—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Ser honesto y tener éxito

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Adaptation, de Spike Jonze (2002).

En 1998, a Charlie Kaufman le encargaron el guion del libro El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean. Aceptó la historia porque le había gustado el libro, pero supuso un reto imprevisto al no tener la suficiente chicha cinematográfica. Angustiado por unos plazos que se le echaban encima, Kaufman sufrió un bloqueo de varios meses del que finalmente salió con una huida hacia adelante. Y el clic que hizo que empezara a disfrutar del encargo fue una construcción a varios niveles en los que se combinaban la propia historia contada en el libro, la conexión que se establece entre el cazador de orquídeas y la autora, las reflexiones que la pasión de este hombre le inspira a ella, la dificultad del proceso creativo que implica la elaboración de un guion que se atasca, el dilema de decidir entre la alta cultura y la cultura de masas (¿me aceptarán un guion no comercial?) y los laberintos adaptativos que culminan en la maravilla que suponen las flores y el cerebro de Charlie Kaufman (es muy estrecho el umbral de sucesos, y muy largo el camino evolutivo, que permite la existencia de algo tan delicado y sofisticado: una flor, un cerebro).


Kaufman venía de firmar otros dos trabajos que desafiaban convenciones con Being John Malkovich (que escribió sin esperar verlo jamás en pantalla) y Human Nature, pero con Adaptation creyó estar pasándose de la raya definitivamente. «Creí que al entregar aquello estaba acabando con mi carrera», diría más tarde, cuando ya la película se había ganado unas críticas excelentes.

Una de las mejores de la década, en opinión de los críticos. Mágica, inteligente, apasionada. La cinta de Moebius hecha película. Pero durante aquellos meses en los que la página en blanco no paría nada satisfactorio, la inseguridad era lo único que existía. Así dice el Charlie Kaufman real que lo experimentó y así lo transmite el Charlie Kaufman ficticio, cuyas inseguridades específicas en la pantalla (no solo profesionales, sino también físicas y emocionales) son metáfora de otras que el Kaufman real deja a veces traslucir en sus charlas, entrevistas y conferencias, pero cuyo trasfondo solo él conoce del todo.

Kaufman expone en Adaptation su cabeza torturadora, excesivamente pensante (¿se ríe de ella?, ¿la asume?). Además, su personaje aspira a un guion que trascienda las convenciones más comerciales del séptimo arte:
No quiero que vaya de sexo, o de tiros, o de persecuciones de coches; ni de personajes que aprendan grandes lecciones de la vida, o que lleguen a quererse uno al otro, o a superar obstáculos y que triunfen al final. El libro no es así y la vida tampoco.
Pero resulta que tiene un hermano gemelo, Donald, que sí se siente a gusto en su cuerpo y en su cabeza, que asiste a cursos sobre cómo escribir buenos guiones y prepara uno repleto de todos los clichés comerciales. Así que, como este personaje es el más simbólico de todos al no haber existido nunca, cuando Charlie le invita a Nueva York para que le ayude, la película da un giro y surgen la historia de amor entre la escritora y el horticultor; una droga que abre la percepción y es la llave a la fascinación; las persecuciones; los intentos de asesinato; las lecciones de vida; esa evolución de personajes que su hermano quería evitar; los accidentes; el deus ex machina del cocodrilo... y la muerte; por más que sea cierto que en muchas de las vidas reales casi nunca ocurre nada, la muerte nunca queda fuera de ninguna de ellas.


Y Donald no existió, es cierto, pero en todas las entrevistas sobre Adaptation que he leído Kaufman insiste en que acreditarlo como co-guionista no es algo que deba tomarse a la ligera. Todo con esta película es suponer: ¿cree Kaufman en la necesidad de seguir las convenciones narrativas? ¿O se burla de la industria? Me gusta pensar que, en lugar de posicionarse, le interesa más dejar las opciones sobre la mesa y que cada cual ponga en juego sus opiniones. La mía: en el interior del Kaufman real, la parte que aplica los necesarios mecanismos del storytelling encuentra la resistencia de esa otra parte a la que le repugna utilizarlos, como miedo, quizá, a jugar en el campo de los vendedores de emociones fáciles y necesidades falsas.

Abusando de esos mecanismos, en el clímax de la película Charlie ficticio aprende a estar en paz con lo que uno regala a los demás sin pensar si los demás lo tomarán bien o mal. Algo me dice que esto es nuclear, que no hay burla. Pero personalmente, agradezco aún más ese otro cambio en el personaje que se nos muestra de pasada al final, sin dramatismos, con rápido corte de plano y cambio de escena: «¿Y a ti cómo te va?», le pregunta a su amiga-amada Amelia, sinceramente interesado en las preocupaciones de otro ombligo por primera vez, dando al mundo sus oídos en lugar de expresar su autoexigencia y su vergüenza.

En cuanto al proceso creativo en sí, el secreto de parte del pensamiento de Kaufman está en esta conferencia impartida en la BAFTA en 2011, donde apunta a la honestidad con uno mismo y con las historias de las que es responsable. Dialogar en privado con el propio yo hasta que uno se levanta de la silla enriquecido por la conversación y satisfecho con lo que ha surgido de ella.


¿Falla la película en el objetivo, menor pero declarado, de mostrar el prodigio de sofisticación evolutiva que son las flores? A lo mejor hay temas para los que el lenguaje audiovisual se queda corto, aunque sí haya cabida para las sugerencias: por ejemplo, en el último plano las flores (Osteospermum Amelia…) dialogan con su entorno abriéndose y cerrándose al compás de los ciclos de luz, como termina por dialogar Kaufman con su propia Amelia, como dialoga la escritora con la realidad gracias a ese alucinógeno que esconde la orquídea fantasma. Tras los títulos de crédito, un fragmento del guion ficticio de Donald nos recuerda otra variante de esta filosofía que se escondía en la delirante trama comercial de su película. Es una premisa que parece obsesionar al Kaufman real: que todos somos parte del mismo engranaje, del mismo organismo sintiente. Que nuestros miedos, nuestras esperanzas y nuestros deseos no son raros, sino compartidos. Que por lo tanto no puede haber soledad completa y no deberíamos dejar que la incomunicación, nuestros miedos, nuestras esperanzas y nuestros deseos den al traste con esta verdad.

Cuando a uno le preocupan cosas como esta, ¿cómo va a pararse a tomar posiciones talibanes sobre si una voz narrando es apropiada o no?

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