—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Erizo en la niebla

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Siento una gran debilidad por los números 3 y 13. Seamos supersticiosas, irracionales, salvajes. La ocasión lo merece: en 2013 empezó el sprint final, aunque el pequeño gran triunfo que ahora me tiene asombrada no pudo ocurrir entonces. Ha ocurrido en 2014, el año de mis 33 idem. Números mágicos, cábala antigua.

Han sido dos años extraños, a cada cual mejor, que culminan con la mejor noticia posible: haciendo cumbre, la que me propuse hace trece años.

La cautela habitual grita desde el hueco en el que vive instalada: ¿y si dura solo estos seis meses? ¿Y si es un espejismo?

Pero qué más da. Puede que los triunfos sean efímeros, puede que no, pero las lecciones permanecen. Y tú tienes mala memoria, así que recuerda:

La victoria es de los que saben... ¿qué? ¿Esperar? No exactamente. La victoria es de los que son elásticos, saben adaptarse a las circunstancias, saben cuándo toca que los sueños hibernen y cuándo hay que hacer caso al prurito que te dice "retómalos ahora". Esas personas están bien pendientes del paso de los momentos propicios y entonces se lanzan a trabajar por un futuro incierto sin temer al vértigo. También saben filtrar el peso (cuáles son válidas y cuáles no) de las opiniones contrarias, los gestos que se tuercen y las confianzas que se ponen en duda.

Claro que no he podido hacerlo solo con mi empeño. Los elementos circunstanciales también han sido importantes:
Buena parte de suerte, que hizo encaje de bolillos con ciertos lugares, ciertos momentos, ciertas personas.
La salud, que no se me puso en contra.
Algún dinero, que ayudó a conseguir la felicidad.
El amor, uno no convencional. Basta con una sola persona que te aliente de forma casi incondicional, una sola basta, si su criterio se ha ganado tu respeto con los años.

¿Pero cuáles han sido los que me han salido de dentro?
La curiosidad.
Mis ganas de retarme.
La liberación de la vergüenza que me ha atenazado durante mucho tiempo.
La falta de temor a perder las cuatro cosas flacas, insuficientes, que había conseguido en la vida.

Que no se te olvide.

En esta noche de fin de año, que mi sinestesia particular imagina hundida en la oscuridad más recogida y silenciosa del calendario, junto a una buena chimenea ante la que poner la mente del presente en blanco, hacer balance del pasado y construir pequeñas ilusiones de futuro, comparto esta animación nocturna. Es muy bueno tener rutinas sencillas y permanentes, plácidas piedras de toque. Tanto como lo es, de vez en cuando, dejarse llevar por la curiosidad e internarse en la amenazadora niebla de lo desconocido.

Erizo en la niebla (1975), dirigido por Yuriy Norshteyn y escrito por Sergei G. Kozlov.


Ámbar y mar

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Debería haber cerrado el libro a las doce, pero los dos últimos capítulos de La Regenta tiraron de mí sin piedad. Más bien, Fermín de Pas tiró de mí sin piedad. Por más que me tuvieran admirada y rendida la sátira, la maestría en el retrato de personajes y la descripción de situaciones, esa forma envidiable de dar a entender las cosas sin abordarlas de frente, de Pas reinaba sobre todo ello. Es un personaje huracanado que me conmueve las entrañas como hacía décadas que no ocurría, así que quería saber qué final le había reservado Clarín, aun sabiendo que no iba a ser amable. No había modo de escribir un final amable.

El Magistral tiene una figura muy concreta en mi imaginación, que no es la de Carmelo Gómez. Aunque en las candilejas de este país nuestro no había nadie mejor que él, en mi imaginación el personaje lleva, no exactamente el rostro, sino la figura, el carácter, la vehemencia de la única persona en el mundo que me ha sacado de mis casillas.

Cerré el libro a las dos. Seis horas después, suena el despertador. A esto no se le llama madrugar, pero tengo el sueño atrasado así que me quedo dormida, me duermo. Y sueño que me levanto y me preparo para ir a donde voy todos los días, mientras comparto habitación, casi cama, con una mujer que no es Maya Angelou aunque yo la llame así en mi sueño. Mientras me preparo y ella se despereza al sol, me va contando una historia triunfal de Tatyana M. Ali totalmente inventada por mi subconsciente. Estoy hecha toda una 'black sista' del guetto de Begoña.

