—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

El séptimo sentido

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A veces se encuentran regalos donde no se los espera, y entonces se recupera por un instante la emoción genuina, tan difícil de sentir a partir de cierto momento vital. No esa emoción grandiosa de un hermano que se convierte en padre o un licenciado que consigue su primer contrato no basura, sino la que sentíamos de niños cuando alguna incongruencia grotesca y deliciosa, de esas que más hacen reír que otra cosa, nos hacía sospechar que el mundo era más grande y sus habitantes tenían más dimensiones de lo que veníamos pensando.

Hace años, mi participación inusual, activa y cómplice en el final de Hana Bi («al menos pásale el brazo por el hombro») dejó una milésima parte de mí junto a este hombre. Su castillo pasó a ser una de esas capas de la cebolla que es mejor no juzgar porque la vida es así. Hoy otra milésima se fue con él.


Zatoichi, de Takeshi Kitano, 2003. Música de Keiichi Suzuki


El que no quiera entenderlo, que no lo haga. El séptimo sentido es el del ritmo.

Polvo y lodo

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Famoso aforismo antropocéntrico: si un árbol cae en el interior de un bosque donde no hay nadie para oírlo, ¿hace ruido o no? Puestos a ser el centro del universo, generaría un zen más poderoso el preguntarnos si realmente ha caído. ¿O ha tenido vida alguna vez, si ha crecido en lo más profundo de un bosque donde nadie ha entrado nunca?

Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón (2006). Si dentro de cien años nadie estará ahí para admirar o entender el Guernika o el David, ¿se desvanecerán? Ahí estarán los perros, gatos, gallinas, palomas, cuervos, cerdos, ciervos, dromedarios, canarios, cebras, vacas, a los que ya preparamos el terreno, para llenar el mármol de cagarrutas y afilar las uñas en el lienzo. Pero no admirarán nada. Se limitarán a continuar con la ley del más fuerte, pero con una carga cero consciente, cero moral, cero filosófica, cero cultural y casi cero contaminante. Todo ventajas.

El futuro ya está aquí. ¿Cuándo se acabará el mundo? ¿Cuando las ranas críen pelo? No, cuando los cerdos vuelen. O eso pensaba yo, pero la interpretación de símbolos depende de la cultura o los conocimientos que el intérprete tenga, y pues el cerdo flotante resultó ser por lo visto, al fin y al cabo, una referencia musical. Antropocéntrica.