—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Los paisajes del alma

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La cándida enciclopedia electrónica pre-internet desapareció de la vista al toque de las primeras notas, e incomprensiblemente (dado que el tema daba pie a escenas nocturnas, por las que tanta querencia sentía la imaginación) se presentó el sol, si bien oculto. Con una recurrencia de días, los ojos de la mente se recrearon en una vasta habitación colonial en penumbra, tan grande que el suelo se dividía en varios niveles. Uno de estos niveles conducía hacia los ventanales que, de techo a suelo, franqueaban el paso hacia el exterior, donde había una terraza que se abría, puede que sobre un jardín tropical, puede que sobre una arboleda umbría y exótica, tal vez a ambos. Los rayos de sol de la hora de la siesta se abrían paso a través de las persianas laminadas y acariciaban los muebles viejos armados en madera noble, más sólidos que la propia casa. El olor de un lugar limpio repleto de libros, muebles, telas mil veces lavadas y plantas exuberantes. Y una mujer cantando y abanicando suavemente sobre una cuna con una hoja de palma.