—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

La crianza con elogios

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Con todo lo que la aprecio. Con todo lo que deseo dejar de trabajar con ella:
––Gracias por tan excelente comida ––dijo relamiéndose––. ¡Qué hijos tan hermosos tienes! ¡Cómo se adivina en ellos la nobleza! Tienen unos ojos enormes. Y qué maravilla de juventud la suya. Aunque nada de esto me debería extrañar. Los hijos de los reyes son hombres desde que nacen.

Tabaqui sabía de sobra que no ayuda a la buena crianza alabar a los lobatos estando ellos presentes. El descontento se reflejaba en la actitud de Madre Loba y de su pareja.

El libro de la selva, de Rudyard Kipling (1984)


Xenreira

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Mi acompañante señaló el trisquel de la pulsera y apuntó que, en el mundo BDSM, se trata de un símbolo de sumisión. «No lo lleves más al trabajo», advirtió. Decepcionada, busqué más información, para descubrir que no son todos los trísqueles, sino solo este diseño. Pero, como corresponde a un símbolo que ha surgido a capricho hace un rato, también he podido ver en la red que buena parte de la comunidad BDSM se ha hecho la polla un nudo y se identifica con cualquiera.

Surgen dos reflexiones:

Que los practicantes gallegos de BDSM tienen que ser necesariamente más vivos que otros. En Galicia se encuentran trísqueles celtas en todas las esquinas y nadie quiere recibir un bofetón a cada paso.

Y que, independientemente de la justificación que hayan inventado para la elección, me parece de lo más adecuado que hayan escogido el símbolo característico del rincón noroeste de la península. Muy adecuado, dado el carácter. Tal parece que lo hubiera escogido un cacique de esos que todavía hasta hace bien poco se ataban metafóricamente a la silla. Quizás, conociendo el percal, dejaba que le sujetaran a ella también literalmente. Por someter y someterse.

**
*

El día termina con una frase:
Gran defensa contra la adversidad efímera es la confianza plena en el valor del valer.

César González Ruano, Diario Íntimo (1951-1965)


Silencio que no es sepulcro, oscuridad que no es ceguera

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Quién me diría a mí ayer por la mañana en la capital del reino, con mis problemas laborales, la boina de contaminación, el ruido eterno, el calor abrumador, las prisas estresadas y el espíritu desangelado; quién me diría a mí ayer a las 12 de la mañana que, 12 horas después, a las 12 de la noche, estaría en un lugar solitario, rodeado de bosques, sin una sola luz eléctrica en un kilómetro a la redonda ni resplandores urbanos en más de diez; que estaría mirando hacia arriba, reencontrándome con la Vía Láctea y contando lágrimas de San Lorenzo; que a mi alrededor, el silencio caería como una manta fresca, ese silencio que, en la capital (si tienes la suerte de que tu minipiso dé a un patio de manzana), puede ser, muy entrada la madrugada, el silencio de una tumba; pero que aquí viene punteada con el canto rítmico de las cigarras en primer plano, el de un grillo un poco más distante y el de la lechuza lejos, más lejos en el interior del bosque.

Es posible que, de vez en cuando, la maleza se agite; querrá decir que un animal nocturno está atravesando sus dominios en busca de un deslizamiento rápido, ya que no discreto. Y si, en una casa lejanísima, ladran unos perros lejanísimos, quizás es porque te están sintiendo.

Todo esto ocurrirá en un primer plano de tu percepción auditiva, y sin embargo, por no sé qué atávico criterio, lo calificarás de silencio. Y no estarás mintiendo. Tampoco sabrás lo que es la oscuridad mientras no te encuentres en una situación semejante. No cuando cierres las persianas del todo y bloquees cualquier posibilidad de luz, no (eso es ceguera): sino la oscuridad de la naturaleza cuando no hay ni una sola luz artificial y bañas tu mirada en las estrellas.

Ofidio

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Es época de soñar con serpientes. Las encuentro continuamente en mi cabeza.

La de esta noche tenía la cabeza triangular y era de color morado. En un momento dado se revolvía contra mí, me atacaba. Yo la enfrentaba sin miedo, la tomaba entre mis manos y la despedazaba, pero un hilo de carne mantenía las dos partes unidas, estirándose y estirándose por más que yo las separara. Mi último pensamiento antes de despertar fue que ese era el sistema nervioso o la médula, algo así, y que mientras no se lo cortara también, la serpiente seguiría viva. Quise cortar, pensé en buscar alguna herramienta, pero me desperté antes de conseguirlo.

