—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Diógenes

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Creo que una de las intoxicaciones culturales posrománticas ha sido el gusto por una metafísica del hundimiento. A ser posible sufrida en cabeza ajena, lo que es el colmo de la impostura. Sade es estupendo para ser leído, no para ser vivido. Convertir la degradación, el fracaso, el horror, la crueldad, el sinsentido en objeto estético es inevitable, pero confundente. Separa el arte de la vida. Resulta escandalosa, porque es verdadera, la afirmación de George Steiner: la cultura no hace mejores a las personas. Una pena.

Me lleva a estudiar un tema tan complicado mi optimismo de pedagogo. Creo que la inteligencia puede triunfar y sería deseable que lo hiciera.

La inteligencia fracasada, José Antonio Marina, Ed. Anagrama, 2008

No es la misma "metafísica del hundimiento" a la que él se refiere, pero la expresión me ha recordado el barrio cibernético que frecuentaba hace tres años, en el que personas para mí brillantes se regodeaban en algo que podría llamarse igual. Por curiosidad he vuelto hace unos días a dos de estos blogs y me ha sorprendido encontrar a sus autores en los mismos puntos en los que estaban hace tres años, cuando ya llevaban otros tantos con su literatura de la espiral derrotista, de interpretar su realidad con metáforas de perdición y fracaso. Una solamente podía especular con los sucesos cotidianos que originaban sus textos, ya que su lenguaje, casi siempre negro, era críptico, enrevesado.

Yo si quisiera podría ser así, tengo potencial para ello al ser una inteligencia dañada (*), y durante un tiempo sentí inclinación hacia el abismo literario oscuro. Pero imaginé el lastre que debe suponer tener todos tus pensamientos a un clic de distancia, las antiguas sensaciones siempre frescas, presentes y listas para influir en las nuevas (que tal vez tendrían más oportunidades de ser distintas si no tuvieran encima los ojos inquisidores de las primeras), y decidí cambiar el enfoque. Es muy poderosa la capacidad de partir de cero, de tener la oportunidad de que gente nueva te mire con ojos nuevos para que también tú empieces a apreciarte. Son también muy poderosas las ganas de apreciarse. Y adictivas.

No hay que lastrarse. Estamos o deberíamos estar en continuo cambio, y de lo que se trata es de liberarnos del mosquetón anterior para pasar al siguiente, en lugar de acumular cuerdas ancladas que nos dejen clavados a la pared como insectos de exposición resecos y vacíos.



(*) Resulta trágico comprobar que con frecuencia las circunstancias, las experiencias, limitan los recursos intelectuales de una persona, su capacidad para enfrentarse con la vida. Se da entonces un fracaso objetivo del que la víctima no es, claro está, responsable. Un niño al que se le ha inoculado el odio va a sufrir un desajuste permanente en su vida. Es una inteligencia dañada.


La inteligencia fracasada, José Antonio Marina, Ed. Anagrama, 2008