—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Ensayo y error

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En febrero el innombrable arrancaba maravillosamente bien y le asomaba el segundo par de hojitas. Erré al pensar que tal vez empezaba a necesitar sol, y en dos horas, evidente, todas las germinaciones se achicharraron dentro del improvisado invernadero. No quedó ni la prueba de los hijos de las que serán las míticas nevadas de 2009.

Nunca he dejado de ser consciente de que la vida real no es como un Word, un Powerpoint, un Excel o un Photoshop, lo que no quita que, malacostumbrada por el hábito, genere cierta frustración el no poder utilizar un botón Deshacer. Pero viene bien recordar que no todos los errores son reparables. Como si no lo hubiera descubierto ya, dolorosamente, hace poco.

La segunda versión del innombrable está preciosa, y falta idear algo para que no note mi ausencia de la Semana Santa. Pero si los brotes salen adelante, por muy fuerte que sea la planta que venga después, me quedará el regusto amargo de saber que no son los hijos de las nevadas míticas.