—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

No la de los Nibelungos

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Es Millenium una entrada de enciclopedia sobre Suecia, y digo Millenium en lugar de Los hombres que no amaban a las mujeres (Ed. Destino, trad. de Martin Lexell y Juan José Ortega Román), aunque sólo haya leído ésta y no la trilogía, porque parece que en el segundo volumen esta tendencia a catalogar proezas suecas alcanza cotas de vergüenza ajena.

Pero Stieg Larsson escribió a una protagonista muy magnética, y por lo visto esto es suficiente para redimir un libro de setecientas páginas: aunque el otro protagonista tenga el carisma de un llavero, aunque haya situaciones, comentarios y descripciones que producen ecos en la cabeza, que no llegan a ningún sitio y no sirven para nada, algún crítico le ha halabado la habilidad narrativa. No. En caliente, tras leerlo, escribí que se le podría llamar activista concienzudo pero no buen escritor.

Era tan bajo (nulo) el índice de decepciones, incluso de personas que decían que se habían acercado al libro con cautela debido a la acumulación de expectativas, que creí que esta vez sí encontraría algo que valiera la pena. Pero he hecho caso del entusiasmo colectivo y me ha pasado igual que con El curioso incidente del perro a medianoche (Mark Haddon) y El niño con el pijama de rayas (John Boyne). En cuanto al misteriazo que eleva la adrenalina y hace escribir opiniones entusiastas y exageradas en la red, sólo queda decir que a principios de esta década me cayó en las manos Lugar de ejecución, de Val McDermid (2000, RBA, trad. de Francisco Martín Arribas), con un planteamiento muy muy muy similar. En Los hombres..., olerse el final a la altura de la página 2 estropea la única diversión que podía reservarme este libro.

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Releo Robinson Crusoe, de Daniel Defoe (1719, trad. de Martha Eguía). Me llama la atención la última expresión de este párrafo, internamente se la regalo al que sé que no me va a leer:

Estos pensamientos me asaltaban de golpe, como una tempestad que se abatía sobre mí, en los momentos de mayor serenidad espiritual, haciéndome retorcer las manos y sollozar como un niño. A veces me sorprendía en medio del trabajo y me sentaba inmediatamente suspirando con los ojos bajos durante una o dos horas, y esto era aún peor, pues si hubiese podido irrumpir en lágrimas o expresarme en palabras, habría podido desahogarme, y el dolor se hubiese agotado por sí solo.