo el mundo, los seis mil millones, debería sacar su propia conclusión sobre él, pero verlo al menos una vez. Verlo y luego decidir si acogerlo o desecharlo. Verlo.

Por encima de la demagogia y la forma en que Zeitgeist nos quiere dar las conclusiones que Zeitgeist extrae (cada vez le tengo más aversión a la grandilocuencia), conclusiones con las que uno puede o no estar de acuerdo, los hechos son hechos. Mi lógica particular, a la que desde luego no tengo por infalible, ya hace tiempo que me regaló mi visión personal sobre JS, a quien sigo creyéndole un germen bien humilde pero real, y mi fantasía maquiavélica sobre BL, ocupante de una luminosa oficina en algún corazón financiero. En esto entonces no hay sorpresa. Todos los demás hechos desconocidos de cuestiones farragosas encajan como matrioskas, y aunque este encaje tan conspiranoicamente perfecto también lo pongo en cuarentena (conozco bien las debilidades de los frenólogos del s. XIX heredadas hoy, en esta época en la que hay más dilentantes que nunca), me reafirma en mi necesidad de cuestionar las versiones oficiales de cualquier asunto.

En bastantes cosas de las vistas hace quince minutos, estoy más cerca de la visión conspiranoica que de la oficial. Y eso es pura miseria.


(La existencia de tantos dilentantes hoy tiene objeciones y una lectura muy buena -> dudo mucho sobre si poner "y" o "pero", dudo también quién merece estar en el lugar preeminente de la frase, las objeciones o la lectura muy buena -> y salvando todas las distancias me estoy notando la obsesión de Foster Wallace y me veo no acabando esta nota al pie nunca.)

Escucho tu canto

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No cielo,
el inglesito no se va poquito a poco
expulsado por la paz y el amor.
Si has tenido la suerte de que tu vida
se haya deslizado durante añitos
a través
de poéticas fases vitales de relámpagos azules,
el inglesito sólo se esfuma cuando…
qué te voy a contar ya.
Ya lo sabes y me conduelo.

Pero la canción es una monada. Una monadita.

Soy Ana

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Lo que sí es apropiado es que en El espíritu de la colmena, a la escena del pueblo con los ojos clavados en Frankenstein le siga otra de un apicultor misántropo atontando a las abejas con humo para manejarlas sin peligro de picadura.

El espíritu de la colmena, el momento en que una niña descubre la ambigüedad del mundo a través del cine y aprende que ella ya no es sólo IsabelyAna, ese descubrimiento vital que todos los que no somos hijos únicos podemos reconocer. Desarrollando una personalidad propia, un espíritu independiente que la sitúa ya no junto a su hermana sino frente a ella, dos niñas que crecen y diferencian sus maneras de responder al mundo. El punto de vista de la hermana ya no es fiable, ya no vale; ya muestra dobleces y retorcimientos que ella aún no puede aceptar.

Y si nos hemos saltado las normas de la película y han matado al monstruo antes que a mí, ¿no será que debo hacer yo algo al respecto? Por muy mal que suene por las retorcidas asociaciones adultas, la pregunta es simple, ¿me la como o no me la como, esa que produce tanto rechazo que no hay ni que nombrarla?

Daría para varios párrafos (y ya se ha escrito mucho sobre esta historia) hablar de si termina desafiando la prohibición del padre o no. En todo caso, al final el espíritu no era aquel señor. El espíritu lo ve en su propio rostro cuando se asoma al espejo del agua, y lo encontrará dentro de sí misma para acudir a él cada vez que lo desee, con la libertad que siempre tenemos para recurrir a nuestros propios recursos internos sin censuras ni límites. Si tu mayor anhelo descansa en un elemento externo, como una persona que no da noticias de sí misma, asume los vaivenes del destino y las frustraciones que vengan. Si reside en ti, úsalo y disfrútalo con libertad; no puede haber frustración posible.

