—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

La mirada de la literatura

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Leo La saga/fuga de J. B., de Gonzalo Torrente Ballester, una de esas novelas que, como La montaña mágica, se adora o se rechaza. Yo, como a La montaña mágica, la adoro, pero por ejemplo, si bien antes de leerla me apetecía regalársela a un conocido que aprecia enormemente a Bach, por estar la novela construida como una de sus fugas, ahora que estoy a punto de terminarla no me animaría. No parece una temática que a él pudiera gustarle.

Pero, leyéndola, se me ocurre que lo que hace destacar a un escritor por encima de la mediocridad es que incline la balanza de su cuidado más hacia la forma de mirar lo pequeño cotidiano que hacia la forma de explorar los Grandes Temas. Éstos, cualquier arquetipo en realidad, como un deseo sexual, un amor, la naturaleza de la verdad y de la mentira, la pérdida de la inocencia, un mito, la muerte, una culpabilidad, los padres o su ausencia, la bastardía, el interno tira y afloja entre individualismo y solidaridad de grupo, se escogen como núcleo (cómo no van a serlo) pero se tratan con naturalidad, con las alharacas justas: a veces es mejor dejar paso a la ironía y rebajar un poco el tremendismo, porque ya los escritores comunes se encargan de sublimarlos y convertirlos en la razón de ser de su escritura. Se me antoja que los Escritores, la Literatura, saben que los dilemas y misterios de los Grandes Temas (insertos en nuestro ser como una segunda piel) serán siempre irresolubles. Los escritores comunes, por su parte, encuentran placer en llenar páginas y páginas con su exploración exhaustiva de esta trillada vía central de cuatro carriles sin atender a nada más, con el secreto deseo de que la musa de los arquetipos les sea más favorable a ellos que a otros.

Lo fascinante de los Escritores y la Literatura reside, para mí, en la forma de mirar lo pequeño cotidiano, esos senderos llenos de posibilidades que los escritores comunes descuidan. En donde otro hubiera garabateado «en la taberna irrumpió un hombre disfrazado», Torrente escribe:
Salieron a relucir los papeles doblados, que eran así como cuatro o cinco holandesas, las abrió con parsimonia, y leyó con su habitual, sonora y bien timbrada voz: Puntualizaciones por J(osé) B(astida) y en el mismo momento se detuvo y se quedó mirando hacia la puerta del café, fascinado, porque alguien perteneciente a un sistema real había echado mano de ciertos elementos naturalmente insertos en un sistema imaginario, se los había encasquetado e intentaba ahora introducirlos sin modificación alguna en un tercer sistema, tan real e indiscutible como lo era el salón del Café Suizo, con la pretensión visible, bien de que lo imaginario pasase por real, bien de que lo real se viese inmediatamente introducido en una serie imaginaria o al menos que por tal fuese tenida. Y no era Bastida sólo a mirar y a fascinarse, sino varios de los clientes que golpeaban el mármol de las mesas con las fichas de dominó, y el dueño desde su mostrador, y el correturnos metido en su frac de botones dorados, y el primer camarero en medio del salón (a punto de caérsele la bandeja). También miró el Rey Artús, y se quedó quieto de la sorpresa. Y Merlín. Y Galván, que dijo «¡Atiza!», sin recibir reprimenda; y Gowen, y Galaor y Bohor y, último de todos en mirar y fascinarse, Lanzarote. De la niebla había salido un embozado que no hubiera llamado la atención de nadie de llevar un sombrero cualquiera, o una boina, o una gorra de visera. Pero llevaba un sombrero de copa del año de la Pera; y cuando dejó caer el embozo de la capa con airoso ademán, de esos cuyo secreto se ha perdido, vieron todos un rostro fino y triste, con bigote caído y barba apuntada, que todos conocían. El hombre sacó una mano con guante gris, se quitó el sombrero, hizo una reverencia y volvió a ponérselo. Lanzarote se había levantado y el Rey Artús, la cabeza vuelta, examinaba de cerca el retrato del Vate colgado bajo el busto de Coralina. «Sí, es él», le advirtió Merlín; y José Bastida, con una sonrisa, dobló las cuartillas y las guardó.
Quien escribe algo así con este embrujo oral para hablar de una sensación, apenas un movimiento, que otro despacharía en dos frases, bien puede llamarla Literatura.

