—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Hablar por hablar

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"Aunque es difícil llegar a ser una réplica exacta de la hermosa reina faraónica, el solo hecho de soñar con convertirse en Nefertiti es algo que suscita valoración y admiración".

http://www.elpais.com/articulo/gente/51/operaciones/quirurgicas/parecerse/Nefertiti/elpepugen/20090824elpepuage_5/Tes

Matiz

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Mañana será la gran ciudad de hormigón y cristal que bulle como si no quisiera saber que está rodeada de aridez. El trámite del transporte público pensando en quién sabe. El bullicio frívolo de Goya, tan revitalizador, y el permanente encogimiento de hombros de Azca. Los domingos de Rastro y esa soledad que no es soledad sino Soledad.

Hoy ha sido un trayecto en coche mientras el sol doraba las ocho de la tarde, carretera recta hacia el oeste bajo una bóveda de pinos y robles que filtraban con avaricia los rayos de oro. El guiño de la pulsera bajo el silencio absoluto, sin cuco, sin pájaro carpintero, la charla tranquila y el olor de la menta (ella) y la hierbaluisa (él). Los regalos, tantos regalos de frutas que guardan una explosión de sabor de la que no saben nada los estantes del Mercadona ni los del Eroski. Jugo que correrá por la barbilla llorando por no estar bajo la bóveda verde. Y la imagen de una dama, menuda y anciana, vigorosa, estrafalaria, de espaldas, seleccionando los mejores regalos, diminuta figura perdida en la inmensidad del fondo que la contenía, verde y rama, hoja y liquen, subiendo el fondo hacia arriba y hacia atrás, verdes más oscuros, árboles más altos y más viejos, y arriba el turquesa intenso, y atrás, al otro lado, el sol muy dorado porque ya moría.

No la de los Nibelungos

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Es Millenium una entrada de enciclopedia sobre Suecia, y digo Millenium en lugar de Los hombres que no amaban a las mujeres (Ed. Destino, trad. de Martin Lexell y Juan José Ortega Román), aunque sólo haya leído ésta y no la trilogía, porque parece que en el segundo volumen esta tendencia a catalogar proezas suecas alcanza cotas de vergüenza ajena.

Pero Stieg Larsson escribió a una protagonista muy magnética, y por lo visto esto es suficiente para redimir un libro de setecientas páginas: aunque el otro protagonista tenga el carisma de un llavero, aunque haya situaciones, comentarios y descripciones que producen ecos en la cabeza, que no llegan a ningún sitio y no sirven para nada, algún crítico le ha halabado la habilidad narrativa. No. En caliente, tras leerlo, escribí que se le podría llamar activista concienzudo pero no buen escritor.

Era tan bajo (nulo) el índice de decepciones, incluso de personas que decían que se habían acercado al libro con cautela debido a la acumulación de expectativas, que creí que esta vez sí encontraría algo que valiera la pena. Pero he hecho caso del entusiasmo colectivo y me ha pasado igual que con El curioso incidente del perro a medianoche (Mark Haddon) y El niño con el pijama de rayas (John Boyne). En cuanto al misteriazo que eleva la adrenalina y hace escribir opiniones entusiastas y exageradas en la red, sólo queda decir que a principios de esta década me cayó en las manos Lugar de ejecución, de Val McDermid (2000, RBA, trad. de Francisco Martín Arribas), con un planteamiento muy muy muy similar. En Los hombres..., olerse el final a la altura de la página 2 estropea la única diversión que podía reservarme este libro.

**
*


Releo Robinson Crusoe, de Daniel Defoe (1719, trad. de Martha Eguía). Me llama la atención la última expresión de este párrafo, internamente se la regalo al que sé que no me va a leer:

Estos pensamientos me asaltaban de golpe, como una tempestad que se abatía sobre mí, en los momentos de mayor serenidad espiritual, haciéndome retorcer las manos y sollozar como un niño. A veces me sorprendía en medio del trabajo y me sentaba inmediatamente suspirando con los ojos bajos durante una o dos horas, y esto era aún peor, pues si hubiese podido irrumpir en lágrimas o expresarme en palabras, habría podido desahogarme, y el dolor se hubiese agotado por sí solo.

Disección del sentimiento de culpa

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Solaris, Stanislaw Lem (1961), Ed. Minotauro (por confirmar que la yoísta traducción es de Matilde Horne y F.A.).

El visitante de Snaut es más intrigante que el de Sartorius. Sartorius vive torturado por lo que puede ser el remanente de una tendencia pedófila soterrada, el testimonio de un deseo reprimido de paternidad, o el recuerdo de alguna vivencia traumática de la niñez. El sombrerito de paja y las risas y pisadas infantiles hacen pensar así.

Pero del de Snaut no se tiene la más mínima pista, ni una sola, salvo la sospecha de que se trata de una representación adulta y, tal vez, la posibilidad de que no sea la encarnación de una persona real, sino la manifestación de un deseo, fantasía o inclinación vergonzantes.

