—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

La mirada de la literatura

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Leo La saga/fuga de J. B., de Gonzalo Torrente Ballester, una de esas novelas que, como La montaña mágica, se adora o se rechaza. Yo, como a La montaña mágica, la adoro, pero por ejemplo, si bien antes de leerla me apetecía regalársela a un conocido que aprecia enormemente a Bach, por estar la novela construida como una de sus fugas, ahora que estoy a punto de terminarla no me animaría. No parece una temática que a él pudiera gustarle.

Pero, leyéndola, se me ocurre que lo que hace destacar a un escritor por encima de la mediocridad es que incline la balanza de su cuidado más hacia la forma de mirar lo pequeño cotidiano que hacia la forma de explorar los Grandes Temas. Éstos, cualquier arquetipo en realidad, como un deseo sexual, un amor, la naturaleza de la verdad y de la mentira, la pérdida de la inocencia, un mito, la muerte, una culpabilidad, los padres o su ausencia, la bastardía, el interno tira y afloja entre individualismo y solidaridad de grupo, se escogen como núcleo (cómo no van a serlo) pero se tratan con naturalidad, con las alharacas justas: a veces es mejor dejar paso a la ironía y rebajar un poco el tremendismo, porque ya los escritores comunes se encargan de sublimarlos y convertirlos en la razón de ser de su escritura. Se me antoja que los Escritores, la Literatura, saben que los dilemas y misterios de los Grandes Temas (insertos en nuestro ser como una segunda piel) serán siempre irresolubles. Los escritores comunes, por su parte, encuentran placer en llenar páginas y páginas con su exploración exhaustiva de esta trillada vía central de cuatro carriles sin atender a nada más, con el secreto deseo de que la musa de los arquetipos les sea más favorable a ellos que a otros.

Lo fascinante de los Escritores y la Literatura reside, para mí, en la forma de mirar lo pequeño cotidiano, esos senderos llenos de posibilidades que los escritores comunes descuidan. En donde otro hubiera garabateado «en la taberna irrumpió un hombre disfrazado», Torrente escribe:
Salieron a relucir los papeles doblados, que eran así como cuatro o cinco holandesas, las abrió con parsimonia, y leyó con su habitual, sonora y bien timbrada voz: Puntualizaciones por J(osé) B(astida) y en el mismo momento se detuvo y se quedó mirando hacia la puerta del café, fascinado, porque alguien perteneciente a un sistema real había echado mano de ciertos elementos naturalmente insertos en un sistema imaginario, se los había encasquetado e intentaba ahora introducirlos sin modificación alguna en un tercer sistema, tan real e indiscutible como lo era el salón del Café Suizo, con la pretensión visible, bien de que lo imaginario pasase por real, bien de que lo real se viese inmediatamente introducido en una serie imaginaria o al menos que por tal fuese tenida. Y no era Bastida sólo a mirar y a fascinarse, sino varios de los clientes que golpeaban el mármol de las mesas con las fichas de dominó, y el dueño desde su mostrador, y el correturnos metido en su frac de botones dorados, y el primer camarero en medio del salón (a punto de caérsele la bandeja). También miró el Rey Artús, y se quedó quieto de la sorpresa. Y Merlín. Y Galván, que dijo «¡Atiza!», sin recibir reprimenda; y Gowen, y Galaor y Bohor y, último de todos en mirar y fascinarse, Lanzarote. De la niebla había salido un embozado que no hubiera llamado la atención de nadie de llevar un sombrero cualquiera, o una boina, o una gorra de visera. Pero llevaba un sombrero de copa del año de la Pera; y cuando dejó caer el embozo de la capa con airoso ademán, de esos cuyo secreto se ha perdido, vieron todos un rostro fino y triste, con bigote caído y barba apuntada, que todos conocían. El hombre sacó una mano con guante gris, se quitó el sombrero, hizo una reverencia y volvió a ponérselo. Lanzarote se había levantado y el Rey Artús, la cabeza vuelta, examinaba de cerca el retrato del Vate colgado bajo el busto de Coralina. «Sí, es él», le advirtió Merlín; y José Bastida, con una sonrisa, dobló las cuartillas y las guardó.
Quien escribe algo así con este embrujo oral para hablar de una sensación, apenas un movimiento, que otro despacharía en dos frases, bien puede llamarla Literatura.

Un viejo (2004)

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A menudo el viejo sueña extraños viajes, incoherentes conversaciones o extravagantes compañías, pues no tiene mejor forma de distraer la soledad de su encierro. Por las noches su mente se puebla de movimientos y palabras que debieran haber sido dichas muchos años atrás. Por las mañanas, su cuerpo realiza en silencio mil actividades insignificantes mientras recorre las habitaciones con un arrastrar de pies que, al pasar los años, ha creado un leve surco en las baldosas que le indica invariablemente el camino a seguir.