Un viejo (2004)

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A menudo el viejo sueña extraños viajes, incoherentes conversaciones o extravagantes compañías, pues no tiene mejor forma de distraer la soledad de su encierro. Por las noches su mente se puebla de movimientos y palabras que debieran haber sido dichas muchos años atrás. Por las mañanas, su cuerpo realiza en silencio mil actividades insignificantes mientras recorre las habitaciones con un arrastrar de pies que, al pasar los años, ha creado un leve surco en las baldosas que le indica invariablemente el camino a seguir.

La chica llega a mediodía llevando en una bolsa la ropa limpia del viejo. Con apenas un saludo, se encierra en la cocina con su música de bolsillo y le prepara algo ligero. Luego recoge la escasa ropa sucia del viejo y le pregunta si ha pasado bien la noche y si necesita alguna cosa y él responde con la cabeza, respectivamente, que sí y que no. Le ha hecho creer desde un principio que es mudo, por lo que la visita de la chica, con gran alivio para ambos, nunca sobrepasa la hora y cuarto. El viejo se recrea en los ecos que el portazo levanta en los pasillos, el único momento del día en que el ruido ocupa por entero la casa, y luego almuerza la mitad de lo que la chica ha preparado.

Dedica las tardes enteras a conjugar los fantasmas que le susurran desde las sombras de las esquinas. Se apoltrona en un sillón que se cae a pedazos, absorbiendo todo el sol que su agrietada piel puede recibir, y a ratos contempla el paisaje urbano y a ratos sueña despierto. El espectro de una mujer se sienta en el alféizar de la ventana de espaldas a la luz y de vez en cuando, si esa noche se le ha ocurrido algo nuevo, habla con ella intentando explicarse, aunque por lo general permanece callado, con la esperanza horrorizada de que ella le hable y que sus primeras palabras sean de perdón.

La noche llega pronto y encuentra al viejo recorriendo de nuevo la casa, atareado en mil pequeñas cosas, o cenando en la cocina la otra mitad del almuerzo. Cuando se acuesta, sueña extravagantes conversaciones, incoherentes viajes o extrañas compañías, como esa noche en que se le aparece el Diablo y le pregunta si ha vivido bien su vida y si necesita alguna cosa; él responde con la cabeza, respectivamente, que no y que sí. Pero el Diablo mira con más atención y ve que no hay nada que le puedan vender, así que por una vez se retira murmurando una disculpa y dejando al viejo con sus pensamientos y su soledad.

Second life

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¿Si no hubiera Dios, habría que inventarlo?

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Robándole horas a la carrera, como se lo estoy robando ahora al sueño, me fui a ver El árbol de la vida. Y me encuentro desconcertada por mi punto de vista y por que nadie lo comparta. No hay aquí presunción de perro verde sino preocupación por que todo el mundo vea algo que a mí se me escapa.

Salvo ese final, el resto de la película me ha dicho en varias ocasiones que no hay Dios y que todos los que creen que está cerca de nosotros son un poco ingenuos. Como esa madre que levanta el dedo al cielo y se lo señala a su hijo pequeño como hogar de Dios, después de habernos llevado el dios-director a ver lo que hay realmente en ese cielo con la extraordinaria "Lacrimosa" que compartí hace tiempo con alguien. Y aunque no recuerdo la frase exacta, sé que en cierto momento me llamó la atención que se hablara de Dios "in the sky", no "in the heaven".

Lacrimosa - Requiem for my friend, de Zbigniew Preisner (1998) [el amigo era Krzysztof Kieślowski]

Por otro lado, ese dinosaurio piadoso que algunos interpretan como muestra de que Dios existe y vela por sus criaturas desde antes de que el hombre apareciera en la Tierra, para mí es precisamente su refutación: la piedad podría ser algo propio de la naturaleza, no de la divinidad a la que tenemos la obligación de aspirar como seres racionales y espirituales.

Y sin embargo debo saber que Malick tiene un bagaje filosófico que le hace aspirar a ella. De todas formas, esta interpretación naturalista y atea fue madurando con el paso de la película. Me recuerdo al principio, durante ese Big Bang, respondiendo a la pregunta que hace uno de los personajes: «¿Qué somos para Ti?». ¿Cómo podríamos ser para un hipotético dios otra cosa que una insignificante consecuencia en la inmensa deriva de lo macroscópico? ¿Pero es que podría haber llegado a vernos siquiera?

