—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

La libertad de la obligación

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Es libre quien se somete a las obligaciones que ha asumido por propia voluntad.

Lo dijo hace hoy exactamente 26 años el Tribunal Constitucional

Desintegración y permanencia

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Admiro (iba a añadir "profundamente", pero tampoco hay que abusar de los adverbios) a Umberto Eco y su "El nombre de la rosa" y su "Apocalípticos e integrados", que me ha orientado un poco en la definición de la cultura y la distinción de las características de la cultura de masas. Pero:

«Pero los libros tienen también otra ventaja sobre los ordenadores, aunque estén impresos sobre el moderno papel ácido, que dura sólo 70 años, duran mucho más que los soportes magnéticos. Además no sufren por la falta de energía eléctrica. Y son más resistentes a los golpes. Hasta ahora, por tanto, los libros representan la forma más económica, flexible y práctica para transportar información a bajo costo. La información computarizada viaja antes que nosotros, mientras que los libros viajan con nosotros y a nuestra velocidad. Si naufragamos en una isla desierta un libro nos resultará útil, y sin embargo no tendremos la posibilidad de conectar un enchufe en ningún sitio y aunque nuestro ordenador tenga baterías solares, no lo podremos leer fácilmente tumbados en una hamaca».


El manido recurso a la metáfora de acabar en una isla desierta ya huele a rancio. Imagen de algo que es imposible que suceda, y aun sucediendo, aún pueden tus valiosos libros empaparse con el agua de mar o de la lluvia o ser destrozados por un jabalí curiosón. Pero sé por dónde va, cuando, leyendo un poco más adelante, menciona que la metáfora es válida para una isla desierta o un "Día después". El "día después" de una hecatombe que nos deje sin electricidad, los ordenadores enmudecerán a menos que lleven baterías solares. Pero en un "día después" no es difícil imaginar las bibliotecas arrasadas por hordas de integristas que ansíen implantar una sociedad utópica partiendo de cero, o quemadas para hacer hogueras que calienten la comida y el cuerpo, o llevadas lejos por maremotos insensibles, o corroídos por las emanaciones tóxicas de quién sabe qué nueva aberración química inventada en el pasado de ese futuro, o...

Yo también amo los libros. Aún me resisto a comprarme el Kindle o algún otro electrónico, aunque acabará cayendo para todo lo que no sea Literatura y Ensayo con mayúsculas, porque nunca habrá marido para compartir los gastos de una casa grande con un despacho grande y una estantería grande que cruce el despacho de pared a pared, y sola es imposible (bueno es ya no tener que compartir y poder alquilar un estudio de menos de 30 m2). No habrá biblioteca ni mecedora en la que pasar las tardes entre el olor de la madera y el libro.

Pero describir como indestructible un objeto que es muy frágil, compuesto de varios cientos de unidades que pueden ser descompuestas muy fácilmente (y entonces a ver cómo te enteras de quién ganó a quién en el enfrentamiento de Holmes y Moriarty al borde de la catarata, o lo que había en el último círculo del infierno de "La divina comedia") o muy fácilmente destruidas por el fuego, el agua, el aire y la tierra, sólo para atacar a los dispositivos electrónicos, me hace pensar que el amor ciega al sr. Eco y le convierte en un apocalíptico de los que tanto analizó en su libro de 1962. Por entonces era más fácil intentar ser ecuánime, con un horizonte comunicativo aún más o menos manejable. Hoy hay muchas cosas que pulir en este internet que no hace distinciones, pero no hay que abominar de todo el conjunto. Hay muchas cosas buenas en este cajón desastre que es la era digital.

Cinismo a borbotones en el siglo XX

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Ha transcurrido el sábado entre tres libros, el recorrido del sol en el borde de la cama, la brisa que entraba por la ventana abierta y el silencio de este enorme, milagroso, patio de manzana, que aun en el centro de Madrid está tan lleno de luz y de silencio.

¿Son muchos libros para un día? El caso es que son breves: "El siglo XX y otras calamidades", del Marqués de Tamarón, artículos con temática que se explica sola con el título del libro; "Sangre a borbotones", de Rafael Reig, narración detectivesca en un presente paralelo en el que España forma parte de una Federación estadounidense, el petróleo se ha terminado y Madrid está atravesado de norte a sur por el canal navegable de la Castellana; y "Los cínicos no sirven para este oficio", de Ryszard Kapuscinski, tres transcripciones de sendas conferencias sobre lo que el periodista polaco considera que es el periodismo de calidad.

