—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Largo tiempo

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La dama de azul le miró ponerse los pantalones, con una sonrisa que quería ser socarrona. Seguir llamándola así era cosa de costumbre, porque hacía horas que estaba junto a él, y bajo él y sobre él, sin una pieza de ropa sobre su admirable cuerpo.

– Es irónico.

– No, es práctico. Partiremos al alba y quiero estar con ella cuando despierte. También quiero ver cómo está. No debería haber dormido sola después del golpe que le dieron ayer.

Se volvió y la contempló tendida en la gran cama barroca. La socarronería de su sonrisa se había desvanecido, y a la luz de las velas la encontraba hermosa como el placer más prohibido que se pudiera imaginar. Se echó de nuevo junto a ella, y se acariciaron y besaron durante algunos momentos más. Cuando Albert daba muestras de que se iría, ella volvió a disfrazar su sonrisa.

– Sé que no estás obligado a nada, pero me gustaría que me prometieras que no te la tirarás esta mañana estando yo tan cerca.

La sonrisa de él era tan inesperadamente sorprendida, que ella se avergonzó e hizo un mohín burlón.

– Explicarte la relación que hemos tenido Angie y yo durante nuestro viaje me llevaría tanto tiempo, que ahorraré el de los dos si me limito a prometértelo: ni hoy, ni mañana, ni cuando hayamos abandonado el país. Mucho tendrían que cambiar las cosas –y ya no pudo continuar, interrumpiéndose para reír con una risa franca que nadie le había oído nunca en los tres meses que llevaba en el castillo.

Ella se echó y cerró los ojos, diciendo que le bastaba con eso.

Albert recorrió los pasillos sólo con los vaqueros. Las suntuosas alfombras le guiaban en la oscuridad, porque aún faltaba algún tiempo para el amanecer y ninguna luz se filtraba por los altos ventanales que había en cada recodo del camino.

La vasta habitación estaba bañada por la luz mortecina de una lámpara eléctrica de pantalla casi opaca. Angie dormía en un lado de la gigantesca cama de madera, tan barroca como la que Albert acababa de dejar, y tal vez le había dejado la luz a propósito. Tal vez no. Con ella nunca se sabía, y ella podía decir lo mismo de él.

Se echó a su lado y le tomó la muñeca que descansaba sobre la almohada, comprobando que su pulso era tan sereno como su respiración. Recordó la conversación de la cena, cuando ella, cansada, ya se retiraba, y él le aconsejó que no durmiera sola después del golpe en la cabeza que había recibido aquella tarde, señalándole al muchacho con el que se había encamado durante los tres meses que no habían viajado juntos, y que la miraba desde lejos de forma voraz. «Ya veremos», había dicho ella, «sólo tengo ganas de darme un baño en esa interminable bañera y aprovechar que seguramente tú no dormirás conmigo, para perderme en ese colchón, esa almohada...». Entonces él había preferido jugar con ella para ocultar la preocupación mecánica, impersonal, de su instinto profesional. «Hagamos un trato; ahora nos separamos; si la suerte me es favorable, iré contigo al amanecer; si cuando llegue hueles a jabón y a limpito, entenderé que te has dado el baño y has dormido sola; pero si pasas la noche con él, no te bañes, hazme el favor: déjame adivinar por tu olor si has dormido sola o no». Ella le había mirado con una expresión no exactamente escandalizada, sino dubitativa. Quizás no estaba segura de cuál debía ser su reacción. «Ahora que no nos llevamos mal, ¿nuestras conversaciones serán siempre así de exóticas?». «Puede. Acepta mi trato, y en el segundo caso te bañarás por la mañana, no importa que por un día salgamos tarde al camino; pero por favor, en ese caso, no le lleves a esa cama; yo iré de madrugada».

Se acercó un poco para olerla, y luego sus labios formaron unas palabras inaudibles. «El sexo de Angie». Luego recostó la cabeza en la almohada y sintió la desesperación del desvelo. Debería dormir un poco antes de partir pero la cabeza bullía de imágenes: la increíble noche pasada con la indescriptible dama de azul, y que en aquella cama hubiera dos personas que acababan de tener sexo, pero no el uno con la otra. Esta idea en particular le parecía tan descabellada que le hacía incapaz de abandonarse al sueño. Entonces cerró los ojos e intentó abandonarse al menos al silencio. Pero no había silencio. La respiración de Angie marcaba tiempos de dos segundos y medio y cuatro segundos. Dos segundos y medio y cuatro segundos. Dos segundos y medio y cuatro segundos. Dos segundos y medio y cuatro segundos. Dos segundos y medio y cuatro segundos...

Se durmió siguiendo su ritmo.

Angie abrió los ojos al cabo de quince minutos y le vio a su lado. ¿Sería ya la hora de salir? Se giró, pero el ventanal estaba oculto por unas pesadas cortinas de terciopelo. Se acercó y hundió la cabeza en ellas, abrió el ventanal: la aurora empezaba a palidecer el cielo, pero aún no se distinguían los bosques del paisaje que desde aquella altura le había quitado el aliento la tarde anterior. Cerró la ventana y las cortinas, y contempló un instante el tranquilo cuadro de la habitación a la luz mortecina de, posiblemente, la única lámpara eléctrica del castillo. Se acostó junto a Albert, miró cómo su pecho subía y bajaba no queriendo preguntarse por qué había decidido que sin camisa y, cerrando los ojos, siguió la pesada respiración de él, que marcaba tiempos de dos segundos y medio y cuatro segundos. Dos segundos y medio y cuatro segundos. Dos segundos y medio y cuatro segundos. Dos segundos y medio y cuatro segundos. Dos segundos y medio y cuatro segundos...