En la personificación de los padres sí veo una idea de Dios. Más que la división entre lo natural (el padre que trata a sus hijos con severidad para fortalecerlos) y lo divino (la madre dulce y amorosa), veo en ella más bien la personificación de los dos Dioses diferentes del Antiguo y el Nuevo Testamento: uno despiadado y el otro bondadoso; uno que nos dice que el diente se paga con otro diente y otro que nos insta a poner la otra mejilla. Apenas hay diálogo entre ellos, por cierto: el primero, ya muy avanzada la película, es una grave discusión; el segundo, hacia el final, para tomar una decisión sobre el futuro.

Pero si veo a una de las dos figuras de Dios en el padre, es por la relación del primogénito con él. Le teme, tiene fugaces pensamientos parricidas/deicidas; pero cuando desaparece de su horizonte por unos días, el niño pierde su dique moral, peca por primera vez y reiteradamente. Termina admitiendo que le necesita y reconociendo que está hecho a su imagen y semejanza. Malick nos diría, así, que la Humanidad necesita a Dios (¿y que si no lo hubiera, habría que inventarlo?).

El padre es muy amenazante y el niño se encoge cada vez que alarga la mano, pero al final se limita a llevarlos a su cuarto cuando se portan mal. Y cuando el niño le dice al padre «sé que te gustaría matarme», si éste fuera un padre malvado de verdad le tumbaría de un bofetón en ese instante; pero se limita a mirarle con desconcierto, como si hubiera recibido un golpe bajo. Hay una dicotomía (para mí fallida) entre el miedo que Malick quiere que los niños le tengan a este personaje y el grado de amenaza real que supone. No es más que un padre estricto, en ningún momento maltratador1.

Es curioso lo de esta película. Me emocionó un par de veces mientras la veía (me asombraba lo bien que congenian los niños actores como hermanos), pero en el después me ha dejado fría. Con sensación de haber visto algo demasiado contenido. Al mismo tiempo tengo ganas de verla otra vez. Pero no puedo robarle más horas a la carrera para dedicárselas a ella. En otro momento será.

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1 Editado el 22 de febrero de 2012: Lo fallido de la dicotomía, ahora que lo pienso, está cuando se contempla a los personajes desde su vertiente literal de padre e hijo. Si no se abandona la alegoría de la encarnación de un Dios Padre y de la relación de la Humanidad con Él, la dicotomía no es fallida en absoluto.

A dos metros - temporadas 4 y 5

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Grandes "spoilers".

En la 4ª y 5ª temporadas de A dos metros bajo tierra, mis simpatías derivan hacia los personajes secundarios en perjuicio de los protagonistas. Y mira que no quiero. Pero en lugar de pensar que conviven con ellos, me da la sensación de que les sobreviven como pueden.

Nate, en su búsqueda inconsciente de ser mejor de lo que en realidad es (como dice Brenda, enorme, en uno de los capítulos finales de la serie), se casa con Lisa para asumir sus responsabilidades con la nena Maya y poder estar cerca de ella, porque la adora; y a Lisa, por otro lado, la maternidad la vuelve un poco neurótica (¿o ya lo era en su vida medio hippie de Seattle?). Pero cuando, tras los acontecimientos de la 3ª, muchos capítulos después Nate confiesa una especie de alivio por las consecuencias de los acontecimientos de la 3ª (no tener que verla más), Lisa se me aparece como un personaje enormemente solitario (y perdedor desde el principio) en ese matrimonio.

Brenda, en los capítulos finales. ¿Qué decir de Nate respecto a ella? ¿Qué digo? Respeto demasiado la trayectoria de estos dos personajes como para ponerme de parte de ninguno de los dos al final.

David y su voz de barítono bastante odiable sufren una experiencia muy traumática, que afecta comprensiblemente a su relación con Keith. Pero empatizaría más con él si no fuera porque el pobre Keith lleva para entonces tres temporadas y media pasándolas canutas por todas las represiones de David y su odiable voz de barítono (de las cuales la de su orientación sexual es sólo la punta del iceberg), que no hacen más que magnificarse con la experiencia traumática.

