—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Un vórtice de espanto

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España también está lejos, dijo Silva, aquí estamos en Portugal. Será así, dijo Pereira, pero aquí tampoco van bien las cosas, la policía campa por sus respetos, mata a la gente, hay registros, censuras, éste es un estado autoritario, la gente no cuenta para nada, la opinión pública no cuenta para nada. Silva le miró y dejó el tenedor. Escúchame con atención, Pereira, dijo Silva, ¿tú crees aún en la opinión pública? Pues bien, la opinión pública es un truco que han inventado los anglosajones, los ingleses y los americanos, son ellos los que nos están llenando de mierda, perdona la expresión, con esa idea de la opinión pública, nosotros no hemos tenido nunca su sistema político, no tenemos sus tradiciones, no sabemos lo que son los 'trade unions', nosotros somos gente del Sur, Pereira, y obedecemos a quien grita más, a quien manda. Nosotros no somos gente del Sur, objetó Pereira, tenemos sangre celta. Pero vivimos en el Sur, el clima no favorece nuestras ideas políticas, 'laissez faire', 'laissez passer', es así como estamos hechos [...].
'Sostiene Pereira', Antonio Tabucchi (1994). Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira

Hay muchas formas de novelar la locura fascista que se apoderó de Europa en la primera mitad del siglo XX, y yo —V. apolítica de sangre celta viviendo en el Sur— por casualidad acabo de leer dos muy distintas, una detrás de otra.

Se puede describir como hace Tabucchi en 'Sostiene Pereira', haciendo de voyeur de una vida. Con expresiones sencillísimas, se traza la existencia de un hombre discreto, Pereira, no muerto en vida pero sí sumergido en una burbuja de indiferencia que evita que el mundo roce sus preocupaciones. A esta vida no se la persigue, solo se la observa con respeto. Sus circunstancias son banales: omelette a las finas hierbas; el retrato de su esposa de sonrisa lejana; paseos por las rúas de Lisboa. Pero mientras se le acompaña se asiste a un mundo terrorífico, del que algunas veces no se nos cuentan sus sucesos concretos, solo las emociones que despiertan en el resto de personajes. Con la misma sencillez, Tabucchi describe cómo Pereira sufre un cambio y se rebela sin alharacas, a la manera de un hombre que quería vivir tranquilo pero que termina por entender que a veces algo tan poca cosa, querer vivir tranquilo, es una blasfemia si se atiende a las circunstancias. Uno observa ese cambio de mentalidad y esa rebelión, y no le queda más remedio que aprobarlos. La obra no analiza los porqués del ascenso de los totalitarismos: solo se pregunta de qué lado se va a poner este personaje con respecto a ellos. Su elección viene a ser una lección de principios para quienes aún no nos hemos visto en el brete de tener que formularlos.

Pero también se puede novelar su aparición muy a lo barroco y alegórico, como hace Thomas Pynchon en 'V.', filosofando sobre la entropía del universo, cuya tendencia al caos atenaza también a la especie humana. En este caso se inventan multitud de personajes de ricas personalidades que viven decenas de situaciones sublimes o ridículas, se mueven por chozas y palacios, recorren el mundo entero de la Antártida a Italia pasando por Estados Unidos, Vheissu, Alemania y Egipto, piensan en el infinito y en las bacterias de su estómago, hablan de sí mismos en tercera persona o recorren las cloacas para cazar caimanes de leyenda urbana. Todo este estrambótico armazón se pone al servicio de la persecución de la inicial V., encarnación de un arquetipo ominoso que juega al gato y al ratón con el lector para no dejarle nunca estar seguro de si se trata de una mujer, de la última región ignota y amoral de la Tierra o de un cuadro renacentista.

Acaba siendo una mujer, o algo parecido, que según algunas interpretaciones encarna el concepto del fascismo; según otras, el mecanicismo en el que se sumerge la civilización occidental cuando termina el siglo XIX y que deshumaniza la naturaleza humana; según unas terceras todavía, la decadencia de la humanidad al verse atrapada en el tirón de la inercia que arrastra al universo entero hacia el caos.

