—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Desamor en el escaparate

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Los canciones de desamor son certeras en dolerse, quejarse y centrarse en la evocación morbosa de un amor perdido; de recrearse con masoquismo en los detalles de lo bueno que nos dio y de lo mal que se pasa al no tenerlo. Y vuelven a acertar al no atreverse a contar los porqués, que suelen ser, con bastante frecuencia, pedestres, egoístas, absurdos, contradictorios, confusos o decepcionantes.

Chico y Rita, cuando uno se acostumbra a lo inexpresivo de los rostros, resulta ser una película con una animación espectacularmente bien hecha y una trama constreñida por demasiados "homenajes a": a Cuba; al cine clásico de los años 40; al jazz latino; a Bebo Valdés; a los boleros. Pero a los boleros no les hace falta contar por qué uno ya no está con su amor, y así uno puede salvar su cara o la de la otra parte. Chico y Rita tiene que contarlo y entonces desfilan por la pantalla reacciones miserables, casualidades tontas y vueltas de tuerca con las que uno debe hacer el ejercicio consciente de decidir tragar o no tragar.

Yo tragué porque así suelen ser en el mundo real estas cosas, tan despojadas, por lo general, de esas apabullantes motivaciones a las que las grandes obras (literarias, teatrales, cinematográficas) son tan afectas. Pero soy incapaz de encontrarle la magia evocadora de los boleros a los que pretende homenajear. Seguro que me equivoco, pero no dejo de pensar que ajustar menos el guion al género homenajeado habría querido más a los personajes y habría dado, posiblemente, caracteres menos planos y caricaturescos, situaciones más retadoras para ellos, consecuencias más interesantes. En suma, les habría respetado como caracteres autónomos, no limitados a las imposiciones de un estilo que les convierte, así, en marionetas que sueltan unas líneas demasiado descoloridas como para otorgarles más de dos dimensiones. Un espejo al que la gente parece no tener reparos en enfrentarse.