Claire no tiene suerte con las parejas que le van surgiendo en el camino. ¿Es cierto que tenemos un patrón de elección? ¿Es el suyo el de los hombres que son incapaces de ver más allá de su rebelde, impostado o desquiciado ombligo? En las primeras temporadas simpatizo con Claire por su corazón tan grande. Pero la  voy mirando con más desapego cuando su búsqueda de sí misma (obligatoria por su edad) la convierte en una egocéntrica sin objetivos que la hace jugar con los sentimientos de alguien que, por más que no caiga simpática, tampoco es que se lo merezca.

George ocultó su enfermedad psiquiátrica por su pánico a la soltería (va por el sexto matrimonio) y es hasta cierto punto comprensible que Ruth se vuelva insoportable con él cuando lo descubre; es lógico que se sienta estafada. Pero no entiendo cómo no acaban por desarmarla la sonrisa del hombre y sus ganas de agradarla y hacer de eso un matrimonio.

Aunque tengo mi opinión sobre ello. Esta escena de un minuto resume bien mi idea sobre los esquemas que formaron las personalidades de los tres hermanos, incluso sabiendo que, dentro de la serie, la escena es una obviedad ligera envuelta en chiste auto-referencial. Seguramente dice, «que no hombre, que no, que no suele ser tan fácil». Pero, como dice el primer Youtube de la primera entrada de esta alcoba (enlazada después del vídeo de hoy): «¿y si lo fuera?».


Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").

Voluble

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El año pasado, las fotos ochenteras y noventeras comenzaron a salir de los cajones de toda la casa y a repartirse por las paredes. Este año han terminado de hacerse fuertes en la sala, las habitaciones y los pasillos.

Hasta el año pasado, descansaban en los cajones mientras seguíamos creando más recuerdos de familia. Hoy toca acostumbrarse a la idea de que las tendremos por muchos años ante nuestros ojos. Se intenta apuntalar la cohesión familiar futura, principal e inconscientemente, con ellas.

A dos metros - final de temporada 1

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Durante la pausa tensa que precede teatralmente a una sentencia aleccionadora, demoledora o ingeniosa, solemos temer lo que pueda salir de ahí. ¿Una verdad como un templo? ¿Palabras grandilocuentes y vacías a mayor gloria del guionista? Por suerte, a veces recibimos el regalo de las palabras justas.

En el último capítulo de la primera temporada de "A dos metros bajo tierra", alguien arrebatado por el dolor de la pérdida de un ser muy querido pregunta, con lágrimas en los ojos y voz ausente:

–¿Por qué tenemos que morir?

Su (joven) interlocutor, que durante su último encuentro con un doctor descubrió que puede morir en cualquier momento, responde:

–Para que la vida sea importante.


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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").

A dos metros - episodio piloto

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En el episodio piloto de "A dos metros bajo tierra", un recién fallecido Nathaniel Fisher charla con su hija, tomando el sol en una tumbona. Has tenido suerte, le dice ella. Sí, fue tan rápido que no hubo tiempo de tener miedo ni de pensar en ello; nada de responsabilidades, responde él. Se acabaron las preocupaciones y el aburrimiento.

Y el tener que esperar a morir, recuerda ella.

Él no se había dado cuenta hasta entonces y se ríe, aliviado. Iluminado por el sol.


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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").

La libertad de la obligación

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Es libre quien se somete a las obligaciones que ha asumido por propia voluntad.

Lo dijo hace hoy exactamente 26 años el Tribunal Constitucional

Desintegración y permanencia

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Admiro (iba a añadir "profundamente", pero tampoco hay que abusar de los adverbios) a Umberto Eco y su "El nombre de la rosa" y su "Apocalípticos e integrados", que me ha orientado un poco en la definición de la cultura y la distinción de las características de la cultura de masas. Pero:

«Pero los libros tienen también otra ventaja sobre los ordenadores, aunque estén impresos sobre el moderno papel ácido, que dura sólo 70 años, duran mucho más que los soportes magnéticos. Además no sufren por la falta de energía eléctrica. Y son más resistentes a los golpes. Hasta ahora, por tanto, los libros representan la forma más económica, flexible y práctica para transportar información a bajo costo. La información computarizada viaja antes que nosotros, mientras que los libros viajan con nosotros y a nuestra velocidad. Si naufragamos en una isla desierta un libro nos resultará útil, y sin embargo no tendremos la posibilidad de conectar un enchufe en ningún sitio y aunque nuestro ordenador tenga baterías solares, no lo podremos leer fácilmente tumbados en una hamaca».


