—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Vergüenza (por no entenderla)

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Shame, de Steve McQueen. Maravillosa tanta catarsis emocional que esta película ha producido en las salas. Lo que no comprendo es cómo, tantas semanas después del estreno, el mundo sigue sin ser un lugar un poco mejor.

Dicen que es una película que habla de cómo la sociedad se deshumaniza a medida que se hiperconecta. ¿Es un tema como para que a estas alturas la gente se ponga a caerse de los caballos en plena sala de cine? A las personas que hayan identificado desde hace tiempo el lado oscuro de la vida contemporánea, esta película no les provocará terremotos emocionales (espero que a quienes han afirmado que son incapaces de volver a verla no les hablen nunca de Réquiem por un sueño, o terminarán como Sissy). Por suerte para McQueen, justo debido a esa individualidad exacerbada que la atenaza, la inmensa mayoría de los espectadores aún no se había dado cuenta de la soledad, miedos y vacíos que caracterizan a la vida actual.

Al margen del tema, lo que no me ha gustado es que la película no se explique por sí misma. Parece que el espectador debe conocer previamente las intenciones del director con ésta pero también con su película anterior, para poder encajar su trasfondo (en Hunger, el cuerpo como única posesión propia de la que disponer con total libertad en una cárcel literal; en ésta, el cuerpo es la cárcel en una contexto de libertad teórica absoluta). Pero tanto cuidado por no contar a qué se deben el sufrimiento de Sissy y el bloqueo emocional de Brandon, me impide empatizar con ellos. Prefiero las historias que no lo cuentan todo, pero en ésta el espectador no debe imaginar una parte de la historia, sino inventarla por completo. Por eso no sentí emociones durante la canción "New York, New York", ni ante las lágrimas de Fassbender al escucharla.

No dejo de pensar, por cierto, que habría tenido más sentido haber elegido "I Guess the Lord Must Be in New York City", de Harry Nilsson (descartada de Cowboy de medianoche). La letra tiene esa amargura del que empieza en un lugar nuevo dejando atrás malas experiencias, equivocaciones, malos recuerdos. Algo que le falta a la de Frank Sinatra, más optimista en mi opinión. Estoy segura de que a la de Nilsson también habrían sabido hacerle una versión sentidísima. Y entonces quizás habría llorado yo también junto al guapérrimo Fassbender.