—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Escoltando un carromato en la nieve

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¿Por qué se me ha quedado esta entrada en el tintero durante tanto tiempo? En una tarde luminosa del mes de mayo, mientras adecentaba la casa para la llegada de mi alegría del alma, una canción sonó en la radio entre los rayos de sol.

White Winter Hymnal, The Fleet Foxes

Prendada, investigué la letra. Pensemos sólo en ella:
I was following the pack
All swallowed in their coats
With scarves of red tied around their throats
To keep their little heads
From falling in the snow
And I turned around and there you go
And, Michael, you would fall
And turn the white snow red as strawberries
In the summertime

Pisoteando un poco la mezcla de tiempos verbales del final, la traducción puede decir algo así como:
Yo iba siguiendo al grupo,
todos tragados por sus abrigos,
con bufandas de lazo rojo alrededor de sus gargantas,
para evitar que sus pequeñas cabezas
cayeran sobre la nieve.
Entonces me volví y ahí está,
Michael, caíste,
e hiciste que la nieve blanca se volviera tan roja como las fresas
en verano.

Equivocar "scarves" (bufandas) por "scars" (cicatrices; la imaginación exagera hasta heridas); fantasear con que no fueran las bufandas del segundo verso las encargadas de evitar que sus pequeñas cabezas cayeran sobre la nieve, sino el yo del primero ("yo iba siguiendo al grupo (...) para evitar que..."). Así, sin mayor esfuerzo, una canción de inocente significado oficial se convierte en la descripción de la penosa tarea de escoltar un carromato de macabro contenido por las tierras y los años del juez Lynch, gracias a una imaginación tan en buena forma como antaño.

Amanece y son casi las ocho y media. Nos dirijimos por fin lentamente hacia los crepúsculos de madrugada.

Treinta años

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Pescando la luna del lago, de Keqin Zou (1981)

Viven los hombrecitos felices en su vida nocturna, comiendo, jugando, durmiendo y soñando. Un día empiezan a pensar en cosas elevadas. Observan fenómenos extraños, se sienten maravillados, intentan aprehenderlos, pretenden acotarlos. Los persiguen, y cuando creen haberlos capturado en libros gordos y llenos de letras, los fenómenos extraños les hacen una pedorreta y escapan a toda definición, a toda comprensión, dejándoles con el culito al aire pero más enamorados que nunca. Física cuántica, eternidad, teoría de las cuerdas, entendimiento con el Otro diferente, construcción artificiosa del mundo, Dios.

Yo no aparezco en la animación. Soy un monito fuera de cuadro, observando el empeño de los demás, sabiendo que llegará el día en que la luna se quedará en el cuenco. Y un día de estos cumplo treinta años.

Pildorilla de la contrariedad

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No es difícil decirle a alguien que no correspondes a sus sentimientos amorosos. Siempre hay palabras o una justificación suficiente (sea verdad o mentira), y de la habilidad de cada cual depende la delicadeza con la que se dé a entender.

Pero es imposible decirle a alguien que no quieres ser amigo suyo o tener trato estrecho con él. No hay justificaciones que se puedan dar sin herir al otro, ni forma de no quedar como un imbécil. Sólo cabe el desapego para que el otro acabe buscando afinidades en otro sitio, y aún así te tendrá por alguien poco fiable.

A lo mejor tiene razón.

cumplido

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salud y autonomía
una cama cómoda y calentita en la que se duerma bien y a pierna suelta
conseguir calor en invierno
no preocuparse (demasiado) de los cálculos para poder saciar el hambre y la sed

una soledad acompañada

¿Para qué seguir alargando la lista? Esto basta.

Diez años después

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Que no vuelva a perder este carboncito medio convertido en diamante nunca, nunca más.

More, de Mark Osborne

Matar un trueno

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Oh Musas, aplicad sales a Melpómene y Talía, que se han desplomado desvanecidas en la escalinata de mármol entre vaporosas sedas. Lamento el disgusto de las hermanas, los sollozos de Euterpe, el aire grave de Erato, mas no me disculparé, pues no es falta que las tentaciones del suicidio neuronal, del abandono momentáneo del cultivo del gusto artístico y la conciencia humana, me hayan llevado a preferir ver por segunda vez El sonido del trueno antes que por primera vez Matar a un ruiseñor.

Oh, regodeo infame en las palomitas requemadas, la pseudo-ciencia de parvulitos y las cintas de correr a excesivo ralentí ante un croma cutre. Mas no me disculparé, pues ¿acaso es menor mi devoción por Murnau, Lynch, Erice, Kieslowsky, Kubrick o Vidor, por haberme decantado por babuinos-lagartos y serpientes marinas de chichinabo, en vez de paladear un sutil tapiz de denuncia genérico-ético-racial con Gregory Peck en el papel de su vida?

Suave. Suave. Subid la intensidad de los latigazos poco a poco y yo os diré cuándo me empiezo a excitar.

No, Atticus, yo tampoco lo entiendo

Selfmádeman

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Las verdes praderas, José Luis Garci (1979)

Al día siguiente, las primeras palabras que le dirija al hijo del portero formularán una pregunta: "¿Pero esto tú quieres hacerlo? ¿Qué quieres hacer tú en realidad?"

La frustración de ver que los sueños de infancia iban errados juega con la conocida advertencia de que habremos de arrepentirnos cuando consigamos lo que tanto deseamos. En mi querencia oriental pienso que esto ocurre cuando los sueños de infancia se basan en tener en nuestras manos una cosita material determinada. O varias.