El manido recurso a la metáfora de acabar en una isla desierta ya huele a rancio. Imagen de algo que es imposible que suceda, y aun sucediendo, aún pueden tus valiosos libros empaparse con el agua de mar o de la lluvia o ser destrozados por un jabalí curiosón. Pero sé por dónde va, cuando, leyendo un poco más adelante, menciona que la metáfora es válida para una isla desierta o un "Día después". El "día después" de una hecatombe que nos deje sin electricidad, los ordenadores enmudecerán a menos que lleven baterías solares. Pero en un "día después" no es difícil imaginar las bibliotecas arrasadas por hordas de integristas que ansíen implantar una sociedad utópica partiendo de cero, o quemadas para hacer hogueras que calienten la comida y el cuerpo, o llevadas lejos por maremotos insensibles, o corroídos por las emanaciones tóxicas de quién sabe qué nueva aberración química inventada en el pasado de ese futuro, o...

Yo también amo los libros. Aún me resisto a comprarme el Kindle o algún otro electrónico, aunque acabará cayendo para todo lo que no sea Literatura y Ensayo con mayúsculas, porque nunca habrá marido para compartir los gastos de una casa grande con un despacho grande y una estantería grande que cruce el despacho de pared a pared, y sola es imposible (bueno es ya no tener que compartir y poder alquilar un estudio de menos de 30 m2). No habrá biblioteca ni mecedora en la que pasar las tardes entre el olor de la madera y el libro.

Pero describir como indestructible un objeto que es muy frágil, compuesto de varios cientos de unidades que pueden ser descompuestas muy fácilmente (y entonces a ver cómo te enteras de quién ganó a quién en el enfrentamiento de Holmes y Moriarty al borde de la catarata, o lo que había en el último círculo del infierno de "La divina comedia") o muy fácilmente destruidas por el fuego, el agua, el aire y la tierra, sólo para atacar a los dispositivos electrónicos, me hace pensar que el amor ciega al sr. Eco y le convierte en un apocalíptico de los que tanto analizó en su libro de 1962. Por entonces era más fácil intentar ser ecuánime, con un horizonte comunicativo aún más o menos manejable. Hoy hay muchas cosas que pulir en este internet que no hace distinciones, pero no hay que abominar de todo el conjunto. Hay muchas cosas buenas en este cajón desastre que es la era digital.

Cinismo a borbotones en el siglo XX

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Ha transcurrido el sábado entre tres libros, el recorrido del sol en el borde de la cama, la brisa que entraba por la ventana abierta y el silencio de este enorme, milagroso, patio de manzana, que aun en el centro de Madrid está tan lleno de luz y de silencio.

¿Son muchos libros para un día? El caso es que son breves: "El siglo XX y otras calamidades", del Marqués de Tamarón, artículos con temática que se explica sola con el título del libro; "Sangre a borbotones", de Rafael Reig, narración detectivesca en un presente paralelo en el que España forma parte de una Federación estadounidense, el petróleo se ha terminado y Madrid está atravesado de norte a sur por el canal navegable de la Castellana; y "Los cínicos no sirven para este oficio", de Ryszard Kapuscinski, tres transcripciones de sendas conferencias sobre lo que el periodista polaco considera que es el periodismo de calidad.

Se imbrican suavemente, y también con la realidad de mis días; el Marqués de Tamarón y Kapuscinski coinciden en su mención al fin de la historia de Fukuyama y su opinión sobre Unamuno; Reig y Kapuscinski se acuerdan de Walter Benjamin. Y es la última página que leo (de Kapuscinski) la que me deja la reflexión sobre la utilidad de mi sábado:

«Naturalmente, escribir es una selección, una elección, una decisión. Pero sé, por mi trabajo, que quien escribe intenta atraer al lector hacia el gusto por las palabras. Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar a entender algo del mismo».

Sí, tres libros son muchos libros para un día, aunque creo que sólo el primero exigía una lectura más calmada. Y volveré a ellos, a todos, en otro momento. Hoy sólo necesitaba recuperarme de una sequía lectora de varios meses impuesta por la carrera (y aquí vuelven a imbricarse con mi realidad, porque no he podido evitar que uno de ellos pivote sobre el periodismo) y del sábado saco tres opiniones:

- Que el Marqués de Tamarón es injustamente desconocido por el público en general. Sus reflexiones idiomáticas son menos amenas que las puramente históricas, pero todas sirven al propósito que tiene la recopilación de artículos.

