—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

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Y pues de repente en cinco días se acumula el movimiento que no apareció en seis meses. Viene la Parca que hila, exhuberante y hermosa en su Lamborghini verde pistacho, hace un nudo, y un viejo conocido desconocido dice que se va a pasar por la ciudad y que estaría bien quedar a comer. Vuelve la Parca, la muy cachonda hace un segundo nudo, y un americano desconocido decide que una es un buen destino para el regalo al que alguna otra persona no hizo aprecio, y la deja a una intrigada pensando cómo le hará sitio en el rincón tan pequeño de su hueco. Con el tercer y último nudo se recibe la llamada de teléfono de un viejo conocido ultra-conocido, informando de las buenas novedades en su vida.

Le pregunto si no hay previsto ningún nudo por el no-gigante del noreste y me dice que hace tiempo que el no-gigante dejó de hablarme, mucho antes de que nos dejáramos de hablar. Le pregunto si hay alguna compensación, algún resarcimiento, y me dice que ni hablar, que hay cosas muy merecidas.

La radio irá en la balda de abajo, junto al deuvedé, y así se ganará espacio para buena parte de lo que viene. Menos mal que la luz es buena.






La actualización de este pálpito es para dejar constancia de un asombro, ya que varios días después hubo nudo del no-gigante. Pero no lo ató la Parca. Lo trajo Murphy. Como dentro de un tiempo no recordaré cómo, cuándo ni por qué, sólo diré, como pista para el yo futuro, que fue un nudo agradable y hermoso.