—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Desintegración y permanencia

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Admiro (iba a añadir "profundamente", pero tampoco hay que abusar de los adverbios) a Umberto Eco y su "El nombre de la rosa" y su "Apocalípticos e integrados", que me ha orientado un poco en la definición de la cultura y la distinción de las características de la cultura de masas. Pero:

«Pero los libros tienen también otra ventaja sobre los ordenadores, aunque estén impresos sobre el moderno papel ácido, que dura sólo 70 años, duran mucho más que los soportes magnéticos. Además no sufren por la falta de energía eléctrica. Y son más resistentes a los golpes. Hasta ahora, por tanto, los libros representan la forma más económica, flexible y práctica para transportar información a bajo costo. La información computarizada viaja antes que nosotros, mientras que los libros viajan con nosotros y a nuestra velocidad. Si naufragamos en una isla desierta un libro nos resultará útil, y sin embargo no tendremos la posibilidad de conectar un enchufe en ningún sitio y aunque nuestro ordenador tenga baterías solares, no lo podremos leer fácilmente tumbados en una hamaca».


El manido recurso a la metáfora de acabar en una isla desierta ya huele a rancio. Imagen de algo que es imposible que suceda, y aun sucediendo, aún pueden tus valiosos libros empaparse con el agua de mar o de la lluvia o ser destrozados por un jabalí curiosón. Pero sé por dónde va, cuando, leyendo un poco más adelante, menciona que la metáfora es válida para una isla desierta o un "Día después". El "día después" de una hecatombe que nos deje sin electricidad, los ordenadores enmudecerán a menos que lleven baterías solares. Pero en un "día después" no es difícil imaginar las bibliotecas arrasadas por hordas de integristas que ansíen implantar una sociedad utópica partiendo de cero, o quemadas para hacer hogueras que calienten la comida y el cuerpo, o llevadas lejos por maremotos insensibles, o corroídos por las emanaciones tóxicas de quién sabe qué nueva aberración química inventada en el pasado de ese futuro, o...

Yo también amo los libros. Aún me resisto a comprarme el Kindle o algún otro electrónico, aunque acabará cayendo para todo lo que no sea Literatura y Ensayo con mayúsculas, porque nunca habrá marido para compartir los gastos de una casa grande con un despacho grande y una estantería grande que cruce el despacho de pared a pared, y sola es imposible (bueno es ya no tener que compartir y poder alquilar un estudio de menos de 30 m2). No habrá biblioteca ni mecedora en la que pasar las tardes entre el olor de la madera y el libro.

Pero describir como indestructible un objeto que es muy frágil, compuesto de varios cientos de unidades que pueden ser descompuestas muy fácilmente (y entonces a ver cómo te enteras de quién ganó a quién en el enfrentamiento de Holmes y Moriarty al borde de la catarata, o lo que había en el último círculo del infierno de "La divina comedia") o muy fácilmente destruidas por el fuego, el agua, el aire y la tierra, sólo para atacar a los dispositivos electrónicos, me hace pensar que el amor ciega al sr. Eco y le convierte en un apocalíptico de los que tanto analizó en su libro de 1962. Por entonces era más fácil intentar ser ecuánime, con un horizonte comunicativo aún más o menos manejable. Hoy hay muchas cosas que pulir en este internet que no hace distinciones, pero no hay que abominar de todo el conjunto. Hay muchas cosas buenas en este cajón desastre que es la era digital.

1 comment

Gacela
27 de mayo de 2011, 20:28

Yo de momento sigo sin Kindle o similar, y sigo llenando las estanterías de casa, ya atestadas... por suerte, conseguí que una de las paredes del salón -la cortita, eso sí- fuera una estantería de pladur hecha en la misma pared y que llega del suelo al techo. Así que ahí -y en otras dos estanterías ya de madera que hay en mi casita-, sigo acumulando libros.

Pero no seré yo quien renuncie a las grandes ventajas de Internet, sobre todo en cuanto a la difusión de información se refiere. Y a la capacidad de movilización, de la que quizá no era consciente hasta estos días de #spanishrevolution, #acampadasol y #15M.

Que a lo mejor peco de ingenua y es todo un poquito un suenyo, pero qué narices, me gusta sonyar :-)

(Y ya sé que tu post tenía poco o nada que ver con mi comentario, pero es que te leo hoy que tengo tiempo, y es lo que me sale, sorry!)