- Que el de Rafael Reig me ha hecho disfrutar y recuperar un poquito la confianza en mi pocho olfato para la ficción actual. Hace muchos meses que los únicos libros contemporáneos que leo son ensayo, y busco que la ficción sea de antes del XX porque con la de ahora no tengo manera de acertar. "El curioso incidente del perro a medianoche", "El niño con el pijama de rayas" y "Millenium" (trilogía de la que sólo leí el primero) me cabrearon bastante y me he hicieron rendirme con todo lo demás (perdiéndome muchas cosas buenas, seguro).

- Que Kapuscinski me ha abierto el apetito para "Ébano". Y ése, seguro que sí, necesitará varios días, pero ya en otro momento.

Intimidante

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Como ejemplo de intimidad en su concepto más reducido, acude Béjar al estudio de la tribu brasileña de Mehinacu. Viven en cinco grandes chozas situadas alrededor de una plaza. Las viviendas son comunes, pese a ello, existen reductos de lo íntimo, como alejarse del poblado por senderos secretos, o la imposibilidad de dirigir la palabra a aquél que está tumbado, gesto que expresa un directo deseo de retiro.

“El derecho a la intimidad”, Lucrecio Rebollo Delgado

El barbero espantaviejas

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Descubro algo que me hace levantar la ceja y comienzo un largo periplo por la red, suenan mis engranajes encajando pesadamente en la vía ferroviaria de internet y echando a andar, traduzco la letra del ucraniano al inglés y al español, entiendo el sentido general pero se me escapan los detalles (allí donde bailan Dios y el diablo), quiero saber quién es el barbero, la niña-raspa-de-sardina y la fantasma embarazada, y por qué el diablo peludo hace un café apestoso, busco leyendas ucranianas para encontrar barberos espantaviejas del tipo de nuestro español hombre del saco, del que de paso descubro que también practicaba tan digno oficio, no exit, quiero decir, no success, pero tampoco hay salida, no, ya estoy metida de lleno en el laberinto de los hipervínculos y no hay marcha atrás, vuelvo al traductor de Google y voy traduciendo los comentarios del vídeo, también los de otro con mala sincronización audio/vídeo, los engranajes ya están engrasados pero no hay resultados, alguien menciona de pasada, entre varias palabras que Google Translator mantiene tal cual (y que son seguramente cruciales para comprender el misterio), una tal Montaña de las Gemas y allá voy, "Gora Samotsvetov", animaciones rusas, seguramente todas nocturnas, que recrean antiguas leyendas de las regiones que conformaron la URSS una vez, y puede que sí haya mención a un hombre del saco soviético en alguna de ellas pero no hay modo de encontrarla, o tal vez en esas palabras cruciales que Google Translator mantuvo tal cual se decía cualquier irrelevancia («pues si te ha gustado ésta, tienes que ver las de "Gora Samotsvetov"»), y aun así, aun yéndome con las manos vacías tras varias noches de investigación, si me paro a pensarlo, hay que ver por qué caminos nocturnos me lleva la búsqueda de un barbero espantaviejas.

Колискова (Koliskova -Nana-), de Vopli Vidopliásova

¿A dónde vas por Alfonso XIII?

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Hoy los madrileños caminaban con tanta parsimonia por los pasillos del metro, que pienso que quizás llegaban todos demasiado temprano a trabajar. Al bajarme en el transbordo de Avenida de América a las 8,39 h., comprobé cómo quienes venían de frente refrenaban sus pasos para no llegar a tiempo de coger el tren de la línea 7 que yo estaba dejando. En mi trayecto hacia el siguiente andén, vi cómo los trabajadores se habían convertido en transeúntes y paseaban los pasillos con expresión apacible. En la línea 6, donde el siguiente tren llegó pisándole los talones al que acababa de dejar el andén sin dar tiempo a que los marcadores señalaran ni tan sólo un minuto de espera, algunas personas se levantaron de los bancos protestando porque debían interrumpir la lectura del periódico, mucho más plácida en el asiento del andén que con el traqueteo del vagón. Al trompetista de Nuevos Ministerios se le acumulaban los espectadores y las monedas de veinte y cincuenta, y ante una turista que quería subir a duras penas un maletón gigantesco por un tramo de no más de siete escalones, seis amables transeúntes se abalanzaron para ser los primeros en llegar al rescate (uno de los últimos, frustrado, terminó la faena ayudando a un ejecutivo agresivo a subir su maletín, asiendo la parte trasera y alzándola para ponerlo en horizontal, con grandes molestias para su codo según se adivinaba por las muecas de su rostro).