Una hora después salto de la cama alarmada, y en diez minutos hago todo lo que normalmente me lleva treinta. El día está frío pero bonito. El parque está cuajado de hojas secas y la combinación de colores castaños en el suelo, los rostros dorados por el sol y el celeste del cielo me pone de buen humor, aunque llegue tarde. Como me pasa cada vez más a menudo, empiezo a canturrear y a improvisar una letra.

Yo tengo en el alma una pena
que no me la puedo quitar:
me atas con fuertes cadenas
que saben a ámbar y a mar...

Pero no es pena en realidad, sino alegría, alegría de haber vivido un poco, porque cuando alguien define su vida en base a la soledad no da ninguna querencia por estéril. Ni siquiera las huracanadas. Ni siquiera aquellas cuyas intermitencias llegan a durar años.


«You're gonna miss that plane...»

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Dijo Ethan Hawke de la trilogía de Richard Linklater que «Antes del amanecer (1995) va sobre lo que podría ser; Antes del atardecer (2004), sobre lo que debería haber sido; Antes del anochecer (2013), sobre lo que es».

Hoy, varios días después, en el escenario más incongruente (una charla científica a la que estaba prestando toda mi atención), se me ocurrió hacer pivotar esta idea alrededor de la frustración. La frustración de lo que podría ser y tiene que truncarse, debido a la distancia; la frustración de lo que podría haber sido y no fue, debido a los malentendidos y la mala suerte; y la frustración de lo que realmente es, cuando el tiempo pasa y las mariposas del sentimiento amoroso aterrizan en la vida cotidiana.

De las tres, personalmente me quedaré para siempre con la de 2004. Para mí, una narración modesta, y justo por eso efectiva, en tiempo real y con ramalazos de guion improvisado, de decepciones, maduración en la treintena y asunción de los errores debidos a decisiones pésimas; también el boceto de una atracción entre dos personas que se amaron intensamente, que barrieron todo un futuro juntos hacia algún universo paralelo, pero que durante ese paseo de dos horas solo se tocan dos veces aunque el grado de intimidad de sus confidencias y sus miradas sea cada vez mayor. La frase final y el fundido a negro de ese plano medio estático me dan mucho más vértigo de lo que me lo hubiera dado cualquier solución apasionada; la que fuera.

De las varias cosas que no me han gustado de la de 2013, la peor ha sido cogerle manía a ella. ¿Reaccionaba yo desproporcionadamente? ¿O es que de verdad han escrito el personaje de Julie Delpy para que a los cuarenta sea cierta mujer a la defen-ofensiva, que acorrala al hombre contra sus debilidades para arrancarle ese perdón que necesita para reafirmarse, pero que jamás se rebajará a empatizar con la postura de él? ¿Una mujer cuya sinceridad a veces hiriente debe ser aceptada sin un mal gesto, pero que despieza y deconstruye cada frase de él buscando ofensas, indelicadezas y faltas de respeto varias, de esas tan propias del "torpe género masculino"? Ilusiono una cuarta película dentro de diez años, en la que los roles, en la serenidad de la segunda madurez, se compensen en cierta forma.

Por lo demás, y aunque no pueda rescatar la trilogía entera (al menos hoy), valoro que no sean películas que se crean más trascendentes de lo que en realidad son. También valoro que haya una gran parte del público que necesite que se le hable de ciertas cosas, y me refiero sobre todo a la última. Lástima que precisamente ese público no sea muy dado, por lo general, a las películas "de hablar".


Pues vale

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Los foros repiten mucho que Lance, Robin Williams en The World Greatest Dad (2009), finge el suicidio de su hijo como gentileza.

No lo creo. Vemos continuamente a través de sus ojos y de su baja autoestima, y ambas cosas nos dicen que los demás le tenían lástima. Lo último que querría añadir a su carga de ridiculez es un hijo que se ha matado porque se le ha ido la mano con la masturbación. Fingiendo el suicidio no le está dando dignidad al quinceañero aborrecible, sino a sí mismo.

En cuanto empieza a despreciar a aquellos cuya apreciación era antes tan, tan importante, lo suelta todo.

Quitando eso (y ni siquiera), la película no tiene más.