Por lo que he podido leer, en general soñar con serpientes es positivo. La interpretación que más me gusta es la que la liga a mi inconsciente más profundo, del que estoy desconectada últimamente quizás por tener una certeza que no consigo hacer realidad. Independientemente de las posibles interpretaciones, sé que estos sueños tienen que ver con esta imposibilidad actual de conseguir lo que quiero. Una de las interpretaciones leídas me dicen que soñar que se mata a la serpiente implica resolver el problema que nos atormenta. Pero ese hilo que mantenía a la serpiente viva en el mío es garantía de que aún no me libro.

Veremos si con la decisión tomada hoy para la vuelta de las vacaciones, los sueños cambian.

De repente, Terminator

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Oh Musas, bendita sea la veleta que me mueve, si hoy ha conseguido hacerme recuperar vuestro favor, tristemente perdido años ha, al preferir ver por decimoséptima vez De repente, el último verano, en lugar de, por primera, Terminator.

Que también me apetecía.

No te tires, tonta. ¡Te elegí a ti!

Vaivenes

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Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester. Todas las mujeres de Pueblanueva son unas perdidas que se han entregado a Cayetano, pero Torrente Ballester las pinta mejores personajes que sus maridos: ellos, unos peleles indecisos que cuidan el arcaico status quo y no son capaces de imponer su voluntad en prácticamente ningún aspecto de su vida, y cuando lo hacen, como don Baldomero, yerran y sufren con la consciencia del error; ellas, en cambio, sólidas, seguras, pisan con firmeza y miran de frente, saben lo que quieren y a dónde van, por qué hacen lo que hacen y cómo deben conducirse ellas y, de paso, las demás.

Clara es sobrenatural, un personaje con el que no es difícil empatizar y al que es imposible no respetar, mientras que al protagonista Carlos, pobre sabio soñador y vacilante, le zarandearía con gusto para quitarle el empañamiento que le imagino en la mirada. Pero ya lo hace Clara y el aire estupefacto no se le va.

Cayetano es el que, inesperadamente, más me ha sorprendido. Si en el primer volumen, "El señor llega" (1957), era el malo de la película, en "Donde la vuelta el aire" (1960) me sorprendo simpatizando más con él que con Carlos. Torrente hace que me gane poco a poco, que le vea no como esa especie de señor feudal moderno con derecho de pernada que pintó en "El señor llega", sino como un hombre con una sagaz visión empresarial (tan poco común en la terriña o, cuando menos, mucho menos aireada y fomentada que en el Norte o en el Noreste) que, sorprendentemente, sólo piensa en el progreso del pueblo. Y aquí, en pocas páginas, Torrente vuelve a hacer un ejercicio de genialidad:

En el primer volumen, Torrente había consolidado a conciencia los cimientos de nuestra antipatía hacia el personaje, hasta conseguir hacérnoslo ver como un hombre inmaduro, de motivaciones pueriles, vengativo, rencoroso, fanfarrón, lúbrico e impío, que no respeta a ningún hombre ni mujer en toda Pueblanueva, salvo a su madre por un, según Carlos, complejo de Edipo sin resolver que hace que todas sus acciones estén encaminadas a conseguir que todos los habitantes del pueblo sean indignos, salvo ella. Que quiere la ruina de los pescadores porque "son" de la Vieja, y que golpea hasta la inconsciencia a La Galana por atreverse a dejarle, en lugar de esperar dócilmente el abandono.

En "Donde da la vuelta el aire", se vuelven las tornas poco a poco (¿tendrá este título esta intención?). El autor dosifica en 300 páginas las apariciones del personaje y envuelve cada una de ellas en una creciente ambigüedad, haciendo que le miremos con los ojos cada vez más entornados, esquinados y respetuosos. Y de repente, en el último encuentro con Carlos, Torrente destapa sus cartas:
—Hay un negocio que nadie ha visto todavía y que podríamos empezar. Una flota y una factoría para explotar el bacalao. Hace falta más dinero, pero lo encontraríamos. En Pueblanueva hay un excedente de trabajadores que mi astillero no puede todavía asimilar; son los que andan a la pesca. Mientras esa gente no se acomode, en Pueblanueva no habrá prosperidad. Y cuando el famoso Sindicato dé en quiebra, que la dará, ¿qué haremos de esa gente? Ellos piensan siempre que estoy yo detrás, y que cuando las cosas vayan mal les daré empleo en el astillero. Pero yo no sé si podré hacerlo. Es muy caro transformar a un pescador en obrero. En cambio, el que está acostumbrado a pescar sardinas lo mismo pescaría bacalaos. Tenemos las tripulaciones...