La chica llega a mediodía llevando en una bolsa la ropa limpia del viejo. Con apenas un saludo, se encierra en la cocina con su música de bolsillo y le prepara algo ligero. Luego recoge la escasa ropa sucia del viejo y le pregunta si ha pasado bien la noche y si necesita alguna cosa y él responde con la cabeza, respectivamente, que sí y que no. Le ha hecho creer desde un principio que es mudo, por lo que la visita de la chica, con gran alivio para ambos, nunca sobrepasa la hora y cuarto. El viejo se recrea en los ecos que el portazo levanta en los pasillos, el único momento del día en que el ruido ocupa por entero la casa, y luego almuerza la mitad de lo que la chica ha preparado.

Dedica las tardes enteras a conjugar los fantasmas que le susurran desde las sombras de las esquinas. Se apoltrona en un sillón que se cae a pedazos, absorbiendo todo el sol que su agrietada piel puede recibir, y a ratos contempla el paisaje urbano y a ratos sueña despierto. El espectro de una mujer se sienta en el alféizar de la ventana de espaldas a la luz y de vez en cuando, si esa noche se le ha ocurrido algo nuevo, habla con ella intentando explicarse, aunque por lo general permanece callado, con la esperanza horrorizada de que ella le hable y que sus primeras palabras sean de perdón.

La noche llega pronto y encuentra al viejo recorriendo de nuevo la casa, atareado en mil pequeñas cosas, o cenando en la cocina la otra mitad del almuerzo. Cuando se acuesta, sueña extravagantes conversaciones, incoherentes viajes o extrañas compañías, como esa noche en que se le aparece el Diablo y le pregunta si ha vivido bien su vida y si necesita alguna cosa; él responde con la cabeza, respectivamente, que no y que sí. Pero el Diablo mira con más atención y ve que no hay nada que le puedan vender, así que por una vez se retira murmurando una disculpa y dejando al viejo con sus pensamientos y su soledad.

Voluble

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El año pasado, las fotos ochenteras y noventeras comenzaron a salir de los cajones de toda la casa y a repartirse por las paredes. Este año han terminado de hacerse fuertes en la sala, las habitaciones y los pasillos.

Hasta el año pasado, descansaban en los cajones mientras seguíamos creando más recuerdos de familia. Hoy toca acostumbrarse a la idea de que las tendremos por muchos años ante nuestros ojos. Se intenta apuntalar la cohesión familiar futura, principal e inconscientemente, con ellas.

A dos metros - final de temporada 1

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Durante la pausa tensa que precede teatralmente a una sentencia aleccionadora, demoledora o ingeniosa, solemos temer lo que pueda salir de ahí. ¿Una verdad como un templo? ¿Palabras grandilocuentes y vacías a mayor gloria del guionista? Por suerte, a veces recibimos el regalo de las palabras justas.

En el último capítulo de la primera temporada de "A dos metros bajo tierra", alguien arrebatado por el dolor de la pérdida de un ser muy querido pregunta, con lágrimas en los ojos y voz ausente:

–¿Por qué tenemos que morir?

Su (joven) interlocutor, que durante su último encuentro con un doctor descubrió que puede morir en cualquier momento, responde:

–Para que la vida sea importante.


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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").

A dos metros - episodio piloto

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En el episodio piloto de "A dos metros bajo tierra", un recién fallecido Nathaniel Fisher charla con su hija, tomando el sol en una tumbona. Has tenido suerte, le dice ella. Sí, fue tan rápido que no hubo tiempo de tener miedo ni de pensar en ello; nada de responsabilidades, responde él. Se acabaron las preocupaciones y el aburrimiento.

Y el tener que esperar a morir, recuerda ella.

Él no se había dado cuenta hasta entonces y se ríe, aliviado. Iluminado por el sol.


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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").

La libertad de la obligación

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Es libre quien se somete a las obligaciones que ha asumido por propia voluntad.

Lo dijo hace hoy exactamente 26 años el Tribunal Constitucional

Cinismo a borbotones en el siglo XX

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Ha transcurrido el sábado entre tres libros, el recorrido del sol en el borde de la cama, la brisa que entraba por la ventana abierta y el silencio de este enorme, milagroso, patio de manzana, que aun en el centro de Madrid está tan lleno de luz y de silencio.

