—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Raíces

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Veo parte de Encuentros en la tercera fase por enésima vez y recuerdo la primera, siendo muy, muy pequeña, cuando se me quedó grabada a fuego una de las secuencias. No guardé el más mínimo recuerdo de los colores y la musiquilla y la fascinación naïf del final, no. La única que se me quedó grabada esa primera vez fue toda la secuencia en el interior de la casa de la que los extraterrestres se llevan al niño Barry, que me impresionó no sólo por la oscuridad y la amenaza, sino sobre todo por la angustia de la madre.

(Y ahora que lo pienso, en oposición a esa angustia, el desapego alegre del niño. Recuerdo que el contraste no encajó bien en mi cabeza, y puede que en aquel momento me chocara la posibilidad de que algo que a mí me pareciera bien o divertido podía ser tal vez motivo de horror para mis padres, ¿y cómo estar segura de ello?; puede que ahí empezara la percepción del mundo como una realidad con varias interpretaciones, y que la correcta pero aún inaprensible era la de los adultos.)

Este recuerdo me ha llevado esta tarde a una persona querida de mi pasado cada vez menos cercano que, traumatizada en la infancia por la muerte de la madre del ciervo de Disney (su único recuerdo de la trama), creía que los cuentos debían prescindir de brujas malas, niñas envenenadas, hijos abandonados en el bosque y escenas traumáticas en general, porque esa era seguramente la razón de que el mundo fuera un lugar tan desagradable. Hay mucha simplificación en esta frase mía, pero la idea era ésa: los niños educados en valores positivos crecen y originan adultos sensatos, sin traumas, miedos ni inseguridades.

No. La angustia de Encuentros... no quiero que me la ahorren. Tampoco el terror de la escena de La Cosa en la que el perro se abre, que me aterrorizaba tanto que apartaba la vista pero no me perdía detalle auditivo. Y la sensación de absoluta vulnerabilidad que jamás olvidaré, al subir una tarde las escaleras estrechas y oscuras de la casa de mi abuela tras haber visto a solas, en una cocina en penumbra con rayos de sol filtrándose por las contraventanas, la que acabo de descubrir que se llama Dark Night of the Scarecrow y por lo visto es nefasta: mi familia arriba, lejos, bromeando en la luz del primer piso, y yo batallando con mis piernas para que no se me quedaran paralizadas en las escaleras oscuras. Porque como me había incorporado tarde a la película y no conocía la amistad previa, ¿quién podía garantizarme que la niña seguía a salvo después de la flor? ¿Acaso no había visto hacía tiempo otra escena de otra película con niñas, flores y monstruos, que había acabado muy mal?

No valen la pena por el momento infantil de agonía (y si eres una persona morbosa la sensación obsesiva te acompaña hasta más allá de las pesadillas y se filtra en cada poro de tu piel), sino por el momento, más tardío, en el que las piezas encajan y se ve todo claro. Y eso que he mencionado situaciones de miedo gratuito. Con más razón pienso que es necesario en los cuentos, que tienen una intencionalidad aleccionadora básica. Necesitamos impresiones fuertes para desmitificarlas después. Un aprendizaje sin enigmas ni terrores no sería emocionante ¿y para qué serviría entonces?