También lectura global, Ana como España viviendo su vida de colmena u hormiguero en ese desierto de color ámbar y ceniza que tanta desolación trae a mis ojos que mamaron monte verde y frondoso. No hay más ambición de descollar que la que pueda sugerir la sin embargo engañosa mirada perdida de la maestra ante el poema de Rosalía de Castro (en el caso de aceptar que lo escucha de verdad, entonces su actitud vacía y desencantada contrasta con la de la niña, que absorbe el poema con interés vivo). Y si algún día descollaste y, por circunstancias terribles, los tuyos cayeron en desgracia pero no quisiste llegar tan lejos como para recurrir al exilio autoimpuesto, no te quedará más remedio que pasar desapercibido y estudiar la vida de la colmena desde una de sus celdillas. Pero tu hija no llevará el brasero debajo del brazo cada vez que salga de casa. Tu hija será como tú.

Deséale que no le maten su conocimiento.


**
*

Fue entonces cuando Víctor Erice (San Sebastián, 1940) recordó en voz alta lo que para él fue el momento más extraordinario del filme y que no está en sus imágenes. Describió la escena como si de un cuento se tratara, mientras la sala se iba quedando cada vez más y más silenciosa. Fue el encuentro real entre Ana Torrent y el actor que hacía de Frankenstein. Era de noche, el bosque estaba ya iluminado por los proyectores y las luces, «siempre las luces», lo habían transfigurado. El actor estaba ya maquillado de Frankenstein. «Algo iba a pasar», recordó Erice. «Cuando llegó la niña estábamos cenando. También Frankenstein, que tomaba unos huevos fritos. De pronto, Ana reparó en el monstruo, dio un salto y se refugió en los brazos del primero que pilló, que era Teo Escamilla. Tuvo un ataque de pánico. Frankenstein no hacía más que sonreír y la niña no paraba de llorar. Fue un momento extraordinario. Pasados unos minutos, Ana y el monstruo empezaron a hablar. Ella le hizo entonces la pregunta fundamental: ¿Porqué [sic] mataste a la niña? Espero que la película en cierta forma respondiera a esta cuestión.» (Rodrigo García, El País, 23/09/2003)

Yo no me hice esa pregunta cuando vi la película (de la que sólo recuerdo esa escena) a la edad de Ana; el sentido poético, tan retorcido, ya estaba en mi cabeza.

Experimentos

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Hombre-coraza.
Burlona inteligencia
que ofende al alma.


Barca en el agua.
En el cielo turquesa
nube de agosto.


Camino al valle,
detenemos la charla:
ríen mujeres.


Y con mi beso
escogeré el silencio
que te hará mía.

(Variante de un verso del Nessum Dorma que tiene estructura de haiku.)

Lo apropiado

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Cualquiera que tenga una idea interesante puede intentar convertirse en experimentador y "conclusionista".

Y también, cualquiera puede intentar convertirse en opinador: si a un hombre que tiene sólo media hora para comer le invitan a sentarse a una mesa a disfrutar de un solomillo relleno de boletus regado con un Vega Sicilia del 94, por muy exquisito que sea (en este caso por serlo), intentará agendarla para un día que permita degustación tranquila y sobremesa larga. Un momento para cada cosa.

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*

La primera idea que se me viene a la cabeza lavanda cuando se estrena la enésima película sobre el Holocausto, es conspiranoica y a mayor gloria del lobby; a una se le encadenan pensamientos que terminan en la idea de un acuerdo anual oculto. Pero aunque no sería descabellado pensarlo, tal y como está de sensible la epidermis, no hay que irse tan lejos. Así son. No por nada le llaman industria. Echarán mano de lo que haga falta para dar de comer a iluminadores y actores. Cualquier personaje más o menos descollante (el motivo es lo de menos) será justificación suficiente para hacer un homenaje a una vida. Robarán hasta la última gota el encanto vital de cualquier suceso mínimo. Cómo no entender entonces que para ellos aquella abominable infamia rebosante de innumerables historias y dramas anónimos sea el Atapuerca emocional por antonomasia.