El final es metafórico y optimista, pero ¿y después? Es fácil encender esa cerilla, ¿pero será capaz de renunciar a La Confianza? Y ¿es sensato hacerlo? Romper con todo drásticamente, ¿es siempre la mejor opción? ¿No se puede acaso reformular los valores asumiendo el camino que se ha seguido hasta ese momento en el que uno decide que no le vale?

El protagonista tiene que asumir un fracaso más difícil de afrontar que el de haber querido una cosa y haber sido obligado a hacer otra: el de haber querido una cosa y, tras hacerla, darse cuenta de que era más insignificante que una cáscara de grano de arroz. Alguien que haya tenido que renunciar a un sueño siempre tiene tiempo de rectificar e ir tras él. Pero quien se ha dado cuenta de que su único sueño no valía para hacerle feliz, abre los ojos a la desorientación de qué hacer a continuación.

Puede llegar a ser una situación más envidiable que la del que tiene sus metas claras, porque se impone que quien está totalmente perdido inicie un viaje de autoconocimiento. El viaje más apasionante, Shahriar, que cualquier persona pueda emprender.

Largo tiempo

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La dama de azul le miró ponerse los pantalones, con una sonrisa que quería ser socarrona. Seguir llamándola así era cosa de costumbre, porque hacía horas que estaba junto a él, y bajo él y sobre él, sin una pieza de ropa sobre su admirable cuerpo.

– Es irónico.

– No, es práctico. Partiremos al alba y quiero estar con ella cuando despierte. También quiero ver cómo está. No debería haber dormido sola después del golpe que le dieron ayer.

Se volvió y la contempló tendida en la gran cama barroca. La socarronería de su sonrisa se había desvanecido, y a la luz de las velas la encontraba hermosa como el placer más prohibido que se pudiera imaginar. Se echó de nuevo junto a ella, y se acariciaron y besaron durante algunos momentos más. Cuando Albert daba muestras de que se iría, ella volvió a disfrazar su sonrisa.

– Sé que no estás obligado a nada, pero me gustaría que me prometieras que no te la tirarás esta mañana estando yo tan cerca.

La sonrisa de él era tan inesperadamente sorprendida, que ella se avergonzó e hizo un mohín burlón.

– Explicarte la relación que hemos tenido Angie y yo durante nuestro viaje me llevaría tanto tiempo, que ahorraré el de los dos si me limito a prometértelo: ni hoy, ni mañana, ni cuando hayamos abandonado el país. Mucho tendrían que cambiar las cosas –y ya no pudo continuar, interrumpiéndose para reír con una risa franca que nadie le había oído nunca en los tres meses que llevaba en el castillo.

Ella se echó y cerró los ojos, diciendo que le bastaba con eso.

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Alianza

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And here’s to you, Mr Tennyson Murphy has not finished yet with you (woo woo woo)
I know you want, Mr Tennyson
To clear the clouds in every single way
(Hey, hey, hey… hey, hey, hey)

We’d like to ask you for a better place to close your eyes
We think that all your life is just the best
Stay with us and you will learn to be so satisfied
And in every single face you’ll see your fate

And here’s to you, Mr Tennyson
Murphy has not finished yet with you (woo woo woo)
I know you want, Mr Tennyson
To clear the clouds in every single way
(Hey, hey, hey… hey, hey, hey)

Take a deep breath where the mountain ends its peaked height
See the sea that shines so clean in sunset
It’s your little secret, you will never be the same
A new kind of riddle is what you’ve got here

Coo, coo, ca-choo, Mr Tennyson
Murphy has not finished yet with you (woo woo woo)
We know you want, Mr Tennyson
To clear the clouds in every single way
(Hey, hey, hey… hey, hey, hey)

Keeping your belongings on the bottom of your heart
Laughing at those men with so much faith
In the skills they think they have, and
Think that they deserve
But you prefer to have your nerve

Stay with him, pop insanity
You help him with your truth to enjoy the show (wo, wo, wo)
You’ve got to choose, Mr Tennyson
Which the best line is for you to say
(Hey, hey, hey… hey, hey, hey)

Trama sin desenlace

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Él vino a verme y me hizo sentir importante. Tras un relámpago que duró seis años, vino un trueno de una noche que me dio la vida y me reconcilió conmigo. Durante la cena, mientras en la pared proyectaban a lo Cinexín escenas míticas de películas de terror y ciencia ficción de hace varias décadas, comentó que le gustaría quedarse una noche más, o toda la vida. Empezando a conocer su espíritu guasón, preferí reprimir el «si por mí fuera…». También durante la cena supo que podría quedarse toda la noche, y la vuelta a casa fue más tranquila; el amor de después, sin el apresuramiento que temíamos; poder poner el reloj de cara a la pared, una bendición.

Dos días después, ayer, recordé que era festivo y arrastré mis agujetas hasta la feria del libro. Plácida, feliz, tranquila, complacida. Con silencio en la cabeza por primera vez en bastante tiempo. Ni los madrileños y su poca empatía como transeúntes conseguían cabrearme. Flotaba en el colchón del bienestar. Paseaba por la trastienda del Madrid de la tele. Pasaba a dos metros de la voz, las gafas y las afiladas ocurrencias de Thais Villas (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), pero Madrid no se detenía, Madrid seguía, su inercia era más fuerte que el magnetismo hipnótico del faranduleo. Desde una caseta, una mano y un libro se estiraron hacia mí, y cuando seguí el punto de fuga del brazo, vi que me estaban reclamando los mares del sur de los ojos del Juan Luis Cano de mis amores de los dieciocho años. A su lado, Toni Cantó.

