—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Treinta años

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Pescando la luna del lago, de Keqin Zou (1981)

Viven los hombrecitos felices en su vida nocturna, comiendo, jugando, durmiendo y soñando. Un día empiezan a pensar en cosas elevadas. Observan fenómenos extraños, se sienten maravillados, intentan aprehenderlos, pretenden acotarlos. Los persiguen, y cuando creen haberlos capturado en libros gordos y llenos de letras, los fenómenos extraños les hacen una pedorreta y escapan a toda definición, a toda comprensión, dejándoles con el culito al aire pero más enamorados que nunca. Física cuántica, eternidad, teoría de las cuerdas, entendimiento con el Otro diferente, construcción artificiosa del mundo, Dios.

Yo no aparezco en la animación. Soy un monito fuera de cuadro, observando el empeño de los demás, sabiendo que llegará el día en que la luna se quedará en el cuenco. Y un día de estos cumplo treinta años.

Pildorilla de la contrariedad

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No es difícil decirle a alguien que no correspondes a sus sentimientos amorosos. Siempre hay palabras o una justificación suficiente (sea verdad o mentira), y de la habilidad de cada cual depende la delicadeza con la que se dé a entender.

Pero es imposible decirle a alguien que no quieres ser amigo suyo o tener trato estrecho con él. No hay justificaciones que se puedan dar sin herir al otro, ni forma de no quedar como un imbécil. Sólo cabe el desapego para que el otro acabe buscando afinidades en otro sitio, y aún así te tendrá por alguien poco fiable.

A lo mejor tiene razón.