Templo

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La libertad es una entelequia prostituida en muchas bocas, en muchas plumas. Pero se me ocurre que, a nivel individual, no existe más que como oposición a dos acciones, muy tangibles de tan humanas: la amenaza y el sometimiento por la violencia. Cuando te encuentras en una de estas dos situaciones, la libertad se crea a sí misma y se alza ante ti, en un horizonte cercano pero inaccesible. Mientras tu cuerpo se ocupa de las necesidades fisiológicas básicas, todo se vuelve accesorio para tu intelecto salvo el objetivo de aprehender eso que un momento antes no existía, pero que ahora, para tu estupefacción, se antoja esquivo e inalcanzable.

En mi último enfrentamiento inesperado con una amenaza, he encarado la libertad final de una forma muy diferente a la primera ocasión en la que me encontré con una, hace más o menos ocho años: si aquella vez el alivio inmenso me inspiró, en una bitácora que ya no existe, imágenes poéticas de barcos que zarpaban rumbo a playas luminosas en las que dejar que el jugo de naranja corriera por los dedos bajo la luz del sol; en esta ocasión, el desenlace favorable me ha llevado a tomar una resolución férrea. Hace ocho años, hubo la necesidad adolescente de olvidar de inmediato el pasado cercano y la propia libertad recién adquirida; hoy, en cambio, me empapo de su significado, de su agria dulzura, y marco con seriedad una alerta para el futuro.

No solo por cambios en la personalidad, sino también porque esta vez hay mucho más en juego. Si al final fracaso en los planes que llevo seis años construyendo y que culminan dentro de dos meses, no quiero quedarme con la duda de un frustrante "¿y si no hubiera ocurrido aquello?". La única variable que puede haber en este experimento, la única culpable que voy a aceptar, es mi (aún por confirmar) ineptitud.

Construir un templo: esa es la resolución férrea.

Ni con los dedos

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Existen muchos mundos, pero están en este. Yo tuve mi época de exploración de paraísos artificiales, no de los de adicción en vena sino de los de bits demodé. A principios de diciembre de 2011, justo en los días de este brevísimo flash de esos refugios, sufrí un momento de bloqueo emocional extremo. Coincidió aquello con los exámenes de la universidad, el primer cuatrimestre demandaba atención plena y yo era incapaz de dedicar mis escasas horas libres a estudiar. Por más que intentaba concentrarme, mi cabeza me llevaba una y otra vez al vórtice negro de la parálisis.

En estos paraísos artificiales, conocía un módulo en el que los bits formaban un rincón junto a una playa. De día el sol brillaba sobre las olas del mar, que murmuraban al compás de los cantos de los pájaros en un loop casi eterno. De noche, ay, la noche, el fuego de la hoguera se encendía. Me sentaba en uno de los tres troncos y el mar callaba. Entonces el loop reproducía los sonidos de la noche, solo cuatro, pero suficientes: el crepitar del fuego; los grillos constantes; las lechuzas silentes; los lobos aullantes. No me juzgues: una es muy práctica, se queja poco y echa mano de lo que tiene en cada momento. Si Madrid me privaba de ese consuelo que no tiene sustituto, legítimo era buscarlo en otros territorios cuando había en juego cuestiones prácticas que no me iban a esperar.

Por ridículo que parezca, por sacrílego que sea acudir a una naturaleza virtual, una naturaleza que ni cartón piedra es, ese fuego, esos grillos, esas lechuzas y esos lobos embutidos en mis auriculares me ayudaron a concentrarme. Pasé horas estudiando aferrada a ese loop, lamentando el regreso de la luz del sol, el murmullo de las olas y los cantos de los pajarillos. Con esos trucos fui arañando minutos al bloqueo, distrayendo el desánimo y recordando, en este bosque de hormigón de secano al que he vuelto, que a una se le da bien trascender los reveses anímicos si vierte su atención en aquello que, de puro impermanente, es inmutable.

Lo curioso, lo preocupante, lo salvífico, es que mi memoria ha arrinconado el dolor que me impedía continuar con mis responsabilidades en aquella época.

Tan terrible no sería.

¿O sí?

Mi memoria juega a favor de la supervivencia de mi optimismo. Y no sé en qué orden poner la siguiente frase:

Por un lado me hace tropezar varias veces con las mismas piedras, pero por otro mantiene mi ánimo y mi empatía casi intactos.