Me acerqué y me dejé envolver un rato por ellos. Pagué el libro de los vecinos de Torrelodones sin pensarlo demasiado. Para eso estaban ellos allí, para que yo no pensara demasiado. Pero como siempre, desaproveché el momento (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), y me fui rauda y veloz tras desearles suerte con la firma, en lugar de inclinarme golpeándome con el índice la mejilla para recoger los besos prometidos en la dedicatoria. Decirles que quería un par de besos por aquella versión flamenquita de The way I’m feeling tonight de hace años, con el mismísimo Paul Carrack a la guitarra, y otro par por el huracanado personaje de El pez gordo de hace meses, que tanto me hizo reír. Y terminar con un «ya sabéis lo que dicen de una mujer que se ríe con un hombre: que se enamora un poco de él. Con todo el respeto debido a vuestras señoras, que yo a los hombres casados ni me acerco». Porque puedo fantasear con ser hipócrita, aunque en la vida real los intereses de la supervivencia social batallen cada día con una transparencia demasiado grande, rebelde y anarquista.

Debería haberles dicho eso. Debería haber dicho también hace dos noches el «si por mí fuera». La vida grita a veces pidiendo un poco de inconsciencia para hacerse más alegre y cómplice, y las segundas oportunidades son raras. Volví veinte minutos después a la caseta a por mis besos, pero ya estaba llena de gente. Ya no les hacía falta atraer a nadie desde la distancia. La gente agolpada arrancó en aplausos con sonrisas muy grandes. Seguramente él acababa de cantar.

The Nuns' House

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Hay libros en los que el trayecto es descolorido y cuyo objetivo principal es caminar a grandes zancadas hacia un chimpún final. Son sobre todo los best sellers de hoy en día. No sólo el pijama a rayas o Millenium, que por supuesto, sino también bastantes de los bien considerados por críticos más fronterizos, sean novelas o recopilaciones de cuentos.

Hay libros en los que se sabe quién es el asesino, cuál es el elemento clave que llevará a su descubrimiento, cuántas parejas se habrán formado cuando uno vuelva la última página y quiénes las compondrán; libros donde importa el trayecto descriptivo, psicológico, metafórico y simbólico. Estos casi siempre están paridos por los Autores de hace tiempo que acumulan polvo sobre sus huesos.

En The mistery of Edwin Drood, Dickens traza la personalidad de un edificio con un sólo párrafo, y le dota así de una vida y un carácter que no consigue ningún junta-adjetivos de hoy. Cualquier situación planteada en sus páginas está más viva, es más sólida y tiene más fuerza, y cualquiera de sus diálogos tiene más profundidad, complejidad y segundas lecturas, que toda la sección de novedades de El Corte Inglés. Pero no es esnobismo esta opinión, no. Más bien lo contrario.

Cae el telón

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La filosofía y pulcritud multicapas de las tres primeras temporadas salvan las trampas de después. Era grande sentir el corazón arrebatado, y esa curiosa experiencia de no sentirse saciado con el avance de la trama; respuestas que, en lugar de calmar la curiosidad, sólo la avivaban para especular con las de la siguiente pregunta que formulaban. Una serie en la que no se disfrutaba tanto con el presente que se desarrollaba ante los ojos, como con el futuro que ya se deseaba.

Escribo esto cuando aún no ha terminado. Lo releo cuando ya es historia.

http://alcobashahriar.blogspot.com/2008/12/extraviados.html

Complejos y manías

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La ciudad, inexpugnable, exhibe su poderío tras las murallas mientras el sol se oculta al otro lado de las colinas. La vehemencia del general, que es bajito como tantos dictadores del futuro, le hace alzarse sobre la punta de los pies para imponerse a los resoplidos de sus hombres.

—¡Vamoz, vamoz! ¡Cuando etze a andad, el dezto cedá puda inedcia!

Los hombres aprietan los dientes y dedican un último esfuerzo sobrehumano a poner en movimiento la mole de madera. Se oyen crujidos preocupantes que no se sabe si provienen de las cuerdas tensadas al máximo o de las espaldas de los soldados, hasta que por fin el caballo, con una sacudida y un golpe sordo en sus interioridades equinas, se pone en movimiento.

—¿Veiz? ¡Ahoda cedá máz fácil! —dice entusiasta— ¡Deífobo!

Deífobo se apresta a servir.

—Ve a palacio e infodma al pdíncipe de que tengo el honod de anunciadle que el enemigo, en un clado gezto de dendición y manza dizpozizión hacia zu pedzona, le degala un colozo que eztá a la altuda de zu gdandeza.

Al soldado se le viene el mundo encima. Su general tiene un pequeño defecto, y es que habla muy rápido. Mucho.

—¡¡Deífobo!!

—¿S,sí?

—¡A palacio! ¡Infodma al pdíncipe!

Deífobo se convierte en una nube de polvo en la lejanía mientras el general dirige suspicaces miradas a los soldados que tiran de las cuerdas. Algunos se concentran en las tiras de cuero de sus sandalias, otros fijan la mirada en el horizonte, todos simulan estar descubriendo nuevos músculos a ritmo de desgarro en espaldas, piernas y brazos. Ah pero no, a él no le engañan. Él se jugaría el puesto a que hace un instante se miraban con guasa y contenían la risa.

