—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

La poesía en los tiempos del claxon

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El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela (1992). Película en la que un poeta desubicado combate a la Muerte («qué sería de vos sin mí», le dice ella; ah, qué sería de la poesía sin el desespero de la disolución final), queriendo encontrar el amor «con la que vuele», para poder seguir siendo niño. Sólo que Oliverio no caía en que, cuando la encontrara, los dolores del amor le volverían adulto (...por un rato).

En los momentos de desánimo, se le aparece la Muerte tentándole con trabajos alimenticios. Pero él prefiere componer en los semáforos y jugar. Su trencito es como él, dando vueltas y más vueltas en torno a unas vías circulares de corto recorrido, así como Oliverio da vueltas y más vueltas a la idea fija de mantenerse fiel a sus principios y sus alas.

El mundo natural es hermoso como él solo. Llegó el ser humano y construyó encima un mundo polvoriento y sin sentido, feo, obsceno. Es cierto que hemos creado también algunos remedios, la poesía y la magia, por ejemplo; Ana, sin ir más lejos, quiere volar para escapar del mundo-monstruo. Pero son remedios que disgustan a los adaptados. A los pragmáticos, como lo es el niño que vende ramilletes de flores, que recoge pícaro el que acaba de vender porque los clientes se lo han dejado sobre la mesa del café (a un Oliverio niño jamás se le ocurriría). O aquellos que creen que cuando te casas ya no necesitas poesía con la que encandilar a la adorada luz de tu vida (en adelante, parienta). Los que olvidan que la complicidad hay que cuidarla como se cuida a las plantas o a las mascotas. Perdón, no: como a los niños.

— [Oliverio] Hoy no te escribí nada. Te vamos a pagar.
— [Dueño de la churrasquería] Ya no necesito que me escribas: ¡me caso!
— ¡Ahhh, felicitación!
— Gracias, gracias.

En las dos ocasiones más convencionales de su vida, Oliverio se encuentra con su madre en forma bovina: cuando, por lástima, no arroja a una mujer a las fauces de su cama pirañera y cuando acude a un festejo de boda. En la primera ocasión ella le habla, y lo que dice está lleno de sentido. Por eso creo que la película juega con una cierta ambigüedad, aunque tiendo a suponer que, parido Subiela en la patria por excelencia de la poesía y la literatura, se decante incondicionalmente por su poeta Oliverio, pese a todo.

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Ay, el canadiense, personaje tontorrón que, sin embargo, me toca el alma con la "bichita" y con la "miga de pan".