Como todo se autorregula, según las dinámicas de los ecosistemas y de las teorías económicas liberales, también esta peculiar mañana se arregló con su propia inercia. En las escaleras mecánicas nadie quiso utilizar el hueco izquierdo para adelantar andando, y comenzó a acumularse gente en la parte derecha para subir tranquilamente al ritmo de la cinta. Las filas se hicieron enormes, atascando las escaleras hasta cuando llegaban ya los pasajeros de los siguientes trenes. El tiempo de más se fue agotando, los más impacientes volvieron a usar el carril izquierdo en las subidas, y hacia las 8,53 h. todo el mundo corría ya, pisándose los callos unos a otros.

Madrid natural, texto kitsch

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Subía yo el suelo mecánico del nuevo mercado y a mi lado subía el niño (¿de cuánto? ¿un año, año y medio?), mirando al papá que venía un poco más atrás. Llegamos arriba al mismo tiempo, rebasó con dificultad el fin del suelo mecánico y se quedó petrificado al ver pasar a Minnie Mouse del brazo de una chica, allá, un poco más lejos. Volvió a mirar al papá, que ya llegaba, y alzó un índice diminuto para avisarle. «¡Minnie! ¡Minnie!». Juro que se le desgarraba la voz.Y aunque Minnie se alejaba dándole la espalda, gritó muy serio «¡hola Minnieee!» y empezó a girar la muñeca como un rey, pero con los dedos separados y doblados por la última falange en una garrita conmovedora, los pies clavados al suelo, sin soñar jamás con alcanzarla. Casi se me rompe el corazón de ternura. ¿Qué me pasa últimamente con las reacciones espontáneas de los niños muy pequeños? Y hete aquí que, a pesar de la mucha gente, la chica que iba colgada del brazo de Minnie debió oírle, porque guió a la compañera en un giro de 180º diciendo «¡mira!» en tono fabulador, y allá que se vinieron las dos a dedicarle un poco de atención. Le miré atentamente mientras me alejaba para ver si sonreía, pero nada. Un bebé ilusionado, pero muy serio.

Seguí mi vuelta por el mercado pensando en alguien a quien acababa de ver y que debería entrevistar en unos días. Al bajar, de nuevo oí delante de mí un «¡Minnieee! ¡Minnieee! ¡Minnieee! ¡Minnieee!». Era él, que abordaba a la mamá en la cola del frutero. Ella le entendió perfectamente, y cuando salía por la puerta le oí decir: «¿te has encontrado con Minnie? ¡Hala! ¿Y qué te dijo?».

Aún me da apuro sacar la cámara para fotografiar personas (es cuestión de tiempo), pero hay otras maneras de fotografiar.

Por si los pánicos

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Resulta curioso pararse a mirar lo que me eché al bolso esta mañana, cuando, tras una noche en vela temiendo que el edificio se derrumbara conmigo dentro, evalué al vuelo qué objetos no quería que volvieran a estar bajo este techo. Qué cosas no quería perder por nada del mundo.

El ordenador saltó a un lugar prioritario, claro, pero no era posible. Habrá que hacer esa copia de seguridad tanto tiempo retrasada. Así que, por si los pánicos, eché mano de dos objetos ante los que luego levantaba la ceja mientras cogía un metro por los pelos: el retenedor dental, que me costaría un dineral reponer si acabara bajo varias toneladas de escombros mientras yo me encontrara levantando España, y la piedra con forma de cabeza de alien muerto por disparo que encontró mi padre para mí en una playa, al borde del agua, unos cuantos años atrás.

Y por más que esta noche miro con más calma hacia lo que está a la vista y me abstraigo pensando en lo que no lo está, no consigo encontrar nada adicional que me gustaría echar al bolso mañana por la mañana.

