—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Ámbar y mar

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Debería haber cerrado el libro a las doce, pero los dos últimos capítulos de La Regenta tiraron de mí sin piedad. Más bien, Fermín de Pas tiró de mí sin piedad. Por más que me tuvieran admirada y rendida la sátira, la maestría en el retrato de personajes y la descripción de situaciones, esa forma envidiable de dar a entender las cosas sin abordarlas de frente, de Pas reinaba sobre todo ello. Es un personaje huracanado que me conmueve las entrañas como hacía décadas que no ocurría, así que quería saber qué final le había reservado Clarín, aun sabiendo que no iba a ser amable. No había modo de escribir un final amable.

El Magistral tiene una figura muy concreta en mi imaginación, que no es la de Carmelo Gómez. Aunque en las candilejas de este país nuestro no había nadie mejor que él, en mi imaginación el personaje lleva, no exactamente el rostro, sino la figura, el carácter, la vehemencia de la única persona en el mundo que me ha sacado de mis casillas.

Cerré el libro a las dos. Seis horas después, suena el despertador. A esto no se le llama madrugar, pero tengo el sueño atrasado así que me quedo dormida, me duermo. Y sueño que me levanto y me preparo para ir a donde voy todos los días, mientras comparto habitación, casi cama, con una mujer que no es Maya Angelou aunque yo la llame así en mi sueño. Mientras me preparo y ella se despereza al sol, me va contando una historia triunfal de Tatyana M. Ali totalmente inventada por mi subconsciente. Estoy hecha toda una 'black sista' del guetto de Begoña.

Una hora después salto de la cama alarmada, y en diez minutos hago todo lo que normalmente me lleva treinta. El día está frío pero bonito. El parque está cuajado de hojas secas y la combinación de colores castaños en el suelo, los rostros dorados por el sol y el celeste del cielo me pone de buen humor, aunque llegue tarde. Como me pasa cada vez más a menudo, empiezo a canturrear y a improvisar una letra.

Yo tengo en el alma una pena
que no me la puedo quitar:
me atas con fuertes cadenas
que saben a ámbar y a mar...

Pero no es pena en realidad, sino alegría, alegría de haber vivido un poco, porque cuando alguien define su vida en base a la soledad no da ninguna querencia por estéril. Ni siquiera las huracanadas. Ni siquiera aquellas cuyas intermitencias llegan a durar años.