—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

El barrio en verano

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Veo cómo el coche se aleja, rumbo a la Galicia verde y fresca, y me quedo a la sombra de cuatro torres de cristal, aplastada por un calor que abrasa y aplana. Es veranazo en Madrid, y en algún momento del futuro cercano alguien me confirma que el calor me ha esperado para radicalizarse.

Me instalo y la angustia de los días anteriores remite. Son gente normal y no tendré que guardar mis cosas bajo llave (por suerte, ya que no hay llave bajo la que guardarlas). El calor no me deja pegar ojo.

*

El barrio es encantador y tranquilo. Los vecinos lo viven, lo pasean y lo juegan. Frente a mi ventana, un parque se llena de niños y papás de 6 a 9. Dos días después, conozco el lugar mítico en el que pasaré los próximos cuatro meses. Una etapa más, un paso menos.

*

Alegría porque la dueña del piso estará fuera durante un mes y su hija adolescente se irá con un familiar durante ese tiempo. Un mes menos de amontonamiento. Giro la llave varias veces para entrar en el piso. En el rellano de arriba, una madre (no distingo la raza) se demora en entrar en su casa mientras habla con una vecina. Ambas se emborronan porque toda mi atención se dirige hacia la niña pequeña china que dirige toda su atención hacia mí, mirándome desde lo alto con cara pícara. Nuestras miradas se persiguen hasta que cierro la puerta.

*

Pasan las noches, sigo sin pegar ojo. Vuelven algunas alucinaciones nocturnas. Imagino que toca acostumbrarse a la cama, aunque lo principal, que es la almohada, se ha venido conmigo. Por suerte el calor ya es menos.

Pero los días siguen siendo brillantes y los paseos diarios de ida y vuelta al lugar mítico me descubren la espalda inesperada de un gran hospital.

*

Empiezo a conocer la trastienda del lugar mítico, con sus luces y sus sombras (*), y abro mis perspectivas a otras posibilidades. Va viniendo lo que llevo seis años persiguiendo y me pregunto si no llegaremos a cruzarnos demasiado pronto. Solo cuatro meses más...

*

Manipulo el programa de edición de vídeo mientras suena en mis oídos un allegretto de Beethoven dirigido por Karajan. Tentada estoy de decir que todo fluye serenamente, pero mentiría, porque fuera de mis auriculares y al otro de la puerta, una manada de adolescentes de 15 años da rienda suelta a sus hormonas y al perreo, aprovechando que la dueña está a miles de kilómetros de distancia. Lo entiendo y no me importa, pero un chaval se ha asomado un segundo a mi habitación, retirándose al ver que no estaba vacía. La otra compañera me cuenta que ha hecho lo mismo en su habitación. Por suerte, también me confirma que esto no es pan nuestro de cada viernes y que en cuanto la dueña regrese no se repetirá. La alegría de hace unos días se convierte en un cálculo de los fines de semana que faltan para que vuelva.

En equilibrio, otro punto que quiero considerar tranquilizador: la hija adolescente, que por lo visto está atada en corto, se queda a limpiar el estropicio.

*

La casa se ha pasado en silencio toda la noche, pero no he dejado de dar vueltas en la cama. Pienso en las bolsas de los ojos, pienso en los compromisos del futuro cercano y suspiro, mientras giro la llave de la puerta lo más silenciosamente posible al salir. Reina el silencio en el edificio y afuera me espera un Madrid aún acogedor. Voy por la segunda vuelta de llave cuando oigo a mi espalda un «hola...» tranquilo, discreto pero carente de timidez, reverberando con el eco del silencio. En el rellano de arriba, la niña pequeña china ha abierto la puerta de su casa y me mira desde lo alto, ocultando medio cuerpo y media cara. Su "hola" está cargado de matices que me dicen que es una niña de las que me gustan. «Hola... ¿Qué haces ahí?». Le sonrío, mientras me mira pícara (no sé cómo describir una cara que sonríe con todos sus rasgos salvo con la boca) y su madre se acerca por un pasillo en penumbra. Sigo sin distinguir la raza. Me despido con la mano y salgo.

Cada vez hace más fresco, pero aún es verano en Madrid.

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(*) Espero que sea el primer lugar común que escribo en ocho años.