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*

Miraba los títulos tontorrones de las novedades editoriales cuando sonó un estruendo seco: a una distancia de cinco metros, lo único seguro eran una madre joven y su hijo pequeño junto a una estantería con baldas de cristal, y una de ellas se había roto en dos pedazos al estrellarse contra el suelo. El guardia de seguridad se acercó mientras la madre joven miraba bobamente al suelo, quizá preguntándose si tendría que pagar el estropicio. En un momento dado, quizá cuando ya le habían dado garantías de que no iba a tener que sacar la tarjeta de crédito, pronunció una tímida pero clara disculpa. Me crucé con ellos cuando se alejaban del lugar del estropicio y yo caminaba hacia la salida; el niño pequeño preguntó con su gramática de niño pequeño «¿quién hubiera sido?», y la madre joven dijo, con la voz quejosa que muchos adultos usan cuando hablan con un niño, «nadie, ya estaba roto cariño».

La frase se me quedó metida en la cabeza lavanda como un signo de mal augurio a largo plazo para ambos, la madre madura y el niño crecido, pero a corto plazo y de manera puntual para ninguno de los dos.

British life on Mars

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Érase una vez un hombre desconcertado, un hombre atribulado, un hombre inteligente, sereno y conciliador que tuvo que vivir durante un tiempo sin consciencia. La vida se apagó temporalmente en 2006 y junto a ella se truncaron todas las vicisitudes (un caso policíaco en su punto álgido, dramático a nivel personal), todas las relaciones personales y hábitos, para encenderse en 1973 a unos hábitos, relaciones personales, vicisitudes y vida que parecían de otro mundo.

[No tengamos en cuenta la respuesta que da la serie a la pregunta germen («Am I mad, in a coma, or back in time?»), que puede ser cualquiera de las tres; especulemos con la segunda, la obvia, la mejor para construir un subtexto.]

Atrapado en su interior, el hombre se enzarzó en una lucha continua con cada aspecto de su yo:

Descubrió (quizás; es arriesgado aventurarlo) qué tipo de mujer estaba buscando en realidad, que no tenía mucho que ver con las que hasta ese momento habían entrado en el radar de su atractivo.

Tuvo que enfrentarse a un ambiente inhóspito y, sobre todo, a un compañero hostil, la dura voz del rechazo personal con la que algunos parecemos haber sustituido al Pepito Grillo consejero (la desagradable sorpresa es que si por una vez le desafiamos y nos atrevemos a quitarle la razón, podemos encontrarnos con que quizás está menos equivocada de lo que deseábamos... aunque siempre hay tiempo para una vuelta de tuerca y demostrarle lo mismo a ella). En tono desafiante, nuestro hombre se reafirmaba ante otro personaje, qué más da ante quién si sobre todo se lo estaba recordando a sí mismo: «¿Sabes?, en el lugar del que vengo [...] la gente me quiere. No desean nada de mí, no desean enfrentarse a mí. Simplemente me quieren». En las luchas con nosotros mismos olvidamos que el resto del mundo no nos cuestiona tanto, y lo olvidamos porque nos cuesta creer que la aceptación sea tan fácil como parece.

Y ante todo, sobre todo, batalló con su lado oscuro encarnado en un hombre que no carecía del principio de integridad que a él mismo le movía, pero básicamente violento, visceral, maleducado, ultra-políticamente-incorrecto (ese concepto actual de camino incierto), importante notar que aun siendo un lado oscuro al que nuestro hombre se enfrentaba y al cual cuestionaba, en general ante sus acometidas imposibles de detener, por tratarse de un superior jerárquico, debía retirarse (¿liberadoramente?) a un segundo plano y dejarle actuar.

Mientras tanto, intentó con todas sus fuerzas volver al mundo consciente alentado por las muchas ocasiones de percepción del exterior. Contactó con recuerdos y partes de sí mismo que parecían enterrados muy al fondo de su subconsciente. Interactuó con ellos de forma insólita, pero como experiencias estrictamente personales. Y aún tuvo tiempo, en no pocos momentos, de descubrir
lo solo que está uno
consigo mismo
en su interior.

Auntie Heather, la tía Heather, desde el televisor fantasmal: «Now, from one lovely boy to another... it's Gilbert O'Sullivan and "Alone Again (Naturally)"».