—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Un viejo (2004)

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A menudo el viejo sueña extraños viajes, incoherentes conversaciones o extravagantes compañías, pues no tiene mejor forma de distraer la soledad de su encierro. Por las noches su mente se puebla de movimientos y palabras que debieran haber sido dichas muchos años atrás. Por las mañanas, su cuerpo realiza en silencio mil actividades insignificantes mientras recorre las habitaciones con un arrastrar de pies que, al pasar los años, ha creado un leve surco en las baldosas que le indica invariablemente el camino a seguir.

La chica llega a mediodía llevando en una bolsa la ropa limpia del viejo. Con apenas un saludo, se encierra en la cocina con su música de bolsillo y le prepara algo ligero. Luego recoge la escasa ropa sucia del viejo y le pregunta si ha pasado bien la noche y si necesita alguna cosa y él responde con la cabeza, respectivamente, que sí y que no. Le ha hecho creer desde un principio que es mudo, por lo que la visita de la chica, con gran alivio para ambos, nunca sobrepasa la hora y cuarto. El viejo se recrea en los ecos que el portazo levanta en los pasillos, el único momento del día en que el ruido ocupa por entero la casa, y luego almuerza la mitad de lo que la chica ha preparado.

Dedica las tardes enteras a conjugar los fantasmas que le susurran desde las sombras de las esquinas. Se apoltrona en un sillón que se cae a pedazos, absorbiendo todo el sol que su agrietada piel puede recibir, y a ratos contempla el paisaje urbano y a ratos sueña despierto. El espectro de una mujer se sienta en el alféizar de la ventana de espaldas a la luz y de vez en cuando, si esa noche se le ha ocurrido algo nuevo, habla con ella intentando explicarse, aunque por lo general permanece callado, con la esperanza horrorizada de que ella le hable y que sus primeras palabras sean de perdón.

La noche llega pronto y encuentra al viejo recorriendo de nuevo la casa, atareado en mil pequeñas cosas, o cenando en la cocina la otra mitad del almuerzo. Cuando se acuesta, sueña extravagantes conversaciones, incoherentes viajes o extrañas compañías, como esa noche en que se le aparece el Diablo y le pregunta si ha vivido bien su vida y si necesita alguna cosa; él responde con la cabeza, respectivamente, que no y que sí. Pero el Diablo mira con más atención y ve que no hay nada que le puedan vender, así que por una vez se retira murmurando una disculpa y dejando al viejo con sus pensamientos y su soledad.