—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Estampas de esta noche madrileña

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Hay que escribirlo ahora, con el mareo del vino todavía en el cuerpo.

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¿Cómo es Shere borracha? Para empezar, nunca lo ha estado. Sin embargo, este puntillo la marea, le suelta la risa, la calidez de la conversación y el paso al caminar. Pero ni aun así le suelta la espontaneidad: se vigila en los escaparates de un Madrid vacío para ver cómo camina con el puntillo.

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«...dos cosas hay que son imprescindibles para triunfar en la comunicación 2.0 y que a mí me faltan: por un lado la espontaneidad, y por otra un cierto exhibicionismo que te lleve a hablar de ti con tu nombre». «Y sin embargo hoy», responde él, «estás siendo más espontánea que la otra vez». «La otra vez acabábamos de conocernos», dice ella. «Y el vino también tiene mucho que ver».

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Conversación de vino, sandwiches, pepitos de ternera y croquetas. Donde se encuentra solución al affaire Urdangarín y se pide cautela.

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La pide un señor que se quita el sombrero al besarla cuando se despiden al final del encuentro, en el que ella debe ponerse de puntillas para llegar a sus mejillas. Nótese la manera tan sutil de dar a entender que Shere conoce a un señor que gasta sombrero. Una Shere insoportable que habla de sí misma en tercera persona, vaya usted a saber por qué. Será que el puntillo la hace creerse literata.

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Hace una hora, él estaba pidiendo cautela. ¿Qué hacer cuando todo el mundo te pide cautela y solo una persona, aquella a quien más amas en este mundo, te apoya incondicionalmente y te anima a elegir el salto sin red que ansías? Deseo ardientemente creer en que esa opción saldrá bien, abomino de que ninguna cautela, de las que tantas he tenido ya en mi vida, me coharte una vez más, cuando tan cerca estoy de mi sueño. Pero, ¿y si me pego el batacazo de mi vida, uno del que no pueda recuperarme?

Las cosas que cuentan, la realidad pura y dura, están muy mal. Hoy apenas hay opciones para quien se arriesga. Un golpe de fortuna, un padrino o un comportamiento rastrero son la única salida. Al talento y al esfuerzo (creo que no tengo mucho de lo primero pero sí muchísimo lo segundo) les cuesta más descollar. ¿Quién va a saber cuánto corazón me dejo en mi trabajo? Mediante un padrino, un golpe de suerte o un comportamiento rastrero como únicas vías para entrar. Una vez dentro, ya demostraría lo que sé que puedo demostrar. Pero soy incapaz de comportamientos rastreros, no dispongo de padrinos y no suelo ser fina a la hora de identificar ni el lugar adecuado ni el momento oportuno que propicien el golpe de suerte. Por eso será que he empezado a jugar a la Primitiva.

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Madrid silencioso a las once y media de la noche. Viento frío. Esta tríada se queda con dos elementos, porque no hay más que comentar de Madrid en noches así. En una solitaria calle adyacente a mi casa, una mujer bien vestida que rebasa la mediana edad se inclina sobre unos cartones estratégicamente colocados en un garaje. Unos cartones que dan su parcela de intimidad, calor y dignidad a quien albergan. Una mano se alza de entre los cartones. La mujer mayor saca algo de una bolsa y lo comparte con él con calma, sin prisa por huir. Habla con él. No tiene miedo a lo que nadie quiere mirar. Pero yo, yo, que me había estado observando en los escaparates para ver cómo camino con el puntillo, subo las escaleras, me desnudo y me acuesto cobijada por el calor de mi cama, que tan poco valoro hoy y que quién sabe si en seis meses no echaré amargamente de menos.

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Hay que publicarlo así, sin más revisiones. Porque aunque el improbable lector no lo crea, esto va muy espontáneo. Shere no cometería la más mínima falta de ortografía ni aunque la hubieran intoxicado con calimochos.

Xenreira

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Mi acompañante señaló el trisquel de la pulsera y apuntó que, en el mundo BDSM, se trata de un símbolo de sumisión. «No lo lleves más al trabajo», advirtió. Decepcionada, busqué más información, para descubrir que no son todos los trísqueles, sino solo este diseño. Pero, como corresponde a un símbolo que ha surgido a capricho hace un rato, también he podido ver en la red que buena parte de la comunidad BDSM se ha hecho la polla un nudo y se identifica con cualquiera.

Surgen dos reflexiones:

Que los practicantes gallegos de BDSM tienen que ser necesariamente más vivos que otros. En Galicia se encuentran trísqueles celtas en todas las esquinas y nadie quiere recibir un bofetón a cada paso.

Y que, independientemente de la justificación que hayan inventado para la elección, me parece de lo más adecuado que hayan escogido el símbolo característico del rincón noroeste de la península. Muy adecuado, dado el carácter. Tal parece que lo hubiera escogido un cacique de esos que todavía hasta hace bien poco se ataban metafóricamente a la silla. Quizás, conociendo el percal, dejaba que le sujetaran a ella también literalmente. Por someter y someterse.

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El día termina con una frase:
Gran defensa contra la adversidad efímera es la confianza plena en el valor del valer.

César González Ruano, Diario Íntimo (1951-1965)