Con este párrafo, Torrente desbarata las imágenes que del pueblo y de todos los personajes había armado en las 760 páginas anteriores. ¿Qué escritor hace eso? ¿Dónde se ven hoy semejantes profundidades a largo plazo a la hora de crear una historia, dibujar unos personajes y respaldar o derrumbar la justificación de unas acciones? Torrente borra de un plumazo todas las seguridades, hace que nos cuestionemos todas nuestras impresiones. Ante este chorreo de cavilaciones prácticas de Cayetano, ¿qué son las etéreas divagaciones intelectuales de un discípulo directo del doctor Freud como es Carlos, un hombre abúlico, de voluntad endeble, que no es capaz de decir que no a una mujer en la noche previa a la de su boda, mientras no se atreve a aceptar la salvación que le ofrece la mujerona Clara por ser eso, una mujerona?

Pero lo bueno es que no acaba aún ahí el zarandeo de Torrente, no. Faltan treinta páginas para terminar, pero aún hay tiempo para darle una vuelta más a la tuerca. Estoy ya encarrilada en el nuevo rumbo de la novela y me parece bien: Cayetano es el personaje más práctico y me descubro agradeciendo el detalle, tras tanta elucubración psiquiátrica y teológica de Carlos con sus frailes. Y por un momento pienso que Torrente está de parte del progreso y de esos nuevos tiempos que se acercan en ese año 35 (visto desde la perspectiva del que no sabía lo que venía en realidad para España, claro): Carlos "vive" estupefacto en Pueblanueva, con sus ambiciones (las que él creía tener) quebradas, dudoso de su carrera psiquiátrica, pero sin dejar de analizarlo todo desde el punto de vista de quien ve la vida pasar a su lado sin rozarle; dando vueltas y más vueltas a ese eje de pereza e inercia que, dicen, atenaza a las almas sensibles en la terriña. Para qué contar nada de fray Ossorio, uno de los protagonistas de este volumen, del carácter intachable y aburrido de su moralidad y de sus luchas internas con su fe. Y por último fray Eugenio, luchando también con un pasado que le atormenta, combatiéndolo desde una fe cristiana que le falla, la obediencia a un prior en el que no cree y la recuperación de un don artístico que teme. Sí, frente a estos personajes, ¿cómo no va a estar también Torrente, como yo, de parte de la acción y el movimiento?

Ah, pero entonces, Carlos se encuentra con fray Eugenio por última vez en este volumen. Y de nuevo el autor, como de pasada, como quien no quiere la cosa, vuelve a lanzarnos a la cara la duda de su posición.
—¿Por qué me descorazona? —dijo el fraile, con voz angustiada.

—Sólo quiero prevenirle y evitar que, sin querer, se aparte de la realidad. Pase lo que pase, habrá hecho usted una hazaña gigantesca: habrá dicho la verdad. siempre más que yo, porque yo, ante la imposibilidad de tener paciencia y esperanza, renuncio de antemano a mi utopía y condeno de por vida a nuestros amigos al uso y abuso de sus complejos. Pero siempre menos que Cayetano. Cayetano nos ganará porque su fórmula consiste sólo en dar de comer a todo el mundo, lo cual es compatible con seguir odiándose, con seguir envidiándose, con hacerse daño los unos a los otros, que es lo que verdaderamente apetecen. Usted quiere hacerlos buenos, yo me contentaría con que fuesen apacibles. Ni la paz ni el amor les interesa. Rechazarán a Cristo con la misma energía con que rechazarían a Freud. Pero no creo que rechacen un jornal suficiente, a menos si se ofrece a los demás sin merma del jornal propio. Porque, en ese caso...

