—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Deber de admisión (2004)

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Eran doce en aquella mesa, y ya estaban a los postres cuando empezó a diluviar. Cuando el señor Groucho vio cómo la lluvia golpeaba los cristales y oyó su chapoteo en las grandes hojas de las plantas de la terraza, yo, que no le perdía de vista, le oí decir "¡ay!", saltar de su silla como un resorte y levantar una mano para pegarme un grito tabernario "¡café, tabaco, licores!".

Se los llevamos. Hasta ese momento el señor Groucho había ocupado la plaza contigua a la de la señora Piccolini, la esposa del célebre corredor de Bolsa, y su conversación me había provocado sudores aunque en la cocina celebraban mi llegada cada vez que volvía de su mesa con nuevas ocurrencias. Ahora había logrado que alguien le prestara un sitio junto a los señores Johnson, Halloway y el propio Patrick Piccolini, aunque obligando a que varias personas se desplazaran un lugar, entre ellas el jefe del gabinete del alcalde.

–Traiga unas cartas, ¿eh? –pidió, gesticulando con el puro y señalando las copas.

–No tenemos, señor –aventuré, porque obviamente no se podía jugar.

–Vamos, no me diga que hay que pedírselas personalmente al gerente –y sus hombros, cuello, cara, nariz y ojos se estiraron hacia arriba para localizar al gerente–. Muchachos, recuérdenme que aconseje este ejercicio a la señora madre de Frank Spaulding. Tiene que ser fantástico para las arrugas.

Viendo cernirse la amenaza de una escena bochornosa, volví adentro y localicé al señor Fitzpatrick, gerente del restaurante. Éste dijo «buéeno, buéeno» abriendo las manos y enseñando todos los dientes, que es lo que hace cuando algún camarero entra contándole que el alcalde ha vuelto a anunciar a su señora que según el señor Fitzpatrick la langosta corre a cuenta de la casa. Con esto quiero decir que estaba encantado de que los señores Marx estuvieran allí, aunque implicara algún desastre. Por lo tanto, sacó una baraja del escritorio de su despacho.

–Siento decirle que no tenemos tapete –me disculpé ante el señor Groucho

–Es una vergüenza que un restaurante que cobra veintiséis dólares por un medallón de lubina no haga las cosas como es debido. Sepa que nos lo quedan debiendo.

Y a continuación, sí, se sacó la pechera, la extendió sobre una parte de la mesa libre ya de platos y copas y pidió a los que iban a ser sus compañeros de juego que sujetaran las esquinas con un codo cada uno.

Al otro extremo de la mesa, el protagonista era el señor Harpo. Alguien había mencionado la guerra de España un momento antes y al pasar por su lado le oí contando una historia que incluía un pintor español, un arpa con cuerdas de alambre de espino y el proyecto de una película en la que arderían jirafas. Es el caso que hablaba con mucha vehemencia y, aunque los invitados tenían su solera y se trataba de una cena de negocios, los que se sentaban a su lado se vieron contagiados y se formó una algarabía con la que los comensales de las otras mesas bregaban de distintas formas; algunos se levantaron y se fueron, lanzando hacia la mesa miradas furibundas que buscaban estérilmente una disculpa, pero otros estaban fascinados; había un hombre en particular que no disimulaba su satisfacción; en su cara podía verse una máquina de escribir tecleando a toda velocidad, quién sabe si para un periódico o para convertirse en el centro de alguna fiesta futura.

(Al día siguiente lo supimos: para un periódico…).

Mientras el señor Groucho y sus compañeros soltaban exclamaciones y hacían muchos aspavientos pero sin despegar los codos ni de la mesa ni del cuerpo para que ni la pechera ni las cartas saltaran por los aires (era de verse cómo en los momentos de tensión se agitaban con un brazo pegado al torso, macizos y rígidos como un alcornoque), el señor Harpo se levantaba de su asiento, gesticulaba, hablaba en voz alta o sacaba una armónica de su smoking para arrancarle cuatro acordes. A propósito, no es cierto lo que afirmó el periodista al día siguiente: el señor Harpo no forzó a cierta hija de cierto senador, que estaba en una mesa vecina, a ejecutar un baile por todo el comedor, sino que ella misma se levantó para bailar cuando él solicitó una pareja y en ningún momento se la vio disgustada.

Por abreviar: pasó el tiempo, ya no llovía, pero todos se sentían en su salsa y, aunque se sabía que no podíamos trasladarles a un reservado, algunos clientes airados que no se resignaban a irse habían pedido al señor Fitzpatrick que tomara cartas en el asunto. El gerente sabía bien que se imponía un telefonazo: cuando Chico Marx entró en el comedor quince minutos después, el señor Harpo había levantado a siete personas de varias mesas y las hacía interpretar una escena de Sopa de ganso para explicársela al secretario del alcalde, que no la había entendido, y, mientras las cartas volaban de un lado a otro, el señor Groucho había adoptado la manía de retar a duelo a algún compañero cada diez minutos y cada cinco ponía una copa sobre su esquina de la pechera para, estuviera fumando o no, ir a pedir fuego a las mesas cercanas donde había señoritas bellas y cortejarlas al vuelo ante las narices de sus acompañantes.

Chico Marx contó a sus hermanos maravillas de la fiesta de la que el señor Fitzpatrick le había sacado, por lo que ambos se despidieron de su mesa con mucho énfasis y se fueron, no sin que antes el señor Groucho me dijera en voz bien alta desde la puerta que al final de la velada podíamos quedarnos con la pechera, que nos la cedía para que el restaurante pudiera prestar al menos un tapete digno cuando lo solicitara la gente decente.