¿Son muchos libros para un día? El caso es que son breves: "El siglo XX y otras calamidades", del Marqués de Tamarón, artículos con temática que se explica sola con el título del libro; "Sangre a borbotones", de Rafael Reig, narración detectivesca en un presente paralelo en el que España forma parte de una Federación estadounidense, el petróleo se ha terminado y Madrid está atravesado de norte a sur por el canal navegable de la Castellana; y "Los cínicos no sirven para este oficio", de Ryszard Kapuscinski, tres transcripciones de sendas conferencias sobre lo que el periodista polaco considera que es el periodismo de calidad.

Se imbrican suavemente, y también con la realidad de mis días; el Marqués de Tamarón y Kapuscinski coinciden en su mención al fin de la historia de Fukuyama y su opinión sobre Unamuno; Reig y Kapuscinski se acuerdan de Walter Benjamin. Y es la última página que leo (de Kapuscinski) la que me deja la reflexión sobre la utilidad de mi sábado:

«Naturalmente, escribir es una selección, una elección, una decisión. Pero sé, por mi trabajo, que quien escribe intenta atraer al lector hacia el gusto por las palabras. Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar a entender algo del mismo».

Intimidante

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Como ejemplo de intimidad en su concepto más reducido, acude Béjar al estudio de la tribu brasileña de Mehinacu. Viven en cinco grandes chozas situadas alrededor de una plaza. Las viviendas son comunes, pese a ello, existen reductos de lo íntimo, como alejarse del poblado por senderos secretos, o la imposibilidad de dirigir la palabra a aquél que está tumbado, gesto que expresa un directo deseo de retiro.

“El derecho a la intimidad”, Lucrecio Rebollo Delgado

¿A dónde vas por Alfonso XIII?

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Hoy los madrileños caminaban con tanta parsimonia por los pasillos del metro, que pienso que quizás llegaban todos demasiado temprano a trabajar. Al bajarme en el transbordo de Avenida de América a las 8,39 h., comprobé cómo quienes venían de frente refrenaban sus pasos para no llegar a tiempo de coger el tren de la línea 7 que yo estaba dejando. En mi trayecto hacia el siguiente andén, vi cómo los trabajadores se habían convertido en transeúntes y paseaban los pasillos con expresión apacible. En la línea 6, donde el siguiente tren llegó pisándole los talones al que acababa de dejar el andén sin dar tiempo a que los marcadores señalaran ni tan sólo un minuto de espera, algunas personas se levantaron de los bancos protestando porque debían interrumpir la lectura del periódico, mucho más plácida en el asiento del andén que con el traqueteo del vagón. Al trompetista de Nuevos Ministerios se le acumulaban los espectadores y las monedas de veinte y cincuenta, y ante una turista que quería subir a duras penas un maletón gigantesco por un tramo de no más de siete escalones, seis amables transeúntes se abalanzaron para ser los primeros en llegar al rescate (uno de los últimos, frustrado, terminó la faena ayudando a un ejecutivo agresivo a subir su maletín, asiendo la parte trasera y alzándola para ponerlo en horizontal, con grandes molestias para su codo según se adivinaba por las muecas de su rostro).

Como todo se autorregula, según las dinámicas de los ecosistemas y de las teorías económicas liberales, también esta peculiar mañana se arregló con su propia inercia. En las escaleras mecánicas nadie quiso utilizar el hueco izquierdo para adelantar andando, y comenzó a acumularse gente en la parte derecha para subir tranquilamente al ritmo de la cinta. Las filas se hicieron enormes, atascando las escaleras hasta cuando llegaban ya los pasajeros de los siguientes trenes. El tiempo de más se fue agotando, los más impacientes volvieron a usar el carril izquierdo en las subidas, y hacia las 8,53 h. todo el mundo corría ya, pisándose los callos unos a otros.

Madrid natural, texto kitsch

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Subía yo el suelo mecánico del nuevo mercado y a mi lado subía el niño (¿de cuánto? ¿un año, año y medio?), mirando al papá que venía un poco más atrás. Llegamos arriba al mismo tiempo, rebasó con dificultad el fin del suelo mecánico y se quedó petrificado al ver pasar a Minnie Mouse del brazo de una chica, allá, un poco más lejos. Volvió a mirar al papá, que ya llegaba, y alzó un índice diminuto para avisarle. «¡Minnie! ¡Minnie!». Juro que se le desgarraba la voz.Y aunque Minnie se alejaba dándole la espalda, gritó muy serio «¡hola Minnieee!» y empezó a girar la muñeca como un rey, pero con los dedos separados y doblados por la última falange en una garrita conmovedora, los pies clavados al suelo, sin soñar jamás con alcanzarla. Casi se me rompe el corazón de ternura. ¿Qué me pasa últimamente con las reacciones espontáneas de los niños muy pequeños? Y hete aquí que, a pesar de la mucha gente, la chica que iba colgada del brazo de Minnie debió oírle, porque guió a la compañera en un giro de 180º diciendo «¡mira!» en tono fabulador, y allá que se vinieron las dos a dedicarle un poco de atención. Le miré atentamente mientras me alejaba para ver si sonreía, pero nada. Un bebé ilusionado, pero muy serio.

