—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Vaivenes

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Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester. Todas las mujeres de Pueblanueva son unas perdidas que se han entregado a Cayetano, pero Torrente Ballester las pinta mejores personajes que sus maridos: ellos, unos peleles indecisos que cuidan el arcaico status quo y no son capaces de imponer su voluntad en prácticamente ningún aspecto de su vida, y cuando lo hacen, como don Baldomero, yerran y sufren con la consciencia del error; ellas, en cambio, sólidas, seguras, pisan con firmeza y miran de frente, saben lo que quieren y a dónde van, por qué hacen lo que hacen y cómo deben conducirse ellas y, de paso, las demás.

Clara es sobrenatural, un personaje con el que no es difícil empatizar y al que es imposible no respetar, mientras que al protagonista Carlos, pobre sabio soñador y vacilante, le zarandearía con gusto para quitarle el empañamiento que le imagino en la mirada. Pero ya lo hace Clara y el aire estupefacto no se le va.

Cayetano es el que, inesperadamente, más me ha sorprendido. Si en el primer volumen, "El señor llega" (1957), era el malo de la película, en "Donde la vuelta el aire" (1960) me sorprendo simpatizando más con él que con Carlos. Torrente hace que me gane poco a poco, que le vea no como esa especie de señor feudal moderno con derecho de pernada que pintó en "El señor llega", sino como un hombre con una sagaz visión empresarial (tan poco común en la terriña o, cuando menos, mucho menos aireada y fomentada que en el Norte o en el Noreste) que, sorprendentemente, sólo piensa en el progreso del pueblo. Y aquí, en pocas páginas, Torrente vuelve a hacer un ejercicio de genialidad:

En el primer volumen, Torrente había consolidado a conciencia los cimientos de nuestra antipatía hacia el personaje, hasta conseguir hacérnoslo ver como un hombre inmaduro, de motivaciones pueriles, vengativo, rencoroso, fanfarrón, lúbrico e impío, que no respeta a ningún hombre ni mujer en toda Pueblanueva, salvo a su madre por un, según Carlos, complejo de Edipo sin resolver que hace que todas sus acciones estén encaminadas a conseguir que todos los habitantes del pueblo sean indignos, salvo ella. Que quiere la ruina de los pescadores porque "son" de la Vieja, y que golpea hasta la inconsciencia a La Galana por atreverse a dejarle, en lugar de esperar dócilmente el abandono.

En "Donde da la vuelta el aire", se vuelven las tornas poco a poco (¿tendrá este título esta intención?). El autor dosifica en 300 páginas las apariciones del personaje y envuelve cada una de ellas en una creciente ambigüedad, haciendo que le miremos con los ojos cada vez más entornados, esquinados y respetuosos. Y de repente, en el último encuentro con Carlos, Torrente destapa sus cartas:
—Hay un negocio que nadie ha visto todavía y que podríamos empezar. Una flota y una factoría para explotar el bacalao. Hace falta más dinero, pero lo encontraríamos. En Pueblanueva hay un excedente de trabajadores que mi astillero no puede todavía asimilar; son los que andan a la pesca. Mientras esa gente no se acomode, en Pueblanueva no habrá prosperidad. Y cuando el famoso Sindicato dé en quiebra, que la dará, ¿qué haremos de esa gente? Ellos piensan siempre que estoy yo detrás, y que cuando las cosas vayan mal les daré empleo en el astillero. Pero yo no sé si podré hacerlo. Es muy caro transformar a un pescador en obrero. En cambio, el que está acostumbrado a pescar sardinas lo mismo pescaría bacalaos. Tenemos las tripulaciones...

