—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Erizo en la niebla

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Siento una gran debilidad por los números 3 y 13. Seamos supersticiosas, irracionales, salvajes. La ocasión lo merece: en 2013 empezó el sprint final, aunque el pequeño gran triunfo que ahora me tiene asombrada no pudo ocurrir entonces. Ha ocurrido en 2014, el año de mis 33 idem. Números mágicos, cábala antigua.

Han sido dos años extraños, a cada cual mejor, que culminan con la mejor noticia posible: haciendo cumbre, la que me propuse hace trece años.

La cautela habitual grita desde el hueco en el que vive instalada: ¿y si dura solo estos seis meses? ¿Y si es un espejismo?

Pero qué más da. Puede que los triunfos sean efímeros, puede que no, pero las lecciones permanecen. Y tú tienes mala memoria, así que recuerda:

La victoria es de los que saben... ¿qué? ¿Esperar? No exactamente. La victoria es de los que son elásticos, saben adaptarse a las circunstancias, saben cuándo toca que los sueños hibernen y cuándo hay que hacer caso al prurito que te dice "retómalos ahora". Esas personas están bien pendientes del paso de los momentos propicios y entonces se lanzan a trabajar por un futuro incierto sin temer al vértigo. También saben filtrar el peso (cuáles son válidas y cuáles no) de las opiniones contrarias, los gestos que se tuercen y las confianzas que se ponen en duda.

Claro que no he podido hacerlo solo con mi empeño. Los elementos circunstanciales también han sido importantes:
Buena parte de suerte, que hizo encaje de bolillos con ciertos lugares, ciertos momentos, ciertas personas.
La salud, que no se me puso en contra.
Algún dinero, que ayudó a conseguir la felicidad.
El amor, uno no convencional. Basta con una sola persona que te aliente de forma casi incondicional, una sola basta, si su criterio se ha ganado tu respeto con los años.

¿Pero cuáles han sido los que me han salido de dentro?
La curiosidad.
Mis ganas de retarme.
La liberación de la vergüenza que me ha atenazado durante mucho tiempo.
La falta de temor a perder las cuatro cosas flacas, insuficientes, que había conseguido en la vida.

Que no se te olvide.

En esta noche de fin de año, que mi sinestesia particular imagina hundida en la oscuridad más recogida y silenciosa del calendario, junto a una buena chimenea ante la que poner la mente del presente en blanco, hacer balance del pasado y construir pequeñas ilusiones de futuro, comparto esta animación nocturna. Es muy bueno tener rutinas sencillas y permanentes, plácidas piedras de toque. Tanto como lo es, de vez en cuando, dejarse llevar por la curiosidad e internarse en la amenazadora niebla de lo desconocido.

Erizo en la niebla (1975), dirigido por Yuriy Norshteyn y escrito por Sergei G. Kozlov.