—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

«You're gonna miss that plane...»

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Dijo Ethan Hawke de la trilogía de Richard Linklater que «Antes del amanecer (1995) va sobre lo que podría ser; Antes del atardecer (2004), sobre lo que debería haber sido; Antes del anochecer (2013), sobre lo que es».

Hoy, varios días después, en el escenario más incongruente (una charla científica a la que estaba prestando toda mi atención), se me ocurrió hacer pivotar esta idea alrededor de la frustración. La frustración de lo que podría ser y tiene que truncarse, debido a la distancia; la frustración de lo que podría haber sido y no fue, debido a los malentendidos y la mala suerte; y la frustración de lo que realmente es, cuando el tiempo pasa y las mariposas del sentimiento amoroso aterrizan en la vida cotidiana.

De las tres, personalmente me quedaré para siempre con la de 2004. Para mí, una narración modesta, y justo por eso efectiva, en tiempo real y con ramalazos de guion improvisado, de decepciones, maduración en la treintena y asunción de los errores debidos a decisiones pésimas; también el boceto de una atracción entre dos personas que se amaron intensamente, que barrieron todo un futuro juntos hacia algún universo paralelo, pero que durante ese paseo de dos horas solo se tocan dos veces aunque el grado de intimidad de sus confidencias y sus miradas sea cada vez mayor. La frase final y el fundido a negro de ese plano medio estático me dan mucho más vértigo de lo que me lo hubiera dado cualquier solución apasionada; la que fuera.

De las varias cosas que no me han gustado de la de 2013, la peor ha sido cogerle manía a ella. ¿Reaccionaba yo desproporcionadamente? ¿O es que de verdad han escrito el personaje de Julie Delpy para que a los cuarenta sea cierta mujer a la defen-ofensiva, que acorrala al hombre contra sus debilidades para arrancarle ese perdón que necesita para reafirmarse, pero que jamás se rebajará a empatizar con la postura de él? ¿Una mujer cuya sinceridad a veces hiriente debe ser aceptada sin un mal gesto, pero que despieza y deconstruye cada frase de él buscando ofensas, indelicadezas y faltas de respeto varias, de esas tan propias del "torpe género masculino"? Ilusiono una cuarta película dentro de diez años, en la que los roles, en la serenidad de la segunda madurez, se compensen en cierta forma.

Por lo demás, y aunque no pueda rescatar la trilogía entera (al menos hoy), valoro que no sean películas que se crean más trascendentes de lo que en realidad son. También valoro que haya una gran parte del público que necesite que se le hable de ciertas cosas, y me refiero sobre todo a la última. Lástima que precisamente ese público no sea muy dado, por lo general, a las películas "de hablar".


Pues vale

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Los foros repiten mucho que Lance, Robin Williams en The World Greatest Dad (2009), finge el suicidio de su hijo como gentileza.

No lo creo. Vemos continuamente a través de sus ojos y de su baja autoestima, y ambas cosas nos dicen que los demás le tenían lástima. Lo último que querría añadir a su carga de ridiculez es un hijo que se ha matado porque se le ha ido la mano con la masturbación. Fingiendo el suicidio no le está dando dignidad al quinceañero aborrecible, sino a sí mismo.

En cuanto empieza a despreciar a aquellos cuya apreciación era antes tan, tan importante, lo suelta todo.

Quitando eso (y ni siquiera), la película no tiene más.

Templo

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La libertad es una entelequia prostituida en muchas bocas, en muchas plumas. Pero se me ocurre que, a nivel individual, no existe más que como oposición a dos acciones, muy tangibles de tan humanas: la amenaza y el sometimiento por la violencia. Cuando te encuentras en una de estas dos situaciones, la libertad se crea a sí misma y se alza ante ti, en un horizonte cercano pero inaccesible. Mientras tu cuerpo se ocupa de las necesidades fisiológicas básicas, todo se vuelve accesorio para tu intelecto salvo el objetivo de aprehender eso que un momento antes no existía, pero que ahora, para tu estupefacción, se antoja esquivo e inalcanzable.

En mi último enfrentamiento inesperado con una amenaza, he encarado la libertad final de una forma muy diferente a la primera ocasión en la que me encontré con una, hace más o menos ocho años: si aquella vez el alivio inmenso me inspiró, en una bitácora que ya no existe, imágenes poéticas de barcos que zarpaban rumbo a playas luminosas en las que dejar que el jugo de naranja corriera por los dedos bajo la luz del sol; en esta ocasión, el desenlace favorable me ha llevado a tomar una resolución férrea. Hace ocho años, hubo la necesidad adolescente de olvidar de inmediato el pasado cercano y la propia libertad recién adquirida; hoy, en cambio, me empapo de su significado, de su agria dulzura, y marco con seriedad una alerta para el futuro.

No solo por cambios en la personalidad, sino también porque esta vez hay mucho más en juego. Si al final fracaso en los planes que llevo seis años construyendo y que culminan dentro de dos meses, no quiero quedarme con la duda de un frustrante "¿y si no hubiera ocurrido aquello?". La única variable que puede haber en este experimento, la única culpable que voy a aceptar, es mi (aún por confirmar) ineptitud.

Construir un templo: esa es la resolución férrea.