—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

El chico de los viernes

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No hace mucho, no mucho tiempo, Shahriar, en una ciudad de cuento de hadas vivían un niño y una niña lindos como dos soles. Se escondían de los monstruos fingiendo ser uno solo porque eran gemelos, tan parecidos entre sí que ni siquiera su propia madre podía distinguirlos. Se escondían de los monstruos que querían servir al que habitaba dormido en el interior de los niños incubando un nuevo Hitler, y poco importó que el artífice en la sombra diera un giro de última hora a los acontecimientos. Se había llegado demasiado lejos. En el paisaje del fin del mundo que más tarde atravesaron completamente solos, el monstruo, sintiéndose en casa, se despertó.



Monster, de Naoki Urasawa. Una trama muy bien armada, al principio con algunos detalles y personajes innecesarios (pero pocos, menos de los que uno se podría imaginar), casi siempre con planos tremendistas y peliculeros, pero inteligente, meditada y sin huecos en la historia principal. Y qué historia.

Uno de sus tópicos secundarios se repite en otras tramas que tratan oscuridades psicológicas: ninguno de sus muchos personajes, adultos o niños, principales o secundarios, tiene padres, o una buena relación con ellos. El desarraigo como cimiento de la infelicidad o el desequilibrio, y los gemelos sufren este desarraigo por partida triple: primero traicionados, luego huérfanos y siempre sin nombre.

Otro tópico que pocas veces se rompe en las obras de ficción que emplean el formato elegido para Monster, es describir una personalidad a través de la belleza o fealdad física. Pero aquí se respeta a medias: la oscuridad psicológica del monstruo sin nombre es un abismo sin fondo de negrura espesa, pero él es hermoso, equilibrado y seductor.

El último episodio, que uno ve con una atención que rinde al 85% al parecer casi de compromiso, de cierre amable, descansando tras la intensidad de los últimos cuarenta capítulos, deja caer sutilmente, sin embargo, dos detalles magníficos: por un lado, el monstruo recupera su nombre original, qué más da cuál sea porque es el primigenio; por otro, se descubre que la figura monstruosa simbólicamente paterna no fue la única responsable de la manipulación de la negrura, sino que su contraparte femenina tuvo bastante que ver en ello también, cometiendo traición por sus propias razones vengativas: no se llega a saber si se equivocó o no en la elección que hizo (ni siquiera ella podía distinguirlos), pero adelantar uno de sus brazos en lugar del otro, ofreciendo una víctima para el sacrificio, no fue fruto ni del capricho ni de la desesperación.


El monstruo sin nombre se llevó consigo aquel paisaje desolado en el equipaje de su turbio corazón. A éste, empañado por el desarraigo y la pulsión de muerte, le quedó sin embargo un consuelo: él era ella, y ella era él.