Con este párrafo, Torrente desbarata las imágenes que del pueblo y de todos los personajes había armado en las 760 páginas anteriores. ¿Qué escritor hace eso? ¿Dónde se ven hoy semejantes profundidades a largo plazo a la hora de crear una historia, dibujar unos personajes y respaldar o derrumbar la justificación de unas acciones? Torrente borra de un plumazo todas las seguridades, hace que nos cuestionemos todas nuestras impresiones. Ante este chorreo de cavilaciones prácticas de Cayetano, ¿qué son las etéreas divagaciones intelectuales de un discípulo directo del doctor Freud como es Carlos, un hombre abúlico, de voluntad endeble, que no es capaz de decir que no a una mujer en la noche previa a la de su boda, mientras no se atreve a aceptar la salvación que le ofrece la mujerona Clara por ser eso, una mujerona?

Pero lo bueno es que no acaba aún ahí el zarandeo de Torrente, no. Faltan treinta páginas para terminar, pero aún hay tiempo para darle una vuelta más a la tuerca. Estoy ya encarrilada en el nuevo rumbo de la novela y me parece bien: Cayetano es el personaje más práctico y me descubro agradeciendo el detalle, tras tanta elucubración psiquiátrica y teológica de Carlos con sus frailes. Y por un momento pienso que Torrente está de parte del progreso y de esos nuevos tiempos que se acercan en ese año 35 (visto desde la perspectiva del que no sabía lo que venía en realidad para España, claro): Carlos "vive" estupefacto en Pueblanueva, con sus ambiciones (las que él creía tener) quebradas, dudoso de su carrera psiquiátrica, pero sin dejar de analizarlo todo desde el punto de vista de quien ve la vida pasar a su lado sin rozarle; dando vueltas y más vueltas a ese eje de pereza e inercia que, dicen, atenaza a las almas sensibles en la terriña. Para qué contar nada de fray Ossorio, uno de los protagonistas de este volumen, del carácter intachable y aburrido de su moralidad y de sus luchas internas con su fe. Y por último fray Eugenio, luchando también con un pasado que le atormenta, combatiéndolo desde una fe cristiana que le falla, la obediencia a un prior en el que no cree y la recuperación de un don artístico que teme. Sí, frente a estos personajes, ¿cómo no va a estar también Torrente, como yo, de parte de la acción y el movimiento?

Ah, pero entonces, Carlos se encuentra con fray Eugenio por última vez en este volumen. Y de nuevo el autor, como de pasada, como quien no quiere la cosa, vuelve a lanzarnos a la cara la duda de su posición.
—¿Por qué me descorazona? —dijo el fraile, con voz angustiada.

—Sólo quiero prevenirle y evitar que, sin querer, se aparte de la realidad. Pase lo que pase, habrá hecho usted una hazaña gigantesca: habrá dicho la verdad. siempre más que yo, porque yo, ante la imposibilidad de tener paciencia y esperanza, renuncio de antemano a mi utopía y condeno de por vida a nuestros amigos al uso y abuso de sus complejos. Pero siempre menos que Cayetano. Cayetano nos ganará porque su fórmula consiste sólo en dar de comer a todo el mundo, lo cual es compatible con seguir odiándose, con seguir envidiándose, con hacerse daño los unos a los otros, que es lo que verdaderamente apetecen. Usted quiere hacerlos buenos, yo me contentaría con que fuesen apacibles. Ni la paz ni el amor les interesa. Rechazarán a Cristo con la misma energía con que rechazarían a Freud. Pero no creo que rechacen un jornal suficiente, a menos si se ofrece a los demás sin merma del jornal propio. Porque, en ese caso...

Habían atravesado la plaza. Se oyó, súbita, ronca, sobrecogedora, la sirena del astillero.
Y así, otra vez de golpe, se me cambian las tornas de nuevo, las que había ido construyendo poco a poco durante casi 400 páginas y que había verbalizado por fin unas cuantas más atrás, dando la bienvenida al dinamismo y el pragmatismo. Y me encuentro cuestionando si es loable tanta acción, tanto avance y tanto progreso, si llevan a una sociedad mezquina y monetarista, a la que se le pueden poner muchos adjetivos, salvo el de cohesionada y bien cimentada.

Empiezo ahora el último, "La pascua triste" (1962). Veremos qué acabo concluyendo. Yo me dejo llevar con gusto.