Con el oído alerta, se vuelve lentamente, se acerca al caballo y acaricia la basta madera de la pata delantera derecha con un gesto de satisfacción.

—¡Vamoz, zólo un ezfuedzo máz! ¡Ezta notze celebdademos con gdandez faztoz la cobaddía de loz aqueoz! —látigo viperino.

Junto a su oreja izquierda suenan risitas ahogadas. Gira la cabeza con cólera, pero el soldado que tiene a su espalda, Hugeia, mantiene la vista baja y suda como lo haría el caballo si fuera de carne y hueso y hubiera recorrido en un tiempo demasiado corto la distancia que separa Ptia de Lacedemonia.

—Ezta ez una buena ceñal —continúa—. ¡Loz tenemoz en nueztdaz manoz! ¡En pocoz díaz eztadán pidiendo clemencia, zolicitando nueztdo peddón!

Se produce una explosión de risas muy agudas pero indescriptiblemente sofocadas, y como amortiguadas o tapiadas, pero inconfundibles. Y a continuación un vigoroso «¡chist!». Se vuelve, fuera de sí, y la mala estrella del soldado quiere que Hugeia le esté mirando en ese instante. El puñetazo le cae como lanzado por el resorte de una catapulta.

—¡¡Zuficiente!! ¡¡Zoldadoz!! ¡¡Llevaoz a ezte mizedable a pdizión!! —alarga la última sílaba en un rugido que arriesga la integridad de sus cuerdas vocales.

Hugeia es alejado de allí mientras suplica y jura no entender. Un tanto resarcido, el general continúa acariciando la basta madera del descomunal caballo mientras contempla los esfuerzos de sus hombres. Cómo parece pesar el condenado.

Mañanas rojas de domingos azules

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Once años y varios trabajos muy diferentes después, todavía le veo: el inolvidable J. afanado en la cocina, mirándome por encima del hombro con tensión en el rostro, y repartiendo las tareas entre ambos para cuando B. llegara: «he preparado el mayor número de aperitivos posible, con esto tendremos bastante para el primer apretón; tú te quedas en la barra y yo fuera, en las mesas; en cuanto pueda, entro para ayudarte y organizarnos con la barra, los aperitivos y el lavavajillas».

Llegaba el primer apretón, domingo a media mañana: sobre las once empezaba a entrar el pueblo entero, como saliendo a los atropellos de la misa de diez y media. Las mañanas de domingo eran sobre todo de bitter y vermut: mañanas rojas de domingos azules. Disfrutaba a conciencia cuando me quedaba en las mesas: volaba; sudaba; me sumergía en una barahúnda de lonja; apuntaba siete pedidos en la cabeza; controlaba los aperitivos que iban faltando; pásame las cuentas de las mesas dos y siete; en esta bandeja me faltan un cortado y una coca con poco hielo; y a veces aparecían propinas acordes al esfuerzo. ¿Qué más se podía pedir?

La barra te daba un control distinto pero también interesante. El secreto del disfrute, tanto dentro como fuera, consistía en alcanzar un pico de trabajo tan continuado y extenuante que se acababa entrando en una especie de trance de meditación oriental en el cual dejar de ser el recipiente de pensamientos, complejos y sentimientos lastrantes, para ser en un Yo mecánico puro que no hacía más que servir, cobrar, correr, reponer, preguntar, sonreír, alternar. Y lo más mágico era que en ese estado todo salía bien.

La sensación de poder que da un trabajo físico frenético bajo control es pura dinamita. En los momentos previos, cuando sabíamos que se acercaban un par de horas así y todos nos preparábamos con una decena de pequeños detalles, era como saborear una muerte pequeña que ya te está llegando y que sabes que pronto estará ahí.

En el local más popular ese pico se alcanzaba muy a menudo, sobre todo los desayunos, los sábados a partir de las doce y media de la noche, las tardes de fútbol, las épocas de fiestas… y las mañanas de domingo, en las que estábamos sólo J. y yo.

B. entraba a trabajar justo en ese momento de la mañana. La habían contratado como refuerzo, pero esta ilusión (suponerla un refuerzo) nos duró pocos fines de semana. Cuando la conocimos pudimos ver que a ella este frenesí, esta petit morte, no sólo no le daba ni frío ni calor, sino que procuraba evitarlo a toda costa. No es que ser camarera fuera mi vocación en la vida, pero en aquel momento no había otra cosa y me sumergía en ello a pecho metafórico descubierto. B., con una situación vital que dependía más directamente de su trabajo que la mía, era en cambio una artista del escaqueo.

Yo entablaba diálogos frecuentes con el lavavajillas, servía y recogía en la barra, preparaba los aperitivos cuando hacía falta, llenaba las bandejas de J., me iba al cuarto del fondo a por las botellas de vino, manejaba el cambio de caja. Mientras, J. volaba de mesa en mesa y cuando me veía hasta arriba entraba a saldar las cuentas o a ponerse sus propios cafés en la cafetera mientras me decía «éste es con leche, el otro va solo y ponme dos más descafeinados de sobre, van con un zumo de melocotón», mientras salía ya hacia otra mesa. B., lánguida, se movía con pausa, me hacía el favor de rellenarme las neveras de bebidas cuando se lo pedía, servía con parsimonia, se apoyaba en la esquina más alejada del bullicio para charlar con aquel habitual entre grandes risas y un paño al hombro, contando sus pequeños acontecimientos personales con cara de estrés.

