—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Escoltando un carromato en la nieve

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¿Por qué se me ha quedado esta entrada en el tintero durante tanto tiempo? En una tarde luminosa del mes de mayo, mientras adecentaba la casa para la llegada de mi alegría del alma, una canción sonó en la radio entre los rayos de sol.

White Winter Hymnal, The Fleet Foxes

Prendada, investigué la letra. Pensemos sólo en ella:
I was following the pack
All swallowed in their coats
With scarves of red tied around their throats
To keep their little heads
From falling in the snow
And I turned around and there you go
And, Michael, you would fall
And turn the white snow red as strawberries
In the summertime

Pisoteando un poco la mezcla de tiempos verbales del final, la traducción puede decir algo así como:
Yo iba siguiendo al grupo,
todos tragados por sus abrigos,
con bufandas de lazo rojo alrededor de sus gargantas,
para evitar que sus pequeñas cabezas
cayeran sobre la nieve.
Entonces me volví y ahí está,
Michael, caíste,
e hiciste que la nieve blanca se volviera tan roja como las fresas
en verano.

Equivocar "scarves" (bufandas) por "scars" (cicatrices; la imaginación exagera hasta heridas); fantasear con que no fueran las bufandas del segundo verso las encargadas de evitar que sus pequeñas cabezas cayeran sobre la nieve, sino el yo del primero ("yo iba siguiendo al grupo (...) para evitar que..."). Así, sin mayor esfuerzo, una canción de inocente significado oficial se convierte en la descripción de la penosa tarea de escoltar un carromato de macabro contenido por las tierras y los años del juez Lynch, gracias a una imaginación tan en buena forma como antaño.

Amanece y son casi las ocho y media. Nos dirijimos por fin lentamente hacia los crepúsculos de madrugada.

Treinta años

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Pescando la luna del lago, de Keqin Zou (1981)

Viven los hombrecitos felices en su vida nocturna, comiendo, jugando, durmiendo y soñando. Un día empiezan a pensar en cosas elevadas. Observan fenómenos extraños, se sienten maravillados, intentan aprehenderlos, pretenden acotarlos. Los persiguen, y cuando creen haberlos capturado en libros gordos y llenos de letras, los fenómenos extraños les hacen una pedorreta y escapan a toda definición, a toda comprensión, dejándoles con el culito al aire pero más enamorados que nunca. Física cuántica, eternidad, teoría de las cuerdas, entendimiento con el Otro diferente, construcción artificiosa del mundo, Dios.

Yo no aparezco en la animación. Soy un monito fuera de cuadro, observando el empeño de los demás, sabiendo que llegará el día en que la luna se quedará en el cuenco. Y un día de estos cumplo treinta años.

Pildorilla de la contrariedad

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No es difícil decirle a alguien que no correspondes a sus sentimientos amorosos. Siempre hay palabras o una justificación suficiente (sea verdad o mentira), y de la habilidad de cada cual depende la delicadeza con la que se dé a entender.

Pero es imposible decirle a alguien que no quieres ser amigo suyo o tener trato estrecho con él. No hay justificaciones que se puedan dar sin herir al otro, ni forma de no quedar como un imbécil. Sólo cabe el desapego para que el otro acabe buscando afinidades en otro sitio, y aún así te tendrá por alguien poco fiable.

A lo mejor tiene razón.