Habían atravesado la plaza. Se oyó, súbita, ronca, sobrecogedora, la sirena del astillero.
Y así, otra vez de golpe, se me cambian las tornas de nuevo, las que había ido construyendo poco a poco durante casi 400 páginas y que había verbalizado por fin unas cuantas más atrás, dando la bienvenida al dinamismo y el pragmatismo. Y me encuentro cuestionando si es loable tanta acción, tanto avance y tanto progreso, si llevan a una sociedad mezquina y monetarista, a la que se le pueden poner muchos adjetivos, salvo el de cohesionada y bien cimentada.

Empiezo ahora el último, "La pascua triste" (1962). Veremos qué acabo concluyendo. Yo me dejo llevar con gusto.

Fogonazo

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Cómoda en la mecedora recién comprada. Madrid nocturno al otro lado de la cortina. Unas tareas de radio y "La conversación" en la televisión. Saxo. Independencia. Noche. Autonomía. Formación. Alucinaciones nocturnas. Renuncias. Salud. Malestar. Bienestar.

Tengo mala memoria. Debo guardar esta alcoba, aunque la cotidianeidad no quede reflejada en ella.

La noche del alma

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—Matushka, ¿por qué tenéis miedo?

—¿Por qué tengo qué?

—Creo que tenéis miedo; los extraños os dan miedo. Conocí a una mujer en Prokovskoe, mi pueblo, una aldea de Siberia. Y esa mujer tenía tanto miedo a los extraños que se compró una caja de madera de pino y vivía en ella. Un día, su marido clavó la tapa, hizo un hoyo y la metió en él. «¡Lvan, no!», gritó ella. «Sólo quiero hacerte feliz», respondió él. «Lo sé. Pero el cielo está lleno de extraños... ¡sácame de aquí!».

Nicolás y Alejandra, de Franklin J. Schaffner (1971)


Mujer

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Mujerona.

Con denominación de origen

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Una mañana como cualquier otra en Madrid. Pensando en el marketing, en el hormigón, en el periodismo multimedia y los proyectos en red y en esa asociación que ojalá me dé una alegría este año. Corriendo, por supuesto, como siempre en esta ciudad para no perder mucho tiempo aunque odies el lugar al que vas, como siempre en este trabajo para que todos estén contentos, como siempre en esta carrera para salir de este trabajo cuanto antes.

Todo lógico y racional, como viene siendo desde hace seis años. Plenamente integrada en esta ciudad desde el minuto uno.

Entonces, fue el Metro. En el vagón, un bebé lindísimo y muy tranquilo miraba a su alrededor desde su carrito. Le di la espalda, de pie, y mi pensamiento voló a otras cosas. Las del primer párrafo.

Me di cuenta de que había una mujer a mi lado cuando mi subconsciente, antes que mi cabeza, se fijó en que contemplaba muy fijamente al niño. La miré de frente. Era una mujer de mediana edad, bajita, menuda, coqueta, con mechas rubias; una madrileña de pro, poco sospechosa en principio de profundidades internas de las que se remontan a la noche de los tiempos. Recordaba un poco a la viuda de Cela. Sus ojos se clavaban en el niño y el rictus de su boca, con comisuras descendentes, volvían rígida y severa su contemplación.

Miraba. Seguía mirando. No dejaba de mirar. Y entonces, la combinación de sus ojos y su boca me hizo recordar esas cosas que mi lógica dejó atrás junto con el catolicismo. Pensé de nuevo en el mal de ojo, sobre todo en el involuntario, ese que poca gente sabe que existe (porque ¿quién va a hacerlo a propósito en un sitio como este?). Me agradó que mi memoria volviera ahí, porque así me llevaba también a lugares que son un bálsamo cuando la aridez del centro me hace árida a mí también.

Pero entonces el niño empezó a llorar.

Con el llanto, dejó de ser una fantasía. El niño sufría ante unos ojos que no se apartaban de él. Al mismísimo CEO de Magonia le hubiera parecido como mínimo una falta de educación y yo me sentí moralmente responsable de la situación por conocimiento de causa. Algo tenía que hacer, pero interponer el cuerpo entero sería descortés. Se me enfadaría. La desconocida estaría descontenta conmigo.

Pero el niño lloraba, y con cada pausa que hacía para tomar aire y reanudar el llanto, la fantasía tomaba más cuerpo.

Como al descuido y sin mirarla, me sujeté a la barra como si me hiciera falta, interponiendo el brazo en su ángulo de visión.