Que esto y otras cosas se queden sin resolución defrauda a los apegados a presentación, nudo y desenlace. Es obvio que los creadores que proponen una idea genial y no saben resolverla, están a una altura inferior a la de aquellos que saben cerrarla bien. Pero su "incapacidad" no llega a ser un fracaso si la genialidad trasciende la anécdota y aporta una línea de pensamiento novedosa, si realmente hace participar a las neuronas del espectador/lector más allá del recurso fácil de escudarse tras la excusa de una "obra abierta a interpretaciones".

En el caso de Solaris, el que la historia no esté bien resuelta es discutible. Mi impresión es que sí, aunque el mismo Lem se sintiera abrumado por el peso de la responsabilidad de las interpretaciones, muchas de las cuales iban más allá de sus intenciones o su limitación. Parece que su ambición solariana era mucho más modesta que las expectativas que luego se generaron (*). En todo caso se trata de una historia de incomunicación y falta de entendimiento, y para esas imposibilidades su atmósfera y su transcurso son los que deben ser. Las minuciosas descripciones de los fenómenos solarianos, por ejemplo, no intentan poner ante nuestros ojos todo el misterio de Solaris para que lo desentrañemos con el mayor número de pistas posible, sino que sólo nos hacen ser testigos de acontecimientos ajenos a la inteligencia humana que son, por lo tanto, inaprensibles. A pesar de todo, el ansiado Contacto tiene lugar pero nadie está capacitado para reconocerlo. Si Kelvin no es capaz de entender que durante sus pesadillas su mente se pone en el lugar de la del océano, con esas montañas de dolor (¡dolor!) que cristalizan bajo la luz de ese mundo nuevo, ¿cómo esperar que el propio océano les indique de alguna manera que les ha "visto"?

Es lógico que los robots de la Estación fueran desconectados. Aún no podemos anticipar si los sueños de la inteligencia artificial estarán poblados por algo, sean ovejas eléctricas u otra cosa, pero parece que Gibarian, Sartorius y Snaut llegaron a saberlo.



(*) No es un ejemplo directo de lo mencionado, pero quería hacerlo notar: la aceptación plena de Harey por parte de Kelvin es maravillosamente romántica y liberadora, y se contrapone a la vergüenza de los otros habitantes de la Estación, que luchan con desesperación para ocultar a sus visitantes, pero es posible que en ella pese, aunque sea un poco, la necesidad del autor de encontrar un recurso que permita que los tres científicos estén juntos en la misma habitación para que haya conversaciones y la historia transcurra.

Desde el regazo del hacker

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La primera vez que leí Snow Crash (Neal Stephenson, 1992, Gigamesh, excelente traducción de Juanma Barranquero), hace seis años, me absorbió tanto la parte sumeria de esta historia cyberpunk, que sólo veía al (y soñaba con) el Bibliotecario; así que la relectura me ha traído el "redescubrimiento" de la trama completa, de la cual hasta ahora, exageraciones aparte, no habría podido explicar gran cosa.

La parte sumeria sigue siendo un punto erógeno. Tan bien traída, tan bien hilada, que no voy a ser tan ingenua como para pensar que el señor autor no haya hecho algún juego de manos tramposo que otro para que todo casara. Pero a veces apetece dejarse embaucar y, en este caso, admitir literariamente el hackeo mental, la explicación de Babel y de la desaparición del sumerio, las tentadoras analogías para nam-shub y me, y hasta, literariamente siempre, la presencia del lenguaje binario en el Código de Hammurabi. Porque si se nos exige una respuesta 100% racional a la aridez de la vida, por algún carril tenemos que dejar que corra la imaginación crédula, que es parte inseparable y sana de nuestras neuronas por más que a algunos les pese.


Voltarán as escuras anduriñas
no teu balcón os seus niños a pendurar,
e outra vez coas ás ós seus cristais
xogando chamarán.

Pero aquelas que o voo detían
a túa beleza e a miña ledicia a contemplar,
aquelas que aprenderon os nosos nomes...
esas... non voltarán!

Voltarán as mestas madreselvas
do teu xardín os valos a escalar,
e outra vez á tardiña, aínda más fermosas,
a súas flores abrirán.

Pero aquelas cargadas de resío
cuxas pingas mirábamos tremar
e caer coma bágoas do día...
esas... non voltarán!

Voltarán do amor nos teus oídos
as verbas ardentes a soar;
o teu corazón do seu profundo sono
quizais espertará.

Pero mudo, absorto e de xeonllos
como se adora a Deus ante o seu altar,
como eu te quixen... desengánate,
así... non te quererán!

Gustavo Adolfo Bécquer traducido, porque Babel trajo estas hermosuras.

un mar y El tren, la tarde de verano, la luz del sol

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Siempre con los ojos occidentales apuntando al ombligo occidental.
Que quede constancia al menos en algún lugar de la red que la
arrebatadora
película El viaje de Chihiro, concebida por
el inmenso
Miyazaki, no es una adaptación sui generis del
perturbador
libro Alicia en el País de las Maravillas, escrito por
el desestabilizante
Carroll, sino del
simbólico
cuento ruso Basilisa la Hermosa o Vasilissa la Sabia, parido por el
(     )
subconsciente arquetípico colectivo, que está más allá de cualquier adjetivación.

(Artículo en "El espectador imaginario" sobre la escena de abajo)