—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Trama sin desenlace

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Él vino a verme y me hizo sentir importante. Tras un relámpago que duró seis años, vino un trueno de una noche que me dio la vida y me reconcilió conmigo. Durante la cena, mientras en la pared proyectaban a lo Cinexín escenas míticas de películas de terror y ciencia ficción de hace varias décadas, comentó que le gustaría quedarse una noche más, o toda la vida. Empezando a conocer su espíritu guasón, preferí reprimir el «si por mí fuera…». También durante la cena supo que podría quedarse toda la noche, y la vuelta a casa fue más tranquila; el amor de después, sin el apresuramiento que temíamos; poder poner el reloj de cara a la pared, una bendición.

Dos días después, ayer, recordé que era festivo y arrastré mis agujetas hasta la feria del libro. Plácida, feliz, tranquila, complacida. Con silencio en la cabeza por primera vez en bastante tiempo. Ni los madrileños y su poca empatía como transeúntes conseguían cabrearme. Flotaba en el colchón del bienestar. Paseaba por la trastienda del Madrid de la tele. Pasaba a dos metros de la voz, las gafas y las afiladas ocurrencias de Thais Villas (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), pero Madrid no se detenía, Madrid seguía, su inercia era más fuerte que el magnetismo hipnótico del faranduleo. Desde una caseta, una mano y un libro se estiraron hacia mí, y cuando seguí el punto de fuga del brazo, vi que me estaban reclamando los mares del sur de los ojos del Juan Luis Cano de mis amores de los dieciocho años. A su lado, Toni Cantó.

Me acerqué y me dejé envolver un rato por ellos. Pagué el libro de los vecinos de Torrelodones sin pensarlo demasiado. Para eso estaban ellos allí, para que yo no pensara demasiado. Pero como siempre, desaproveché el momento (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), y me fui rauda y veloz tras desearles suerte con la firma, en lugar de inclinarme golpeándome con el índice la mejilla para recoger los besos prometidos en la dedicatoria. Decirles que quería un par de besos por aquella versión flamenquita de The way I’m feeling tonight de hace años, con el mismísimo Paul Carrack a la guitarra, y otro par por el huracanado personaje de El pez gordo de hace meses, que tanto me hizo reír. Y terminar con un «ya sabéis lo que dicen de una mujer que se ríe con un hombre: que se enamora un poco de él. Con todo el respeto debido a vuestras señoras, que yo a los hombres casados ni me acerco». Porque puedo fantasear con ser hipócrita, aunque en la vida real los intereses de la supervivencia social batallen cada día con una transparencia demasiado grande, rebelde y anarquista.

Debería haberles dicho eso. Debería haber dicho también hace dos noches el «si por mí fuera». La vida grita a veces pidiendo un poco de inconsciencia para hacerse más alegre y cómplice, y las segundas oportunidades son raras. Volví veinte minutos después a la caseta a por mis besos, pero ya estaba llena de gente. Ya no les hacía falta atraer a nadie desde la distancia. La gente agolpada arrancó en aplausos con sonrisas muy grandes. Seguramente él acababa de cantar.

1 comment

kleptØ
10 de noviembre de 2010, 22:31

Segundas oportunidades, cuando se dan nunca son lo que se esperan o lo ensayado... y para cuando te das cuenta de haber desperdiciado "la única", siempre es tarde.
Y como dice ese anuncio cutre que hay desde hace un par de días: "... el planeta azul seguirá adelante."
ñ_ñ