Un domingo, y otro, y otro más.

Desistimos pronto, porque el inolvidable J. tenía un recorrido muy largo y una gran falta de fe en ciertas personas: pocos obstáculos son más insalvables que la falta de iniciativa propia. Así que dejamos que los jefes se dieran cuenta por sí solos y nos organizamos las mañanas sin contar con ella.

Pero no he olvidado a B. una mañana, inclinadas las dos ante el lavavajillas, su dulce cara morena frente a mí, sus grandes ojos y su débil ofrecimiento con voz suave, aunque hayan pasado los años y tantas cosas aún recuerdo la suavidad de su voz preguntándome «Shere, ¿te ayudo…?»

Me pedías algo sobre la vagancia, pero no me queda claro si te he hablado de una vaga o de dos mataos.

El palacio de hielo

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Doctor Zhivago, de David Lean (1965)

Cuando la vi por primera vez, me quedé casi dormida. Él me la puso para compartir conmigo la que consideraba la mejor historia de amor que había visto. No sabía que en este tipo de historias no me identifico con los protagonistas, sino con el lado del triángulo que sale perdiendo (nunca he tenido motivos, pero soy demasiado empática). Cinco años después duele menos, aunque siga sin identificarme con Yuri y Lara. Ah, las películas basadas en novelas... su alma pocas veces es completa. Demasiado apresuramiento en el enamoramiento en el frente; tan apresurado como indefinida está la obsesión con que se desvive el mezquino Komarovsky por ayudarles, más allá de toda comprensión sobre todo si se tiene en cuenta el carácter del personaje; puede suponerse amor por Lara, pero hay que suponer demasiado y no son esas suposiciones que tanto gusto da hacer en base a pistas sutiles y bien construidas que están ahí aunque no se verbalicen.

Pero entiendo más cosas que aquella primera vez. Poder querer a Tonya y amar a Lara. Y enfrente, el vacío de relaciones insatisfactorias y vida gris, borrado por el poder que te otorga saberte amada por quien adoras. Para ambos, la alegría del amor libremente encontrado por encima del que la vida te ha ido imponiendo, aunque haya sido sutilmente y a pesar de que uno al principio se dejara llevar de buen grado, porque no es hasta que llega el verdadero cuando se da uno cuenta del estado de duermevela en el que se había vivido hasta entonces.

Además de la bella metáfora de la balalaika, allí donde está tiene Zhivago su hogar; es lógico que acabe en el regazo de ella.


A falta de revisar el DVD con los comentarios, por si confirma la historia de la espontaneidad de "a las barricadas".

Desvaríos y pecados

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Decía un columnista de cuyo nombre no consigo acordarme, que el furor por el oso de Tous era uno de tantas demostraciones de la infantilización de la sociedad. La veo cada mañana en esas bolsas de Harrod's en las que las ejecutivas agresivas, las informáticas y las secretarias pasean el tupper y la manzana por el centro financiero.

Salvo una, que decidió ser consecuente y adquirir una bolsa directamente diseñada para niños. Cada mañana se la admiraba, luego se convirtió en compañera y le pedí que me dejara fotografiarla porque, aunque su color chillón me incomoda, siento debilidad por el objeto que inspiró el diseño.

Tú, Mi Querido lector, cuando miras esta bolsa, ¿qué ves? Fácil acertijo con premio. Más fácil si te digo que sólo podía haberse conseguido en un lugar en todo el mundo.



El bichito feo

Espita gorgorita

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No le quitemos misterio ni magia a la patria de la infancia: pero admitamos que es una cuestión de pura química.

Al escribir sobre este tema tengo que tener cuidado: es fácil caer en el ombliguismo de los nacidos a finales de los setenta, hipersensibilizados con la infancia que nos tocó vivir. Yo me incluyo aunque haya nacido casi en el 81, porque guardo recuerdos muy muy tempranos (de cuando tenía menos de dos años y me llevaron a ver "ET"; de cuando tenía dos recién cumplidos y apoyaba la oreja en la barriga de mi madre para oír las patadas de quien estaba llegando...); y si fui consciente de una Alaska enfundada en un mandilón y cantando que no quería ir a la escuela, del pequeño vampiro y de la tía de Frankenstein, nadie me dirá que no me incluya.

Pero es una fortuna de la que todo el mundo puede tomar su parte. Nadie cambiaría los recuerdos de su infancia por los de cualquier otra, no importa qué tipo de circunstancias sean las de cada cual; también muchos niños con infancias desgraciadas tienen un paraíso propio. Pero ese paraíso no son unas vivencias concretas, sino la pura mente infantil, elástica y eterna. Porque de niños somos casi mágicos, podemos experimentar viajes astrales, tenemos siete sentidos, el tiempo es elástico y vivimos en un estado de perpetua alteración sensorial, aún no atrofiada por los condicionamientos sociales, las sorpresas vitales y la mella del tiempo. Por eso las visitas a una mercería pueden ser el recuerdo más mágico y consolador en la vida adulta. No importa que escribamos un artículo entero para intentar transmitir a los lectores las sensaciones que nos embargaban en aquellos momentos y hacerles empatizar un poco con nuestra vivencia, como hacía un escritor hace poco: porque son las propias sensaciones las que nos grabaron a fuego la vivencia, ellas son el paraíso que echamos de menos, el que nunca recuperaremos y nunca podremos cazar con palabras.

