—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Por si los pánicos

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Resulta curioso pararse a mirar lo que me eché al bolso esta mañana, cuando, tras una noche en vela temiendo que el edificio se derrumbara conmigo dentro, evalué al vuelo qué objetos no quería que volvieran a estar bajo este techo. Qué cosas no quería perder por nada del mundo.

El ordenador saltó a un lugar prioritario, claro, pero no era posible. Habrá que hacer esa copia de seguridad tanto tiempo retrasada. Así que, por si los pánicos, eché mano de dos objetos ante los que luego levantaba la ceja mientras cogía un metro por los pelos: el retenedor dental, que me costaría un dineral reponer si acabara bajo varias toneladas de escombros mientras yo me encontrara levantando España, y la piedra con forma de cabeza de alien muerto por disparo que encontró mi padre para mí en una playa, al borde del agua, unos cuantos años atrás.

Y por más que esta noche miro con más calma hacia lo que está a la vista y me abstraigo pensando en lo que no lo está, no consigo encontrar nada adicional que me gustaría echar al bolso mañana por la mañana.