—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Mañanas rojas de domingos azules

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Once años y varios trabajos muy diferentes después, todavía le veo: el inolvidable J. afanado en la cocina, mirándome por encima del hombro con tensión en el rostro, y repartiendo las tareas entre ambos para cuando B. llegara: «he preparado el mayor número de aperitivos posible, con esto tendremos bastante para el primer apretón; tú te quedas en la barra y yo fuera, en las mesas; en cuanto pueda, entro para ayudarte y organizarnos con la barra, los aperitivos y el lavavajillas».

Llegaba el primer apretón, domingo a media mañana: sobre las once empezaba a entrar el pueblo entero, como saliendo a los atropellos de la misa de diez y media. Las mañanas de domingo eran sobre todo de bitter y vermut: mañanas rojas de domingos azules. Disfrutaba a conciencia cuando me quedaba en las mesas: volaba; sudaba; me sumergía en una barahúnda de lonja; apuntaba siete pedidos en la cabeza; controlaba los aperitivos que iban faltando; pásame las cuentas de las mesas dos y siete; en esta bandeja me faltan un cortado y una coca con poco hielo; y a veces aparecían propinas acordes al esfuerzo. ¿Qué más se podía pedir?

La barra te daba un control distinto pero también interesante. El secreto del disfrute, tanto dentro como fuera, consistía en alcanzar un pico de trabajo tan continuado y extenuante que se acababa entrando en una especie de trance de meditación oriental en el cual dejar de ser el recipiente de pensamientos, complejos y sentimientos lastrantes, para ser en un Yo mecánico puro que no hacía más que servir, cobrar, correr, reponer, preguntar, sonreír, alternar. Y lo más mágico era que en ese estado todo salía bien.

La sensación de poder que da un trabajo físico frenético bajo control es pura dinamita. En los momentos previos, cuando sabíamos que se acercaban un par de horas así y todos nos preparábamos con una decena de pequeños detalles, era como saborear una muerte pequeña que ya te está llegando y que sabes que pronto estará ahí.

En el local más popular ese pico se alcanzaba muy a menudo, sobre todo los desayunos, los sábados a partir de las doce y media de la noche, las tardes de fútbol, las épocas de fiestas… y las mañanas de domingo, en las que estábamos sólo J. y yo.

B. entraba a trabajar justo en ese momento de la mañana. La habían contratado como refuerzo, pero esta ilusión (suponerla un refuerzo) nos duró pocos fines de semana. Cuando la conocimos pudimos ver que a ella este frenesí, esta petit morte, no sólo no le daba ni frío ni calor, sino que procuraba evitarlo a toda costa. No es que ser camarera fuera mi vocación en la vida, pero en aquel momento no había otra cosa y me sumergía en ello a pecho metafórico descubierto. B., con una situación vital que dependía más directamente de su trabajo que la mía, era en cambio una artista del escaqueo.

Yo entablaba diálogos frecuentes con el lavavajillas, servía y recogía en la barra, preparaba los aperitivos cuando hacía falta, llenaba las bandejas de J., me iba al cuarto del fondo a por las botellas de vino, manejaba el cambio de caja. Mientras, J. volaba de mesa en mesa y cuando me veía hasta arriba entraba a saldar las cuentas o a ponerse sus propios cafés en la cafetera mientras me decía «éste es con leche, el otro va solo y ponme dos más descafeinados de sobre, van con un zumo de melocotón», mientras salía ya hacia otra mesa. B., lánguida, se movía con pausa, me hacía el favor de rellenarme las neveras de bebidas cuando se lo pedía, servía con parsimonia, se apoyaba en la esquina más alejada del bullicio para charlar con aquel habitual entre grandes risas y un paño al hombro, contando sus pequeños acontecimientos personales con cara de estrés.

Un domingo, y otro, y otro más.

Desistimos pronto, porque el inolvidable J. tenía un recorrido muy largo y una gran falta de fe en ciertas personas: pocos obstáculos son más insalvables que la falta de iniciativa propia. Así que dejamos que los jefes se dieran cuenta por sí solos y nos organizamos las mañanas sin contar con ella.

Pero no he olvidado a B. una mañana, inclinadas las dos ante el lavavajillas, su dulce cara morena frente a mí, sus grandes ojos y su débil ofrecimiento con voz suave, aunque hayan pasado los años y tantas cosas aún recuerdo la suavidad de su voz preguntándome «Shere, ¿te ayudo…?»

Me pedías algo sobre la vagancia, pero no me queda claro si te he hablado de una vaga o de dos mataos.