Esto es pura química. Pero a la química no hay que quitarle su misterio.

Mi tesoro tiene una banda sonora rica. Podría poner un aséptico audio de tres minutos y pico, pero prefiero acompañar con un final de episodio que filma la manera más sencilla, hermosa y falta de grandilocuencia televisiva de ver por primera vez a un futuro ser amado. Y, como guinda, una canción que trae todos los recuerdos en una sacudida, tanto los que se conservaban como los que se habían perdido, de un mundo tan vivo que parecía mentira. De unos años en los que el gatillo más insospechado, como una música oída por casualidad, disparaba tu hipersensibilidad y te elevaba a alturas de vértigo que estaban profundamente enterradas en tu interior. Unos años en los que se escribía una biografía interior completa a cada paso que se daba.

La tía de Frankenstein (1987)


De cosas que no se pueden nombrar

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La vida de los otros (2006), de Florian Henckel von Donnersmarck.

Aunque creo en las casualidades y a Donnersmarck le venía bien enmarcar la historia en 1984 para que la aparición de Gorbachov cerrara la primera parte de la historia, el año elegido encaja demasiado bien con la novela de Orwell (el hermano mayor y la policía del pensamiento) como para no ser intencionada.

Es una joya, y aunque ya no recuerdo bien la oleada de sensaciones que tuve en la sala de aquel cine, sí recuerdo con claridad que cuando Wiesler habla con el niño en el ascensor tuve la necesidad de compartir esta historia de evolución interna tan contenida, privada, íntima, tan sin aspavientos y tan sincera. Pero entiendo las críticas que dicen que no es creíble la rápida transformación de un hombre que abandona en pocas semanas un sendero ideológico de veinte años. Es cierto, no es creíble y no la explican, y aunque hubieran intentado explicarla tal vez no les habría salido una justificación convincente. Son muchos los meses y los impactos que tienen que pasar para que se abandone la senda de toda una vida.

¿Muchos? Doy mi punto de vista: preguntan retóricamente las críticas ¿qué tiene este caso de especial para que se produzca un cambio en Wiesler? Pero hay trampa, esta no es una pregunta retórica porque sí tiene respuesta. Todos los demás eran culpables a priori o inocentes a priori. Con Dreyman, en cambio, Wiesler empieza espiando a un hombre completamente neutral con respecto al régimen. La falta de implicación de Dreyman con un extremo o con otro puede compararse con la asepsia de la vida y las acciones del capitán, eficaz sabueso sin dobleces.

Wiesler identifica su integridad con la de Dreyman, esta identificación pone en evidencia sus carencias, y su evolución interna se produce a la par que la del escritor. Aquí no está frente a un hombre al que, por estar situado desde el principio en su polo opuesto, puede prejuzgar desde el primer momento como un enemigo del régimen sin crédito para ser escuchado. Aquí hay un hombre leal como él que le juega la mala pasada de llevarle a su terreno, de hacerle empatizar con él (el abrazo de consuelo a Christa, donde Wiesler siente el primer ramalazo de identificación y carencia, es todavía el de un hombre leal), para después los dos, contemplando los acontecimientos desde el mismo lado de la honestidad, empezar a ver juntos lo que no habían querido ver antes (llama la atención la frase de Dreyman a Jerska, reproche que sería más legítimo en boca de Jerska: «estás perdiendo el contacto con la realidad»). Dreyman no sabe que en su tránsito está llevando a otra persona con él. Dreyman no sabe el efecto que también él tiene en la vida de los otros.

Tampoco creo que sea una evolución ideológica hacia la posición contraria. Con su hermetismo sólo se puede especular, pero de la misma forma que tampoco sus superiores son objetivos con la investigación, suprimiendo los detalles que no les convienen poniendo los intereses particulares por encima de los intereses del Partido, sin querer esto decir que traicionen manifiestamente al Partido, que Wiesler ayude a Dreyman y a Sieland tampoco tiene por qué querer decir que de la noche a la mañana se haya vuelto un disidente. Ayuda aquí porque quiere proteger a dos personas muy concretas, hacer una justicia individualizada, no universal.

El hombre sin aristas, sin planos, sin dimensiones, entra en contacto con la literatura de Brecht, con la música de la sonata del buen hombre, e inconscientemente libera su creatividad en los informes inventados, atreviéndose incluso a los subniveles al situar una historia (esbozos de la supuesta obra del aniversario) dentro de su historia. El pasado funcionario eficacísimo del régimen, el futuro abridor de cartas y el futuro cartero gris se apartan ante este hombre que en un presente muy concreto que le da la vida aunque también se la pone en juego, se convierte en un hechicero fabulador que crea su propia realidad y la de los otros. Que no sea consciente de ello, y que tampoco se haga patente en la pantalla de una forma obvia, es... pues lo más bonito de todo.

El oriente de la perla no es una perla de Oriente

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El doctor Zhivago no olvidaba, mientras recorría senderos de gloria junto al último emperador, los duros años en que envidiaba la vida de los otros. Sus últimas palabras antes de entrar en la gloria del Más Allá de los guerreros y las geishas fueron "amanece, que no es poco".

Las había visto ya, pero ahora es otro yo el que las va a revisionar. Ya te iré contando una a una, Shahriar. Ahora duerme. Los días se van alargando, pronto nos rendiremos a la madrugada.

