—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

The Nuns' House

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Hay libros en los que el trayecto es descolorido y cuyo objetivo principal es caminar a grandes zancadas hacia un chimpún final. Son sobre todo los best sellers de hoy en día. No sólo el pijama a rayas o Millenium, que por supuesto, sino también bastantes de los bien considerados por críticos más fronterizos, sean novelas o recopilaciones de cuentos.

Hay libros en los que se sabe quién es el asesino, cuál es el elemento clave que llevará a su descubrimiento, cuántas parejas se habrán formado cuando uno vuelva la última página y quiénes las compondrán; libros donde importa el trayecto descriptivo, psicológico, metafórico y simbólico. Estos casi siempre están paridos por los Autores de hace tiempo que acumulan polvo sobre sus huesos.

En The mistery of Edwin Drood, Dickens traza la personalidad de un edificio con un sólo párrafo, y le dota así de una vida y un carácter que no consigue ningún junta-adjetivos de hoy. Cualquier situación planteada en sus páginas está más viva, es más sólida y tiene más fuerza, y cualquiera de sus diálogos tiene más profundidad, complejidad y segundas lecturas, que toda la sección de novedades de El Corte Inglés. Pero no es esnobismo esta opinión, no. Más bien lo contrario.

Cae el telón

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La filosofía y pulcritud multicapas de las tres primeras temporadas salvan las trampas de después. Era grande sentir el corazón arrebatado, y esa curiosa experiencia de no sentirse saciado con el avance de la trama; respuestas que, en lugar de calmar la curiosidad, sólo la avivaban para especular con las de la siguiente pregunta que formulaban. Una serie en la que no se disfrutaba tanto con el presente que se desarrollaba ante los ojos, como con el futuro que ya se deseaba.

Escribo esto cuando aún no ha terminado. Lo releo cuando ya es historia.

http://alcobashahriar.blogspot.com/2008/12/extraviados.html

Complejos y manías

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La ciudad, inexpugnable, exhibe su poderío tras las murallas mientras el sol se oculta al otro lado de las colinas. La vehemencia del general, que es bajito como tantos dictadores del futuro, le hace alzarse sobre la punta de los pies para imponerse a los resoplidos de sus hombres.

—¡Vamoz, vamoz! ¡Cuando etze a andad, el dezto cedá puda inedcia!

Los hombres aprietan los dientes y dedican un último esfuerzo sobrehumano a poner en movimiento la mole de madera. Se oyen crujidos preocupantes que no se sabe si provienen de las cuerdas tensadas al máximo o de las espaldas de los soldados, hasta que por fin el caballo, con una sacudida y un golpe sordo en sus interioridades equinas, se pone en movimiento.

—¿Veiz? ¡Ahoda cedá máz fácil! —dice entusiasta— ¡Deífobo!

Deífobo se apresta a servir.

—Ve a palacio e infodma al pdíncipe de que tengo el honod de anunciadle que el enemigo, en un clado gezto de dendición y manza dizpozizión hacia zu pedzona, le degala un colozo que eztá a la altuda de zu gdandeza.

Al soldado se le viene el mundo encima. Su general tiene un pequeño defecto, y es que habla muy rápido. Mucho.

—¡¡Deífobo!!

—¿S,sí?

—¡A palacio! ¡Infodma al pdíncipe!

Deífobo se convierte en una nube de polvo en la lejanía mientras el general dirige suspicaces miradas a los soldados que tiran de las cuerdas. Algunos se concentran en las tiras de cuero de sus sandalias, otros fijan la mirada en el horizonte, todos simulan estar descubriendo nuevos músculos a ritmo de desgarro en espaldas, piernas y brazos. Ah pero no, a él no le engañan. Él se jugaría el puesto a que hace un instante se miraban con guasa y contenían la risa.

Con el oído alerta, se vuelve lentamente, se acerca al caballo y acaricia la basta madera de la pata delantera derecha con un gesto de satisfacción.

—¡Vamoz, zólo un ezfuedzo máz! ¡Ezta notze celebdademos con gdandez faztoz la cobaddía de loz aqueoz! —látigo viperino.

