—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Darwin en Baltimore

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—El árbol que no se dobla se rompe, Cedric.
—Si se dobla de más, es que ya está roto.

Las dos primeras temporadas de The Wire me parecieron bien, pero nada del otro mundo. No llegué a comprender por qué se consideraba la mejor serie de televisión hasta la fecha.

Pero cuando a partir de la tercera pisaron el acelerador con la historia de Barksdale, empezó a ganar enteros, poco a poco aunque sin retroceder.

Cuando la organización de Barksdale cedió el protagonismo y apareció ese Marlo frío y de ojos muertos, me disgustó el cambio de protagonistas y el cambio de color de la temperatura de sus motivaciones.

Pero The Wire ha sabido hacer que me acostumbrara pronto a los personajes nuevos (ocurrió en la segunda temporada, cuando pasamos del escenario de las calles al del puerto, volvió a ocurrir en la cuarta y en la quinta, con los universos de la escuela y la prensa), así que cuando quise darme cuenta, estaba aceptando a Marlo, Chris y Snoop como si Avon y Stringer Bell fueran cosa de un pasado muy lejano. En este sentido, esta serie es como las calles o la propia vida: no tiene piedad con las caras habituales.

La historia de la falsificación de unos asesinatos en la quinta y última temporada me molestó al principio; me pareció un giro irritante, innecesario a aquellas alturas.

Pero cuando el periodista se metió en el juego por su cuenta, disparando un embrollo de mentiras y papelones, la serie me conquistó de nuevo, mientras al policía se le iba la cosa de las manos a varios niveles y el periodista solo quería llamar la atención de algún periódico grande.

Me consta que me he perdido varias referencias, porque la serie rebosa detalles y guiños, pero pude captar muchos de ellos. No recuerdo quién es el hombre al que Daniels le dice «me alegro de que acabaras bien» en el último episodio, pero aprecio, por ejemplo, que los títulos de crédito de la última temporada hagan guiños a quienes se quedaron por el camino en las anteriores; recuperar personajes dos o tres temporadas después y recordar incluso a los über secundarios (que un acuario en una casa te haga recordar al traficante que está a punto de reaparecer, o que el niño que acaba con el mito en la quinta sea aquel que le imitaba en sus juegos durante la tercera); ver un tablero de ajedrez en el último episodio y preguntarnos si lo estarán utilizando para jugar a las damas; que un chico mire hacia la cámara rota de la escuela que llama a la cámara rota que nos acompaña en los créditos desde la primera temporada; que otros intenten replicar la proeza pero fallen en el intento durante las últimas escenas (qué bueno que esta serie encierre tanto humor).

Al final valoro esos pequeños detalles como una de las grandezas de esta serie, imbatida (sí) hasta la fecha, como lo son también la ausencia de condescendencia con personajes y espectadores, la perspectiva inédita y rica en matices de los habitualmente considerados "malos", las tramas complejas que se entretejen en el tiempo, la multidimensionalidad de unos personajes zarandeados por sus circunstancias, tan doblegados ante ellas que significa que ya se han roto, y en ese humor, de nuevo, que encaja perfectamente en el cuadro.

Algunas piezas desaparecen del tablero, otras se reacomodan en él, pero siempre habrá alguien dispuesto a interpretar un papel vacante. Leander es el nuevo McNulty en el despacho del juez, Michael se coloca la corona de cañones recortados del inefable, inmenso, Omar Little, y alguien nuevo tomará sin duda el relevo de Avon, Proposition Joe y Marlo, si es que este último puede mantenerse lejos de un territorio en el que, tras apenas unos días transcurridos, comprueba que ya empiezan a olvidarle, en el primer enfrentamiento cuerpo a cuerpo que se permite el señor y que le desvela tan vulnerable como cualquier otro. Porque las calles, por si había que recordarlo una vez más, no tienen piedad con las caras habituales.

Pero la leyenda de un hombre se acrecienta y reinará sobre todas ellas. Y es que las calles también construyen su propia Historia, tan apuntalada con mitos, realidades y medias verdades como la Historia que construimos fuera de The Wire.