El chico de los viernes

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No hace mucho, no mucho tiempo, Shahriar, en una ciudad de cuento de hadas vivían un niño y una niña lindos como dos soles. Se escondían de los monstruos fingiendo ser uno solo porque eran gemelos, tan parecidos entre sí que ni siquiera su propia madre podía distinguirlos. Se escondían de los monstruos que querían servir al que habitaba dormido en el interior de los niños incubando un nuevo Hitler, y poco importó que el artífice en la sombra diera un giro de última hora a los acontecimientos. Se había llegado demasiado lejos. En el paisaje del fin del mundo que más tarde atravesaron completamente solos, el monstruo, sintiéndose en casa, se despertó.



Monster, de Naoki Urasawa. Una trama muy bien armada, al principio con algunos detalles y personajes innecesarios (pero pocos, menos de los que uno se podría imaginar), casi siempre con planos tremendistas y peliculeros, pero inteligente, meditada y sin huecos en la historia principal. Y qué historia.

Uno de sus tópicos secundarios se repite en otras tramas que tratan oscuridades psicológicas: ninguno de sus muchos personajes, adultos o niños, principales o secundarios, tiene padres, o una buena relación con ellos. El desarraigo como cimiento de la infelicidad o el desequilibrio, y los gemelos sufren este desarraigo por partida triple: primero traicionados, luego huérfanos y siempre sin nombre.

Otro tópico que pocas veces se rompe en las obras de ficción que emplean el formato elegido para Monster, es describir una personalidad a través de la belleza o fealdad física. Pero aquí se respeta a medias: la oscuridad psicológica del monstruo sin nombre es un abismo sin fondo de negrura espesa, pero él es hermoso, equilibrado y seductor.

El último episodio, que uno ve con una atención que rinde al 85% al parecer casi de compromiso, de cierre amable, descansando tras la intensidad de los últimos cuarenta capítulos, deja caer sutilmente, sin embargo, dos detalles magníficos: por un lado, el monstruo recupera su nombre original, qué más da cuál sea porque es el primigenio; por otro, se descubre que la figura monstruosa simbólicamente paterna no fue la única responsable de la manipulación de la negrura, sino que su contraparte femenina tuvo bastante que ver en ello también, cometiendo traición por sus propias razones vengativas: no se llega a saber si se equivocó o no en la elección que hizo (ni siquiera ella podía distinguirlos), pero adelantar uno de sus brazos en lugar del otro, ofreciendo una víctima para el sacrificio, no fue fruto ni del capricho ni de la desesperación.


El monstruo sin nombre se llevó consigo aquel paisaje desolado en el equipaje de su turbio corazón. A éste, empañado por el desarraigo y la pulsión de muerte, le quedó sin embargo un consuelo: él era ella, y ella era él.

Decir y hacer

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Recibo unas líneas que me llaman cariño (resultará que sus preferencias sexuales coincidirán con las mías, lo intuyo), y las leo ocho veces en un día para revivir el contento que me despierta esa palabra.

Quiero que se me despierte lo que se me ha ido durmiendo, escribir de nuevo textos con sal y pimienta después de tres años sin vivir la alegría del tacto afectivo.

Adormecida, preguntándome si volveré a ser protagonista de alguna de las miles de historias privadas que nacen y crecen mientras el sol sale y se pone. Que alguien me mire con ganas, que la alegría silenciosa sea el motor que active las miradas, las sonrisas y las manos. Desconfío de las palabras "te quiero", no las echo en falta. Añoro la sensación de ser ad-mirada por quien ad-miro. Tengo ganas de algún término medio entre el altar y el encogimiento de hombros. Aunque no se pueda volver atrás en el tiempo, pero asumo. Asumo. Eso es la madurez.

Yo que no me voy tropezando con polvos futuribles cada vez que salgo a la calle, ya he superado la corta etapa en la que casi deseaba esa experiencia. Quiero que alguien me despierte, me mire y me diga que Sí. No, que no me lo diga, demasiadas palabras he oído ya. Que con detalles, gestos y tacto, me haga un Sí inmenso que me llene de alegría y me deje temblando.

El león, la cruz rota y el armario

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Terminadas mis obligaciones cuatrimestrales, bajé a los jardines presa del sentimiento de liberación prometido. El jardinero examinaba el jazmín de invierno y al verme, obsequioso, me tendió una flor. Hoy no había historia para contarte, Shahriar, así que el jardinero, quizá desconoces que se llama Mujâhid, me sentó en el cenador y desplegó ante mis ojos Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sydney Lumet.

Interpretar las señales de las películas bien hechas depende del entrenamiento del ojo y de tomarse la molestia de articular un por qué mental. Por eso el camión ocupando la mitad del retrovisor proclamó demasiado pronto la identidad de la hermosa mujer herida.

En un momento dado, Mujâhid se sentó conmigo y susurró en mi oído las palabras que Andy iba articulando cadenciosamente:
«Lo bueno de la contabilidad inmobiliaria es que puedes sumar al final de una página o en medio de una página y todo encaja, todos los días todo encaja: el total es siempre la suma de las partes, es limpio, claro, impecable, indiscutible. Pero mi vida no es… no encaja, es… nada está conectado con el resto, no. Yo no soy la suma de las partes. Todas las partes juntas no suman un único… yo, supongo».
Después de esas palabras, se retiró y siguió la película desde un lugar en el que yo no podía verle.