Junto a su oreja izquierda suenan risitas ahogadas. Gira la cabeza con cólera, pero el soldado que tiene a su espalda, Hugeia, mantiene la vista baja y suda como lo haría el caballo si fuera de carne y hueso y hubiera recorrido en un tiempo demasiado corto la distancia que separa Ptia de Lacedemonia.

—Ezta ez una buena ceñal —continúa—. ¡Loz tenemoz en nueztdaz manoz! ¡En pocoz díaz eztadán pidiendo clemencia, zolicitando nueztdo peddón!

Se produce una explosión de risas muy agudas pero indescriptiblemente sofocadas, y como amortiguadas o tapiadas, pero inconfundibles. Y a continuación un vigoroso «¡chist!». Se vuelve, fuera de sí, y la mala estrella del soldado quiere que Hugeia le esté mirando en ese instante. El puñetazo le cae como lanzado por el resorte de una catapulta.

—¡¡Zuficiente!! ¡¡Zoldadoz!! ¡¡Llevaoz a ezte mizedable a pdizión!! —alarga la última sílaba en un rugido que arriesga la integridad de sus cuerdas vocales.

Hugeia es alejado de allí mientras suplica y jura no entender. Un tanto resarcido, el general continúa acariciando la basta madera del descomunal caballo mientras contempla los esfuerzos de sus hombres. Cómo parece pesar el condenado.

Mañanas rojas de domingos azules

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Once años y varios trabajos muy diferentes después, todavía le veo: el inolvidable J. afanado en la cocina, mirándome por encima del hombro con tensión en el rostro, y repartiendo las tareas entre ambos para cuando B. llegara: «he preparado el mayor número de aperitivos posible, con esto tendremos bastante para el primer apretón; tú te quedas en la barra y yo fuera, en las mesas; en cuanto pueda, entro para ayudarte y organizarnos con la barra, los aperitivos y el lavavajillas».

Llegaba el primer apretón, domingo a media mañana: sobre las once empezaba a entrar el pueblo entero, como saliendo a los atropellos de la misa de diez y media. Las mañanas de domingo eran sobre todo de bitter y vermut: mañanas rojas de domingos azules. Disfrutaba a conciencia cuando me quedaba en las mesas: volaba; sudaba; me sumergía en una barahúnda de lonja; apuntaba siete pedidos en la cabeza; controlaba los aperitivos que iban faltando; pásame las cuentas de las mesas dos y siete; en esta bandeja me faltan un cortado y una coca con poco hielo; y a veces aparecían propinas acordes al esfuerzo. ¿Qué más se podía pedir?

La barra te daba un control distinto pero también interesante. El secreto del disfrute, tanto dentro como fuera, consistía en alcanzar un pico de trabajo tan continuado y extenuante que se acababa entrando en una especie de trance de meditación oriental en el cual dejar de ser el recipiente de pensamientos, complejos y sentimientos lastrantes, para ser en un Yo mecánico puro que no hacía más que servir, cobrar, correr, reponer, preguntar, sonreír, alternar. Y lo más mágico era que en ese estado todo salía bien.

La sensación de poder que da un trabajo físico frenético bajo control es pura dinamita. En los momentos previos, cuando sabíamos que se acercaban un par de horas así y todos nos preparábamos con una decena de pequeños detalles, era como saborear una muerte pequeña que ya te está llegando y que sabes que pronto estará ahí.

En el local más popular ese pico se alcanzaba muy a menudo, sobre todo los desayunos, los sábados a partir de las doce y media de la noche, las tardes de fútbol, las épocas de fiestas… y las mañanas de domingo, en las que estábamos sólo J. y yo.

B. entraba a trabajar justo en ese momento de la mañana. La habían contratado como refuerzo, pero esta ilusión (suponerla un refuerzo) nos duró pocos fines de semana. Cuando la conocimos pudimos ver que a ella este frenesí, esta petit morte, no sólo no le daba ni frío ni calor, sino que procuraba evitarlo a toda costa. No es que ser camarera fuera mi vocación en la vida, pero en aquel momento no había otra cosa y me sumergía en ello a pecho metafórico descubierto. B., con una situación vital que dependía más directamente de su trabajo que la mía, era en cambio una artista del escaqueo.

