—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

En el fondo de los ojos

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A los seis años aquel libro de ilustraciones de hojas gruesas y duras como el cartón era su favorito, pero años más tarde lo extravió en la típica pérdida de una típica mudanza. Durante veinte años fue una constante el recordar cómo influían sus imágenes en su imaginación morbosa, hipersensible y excitada, tres adjetivos sin segundas lecturas porque los aplico a una mente tan descontrolada que por las noches se aferraba a la realidad de la almohada para no perderse en viajes astrales, y a la que durante el día el más mínimo comentario al azar, si tocaba el punto adecuado, la hacía escorar hacia un vértigo nihilista, un vértigo que no era ni bueno ni malo, porque la inocencia absoluta nos da el regalo de no saber lo que son las clasificaciones.

Pero había refugios como los que de adulta aún construía. Y así, el niño del libro le iba enseñando las diferentes habitaciones de una casa y los objetos que se encuentran habitualmente en ellas, y la niña era feliz dentro de la ilustración de la cocina, donde bajo una iluminación acogedora se le mostraba a la familia sonriente y afanada en sus asuntos, rodeada de verduras, electrodomésticos, ollas y cacerolas mientras la noche se agazapaba tras las ventanas.

Pero por encima de todo recordaba y guardaba en el corazón una ilustración en el exterior que mostraba una escena un poco absurda para la temática del libro: el niño en un lateral de la casa, la pared sin más y un par de arbustos del jardín, y sobre el niño la noche, no al otro lado de unas ventanas sino directamente encima, violeta y sin estrellas. Y ella allí con él, absorta en la contemplación de la noche y de todo lo que no se veía más allá del borde de la página donde la ilustración terminaba a la fuerza. Todo lo que había justo al otro lado del límite de la percepción visual.

Y claro que se oía un grillo. Pero sólo uno. Y ninguna cosa más.

Por volver a ver esa ilustración, por tratar de recuperar algunas sensaciones que, hay que saberlo de una vez, no hay manera de que vuelvan nunca, quiso remover cielo y tierra. La investigación merece una I mayúscula (ahora ya no sabe encontrarlo otra vez), pero hace dos años consiguió el libro, que hojeó en el tiempo de un suspiro porque resultó tener sólo cinco ilustraciones.

La cocina.
El salón.
El baño.
La habitación.
El garaje.

¿Hay algún niño que no sea oscuro? Sí, claro que los hay, decir lo contrario sería caer en ese tipo de generalidades tan grandilocuentes como irreales que muchos escritores utilizan para cerrar textos. ¿Creemos que sabemos identificar con facilidad a los que lo son, y que su vitalidad y su alegría no nos impide verles el fondo de los ojos? También, porque adultos soberbios hay muchos.

Donde viven los monstruos, Maurice Sendak