Se imbrican suavemente, y también con la realidad de mis días; el Marqués de Tamarón y Kapuscinski coinciden en su mención al fin de la historia de Fukuyama y su opinión sobre Unamuno; Reig y Kapuscinski se acuerdan de Walter Benjamin. Y es la última página que leo (de Kapuscinski) la que me deja la reflexión sobre la utilidad de mi sábado:

«Naturalmente, escribir es una selección, una elección, una decisión. Pero sé, por mi trabajo, que quien escribe intenta atraer al lector hacia el gusto por las palabras. Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar a entender algo del mismo».

Sí, tres libros son muchos libros para un día, aunque creo que sólo el primero exigía una lectura más calmada. Y volveré a ellos, a todos, en otro momento. Hoy sólo necesitaba recuperarme de una sequía lectora de varios meses impuesta por la carrera (y aquí vuelven a imbricarse con mi realidad, porque no he podido evitar que uno de ellos pivote sobre el periodismo) y del sábado saco tres opiniones:

- Que el Marqués de Tamarón es injustamente desconocido por el público en general. Sus reflexiones idiomáticas son menos amenas que las puramente históricas, pero todas sirven al propósito que tiene la recopilación de artículos.

- Que el de Rafael Reig me ha hecho disfrutar y recuperar un poquito la confianza en mi pocho olfato para la ficción actual. Hace muchos meses que los únicos libros contemporáneos que leo son ensayo, y busco que la ficción sea de antes del XX porque con la de ahora no tengo manera de acertar. "El curioso incidente del perro a medianoche", "El niño con el pijama de rayas" y "Millenium" (trilogía de la que sólo leí el primero) me cabrearon bastante y me he hicieron rendirme con todo lo demás (perdiéndome muchas cosas buenas, seguro).

- Que Kapuscinski me ha abierto el apetito para "Ébano". Y ése, seguro que sí, necesitará varios días, pero ya en otro momento.

Intimidante

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Como ejemplo de intimidad en su concepto más reducido, acude Béjar al estudio de la tribu brasileña de Mehinacu. Viven en cinco grandes chozas situadas alrededor de una plaza. Las viviendas son comunes, pese a ello, existen reductos de lo íntimo, como alejarse del poblado por senderos secretos, o la imposibilidad de dirigir la palabra a aquél que está tumbado, gesto que expresa un directo deseo de retiro.

“El derecho a la intimidad”, Lucrecio Rebollo Delgado

El barbero espantaviejas

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Descubro algo que me hace levantar la ceja y comienzo un largo periplo por la red, suenan mis engranajes encajando pesadamente en la vía ferroviaria de internet y echando a andar, traduzco la letra del ucraniano al inglés y al español, entiendo el sentido general pero se me escapan los detalles (allí donde bailan Dios y el diablo), quiero saber quién es el barbero, la niña-raspa-de-sardina y la fantasma embarazada, y por qué el diablo peludo hace un café apestoso, busco leyendas ucranianas para encontrar barberos espantaviejas del tipo de nuestro español hombre del saco, del que de paso descubro que también practicaba tan digno oficio, no exit, quiero decir, no success, pero tampoco hay salida, no, ya estoy metida de lleno en el laberinto de los hipervínculos y no hay marcha atrás, vuelvo al traductor de Google y voy traduciendo los comentarios del vídeo, también los de otro con mala sincronización audio/vídeo, los engranajes ya están engrasados pero no hay resultados, alguien menciona de pasada, entre varias palabras que Google Translator mantiene tal cual (y que son seguramente cruciales para comprender el misterio), una tal Montaña de las Gemas y allá voy, "Gora Samotsvetov", animaciones rusas, seguramente todas nocturnas, que recrean antiguas leyendas de las regiones que conformaron la URSS una vez, y puede que sí haya mención a un hombre del saco soviético en alguna de ellas pero no hay modo de encontrarla, o tal vez en esas palabras cruciales que Google Translator mantuvo tal cual se decía cualquier irrelevancia («pues si te ha gustado ésta, tienes que ver las de "Gora Samotsvetov"»), y aun así, aun yéndome con las manos vacías tras varias noches de investigación, si me paro a pensarlo, hay que ver por qué caminos nocturnos me lleva la búsqueda de un barbero espantaviejas.

Колискова (Koliskova -Nana-), de Vopli Vidopliásova