La carga de fracaso por milímetro cuadrado es excesiva, asfixiante. No hay ni un solo rasgo positivo en los personajes ni en lo que les ocurre, ni un respiro agradable en ningún detalle, todas las risas son amargas y tensas (satura en este punto la sonrisa aviesa de la ex de Hank con respecto a los 130 dólares) y todos se comportan tal y como creen que son (o como les dicen que son), convirtiéndose así en lo que creen ser. Podrían combatirse para intentar superarse a sí mismos, pero la autolimitación requiere menos esfuerzo y menos valentía, y así Hank se convierte en incompetencia, Gina en inutilidad y Andy, más complicado de resumir en una palabra, en ese estallido de resentimiento, exclusión, autosuficiencia, amargura y desencanto que reprimía bajo la carcasa de normalidad.

No hay que olvidar el teatro íntimo de sencillo ciudadano honesto de Charles, al que se le presuponen valores y calidades morales hasta que el mundo se le va en una caja de pino. Quién sabe si la propia dama hermosa y hasta su nieta (todos los secundarios relevantes son mujeres, salvo el trapicheador) no tendrán cuentas pendientes con el diablo. En la realidad de esta película, sin duda («eres un fracasado papi»). Si no se han mostrado ha sido por falta de ocasión. También yo debía de estar haciendo algo miserable en el momento en que la película se concibió.

Lo audiovisual es un ouróboros perverso: es producto de la realidad, y al mismo tiempo crea un mundo simbólico que devuelve a la realidad para que ésta se someta a una autodescodificación. Y nos creemos que las cosas son así, viéndonos reflejados en donde no debiéramos estar, cuando en realidad todo el mundo sin excepción alguna merece tener, como mínimo, media hora en el cielo.

Esta marca que ves aquí se irá. Es solamente que el jardinero me besó la mano antes de separarnos. Si desarrollamos la suficiente confianza le diré que preste atención a la trilogía, que por algo es una trilogía, de mi primera entrada.

Lenguaje fílmico no es lo mismo que lenguaje literario seleccionado, fragmentado y sin contexto propio, filmado

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El lector (The Reader). Se la considera un futuro clásico, se le rinden homenajes a la impecabilidad técnica (sí) e interpretativa (rotundamente sí), y se desmenuzan las complejidades de su trama, pero con esto último no estoy de acuerdo porque en este caso los méritos son de la novela, y los fallos, de la película.

El lector me emocionó mucho, a pesar del pero que luego comentaré, hasta la mitad de la historia, hasta el punto en el que el protagonista reencuentra a la protagonista, algunos años después de la traumática separación. Ese punto de inflexión, núcleo de la historia, me desinfló, no en cuestión de minutos sino de segundos. No. Que una persona sacrifique su libertad y su futuro por conservar la "dignidad" manteniendo en secreto un aspecto de su vida tan nimio, dignidad mal entendida, no me parecía ni creíble ni aceptable como catalizador del drama. Cayó el telón de mis emociones y taché un par de nombres de mi lista mental "para recomendar a".

Esto hizo que admitiera peor el primer pero que le había encontrado, a saber: hubiéramos agradecido que no nos hubieran contado el secreto tan pronto como el director (o el guionista, nunca me queda claro esto) encontró el primer hueco para hacerlo, a los pocos minutos de empezar la película: que lo hubiéramos descubierto al mismo tiempo que el protagonista en ese zoom demoledor del juicio. Conseguirlo habría tenido mucho mérito.

Una persona que ha leído el libro me cuenta que difiere de la película en dos cuestiones importantes: primero, el secreto está más velado en el comienzo; segundo, la personalidad de ella durante la relación con él está bien dibujada: tiene dimensiones y son desagradables. Ella es déspota, maltratadora, es decir, acorde con lo que luego se desvela de su pasado nazi. En una personalidad retorcida me resulta más fácil imaginar lo que ella puede llegar a entender por retorcida dignidad a la hora de sacrificar o salvar su libertad. Y entonces veo lo plano que era el personaje de la película, algo que me picaba en el cerebro mientras la veía y no acababa de saber dónde.

A una adaptación no se le puede notar que lo es. No es posible, como recientemente, ver La pasión turca con cara de esparto ante una protagonista increíble (en el sentido literal de la palabra) que acepta que su amante la veje, la prostituya, le pegue, la obligue a abortar, le robe su capacidad para tener hijos, que es lo que ella más deseaba en el mundo, y que sigue con él porque la llena de vitalidad más sexual que amorosa, decidiéndose a volarle los huevos sólo cuando él le dice que nunca será la única mujer ni en su vida ni en su cama. Esto va en personalidades, y a la mía no le encaja la excusa de la gota que colma el vaso del resto de despropósitos. El conjunto no es creíble, y tengo que irme de investigación para descubrir (no era difícil adivinarlo) la densidad de la psicología de la protagonista de la novela, errada o no en su concepción del amor, pero que justifica mejor lo que ocurre en la historia.

Pues una adaptación cinematográfica no puede crear la necesidad de ir a la novela para completar el cuadro. Sucede por ejemplo con Cadena perpetua, que me parece maravillosa y nunca he sentido el impulso de irme al libro aunque en mis tiempos fuera asidua de ese escritor (sí.......). Y sucede con Lo que el viento se llevó, cuyos personajes hay que analizar a partir de los elementos que da la película, y no la novela, porque se ha ganado el derecho a ser llamada obra completa y completamente independiente de cualquier hoja impresa.

Puede que el panorama europeo echara de menos tener otro éxito de la profundidad de La vida de los otros. Pero El lector no lo desbanca.