Por el rabillo del ojo vi cómo su contemplación absorta se interrumpía de repente, como si se hubiera cortado una conexión. Con un suspiro, se fijó en otros puntos del vagón y no volvió a mirar hacia aquél.

Volví a mi persona lógica y racional y fui indulgente conmigo misma, diciéndome que podía permitirme algo así si no lo compartía con nadie, y si yo sabía que, a pesar de haber actuado para evitar un daño, no había perdido la perspectiva de lo que existe y de lo que no.

Para entonces, por supuesto, el niño había dejado de llorar.

Demonios en el polvo (2004)

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La isla era sólo silencio. Peter vio que sus pasos le habían llevado al lago de las Sirenas en contra de sus deseos y el recuerdo de Wendy llegó como una exhalación. La dulce Wendy, a la que había prometido que algún día les llevaría allí de nuevo. Y había faltado a su palabra. Cuando regresó a por ellos, el Tiempo había matado su infancia, y él simplemente había dejado de existir para ella. Su nieta se le parecía como una gota de agua a otra, pero no era ella.

El Tiempo es impío en todos los sentidos.

El campamento indio había desaparecido y el olfato ya no recogía el olor picante del humo de las hogueras perpetuas. Los Niños Perdidos habían sido excluidos de la magia de Nunca Jamás hacía eones y sus estragos y huellas habían sido borrados por la maleza; desde entonces se había negado a volver al Árbol del Ahorcado, vencido por la vegetación de un punto de la isla cuya localización, pese a su mucho empeño, no había conseguido olvidar. En cuanto a las Sirenas, habían sido las últimas en irse, espantadas por los cambios, pero eso había sucedido en una época tan lejana, que los oídos habían olvidado ya el eco de sus risas. Así que la isla no era sólo silencio, sino también vacío. Y ahí estaba Peter, antiguo dueño y señor de un Nunca Jamás ahora batido por el viento, del que huyó la magia el día en que el barco pirata partió, rendido al fin; el día en que Peter perdió a quien justificaba su infancia eterna y Campanilla languideció sin aplausos.

Abatido, sin detenerse nunca, bajó a la bahía, donde Smee reposaba sus viejos huesos sobre una roca, con un pie colgando sobre el abismo y la cabeza descansando sobre una mano. Sus ojos estaban entrecerrados. Su respiración era entrecortada y ruidosa. Se estaba quedando dormido con la caña en la mano, pero qué más daba. Por hoy ya no picarían más.

Peter, ya nunca más un niño, se sentó a su lado y dijo sin pensar:

—En las noches más llenas de estrellas me persigue a menudo el recuerdo de aquel tic-tac. He llegado a comprender lo que ese sonido significaba para él.

—Ahhh, el buen y viejo capitán —dijo Smee, casi sin creerse la suerte de que por fin su único vecino le diera una ocasión para hablar de él—. Cuánto se le echa de menos... Cuánto le echo de menos, quiero decir.

Pero Peter asentía ya antes de la corrección, sólo que Smee no lo vio porque intentaba no mirarle. Tarea inútil, pues el cambio agredía también sus oídos. La voz de Peter, grave y ronca, diciendo ahora:

—Me aburre ver mi sombra a mis pies día tras día.

Smee, poco amigo de acertijos y confidencias de doble sentido, acabó por mirarle: los ademanes de Peter, pausados y viriles; su cuerpo maduro y musculoso, semidesnudo desde que la ropa dejó de servirle. El viejo contramaestre intentó recordar a un menudo manojo de nervios encaramado a la baranda del barco, con una mano en la cadera y una sonrisa insolente en el rostro, pero tuvo que apartar la vista para retener la imagen durante más de un segundo.

Se levantó y recogió su caña y sus cuatro peces.

—¿Cenamos?

Peter arrojó un guijarro al agua. El día en el que su hasta entonces mayor enemigo se fue, gritándole desde la lejanía que había ganado, un rival más eficaz se hizo dueño invisible de la isla, apoderándose en distintas formas de todos y cada uno de sus habitantes. Lo invadió todo, sin que Peter supiera qué fuerzas eran precisas para hacerle frente, y el niño eterno empezó a envejecer muy lentamente.

La victoria le había derrotado: su vida estaría repleta de años, solitarios y desconcertados por siempre jamás.

¿Qué hacen aquí estas anteojeras?