O:

Por un lado mantiene mi ánimo y mi empatía casi intactos, pero por otro me hace tropezar varias veces con las mismas piedras.



Lo real vs lo irreal

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Stopping by Woods on a Snowy Evening

By Robert Frost

Whose woods these are I think I know.
His house is in the village though;
He will not see me stopping here
To watch his woods fill up with snow.

My little horse must think it queer
To stop without a farmhouse near
Between the woods and frozen lake
The darkest evening of the year.

He gives his harness bells a shake
To ask if there is some mistake.
The only other sound’s the sweep
Of easy wind and downy flake.

The woods are lovely, dark and deep,
But I have promises to keep,
And miles to go before I sleep,
And miles to go before I sleep.


(versión desierto)

Plan B

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(Maialen dijo sí).

Efectos

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Cuesta mucho ser auténtica, señora, y en estas cosas no hay que ser rácana. Porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.
Agrado en 'Todo sobre mi madre' (1999)

El barrio en verano

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Veo cómo el coche se aleja, rumbo a la Galicia verde y fresca, y me quedo a la sombra de cuatro torres de cristal, aplastada por un calor que abrasa y aplana. Es veranazo en Madrid, y en algún momento del futuro cercano alguien me confirma que el calor me ha esperado para radicalizarse.

Me instalo y la angustia de los días anteriores remite. Son gente normal y no tendré que guardar mis cosas bajo llave (por suerte, ya que no hay llave bajo la que guardarlas). El calor no me deja pegar ojo.

*

El barrio es encantador y tranquilo. Los vecinos lo viven, lo pasean y lo juegan. Frente a mi ventana, un parque se llena de niños y papás de 6 a 9. Dos días después, conozco el lugar mítico en el que pasaré los próximos cuatro meses. Una etapa más, un paso menos.

*

Alegría porque la dueña del piso estará fuera durante un mes y su hija adolescente se irá con un familiar durante ese tiempo. Un mes menos de amontonamiento. Giro la llave varias veces para entrar en el piso. En el rellano de arriba, una madre (no distingo la raza) se demora en entrar en su casa mientras habla con una vecina. Ambas se emborronan porque toda mi atención se dirige hacia la niña pequeña china que dirige toda su atención hacia mí, mirándome desde lo alto con cara pícara. Nuestras miradas se persiguen hasta que cierro la puerta.

*

Pasan las noches, sigo sin pegar ojo. Vuelven algunas alucinaciones nocturnas. Imagino que toca acostumbrarse a la cama, aunque lo principal, que es la almohada, se ha venido conmigo. Por suerte el calor ya es menos.

Pero los días siguen siendo brillantes y los paseos diarios de ida y vuelta al lugar mítico me descubren la espalda inesperada de un gran hospital.

*

Empiezo a conocer la trastienda del lugar mítico, con sus luces y sus sombras (*), y abro mis perspectivas a otras posibilidades. Va viniendo lo que llevo seis años persiguiendo y me pregunto si no llegaremos a cruzarnos demasiado pronto. Solo cuatro meses más...

*

Manipulo el programa de edición de vídeo mientras suena en mis oídos un allegretto de Beethoven dirigido por Karajan. Tentada estoy de decir que todo fluye serenamente, pero mentiría, porque fuera de mis auriculares y al otro de la puerta, una manada de adolescentes de 15 años da rienda suelta a sus hormonas y al perreo, aprovechando que la dueña está a miles de kilómetros de distancia. Lo entiendo y no me importa, pero un chaval se ha asomado un segundo a mi habitación, retirándose al ver que no estaba vacía. La otra compañera me cuenta que ha hecho lo mismo en su habitación. Por suerte, también me confirma que esto no es pan nuestro de cada viernes y que en cuanto la dueña regrese no se repetirá. La alegría de hace unos días se convierte en un cálculo de los fines de semana que faltan para que vuelva.

En equilibrio, otro punto que quiero considerar tranquilizador: la hija adolescente, que por lo visto está atada en corto, se queda a limpiar el estropicio.