Yo entablaba diálogos frecuentes con el lavavajillas, servía y recogía en la barra, preparaba los aperitivos cuando hacía falta, llenaba las bandejas de J., me iba al cuarto del fondo a por las botellas de vino, manejaba el cambio de caja. Mientras, J. volaba de mesa en mesa y cuando me veía hasta arriba entraba a saldar las cuentas o a ponerse sus propios cafés en la cafetera mientras me decía «éste es con leche, el otro va solo y ponme dos más descafeinados de sobre, van con un zumo de melocotón», mientras salía ya hacia otra mesa. B., lánguida, se movía con pausa, me hacía el favor de rellenarme las neveras de bebidas cuando se lo pedía, servía con parsimonia, se apoyaba en la esquina más alejada del bullicio para charlar con aquel habitual entre grandes risas y un paño al hombro, contando sus pequeños acontecimientos personales con cara de estrés.

Un domingo, y otro, y otro más.

Desistimos pronto, porque el inolvidable J. tenía un recorrido muy largo y una gran falta de fe en ciertas personas: pocos obstáculos son más insalvables que la falta de iniciativa propia. Así que dejamos que los jefes se dieran cuenta por sí solos y nos organizamos las mañanas sin contar con ella.

Pero no he olvidado a B. una mañana, inclinadas las dos ante el lavavajillas, su dulce cara morena frente a mí, sus grandes ojos y su débil ofrecimiento con voz suave, aunque hayan pasado los años y tantas cosas aún recuerdo la suavidad de su voz preguntándome «Shere, ¿te ayudo…?»

Me pedías algo sobre la vagancia, pero no me queda claro si te he hablado de una vaga o de dos mataos.

El palacio de hielo

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Doctor Zhivago, de David Lean (1965)

Cuando la vi por primera vez, me quedé casi dormida. Él me la puso para compartir conmigo la que consideraba la mejor historia de amor que había visto. No sabía que en este tipo de historias no me identifico con los protagonistas, sino con el lado del triángulo que sale perdiendo (nunca he tenido motivos, pero soy demasiado empática). Cinco años después duele menos, aunque siga sin identificarme con Yuri y Lara. Ah, las películas basadas en novelas... su alma pocas veces es completa. Demasiado apresuramiento en el enamoramiento en el frente; tan apresurado como indefinida está la obsesión con que se desvive el mezquino Komarovsky por ayudarles, más allá de toda comprensión sobre todo si se tiene en cuenta el carácter del personaje; puede suponerse amor por Lara, pero hay que suponer demasiado y no son esas suposiciones que tanto gusto da hacer en base a pistas sutiles y bien construidas que están ahí aunque no se verbalicen.

Pero entiendo más cosas que aquella primera vez. Poder querer a Tonya y amar a Lara. Y enfrente, el vacío de relaciones insatisfactorias y vida gris, borrado por el poder que te otorga saberte amada por quien adoras. Para ambos, la alegría del amor libremente encontrado por encima del que la vida te ha ido imponiendo, aunque haya sido sutilmente y a pesar de que uno al principio se dejara llevar de buen grado, porque no es hasta que llega el verdadero cuando se da uno cuenta del estado de duermevela en el que se había vivido hasta entonces.

Además de la bella metáfora de la balalaika, allí donde está tiene Zhivago su hogar; es lógico que acabe en el regazo de ella.


A falta de revisar el DVD con los comentarios, por si confirma la historia de la espontaneidad de "a las barricadas".

Desvaríos y pecados

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Decía un columnista de cuyo nombre no consigo acordarme, que el furor por el oso de Tous era uno de tantas demostraciones de la infantilización de la sociedad. La veo cada mañana en esas bolsas de Harrod's en las que las ejecutivas agresivas, las informáticas y las secretarias pasean el tupper y la manzana por el centro financiero.

Salvo una, que decidió ser consecuente y adquirir una bolsa directamente diseñada para niños. Cada mañana se la admiraba, luego se convirtió en compañera y le pedí que me dejara fotografiarla porque, aunque su color chillón me incomoda, siento debilidad por el objeto que inspiró el diseño.

Tú, Mi Querido lector, cuando miras esta bolsa, ¿qué ves? Fácil acertijo con premio. Más fácil si te digo que sólo podía haberse conseguido en un lugar en todo el mundo.



El bichito feo