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Desde que comenzó el año 2012, no he hecho otra cosa más que salir de trabajar a horas imposibles de creer. Por eso ha sido muy bueno, 28 días después, dejar que el viento me refrescara la cara; pasar la tarde del viernes viendo Nosferatu en un cine abarrotado (delante de mí se sentaba un chaval cuya presencia quizás era un gesto para combatir las sagas de "vampiros" de moda de hoy; o quién sabe si no sería cosa de su madre, que se sentaba a su lado; el chaval aguantó); y esta mañana, dejarme llevar plácidamente por la cuesta de Ribera de Curtidores bajo un sol espléndido; pese a ser yo tan mía, fue agradable hacer una excepción y charlar en esta tienda de fotografía con un viejo a quien le habían vendido dos pilas de tamaños diferentes; en aquella tienda de artesanía china con una mujer que me explicó las funciones de los enseres de un juego de caligrafía; en la tienda de sillas, con un artesano que me habló de ciertas mecedoras que no se encuentran en España.

Pero he mentido en mi primera frase. En algún momento de esta pesadilla, soñé con una escapada a Barcelona en la que conocía a dos personas excepcionales que me acogían como si fuera de la familia, compartían su comida y sus viajes conmigo, me paseaban pacientemente (y ojalá que sin fastidio) y me hacían recordar que el curriculum puede llevar algo más que hormigón y renuncias.

Y vuelvo a mentir. No fue un sueño, aunque sólo en sueños, o en los mundos virtuales que frecuento últimamente, puedan encontrarse incongruencias como, por ejemplo, baños cuyo lavabo no da a tu propia imagen sino a un paisaje de luz.



Y tampoco puedo decir que las conocí, pues al menos una me acompaña desde hace mucho tiempo desde lejos.Verse fue confirmar la sintonía y querer que la vida, que a fin de cuentas es la que manda, nos siga haciendo coincidir.

En este viaje también recordé que hay mucha gente que enriquece su vida, su bolsillo, sus experiencias y sus conocimientos a costa de mantener las orejas creativamente abiertas. En el trajín de estos días se me volvió a olvidar, pero esta mañana se me presentó una pequeña oportunidad de, quizás, iniciar yo un... no exactamente intercambio de favores, pero sí un quid pro quo que posiblemente a mí no me reportaría nada, pero que me serviría de entrenamiento y tal vez, quién sabe, podría hacerle un favor a un desconocido. Soy tan mía que, como le decía hace unos días a alguien, paso por la vida como si no pasara; ese alguien cree ciegamente en un talento y unas capacidades que me ha visto, y cuando ha vuelto a decírmelo una vez más le he recordado que mi hándicap es no establecer relaciones con casi nadie. Soy tan mía... soy muy mía.

Esta mañana no reconocí la oportunidad cuando la tuve delante, pero al cabo de unas horas la rescaté de mi memoria (vamos mejorando, en otras épocas habría tardado varios días). Veré si puedo hacerle un favor a alguien y si puedo empezar a librarme de la torre de hormigón, si no físicamente de momento, sí al menos mentalmente. Como espere a que me crezcan las trenzas para lanzarlas por la ventana, será tarde.

Deber de admisión (2004)

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Eran doce en aquella mesa, y ya estaban a los postres cuando empezó a diluviar. Cuando el señor Groucho vio cómo la lluvia golpeaba los cristales y oyó su chapoteo en las grandes hojas de las plantas de la terraza, yo, que no le perdía de vista, le oí decir "¡ay!", saltar de su silla como un resorte y levantar una mano para pegarme un grito tabernario "¡café, tabaco, licores!".

Se los llevamos. Hasta ese momento el señor Groucho había ocupado la plaza contigua a la de la señora Piccolini, la esposa del célebre corredor de Bolsa, y su conversación me había provocado sudores aunque en la cocina celebraban mi llegada cada vez que volvía de su mesa con nuevas ocurrencias. Ahora había logrado que alguien le prestara un sitio junto a los señores Johnson, Halloway y el propio Patrick Piccolini, aunque obligando a que varias personas se desplazaran un lugar, entre ellas el jefe del gabinete del alcalde.

–Traiga unas cartas, ¿eh? –pidió, gesticulando con el puro y señalando las copas.

–No tenemos, señor –aventuré, porque obviamente no se podía jugar.