*

La casa se ha pasado en silencio toda la noche, pero no he dejado de dar vueltas en la cama. Pienso en las bolsas de los ojos, pienso en los compromisos del futuro cercano y suspiro, mientras giro la llave de la puerta lo más silenciosamente posible al salir. Reina el silencio en el edificio y afuera me espera un Madrid aún acogedor. Voy por la segunda vuelta de llave cuando oigo a mi espalda un «hola...» tranquilo, discreto pero carente de timidez, reverberando con el eco del silencio. En el rellano de arriba, la niña pequeña china ha abierto la puerta de su casa y me mira desde lo alto, ocultando medio cuerpo y media cara. Su "hola" está cargado de matices que me dicen que es una niña de las que me gustan. «Hola... ¿Qué haces ahí?». Le sonrío, mientras me mira pícara (no sé cómo describir una cara que sonríe con todos sus rasgos salvo con la boca) y su madre se acerca por un pasillo en penumbra. Sigo sin distinguir la raza. Me despido con la mano y salgo.

Cada vez hace más fresco, pero aún es verano en Madrid.

___________

(*) Espero que sea el primer lugar común que escribo en ocho años.

Mis preferidos

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¿Por qué no hay más gente viendo "Monster"? («El monstruo sin nombre se llevó consigo aquel paisaje desolado en el equipaje de su turbio corazón»). ¿O debería verla otra vez para confirmar mi primera impresión?

¿Qué haríamos con nuestras vidas si, además de con flashbackspudiéramos manejarla con flashforwards a lo "Perdidos"?

¿Seguiré recordando aquella mañana en el Retiro cuando tenga 80 años?

¿Se habrá dado cuenta alguien más de lo de Chihiro?

¿Hay algún sueño más, posible o imposible, en "Qué he hecho yo para merecer esto"? ¿Desvela "Adaptation" que todos formamos parte del mismo engranaje? ¿Por qué relaciono a los espectadores de un cine de pueblo con un apicultor atontando abejas con humo en "El espíritu de la colmena"?

¿Cuál es el peor fracaso: no poder cumplir el sueño de tu vida, o cumplirlo y descubrir que era absurdo y no te hace feliz?

¿Qué cuenta pendiente tengo con la naturaleza y con la noche?

¿Si me gustó tanto "Life on Mars" fue porque me recordó que, a ciertas personas, los demás nos cuestionan menos de lo que lo hacemos nosotros mismos? ¿Es "La vida de los otros" la historia de un hombre gris que se convierte en hechicero fabulador que crea su propia realidad y la de los demás? ¿Descubrieron los habitantes de la nave de "Solaris" si los robots sueñan con ovejas eléctricas o con otras cosas?

¿De dónde saqué aquella imagen sobre los mosquetones?

¿Hay algún término medio entre el altar y el encogimiento de hombros?

La nostalgia eterna por la infancia, ¿no será más bien la nostalgia por la química cerebral de la infancia?

¿Por qué me llamó tanto la atención aquel niño?

¿Habrá aprendido aquel otro a asumir responsabilidades, o será un egocéntrico insufrible de ocho años?

¿Me quedaré sin saber si "Los hombres que no amaban a las mujeres" es un plagio? ¿Narra "Portero de noche" la única vía que encontraron dos seres humanos cuerdos para escapar de la locura inhumana del Holocausto? ¿Estaba el solitario Sherlock Holmes abocado a que su acercamiento a la persona más parecida a él no pudiera culminar en la empatía, sino en el abismo de unas cataratas?

Los personajes secundarios de "A dos metros bajo tierra" acompañan a los principales, o les sobreviven como pueden? ¿Sufrí un hackeo mental con "Snow Crash"?¿'Arruinó' Spielberg la "Inteligencia artificial" de Kubrick? ¿Cuenta "The Wire" el paseo de Darwin por Baltimore?

¿Eran aficionados gastronómicos o ángeles alegres?

¿Es el cine un ouróboros perverso?

¿Dónde empiezan y dónde terminan la racionalidad y la superstición?


Insomnium, insomnii

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A una de las vecinas la odio con toda el alma. A la otra la adoptaría como muy mejor amiga para siempre jamás. Verónica "Me-viene-muy-bien" Forqué en Qué he hecho yo para merecer esto (1984) trae en un fogonazo a la cándida Marilyn Monroe de La tentación vive arriba. Aderezada, claro, con aquellas otras dimensiones inconfesables que se le otorgaron en el plano de los sobreentendidos a la mujer solitaria por excelencia, Barbie pin-up hecha a medida con el material con el que se fabricaron los sueños lúbricos de guionistas, directores, productores y millones de admiradores.

