—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Complejos y manías

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La ciudad, inexpugnable, exhibe su poderío tras las murallas mientras el sol se oculta al otro lado de las colinas. La vehemencia del general, que es bajito como tantos dictadores del futuro, le hace alzarse sobre la punta de los pies para imponerse a los resoplidos de sus hombres.

—¡Vamoz, vamoz! ¡Cuando etze a andad, el dezto cedá puda inedcia!

Los hombres aprietan los dientes y dedican un último esfuerzo sobrehumano a poner en movimiento la mole de madera. Se oyen crujidos preocupantes que no se sabe si provienen de las cuerdas tensadas al máximo o de las espaldas de los soldados, hasta que por fin el caballo, con una sacudida y un golpe sordo en sus interioridades equinas, se pone en movimiento.

—¿Veiz? ¡Ahoda cedá máz fácil! —dice entusiasta— ¡Deífobo!

Deífobo se apresta a servir.

—Ve a palacio e infodma al pdíncipe de que tengo el honod de anunciadle que el enemigo, en un clado gezto de dendición y manza dizpozizión hacia zu pedzona, le degala un colozo que eztá a la altuda de zu gdandeza.

Al soldado se le viene el mundo encima. Su general tiene un pequeño defecto, y es que habla muy rápido. Mucho.

—¡¡Deífobo!!

—¿S,sí?

—¡A palacio! ¡Infodma al pdíncipe!

Deífobo se convierte en una nube de polvo en la lejanía mientras el general dirige suspicaces miradas a los soldados que tiran de las cuerdas. Algunos se concentran en las tiras de cuero de sus sandalias, otros fijan la mirada en el horizonte, todos simulan estar descubriendo nuevos músculos a ritmo de desgarro en espaldas, piernas y brazos. Ah pero no, a él no le engañan. Él se jugaría el puesto a que hace un instante se miraban con guasa y contenían la risa.

Con el oído alerta, se vuelve lentamente, se acerca al caballo y acaricia la basta madera de la pata delantera derecha con un gesto de satisfacción.

—¡Vamoz, zólo un ezfuedzo máz! ¡Ezta notze celebdademos con gdandez faztoz la cobaddía de loz aqueoz! —látigo viperino.

Junto a su oreja izquierda suenan risitas ahogadas. Gira la cabeza con cólera, pero el soldado que tiene a su espalda, Hugeia, mantiene la vista baja y suda como lo haría el caballo si fuera de carne y hueso y hubiera recorrido en un tiempo demasiado corto la distancia que separa Ptia de Lacedemonia.

—Ezta ez una buena ceñal —continúa—. ¡Loz tenemoz en nueztdaz manoz! ¡En pocoz díaz eztadán pidiendo clemencia, zolicitando nueztdo peddón!

Se produce una explosión de risas muy agudas pero indescriptiblemente sofocadas, y como amortiguadas o tapiadas, pero inconfundibles. Y a continuación un vigoroso «¡chist!». Se vuelve, fuera de sí, y la mala estrella del soldado quiere que Hugeia le esté mirando en ese instante. El puñetazo le cae como lanzado por el resorte de una catapulta.

—¡¡Zuficiente!! ¡¡Zoldadoz!! ¡¡Llevaoz a ezte mizedable a pdizión!! —alarga la última sílaba en un rugido que arriesga la integridad de sus cuerdas vocales.

Hugeia es alejado de allí mientras suplica y jura no entender. Un tanto resarcido, el general continúa acariciando la basta madera del descomunal caballo mientras contempla los esfuerzos de sus hombres. Cómo parece pesar el condenado.