–Vamos, no me diga que hay que pedírselas personalmente al gerente –y sus hombros, cuello, cara, nariz y ojos se estiraron hacia arriba para localizar al gerente–. Muchachos, recuérdenme que aconseje este ejercicio a la señora madre de Frank Spaulding. Tiene que ser fantástico para las arrugas.

Viendo cernirse la amenaza de una escena bochornosa, volví adentro y localicé al señor Fitzpatrick, gerente del restaurante. Éste dijo «buéeno, buéeno» abriendo las manos y enseñando todos los dientes, que es lo que hace cuando algún camarero entra contándole que el alcalde ha vuelto a anunciar a su señora que según el señor Fitzpatrick la langosta corre a cuenta de la casa. Con esto quiero decir que estaba encantado de que los señores Marx estuvieran allí, aunque implicara algún desastre. Por lo tanto, sacó una baraja del escritorio de su despacho.

–Siento decirle que no tenemos tapete –me disculpé ante el señor Groucho

–Es una vergüenza que un restaurante que cobra veintiséis dólares por un medallón de lubina no haga las cosas como es debido. Sepa que nos lo quedan debiendo.

Y a continuación, sí, se sacó la pechera, la extendió sobre una parte de la mesa libre ya de platos y copas y pidió a los que iban a ser sus compañeros de juego que sujetaran las esquinas con un codo cada uno.

Al otro extremo de la mesa, el protagonista era el señor Harpo. Alguien había mencionado la guerra de España un momento antes y al pasar por su lado le oí contando una historia que incluía un pintor español, un arpa con cuerdas de alambre de espino y el proyecto de una película en la que arderían jirafas. Es el caso que hablaba con mucha vehemencia y, aunque los invitados tenían su solera y se trataba de una cena de negocios, los que se sentaban a su lado se vieron contagiados y se formó una algarabía con la que los comensales de las otras mesas bregaban de distintas formas; algunos se levantaron y se fueron, lanzando hacia la mesa miradas furibundas que buscaban estérilmente una disculpa, pero otros estaban fascinados; había un hombre en particular que no disimulaba su satisfacción; en su cara podía verse una máquina de escribir tecleando a toda velocidad, quién sabe si para un periódico o para convertirse en el centro de alguna fiesta futura.

(Al día siguiente lo supimos: para un periódico…).

Mientras el señor Groucho y sus compañeros soltaban exclamaciones y hacían muchos aspavientos pero sin despegar los codos ni de la mesa ni del cuerpo para que ni la pechera ni las cartas saltaran por los aires (era de verse cómo en los momentos de tensión se agitaban con un brazo pegado al torso, macizos y rígidos como un alcornoque), el señor Harpo se levantaba de su asiento, gesticulaba, hablaba en voz alta o sacaba una armónica de su smoking para arrancarle cuatro acordes. A propósito, no es cierto lo que afirmó el periodista al día siguiente: el señor Harpo no forzó a cierta hija de cierto senador, que estaba en una mesa vecina, a ejecutar un baile por todo el comedor, sino que ella misma se levantó para bailar cuando él solicitó una pareja y en ningún momento se la vio disgustada.

Por abreviar: pasó el tiempo, ya no llovía, pero todos se sentían en su salsa y, aunque se sabía que no podíamos trasladarles a un reservado, algunos clientes airados que no se resignaban a irse habían pedido al señor Fitzpatrick que tomara cartas en el asunto. El gerente sabía bien que se imponía un telefonazo: cuando Chico Marx entró en el comedor quince minutos después, el señor Harpo había levantado a siete personas de varias mesas y las hacía interpretar una escena de Sopa de ganso para explicársela al secretario del alcalde, que no la había entendido, y, mientras las cartas volaban de un lado a otro, el señor Groucho había adoptado la manía de retar a duelo a algún compañero cada diez minutos y cada cinco ponía una copa sobre su esquina de la pechera para, estuviera fumando o no, ir a pedir fuego a las mesas cercanas donde había señoritas bellas y cortejarlas al vuelo ante las narices de sus acompañantes.

Chico Marx contó a sus hermanos maravillas de la fiesta de la que el señor Fitzpatrick le había sacado, por lo que ambos se despidieron de su mesa con mucho énfasis y se fueron, no sin que antes el señor Groucho me dijera en voz bien alta desde la puerta que al final de la velada podíamos quedarnos con la pechera, que nos la cedía para que el restaurante pudiera prestar al menos un tapete digno cuando lo solicitara la gente decente.