La abuela no se adapta a la ciudad. La rechaza con todo su cuerpo. Pasa total de la ciudad. Su nieto también. Mientras no pueden huir al campo, el agua de Vichy, el caballo y el parque les ofrecen un escape tramposo, en nada comparable al subidón permanente de darle la espalda a Madrid y marcharse al pueblo. Suyas son las ilusiones de futuro, el optimismo de volver a donde siempre se fue feliz (ella) y el optimismo de comenzar de cero en un lugar nuevo para poder serlo (él).

Al segundo hijo le rechazo con todo mi cuerpo como a una araña, aunque su papel sea salvífico. Vive únicamente el presente y sus ilusiones se encaminan a mejorar el corto plazo.

El currito es seco, duro, amargo, como corresponde a su papel en la colmena de clase baja en la que vive. Suyos son los sueños del pasado alemán en el que fue feliz, pero, a diferencia del escape al pasado de la abuela, las ilusiones del currito no pueden proyectarse hacia el futuro, porque se apoyan en elementos que el tiempo ha cambiado demasiado como para que esos sueños no estén ya podridos y enquistados y sea inútil conservarlos. Sus papeles de hijo, padre y marido prácticamente no existen, su papel de currito lo ocupa casi todo, pero no se resigna a perder del todo un pequeño papel de hombre.

La maruja no tiene ningún mundo de ensueño al que escapar: ni del pasado, ni hacia el futuro, ni para el presente, ni en su imaginación. Hace mucho que dejó de ser madre y esposa, y te miraría como a un alienígena si le preguntaras en qué momento se perdió la mujer. Es maruja en toda la extensión del coloquialismo despectivo de la RAE. También trabajadora, pero ambos papeles se superponen y embarullan. Maldecir su vida es lo único que le da la vida. Por eso, cuando todos sus vampiros vitales se van, se le va el fuel que le quitaban y que también le daban, electrodoméstico que se puede desconectar porque ya no se necesita.

De la espectadora son los sueños de justicia para el personaje. Por un momento, la niña-meiga descorre un poco el velo y la maruja está muy cerca de aprender que, a veces, la presión hace desarrollar fortalezas insospechadas; que se puede ser poderosa por y para una misma en una soledad que no tiene por qué dar miedo: nada asegura que vaya a ser permanente y, mientras dura, se puede intentar recuperar a la mujer que se fue, o crear una mejor. Pero al final el personaje, quién sabe si como hubiera ocurrido en el mundo real, agradece tener la ilusión de que alguien haya vuelto para seguir necesitándola. Soñaré con que ambos acaben siguiendo, a su manera, el ejemplo de la abuela y el nieto.

Y además Bonezzi. Bernardo Bonezzi melografiando con deje onírico la soledad de Gloria.

Insignificante pez grande

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Phil: Esta tarde hemos estado hablando de personalidad. Me preguntabas por la personalidad. Que si era algo que se notaba en la cara. Pero la cuestión es que es algo mucho más profundo. Me has preguntado. Querías saber si creía que tenías personalidad. Pues ahora voy a darte mi sincera opinión. No la tienes, por la sencilla razón de que no te arrepientes de nada.

Bob: ¿Estás diciendo que no tendré personalidad hasta que haga algo que lamente?

Phil: No, Bob. Ya has hecho muchas cosas de las que podrías arrepentirte, pero todavía no lo sabes. Cuando empieces a descubrirlas, cuando te des cuenta de los errores que has cometido... y así poderlos rectificar, a pesar de que no puedes porque ya es tarde... no te quedará más remedio que llevarlos contigo. Como evidencia de que la vida pasa, de que el mundo girará sin ti, de que en realidad no eres nadie. Entonces surgirá tu personalidad. Porque la honestidad saldrá de lo más profundo de ti y quedará como una marca indeleble en tu cara.

"El pez gordo" (obra de teatro, Helio Pedregal, Toni Cantó, Bernabé Rico), septiembre de 2009.

