—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Espita gorgorita

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No le quitemos misterio ni magia a la patria de la infancia: pero admitamos que es una cuestión de pura química.

Al escribir sobre este tema tengo que tener cuidado: es fácil caer en el ombliguismo de los nacidos a finales de los setenta, hipersensibilizados con la infancia que nos tocó vivir. Yo me incluyo aunque haya nacido casi en el 81, porque guardo recuerdos muy muy tempranos (de cuando tenía menos de dos años y me llevaron a ver "ET"; de cuando tenía dos recién cumplidos y apoyaba la oreja en la barriga de mi madre para oír las patadas de quien estaba llegando...); y si fui consciente de una Alaska enfundada en un mandilón y cantando que no quería ir a la escuela, del pequeño vampiro y de la tía de Frankenstein, nadie me dirá que no me incluya.

Pero es una fortuna de la que todo el mundo puede tomar su parte. Nadie cambiaría los recuerdos de su infancia por los de cualquier otra, no importa qué tipo de circunstancias sean las de cada cual; también muchos niños con infancias desgraciadas tienen un paraíso propio. Pero ese paraíso no son unas vivencias concretas, sino la pura mente infantil, elástica y eterna. Porque de niños somos casi mágicos, podemos experimentar viajes astrales, tenemos siete sentidos, el tiempo es elástico y vivimos en un estado de perpetua alteración sensorial, aún no atrofiada por los condicionamientos sociales, las sorpresas vitales y la mella del tiempo. Por eso las visitas a una mercería pueden ser el recuerdo más mágico y consolador en la vida adulta. No importa que escribamos un artículo entero para intentar transmitir a los lectores las sensaciones que nos embargaban en aquellos momentos y hacerles empatizar un poco con nuestra vivencia, como hacía un escritor hace poco: porque son las propias sensaciones las que nos grabaron a fuego la vivencia, ellas son el paraíso que echamos de menos, el que nunca recuperaremos y nunca podremos cazar con palabras.

Esto es pura química. Pero a la química no hay que quitarle su misterio.

Mi tesoro tiene una banda sonora rica. Podría poner un aséptico audio de tres minutos y pico, pero prefiero acompañar con un final de episodio que filma la manera más sencilla, hermosa y falta de grandilocuencia televisiva de ver por primera vez a un futuro ser amado. Y, como guinda, una canción que trae todos los recuerdos en una sacudida, tanto los que se conservaban como los que se habían perdido, de un mundo tan vivo que parecía mentira. De unos años en los que el gatillo más insospechado, como una música oída por casualidad, disparaba tu hipersensibilidad y te elevaba a alturas de vértigo que estaban profundamente enterradas en tu interior. Unos años en los que se escribía una biografía interior completa a cada paso que se daba.

La tía de Frankenstein (1987)