—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Hablar por hablar

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"Aunque es difícil llegar a ser una réplica exacta de la hermosa reina faraónica, el solo hecho de soñar con convertirse en Nefertiti es algo que suscita valoración y admiración".

http://www.elpais.com/articulo/gente/51/operaciones/quirurgicas/parecerse/Nefertiti/elpepugen/20090824elpepuage_5/Tes

Matiz

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Mañana será la gran ciudad de hormigón y cristal que bulle como si no quisiera saber que está rodeada de aridez. El trámite del transporte público pensando en quién sabe. El bullicio frívolo de Goya, tan revitalizador, y el permanente encogimiento de hombros de Azca. Los domingos de Rastro y esa soledad que no es soledad sino Soledad.

Hoy ha sido un trayecto en coche mientras el sol doraba las ocho de la tarde, carretera recta hacia el oeste bajo una bóveda de pinos y robles que filtraban con avaricia los rayos de oro. El guiño de la pulsera bajo el silencio absoluto, sin cuco, sin pájaro carpintero, la charla tranquila y el olor de la menta (ella) y la hierbaluisa (él). Los regalos, tantos regalos de frutas que guardan una explosión de sabor de la que no saben nada los estantes del Mercadona ni los del Eroski. Jugo que correrá por la barbilla lamentándose de no estar bajo la bóveda verde. Y la imagen de una dama, menuda y anciana, vigorosa, estrafalaria, de espaldas, seleccionando los mejores regalos, diminuta figura perdida en la inmensidad del fondo que la contenía, verde y rama, hoja y liquen, subiendo el fondo hacia arriba y hacia atrás, verdes más oscuros, árboles más altos y más viejos, y arriba el turquesa intenso, y atrás, al otro lado, el sol muy dorado porque ya moría.

Disección del sentimiento de culpa

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Solaris, Stanislaw Lem (1961), Ed. Minotauro (por confirmar que la yoísta traducción es de Matilde Horne y F.A.).

El visitante de Snaut es más intrigante que el de Sartorius. Sartorius vive torturado por lo que puede ser el remanente de una tendencia pedófila soterrada, el testimonio de un deseo reprimido de paternidad, o el recuerdo de alguna vivencia traumática de la niñez. El sombrerito de paja y las risas y pisadas infantiles hacen pensar así.

Pero del de Snaut no se tiene la más mínima pista, ni una sola, salvo la sospecha de que se trata de una representación adulta y, tal vez, la posibilidad de que no sea la encarnación de una persona real, sino la manifestación de un deseo, fantasía o inclinación vergonzantes.

Que esto y otras cosas se queden sin resolución defrauda a los apegados a presentación, nudo y desenlace. Es obvio que los creadores que proponen una idea genial y no saben resolverla, están a una altura inferior a la de aquellos que saben cerrarla bien. Pero su "incapacidad" no llega a ser un fracaso si la genialidad trasciende la anécdota y aporta una línea de pensamiento novedosa, si realmente hace participar a las neuronas del espectador/lector más allá del recurso fácil de escudarse tras la excusa de una "obra abierta a interpretaciones".

En el caso de Solaris, el que la historia no esté bien resuelta es discutible. Mi impresión es que sí, aunque el mismo Lem se sintiera abrumado por el peso de la responsabilidad de las interpretaciones, muchas de las cuales iban más allá de sus intenciones o su limitación. Parece que su ambición solariana era mucho más modesta que las expectativas que luego se generaron (*). En todo caso se trata de una historia de incomunicación y falta de entendimiento, y para esas imposibilidades su atmósfera y su transcurso son los que deben ser. Las minuciosas descripciones de los fenómenos solarianos, por ejemplo, no intentan poner ante nuestros ojos todo el misterio de Solaris para que lo desentrañemos con el mayor número de pistas posible, sino que sólo nos hacen ser testigos de acontecimientos ajenos a la inteligencia humana que son, por lo tanto, inaprensibles. A pesar de todo, el ansiado Contacto tiene lugar pero nadie está capacitado para reconocerlo. Si Kelvin no es capaz de entender que durante sus pesadillas su mente se pone en el lugar de la del océano, con esas montañas de dolor (¡dolor!) que cristalizan bajo la luz de ese mundo nuevo, ¿cómo esperar que el propio océano les indique de alguna manera que les ha "visto"?

Es lógico que los robots de la Estación fueran desconectados. Aún no podemos anticipar si los sueños de la inteligencia artificial estarán poblados por algo, sean ovejas eléctricas u otra cosa, pero parece que Gibarian, Sartorius y Snaut llegaron a saberlo.



(*) No es un ejemplo directo de lo mencionado, pero quería hacerlo notar: la aceptación plena de Harey por parte de Kelvin es maravillosamente romántica y liberadora, y se contrapone a la vergüenza de los otros habitantes de la Estación, que luchan con desesperación para ocultar a sus visitantes, pero es posible que en ella pese, aunque sea un poco, la necesidad del autor de encontrar un recurso que permita que los tres científicos estén juntos en la misma habitación para que haya conversaciones y la historia transcurra.

Desde el regazo del hacker

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La primera vez que leí Snow Crash (Neal Stephenson, 1992, Gigamesh, excelente traducción de Juanma Barranquero), hace seis años, me absorbió tanto la parte sumeria de esta historia cyberpunk, que sólo veía al (y soñaba con) el Bibliotecario; así que la relectura me ha traído el "redescubrimiento" de la trama completa, de la cual hasta ahora, exageraciones aparte, no habría podido explicar gran cosa.

La parte sumeria sigue siendo un punto erógeno. Tan bien traída, tan bien hilada, que no voy a ser tan ingenua como para pensar que el señor autor no haya hecho algún juego de manos tramposo que otro para que todo casara. Pero a veces apetece dejarse embaucar y, en este caso, admitir literariamente el hackeo mental, la explicación de Babel y de la desaparición del sumerio, las tentadoras analogías para nam-shub y me, y hasta, literariamente siempre, la presencia del lenguaje binario en el Código de Hammurabi. Porque si se nos exige una respuesta 100% racional a la aridez de la vida, por algún carril tenemos que dejar que corra la imaginación crédula, que es parte inseparable y sana de nuestras neuronas por más que a algunos les pese.


Voltarán as escuras anduriñas
no teu balcón os seus niños a pendurar,
e outra vez coas ás ós seus cristais
xogando chamarán.

Pero aquelas que o voo detían
a túa beleza e a miña ledicia a contemplar,
aquelas que aprenderon os nosos nomes...
esas... non voltarán!

Voltarán as mestas madreselvas
do teu xardín os valos a escalar,
e outra vez á tardiña, aínda más fermosas,
a súas flores abrirán.

Pero aquelas cargadas de resío
cuxas pingas mirábamos tremar
e caer coma bágoas do día...
esas... non voltarán!

Voltarán do amor nos teus oídos
as verbas ardentes a soar;
o teu corazón do seu profundo sono
quizais espertará.

Pero mudo, absorto e de xeonllos
como se adora a Deus ante o seu altar,
como eu te quixen... desengánate,
así... non te quererán!

Gustavo Adolfo Bécquer traducido, porque Babel trajo estas hermosuras.