—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Las mujeres y los hombres que no se entendían

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Alaba Mario Vargas Llosa la trilogía Millenium y me tiro por el suelo dedicándome un «¡nunca acertarás!» mental carcajeante. Aunque mi opinión sobre el primer volumen permanece invariable.

Vargas Llosa parece cantar albricias por que la figura femenina esté siendo redimida como figura fuerte y, en ocasiones, superior a los hombres (a los que, en una frase simplona no sé si humorística, deja sujetos a la inclinación hacia la complacencia y el delito), para a continuación decir que cómo no tener sueños eróticos con toda esa lista de hembras poderosas que cita acto seguido. Parece que una mujer fuerte y decidida no es susceptible tanto de la admiración como de un sueño erótico.

¿Pueden los hombres admirar a las mujeres sin desearlas sexualmente? ¿Y si la mente masculina admiración y deseo sexual? Entonces no cabría ofensa, sino la aceptación de la naturaleza humana masculina (siempre y cuando no se transgredan los límites, claro).

¿Descansan nuestros modos de ver el mundo sobre nuestras glándulas sexuales? No me he puesto a buscar los últimos "paper" al respecto, la verdad. Recuerdo una vez en la que un conocido me señaló una mujer imponente, con unas piernas kilométricas enfundadas en unas llamativas medias de malla, y me dijo «no me digas que no os ponéis así para que no os miren». Ahí me vino la certeza de nuestras diferentes maneras de concebir esa "mirada del Otro". Cuando una mujer se viste para que la miren busca, en general, la admiración estética. Quiere que ellos vean lo mismo que vio ella en el espejo esa mañana, cómo esta sombra de ojos enfatiza la mirada, o la manera en que el cuello barco de esta camiseta realza la curva del cuello y deja al descubierto la delicadeza de los hombros, o cómo se abren los bordes del cuello mao de esta blusa, enmarcando la belleza del hueco donde confluyen las clavículas, o el modo en que la caída de esta falda acoge la redondez de las caderas, o cómo estos botines estilizan los tobillos y las piernas y afirman el caminar.

Y ellos lo ven, claro que lo ven, y claro que le rinden admiración a su manera, visualizando la carne mórbida de esas nalgas vibrando al ritmo de sus embestidas, más lejos del aprecio estético y extático que ellas preferirían. Tendemos a pensar que esa admiración ligada a lo sexual no implica respeto inter pares. Fundamentar esta creencia alargaría esta entrada (y me metería en temas más profundos, más ligados al artículo del Sr. Vargas Llosa que a la afirmación puntualmente superficial de mi conocido, que es de la que hablo ahora), así que me limitaré a decir que, aunque suframos a muchos cabestros, me gusta pensar que estamos equivocadas.