Justicia desde la segunda infancia

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Trabajar con Trumbo fue una lección de vida que este honorable anciano [Kirk Douglas, 97 años] no quiere llevarse a su gloriosa tumba. Sus palabras sobre él no pueden ser más hermosas: «Dalton era fiel a sus ideas hasta decir basta, pero jamás se ofendía cuando alguien las ponía en duda. Albergaba una extraña mezcla de seguridad en sí mismo aligerada también por una gran distancia de sí mismo. Tomarse el trabajo muy en serio sin tomarse a uno mismo muy en serio constituye un don muy inusual que en él era abundante… Me enseñó mucho sobre la valentía y la elegancia».
Elsa Fernández-Santos
"Espartaco contra las listas negras" | El País


Dalton Trumbo en 1947 ante el Comité de Actividades Antiamericanas. / Universal Studios Licensing LCC

Personas negativas

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Robin Good comparte en este artículo métodos para identificar a personas negativas. Muy útil para gente como yo, con un grado de empatía tan grande que no discrimino y trato a todo el mundo por igual, malgastando mi tiempo y mi energía. Analicemos:
  1. Su tiempo de reacción, de respuesta. ¿Responden rápidamente a tus preguntas o hay un largo silencio antes?
  2. Si van directos al grano o empiezan a dar vueltas en torno a un tema, se van por las ramas o lo esquivan.
  3. Su habilidad para ser precisos y respetar citas, acuerdos y cosas así, sin aparecer con sorpresas y justificaciones de último minuto.
  4. Cuánto se quejan, se lamentan y hablan de forma negativa sobre ciertas cosas, en comparación con el tiempo que pasan hablando de cuestiones positivas, deseables o admirables.
  5. Su conciencia de responsabilidad. ¿Asumen la responsabilidad de las situaciones que les rodean y de sus aspectos negativos, o están siempre culpando a factores y circunstancias externas?
  6. ¿A quién culpan cuando se produce un accidente? ¿Asumen la responsabilidad de sus acciones o culpan a fuerzas externas? ¿Están siempre haciéndose las víctimas o aceptan la responsabilidad de lo que les ocurre?
  7. ¿Han construido o creado algo? ¿Han completado algo con éxito? ¿Han hecho grandes cosas en sus vidas?
  8. ¿Qué saben realmente sobre ti, sobre tu ética, tus objetivos, tu misión? ¿Sienten curiosidad por descubrirlos o actúan como si siempre los hubieran conocido?
  9. ¿Apoyan tus esfuerzos, tu trabajo, tus logros? ¿Entienden lo que estás haciendo? ¿Cómo contribuyen a tu éxito?
  10. ¿Pueden tener un discurso intelectual profundo y abierto contigo, o les resulta más fácil hablar de temas superficiales y de cotilleos, y generalizar lo que ocurre en torno a ellos?
Fácil, ¿no?

Hay que resistir

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Cada día Harary se reunía conmigo durante cinco minutos, solo cinco minutos; si no podía resolver los problemas durante una semana entonces Frank empezaba a quejarse y decir: «Eres una mierda, eres muy estúpido, no debería haberte empleado, no me esperaba que fueras tan estúpido»; seguía quejándose pero yo resistí y resistí, quería matarlo pero la resistencia es algo muy importante, tenía que resistir.
Jin Akiyama

«Qué bien se está cuando se está bien»

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¿Lo ves? Un falo gigante de madera sobre la mesa de un restaurante a orillas del Douro, en Porto. Los Damocles de aquella noche ocupaban cuatro mesas y tenían el pelo plateado, no sé cuántas centurias podrían sumar entre todos. El vino subió, se volvieron ruidosos, uno de ellos sopló las velas de un pastel y, cuando se levantaron para irse, diciéndonos a los demás que por fin nos devolvían el silencio, uno de ellos que ya nos había ofrecido la botella de vino un poco antes se acercó a nuestra mesa, borracho y encantador, para decir que esperaba que no hubieran hecho mucho el ridículo. «No, en absoluto, ha sido divertido», le dije. Nos contó que eran una asociación gastronómica, que cada uno venía de una parte distinta de Estados Unidos y que se reunían de vez en cuando para recorrer el mundo. No es que el restaurante de aquella noche fuera espectacular, pero el cachondeo que se traían me hizo pensar que la calidad gastronómica era lo de menos en aquellos viajes. Nos preguntó de dónde veníamos y me alabó el inglés (porque mi acompañante poco dijo).

Se fueron, devolviéndonos el silencio, pero dejándonos envueltos en un aire que siguió vibrando con el rastro de su alegría de segunda infancia.