—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

There are dreams that cannot be

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Caminando a toda prisa por un MacDonald's, la feiticeira encontró una obsidiana envuelta en papel corporativo. La sacó del envoltorio que olía a fritanga y su brillo le cegó y le habló directamente al corazón.

I dreamed a dream, Les Misérables, 1985


No podía aceptar la falta de aire y el peso en el alma, aún joven. No superar el error cometido, focalizar la atención en ese hueco físico situado en los pulmones, era morir y matarse a destiempo. Le dio vueltas entre los dedos y no había manera de cambiarle el color, pero su belleza merecía algo más que un suelo de baldosa. Ahora la tiene en el alféizar de la ventana sur de su cabaña, donde le da el sol todo el día y ella no la ve, y mientras sigue con su vida alberga la esperanza fiera de encontrar el hechizo que la disuelva.

**
*

-Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el cielo.

Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acunándolo, le rascó la cabeza y preguntó:

-¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que formar pandillas. Así que sal zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te largues!

El gato se frotó contra su pierna.

-¡Te digo que te largues por ahí a tomar por...! -gritó Holly, y entró en el coche de un salto, cerró de un portazo y dijo-: Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

-La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

-Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada. Nunca... -dijo, y se le quebró la voz, le dió un tic, y una blancura de inválida hizo presa de su rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría de un lado para otro gritando:

-Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:

-¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer.

-Joder. Eramos el uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

-Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de alegría.

-Pero ¿y yo? -dijo, susurró, y volvió a estremecerse-. Tengo mucho miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de escupir aunque me fuera en ello la vida. -Subió al coche, se hundió en el asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.


Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote (1950), no anoté traductor