—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Ni con los dedos

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Existen muchos mundos, pero están en este. Yo tuve mi época de exploración de paraísos artificiales, no de los de adicción en vena sino de los de bits demodé. A principios de diciembre de 2011, justo en los días de este brevísimo flash de esos refugios, sufrí un momento de bloqueo emocional extremo. Coincidió aquello con los exámenes de la universidad, el primer cuatrimestre demandaba atención plena y yo era incapaz de dedicar mis escasas horas libres a estudiar. Por más que intentaba concentrarme, mi cabeza me llevaba una y otra vez al vórtice negro de la parálisis.

En estos paraísos artificiales, conocía un módulo en el que los bits formaban un rincón junto a una playa. De día el sol brillaba sobre las olas del mar, que murmuraban al compás de los cantos de los pájaros en un loop casi eterno. De noche, ay, la noche, el fuego de la hoguera se encendía. Me sentaba en uno de los tres troncos y el mar callaba. Entonces el loop reproducía los sonidos de la noche, solo cuatro, pero suficientes: el crepitar del fuego; los grillos constantes; las lechuzas silentes; los lobos aullantes. No me juzgues: una es muy práctica, se queja poco y echa mano de lo que tiene en cada momento. Si Madrid me privaba de ese consuelo que no tiene sustituto, legítimo era buscarlo en otros territorios cuando había en juego cuestiones prácticas que no me iban a esperar.

Por ridículo que parezca, por sacrílego que sea acudir a una naturaleza virtual, una naturaleza que ni cartón piedra es, ese fuego, esos grillos, esas lechuzas y esos lobos embutidos en mis auriculares me ayudaron a concentrarme. Pasé horas estudiando aferrada a ese loop, lamentando el regreso de la luz del sol, el murmullo de las olas y los cantos de los pajarillos. Con esos trucos fui arañando minutos al bloqueo, distrayendo el desánimo y recordando, en este bosque de hormigón de secano al que he vuelto, que a una se le da bien trascender los reveses anímicos si vierte su atención en aquello que, de puro impermanente, es inmutable.

Lo curioso, lo preocupante, lo salvífico, es que mi memoria ha arrinconado el dolor que me impedía continuar con mis responsabilidades en aquella época.

Tan terrible no sería.

¿O sí?

Mi memoria juega a favor de la supervivencia de mi optimismo. Y no sé en qué orden poner la siguiente frase:

Por un lado me hace tropezar varias veces con las mismas piedras, pero por otro mantiene mi ánimo y mi empatía casi intactos.

O:

Por un lado mantiene mi ánimo y mi empatía casi intactos, pero por otro me hace tropezar varias veces con las mismas piedras.



Lo real vs lo irreal

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Stopping by Woods on a Snowy Evening

By Robert Frost

Whose woods these are I think I know.
His house is in the village though;
He will not see me stopping here
To watch his woods fill up with snow.

My little horse must think it queer
To stop without a farmhouse near
Between the woods and frozen lake
The darkest evening of the year.

He gives his harness bells a shake
To ask if there is some mistake.
The only other sound’s the sweep
Of easy wind and downy flake.

The woods are lovely, dark and deep,
But I have promises to keep,
And miles to go before I sleep,
And miles to go before I sleep.


(versión desierto)