Los hermanos Pinzones eran unos marineros

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2008. Es abril de 1962 en este episodio de "Mad Men" donde una mujer y un cura católico, ambos jóvenes, se encuentran a la salida de la misa del Domingo de Pascua, mientras los niños corretean a su alrededor recogiendo huevos de idem. Intercambian breves palabras amables y luego observan cómo un niño se apresura a recoger un huevo del suelo, arrebatándoselo casi de las manos a otro tan pequeño que apenas sabe andar, dejándole desamparado y desconcertado (y a mí con el corazón roto, porque teniendo diecisiete meses su reacción no puede ser actuada). La chica esboza una sonrisa tensa y efímera y acierta a decir «estos niños...». Él le alarga otro huevo azul, color del renacimiento: «Para el más pequeño», y se aleja con gesto taciturno. El episodio se cierra con un primer plano de ella y, por la expresión de su rostro en ese primer plano, entendemos que acaba de comprender que él ya sabe que tuvo un hijo fruto de su romance con un hombre casado y que, si se aleja, tal vez sea porque se acaba de levantar un muro que impide la amistad que se estaba formando entre los dos. Y aceptamos que lo comprenda sin necesidad de que le hayan informado del motivo por el cual él ha descubierto sus circunstancias, en una elipsis o fuera de campo no destinada al espectador sino al personaje, elipsis que sólo puede darse cuando el primero ya tenía en ese punto más información que el segundo.

En 1895, durante la proyección "La llegada del tren" de los hermanos Lumière, algunos espectadores huyeron de la sala creyendo que el tren se abalanzaba realmente sobre ellos. Algunos de los primeros que vieron el recurso del travelling fueron incapaces de soportarlo. En sólo ciento diez años hemos creado un lenguaje con un elevado grado de abstracción, y aceptamos con naturalidad unas suposiciones, sobreentendidos y maneras de ver el mundo que hemos adquirido sin darnos cuenta. Si unas hordas de otro mundo sustituyeran a la civilización actual dentro de trescientos años, como sucedió tras la caída del Imperio Romano y la desaparición del mundo clásico, ¿seríamos capaces de explicarle a alguien de dentro de mil años en qué consistía el lenguaje cinematográfico? Así igual nos está vedada la comprensión de ciertos antiguos mitos, leyendas, arquetipos, figuritas talladas, grupos escultóricos, edificaciones, costumbres, tipos de escritura (esta última, no hay que olvidarlo, es una mirada directa a una mentalidad ya desaparecida). No sé si el mundo es uno, fuera de la subjetividad de todos nosotros; supongo que las orquídeas y las medusas seguirían ahí aunque nosotros no estuviéramos para darnos cuenta de ellas. Lo que sé es que, desde que andamos por aquí, lo hemos mirado bajo un millar de códigos distintos.

Noche de abundancia

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Hace siglos, la primera golondrina de la primavera marcaba el inicio del Año Nuevo en Ucrania. "Shchedryk" es una antigua canción pagana, pre-cristiana, de buenos deseos para el año que entraba, de la que se creía que poseía poderes mágicos. En ella, una golondrina invoca la próxima abundancia del granjero:

Paisaje nocturno de invierno (dos
pinos), de Maxfield Parrish

Abundante, pródigo, generoso;
Una pequeña golondrina voló
y comenzó a gorjear,
llamando al dueño;
"Sal, sal, oh señor,
mira el corral,
las ovejas están acurrucadas
y los corderos ya han nacido.
Tienes grandes bienes,
que te darán mucho dinero.
Si no dinero, entonces salvado.
Y tienes una hermosa mujer".
Abundante, pródigo, generoso,
una pequeña golondrina voló.

(traducido "daquela maneira" de una complicada traducción inglesa)

El texto original hace uso de la hemiolia en la colocación de los acentos lingüísticos, repitiendo un patrón en el que se alterna un compás de 3/4 con uno de 6/8. En 1916, el compositor Leontovich la adaptó para un curso de armonía por correspondencia utilizando un motivo de cuatro notas en ostinato (una de las expresiones musicales más antiguas que existen, consistente en repeticiones y progresiones armónicas), y la convulsa Historia del momento intervino para hacerla célebre en el país (Ucrania atravesaba un período de revueltas sociales y exaltación nacionalista). En los años 30, llegó a oídos del ruso-americano Wilhousky, que identificó en su ritmo el patrón del sonido de las campanas y la adaptó como un villancico de letra irrelevante ("Carol of the bells") que desde entonces causa furor en Estados Unidos.

Hoy hace demasiado frío, aún no es tiempo de que la pobre golondrina haga su nido bajo nuestro alero y nos dore la píldora. Yo me encargo de transmitir sus invocación más mágica para este año.