—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Mujer

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Mujerona.

Con denominación de origen

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Una mañana como cualquier otra en Madrid. Pensando en el marketing, en el hormigón, en el periodismo multimedia y los proyectos en red y en esa asociación que ojalá me dé una alegría este año. Corriendo, por supuesto, como siempre en esta ciudad para no perder mucho tiempo aunque odies el lugar al que vas, como siempre en este trabajo para que todos estén contentos, como siempre en esta carrera para salir de este trabajo cuanto antes.

Todo lógico y racional, como viene siendo desde hace seis años. Plenamente integrada en esta ciudad desde el minuto uno.

Entonces, fue el Metro. En el vagón, un bebé lindísimo y muy tranquilo miraba a su alrededor desde su carrito. Le di la espalda, de pie, y mi pensamiento voló a otras cosas. Las del primer párrafo.

Me di cuenta de que había una mujer a mi lado cuando mi subconsciente, antes que mi cabeza, se fijó en que contemplaba muy fijamente al niño. La miré de frente. Era una mujer de mediana edad, bajita, menuda, coqueta, con mechas rubias; una madrileña de pro, poco sospechosa en principio de profundidades internas de las que se remontan a la noche de los tiempos. Recordaba un poco a la viuda de Cela. Sus ojos se clavaban en el niño y el rictus de su boca, con comisuras descendentes, volvían rígida y severa su contemplación.

Miraba. Seguía mirando. No dejaba de mirar. Y entonces, la combinación de sus ojos y su boca me hizo recordar esas cosas que mi lógica dejó atrás junto con el catolicismo. Pensé de nuevo en el mal de ojo, sobre todo en el involuntario, ese que poca gente sabe que existe (porque ¿quién va a hacerlo a propósito en un sitio como este?). Me agradó que mi memoria volviera ahí, porque así me llevaba también a lugares que son un bálsamo cuando la aridez del centro me hace árida a mí también.

Pero entonces el niño empezó a llorar.

Con el llanto, dejó de ser una fantasía. El niño sufría ante unos ojos que no se apartaban de él. Al mismísimo CEO de Magonia le hubiera parecido como mínimo una falta de educación y yo me sentí moralmente responsable de la situación por conocimiento de causa. Algo tenía que hacer, pero interponer el cuerpo entero sería descortés. Se me enfadaría. La desconocida estaría descontenta conmigo.

Pero el niño lloraba, y con cada pausa que hacía para tomar aire y reanudar el llanto, la fantasía tomaba más cuerpo.

Como al descuido y sin mirarla, me sujeté a la barra como si me hiciera falta, interponiendo el brazo en su ángulo de visión.

Por el rabillo del ojo vi cómo su contemplación absorta se interrumpía de repente, como si se hubiera cortado una conexión. Con un suspiro, se fijó en otros puntos del vagón y no volvió a mirar hacia aquél.

Volví a mi persona lógica y racional y fui indulgente conmigo misma, diciéndome que podía permitirme algo así si no lo compartía con nadie y si yo sabía que no por haber actuado para evitar un daño había perdido la perspectiva de lo que existe y de lo que no.

Para entonces, por supuesto, el niño había dejado de llorar.

Demonios en el polvo (2004)

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La isla era sólo silencio. Peter vio que sus pasos le habían llevado al lago de las Sirenas en contra de sus deseos y el recuerdo de Wendy llegó como una exhalación. La dulce Wendy, a la que había prometido que algún día les llevaría allí de nuevo. Y había faltado a su palabra. Cuando regresó a por ellos, el Tiempo había matado su infancia, y él simplemente había dejado de existir para ella. Su nieta se le parecía como una gota de agua a otra, pero no era ella.

El Tiempo es impío en todos los sentidos.

El campamento indio había desaparecido y el olfato ya no recogía el olor picante del humo de las hogueras perpetuas. Los Niños Perdidos habían sido excluidos de la magia de Nunca Jamás hacía eones y sus estragos y huellas habían sido borrados por la maleza; desde entonces se había negado a volver al Árbol del Ahorcado, vencido por la vegetación de un punto de la isla cuya localización, pese a su mucho empeño, no había conseguido olvidar. En cuanto a las Sirenas, habían sido las últimas en irse, espantadas por los cambios, pero eso había sucedido en una época tan lejana, que los oídos habían olvidado ya el eco de sus risas. Así que la isla no era sólo silencio, sino también vacío. Y ahí estaba Peter, antiguo dueño y señor de un Nunca Jamás ahora batido por el viento, del que huyó la magia el día en que el barco pirata partió, rendido al fin; el día en que Peter perdió a quien justificaba su infancia eterna y Campanilla languideció sin aplausos.

Abatido, sin detenerse nunca, bajó a la bahía, donde Smee reposaba sus viejos huesos sobre una roca, con un pie colgando sobre el abismo y la cabeza descansando sobre una mano. Sus ojos estaban entrecerrados. Su respiración era entrecortada y ruidosa. Se estaba quedando dormido con la caña en la mano, pero qué más daba. Por hoy ya no picarían más.

Peter, ya nunca más un niño, se sentó a su lado y dijo sin pensar:

—En las noches más llenas de estrellas me persigue a menudo el recuerdo de aquel tic-tac. He llegado a comprender lo que ese sonido significaba para él.

—Ahhh, el buen y viejo capitán —dijo Smee, casi sin creerse la suerte de que por fin su único vecino le diera una ocasión para hablar de él—. Cuánto se le echa de menos... Cuánto le echo de menos, quiero decir.

Pero Peter asentía ya antes de la corrección, sólo que Smee no lo vio porque intentaba no mirarle. Tarea inútil, pues el cambio agredía también sus oídos. La voz de Peter, grave y ronca, diciendo ahora:

—Me aburre ver mi sombra a mis pies día tras día.

Smee, poco amigo de acertijos y confidencias de doble sentido, acabó por mirarle: los ademanes de Peter, pausados y viriles; su cuerpo maduro y musculoso, semidesnudo desde que la ropa dejó de servirle. El viejo contramaestre intentó recordar a un menudo manojo de nervios encaramado a la baranda del barco, con una mano en la cadera y una sonrisa insolente en el rostro, pero tuvo que apartar la vista para retener la imagen durante más de un segundo.

Se levantó y recogió su caña y sus cuatro peces.

—¿Cenamos?

Peter arrojó un guijarro al agua. El día en el que su hasta entonces mayor enemigo se fue, gritándole desde la lejanía que había ganado, un rival más eficaz se hizo dueño invisible de la isla, apoderándose en distintas formas de todos y cada uno de sus habitantes. Lo invadió todo, sin que Peter supiera qué fuerzas eran precisas para hacerle frente, y el niño eterno empezó a envejecer muy lentamente.

La victoria le había derrotado: su vida estaría repleta de años, solitarios y desconcertados por siempre jamás.