Seguí mi vuelta por el mercado pensando en alguien a quien acababa de ver y que debería entrevistar en unos días. Al bajar, de nuevo oí delante de mí un «¡Minnieee! ¡Minnieee! ¡Minnieee! ¡Minnieee!». Era él, que abordaba a la mamá en la cola del frutero. Ella le entendió perfectamente, y cuando salía por la puerta le oí decir: «¿te has encontrado con Minnie? ¡Hala! ¿Y qué te dijo?».

Hay muchas formas de sacar fotografías. Esta es una de ellas.

Por si los pánicos

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Resulta curioso pararse a mirar lo que me eché al bolso esta mañana, cuando, tras una noche en vela temiendo que el edificio se derrumbara conmigo dentro, evalué al vuelo qué objetos no quería que volvieran a estar bajo este techo. Qué cosas no quería perder por nada del mundo.

El ordenador saltó a un lugar prioritario, claro, pero no era posible. Habrá que hacer esa copia de seguridad tanto tiempo retrasada. Así que, por si los pánicos, eché mano de dos objetos ante los que luego levantaba la ceja mientras cogía un metro por los pelos: el retenedor dental, que me costaría un dineral reponer si acabara bajo varias toneladas de escombros mientras yo me encontrara levantando España, y la piedra con forma de cabeza de alien muerto por disparo que encontró mi padre para mí en una playa, al borde del agua, unos cuantos años atrás.

Y por más que esta noche miro con más calma hacia lo que está a la vista y me abstraigo pensando en lo que no lo está, no consigo encontrar nada adicional que me gustaría echar al bolso mañana por la mañana.

Los hermanos Pinzones eran unos marineros

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2008. Es abril de 1962 en este episodio de "Mad Men" donde una mujer y un cura católico, ambos jóvenes, se encuentran a la salida de la misa del Domingo de Pascua, mientras los niños corretean a su alrededor recogiendo huevos de idem. Intercambian breves palabras amables y luego observan cómo un niño se apresura a recoger un huevo del suelo, arrebatándoselo casi de las manos a otro tan pequeño que apenas sabe andar, dejándole desamparado y desconcertado (y a mí con el corazón roto, porque teniendo diecisiete meses su reacción no puede ser actuada). La chica esboza una sonrisa tensa y efímera y acierta a decir «estos niños...». Él le alarga otro huevo azul, color del renacimiento: «Para el más pequeño», y se aleja con gesto taciturno. El episodio se cierra con un primer plano de ella y, por la expresión de su rostro en ese primer plano, entendemos que acaba de comprender que él ya sabe que tuvo un hijo fruto de su romance con un hombre casado y que, si se aleja, tal vez sea porque se acaba de levantar un muro que impide la amistad que se estaba formando entre los dos. Y aceptamos que lo comprenda sin necesidad de que le hayan informado del motivo por el cual él ha descubierto sus circunstancias, en una elipsis o fuera de campo no destinada al espectador sino al personaje, elipsis que sólo puede darse cuando el primero ya tenía en ese punto más información que el segundo.

En 1895, durante la proyección "La llegada del tren" de los hermanos Lumière, algunos espectadores huyeron de la sala creyendo que el tren se abalanzaba realmente sobre ellos. Algunos de los primeros que vieron el recurso del travelling fueron incapaces de soportarlo. En sólo ciento diez años hemos creado un lenguaje con un elevado grado de abstracción, y aceptamos con naturalidad unas suposiciones, sobreentendidos y maneras de ver el mundo que hemos adquirido sin darnos cuenta. Si unas hordas de otro mundo sustituyeran a la civilización actual dentro de trescientos años, como sucedió tras la caída del Imperio Romano y la desaparición del mundo clásico, ¿seríamos capaces de explicarle a alguien de dentro de mil años en qué consistía el lenguaje cinematográfico? Así igual nos está vedada la comprensión de ciertos antiguos mitos, leyendas, arquetipos, figuritas talladas, grupos escultóricos, edificaciones, costumbres, tipos de escritura (miradas directas a una mentalidad ya desaparecida). No sé si el mundo es uno, fuera de la subjetividad de todos nosotros; supongo que las orquídeas y las medusas seguirían ahí aunque nosotros no estuviéramos para darnos cuenta de ellas. Lo que sé es que, desde que andamos por aquí, lo hemos mirado bajo un millar de códigos distintos.