—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Soy Ana

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Lo que sí es apropiado es que en El espíritu de la colmena, a la escena del pueblo con los ojos clavados en Frankenstein le siga otra de un apicultor misántropo atontando a las abejas con humo para manejarlas sin peligro de picadura.

El espíritu de la colmena, el momento en que una niña descubre la ambigüedad del mundo a través del cine y aprende que ella ya no es sólo IsabelyAna, ese descubrimiento vital que todos los que no somos hijos únicos podemos reconocer. Desarrollando una personalidad propia, un espíritu independiente que la sitúa ya no junto a su hermana sino frente a ella, dos niñas que crecen y diferencian sus maneras de responder al mundo. El punto de vista de la hermana ya no es fiable, ya no vale; ya muestra dobleces y retorcimientos que ella aún no puede aceptar.

Y si nos hemos saltado las normas de la película y han matado al monstruo antes que a mí, ¿no será que debo hacer yo algo al respecto? Por muy mal que suene por las retorcidas asociaciones adultas, la pregunta es simple, ¿me la como o no me la como, esa que produce tanto rechazo que no hay ni que nombrarla?

Daría para varios párrafos (y ya se ha escrito mucho sobre esta historia) hablar de si termina desafiando la prohibición del padre o no. En todo caso, al final el espíritu no era aquel señor. El espíritu lo ve en su propio rostro cuando se asoma al espejo del agua, y lo encontrará dentro de sí misma para acudir a él cada vez que lo desee, con la libertad que siempre tenemos para recurrir a nuestros propios recursos internos sin censuras ni límites. Si tu mayor anhelo descansa en un elemento externo, como una persona que no da noticias de sí misma, asume los vaivenes del destino y las frustraciones que vengan. Si reside en ti, úsalo y disfrútalo con libertad; no puede haber frustración posible.

También lectura global, Ana como España viviendo su vida de colmena u hormiguero en ese desierto de color ámbar y ceniza que tanta desolación trae a mis ojos que mamaron monte verde y frondoso. No hay más ambición de descollar que la que pueda sugerir la sin embargo engañosa mirada perdida de la maestra ante el poema de Rosalía de Castro (en el caso de aceptar que lo escucha de verdad, entonces su actitud vacía y desencantada contrasta con la de la niña, que absorbe el poema con interés vivo). Y si algún día descollaste y, por circunstancias terribles, los tuyos cayeron en desgracia pero no quisiste llegar tan lejos como para recurrir al exilio autoimpuesto, no te quedará más remedio que pasar desapercibido y estudiar la vida de la colmena desde una de sus celdillas. Pero tu hija no llevará el brasero debajo del brazo cada vez que salga de casa. Tu hija será como tú.

Deséale que no le maten su conocimiento.


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Fue entonces cuando Víctor Erice (San Sebastián, 1940) recordó en voz alta lo que para él fue el momento más extraordinario del filme y que no está en sus imágenes. Describió la escena como si de un cuento se tratara, mientras la sala se iba quedando cada vez más y más silenciosa. Fue el encuentro real entre Ana Torrent y el actor que hacía de Frankenstein. Era de noche, el bosque estaba ya iluminado por los proyectores y las luces, «siempre las luces», lo habían transfigurado. El actor estaba ya maquillado de Frankenstein. «Algo iba a pasar», recordó Erice. «Cuando llegó la niña estábamos cenando. También Frankenstein, que tomaba unos huevos fritos. De pronto, Ana reparó en el monstruo, dio un salto y se refugió en los brazos del primero que pilló, que era Teo Escamilla. Tuvo un ataque de pánico. Frankenstein no hacía más que sonreír y la niña no paraba de llorar. Fue un momento extraordinario. Pasados unos minutos, Ana y el monstruo empezaron a hablar. Ella le hizo entonces la pregunta fundamental: ¿Porqué [sic] mataste a la niña? Espero que la película en cierta forma respondiera a esta cuestión.» (Rodrigo García, El País, 23/09/2003)

Yo no me hice esa pregunta cuando vi la película (de la que sólo recuerdo esa escena) a la edad de Ana; el sentido poético, tan retorcido, ya estaba en mi cabeza.