V. es todo ello al mismo tiempo, en mi opinión. Se la escribe como un ser animado enamorado de lo inanimado, siempre presente en las situaciones geopolíticas convulsas de la primera mitad del siglo XX, ocurran en Egipto, en la actual Namibia o en Malta. En 1899, V. es un personaje con el que el lector puede empatizar: ex-novicia de diecinueve años, valiente y serena, intuitiva e inteligente, sensible y agradable, capaz de hacer algo parecido a enamorarse, aunque ya ha estado involucrada en una muerte y no deja que el pulso se le altere ante la salvaje fuerza masculina desatada en violencia sin freno. Para los años 30, V. se ha diluido como personaje empático hasta convertirse en una mujer-robot de mediana edad con un corazón de engranajes y tinieblas que encuentra placer en la sordidez y la tiranía. La transición entre una V. y otra es demasiado brusca pero está hecho probablemente a propósito: se pasa de repente de un personaje rico a otro caricaturesco y plano, para terminar con una V. de vacío entre las manos. Una V. de vacuidad.

Al final, las dos obras hablan de un vórtice de espanto. Una sima de oscuridad peor que lovecraftiana, porque casi sería un alivio que hubiera dioses-monstruos de kilómetros de altura aguardando su hora dormidos bajo los hielos del Polo; pero como no los hay, tampoco tienen significado alguno, y son más terroríficos si cabe, los afanes de los seres humanos que se devoran a sí mismos.
Aquella Victoria estaba siendo gradualmente sustituida por V.: algo enteramente distinto, para lo que el joven siglo no tenía aún nombre. Todos nos vemos comprometidos en alguna medida en la política de ir muriendo poco a poco, pero la pobre Victoria había entrado también en íntimo contacto con las Cosas del Cuarto Trasero.
Si V. hubiera sospechado siquiera que su fetichismo formaba parte de una conspiración dirigida contra el mundo animado, del súbito establecimiento aquí de una colonia del Reino de la Muerte, se podría haber justificado la opinión que se mantenía en el Roosty Spoon de que Stencil estaba buscando en ella su propia identidad.
[...]
Si hay alguna moraleja política que sacar de este mundo —escribió en cierta ocasión Stencil en su diario— es la de que conducimos los asuntos de este siglo con una intolerable doble visión. Derecha e izquierda: el invernadero y la calle. La derecha tan sólo puede vivir y trabajar herméticamente en el invernadero del pasado, mientras que fuera, la izquierda prosigue su labor en las calles manipulando la violencia multitudinaria. Y sólo puede vivir en el paisaje soñado del futuro.
¿Qué ha pasado con el presente real, con los hombres apolíticos, con la Media Aurea que una vez fuera respetable? Obsoleta. O en todo caso, se ha perdido de vista. En un Occidente con tales extremos nos cabe esperar, como mínimo, un populacho altamente "alineado" dentro de no tantos años.
[...]
La revuelta era su elemento, tan segura como esa habitación oscura, en la que los objetos se amontonaban invadiéndola casi por entero. La calle y el invernadero; en V. se resolvían, mediante algún tipo de magia, los dos extremos. Le asustaba.
'V.', de Thomas Pynchon (1961). Traducción de Carlos Martín Ramírez

 Firmado: V. apolítica de sangre celta viviendo en el Sur

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Irracional

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Ya puede el mundo seguir girando, alimentado con gasóleo de fuegos fatuos. Que a mí me ha mirado el sol esta noche y, para que no quede duda alguna cuando el recuerdo se diluya, marcada a fuego llevo su insignia aquí en mi barba, aquí en mi pecho.

Ya puede venir la Dama Sombría con su reloj que marca los instantes. Que ya el sueño que anhelé mientras surcaba los mares del Sur se hizo carne, lengua, ojos; intruso y delirio en las entrañas; caricias y orgasmo aquí en mi espíritu.

Ya puede abrazarme la maldición del Uno y convertir mi vida en años interminables y solitarios. Que él me ha llamado, literariamente, 'mi pequeña': un instante de alegría vicaria y vida plena.

Emocionarse o ser

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De entre todos los misterios del mundo, el que me tiene ocupada estos días mezcla literatura, psicología y comprensión lectora. La literatura aporta el nombre de Tolstoi; la psicología, un síndrome que, al menos en castellano (en inglés es otra cosa muy distinta), lleva el nombre del personaje femenino más conocido del escritor ruso: Anna Karenina; la comprensión lectora aporta un fallo, pero no sé si es la mía o la de todos los demás.

Dondequiera que consultes, leerás que el "síndrome de Anna Karenina" se caracteriza por un amor excesivamente entregado por alguien que no corresponde en igual medida. En esta ausencia de correspondencia está la clave de mi confusión.
«La tragedia de Anna Karenina [la amante] radicó en el momento en que Vronsky [el amado], habiendo conseguido lo que deseaba, experimenta finalmente el aburrimiento de la consumación» (La mente es maravillosa).

«A Vronsky will make a mess of your life and disappear when it’s time to pick up the pieces. Among his priorities, you fall somewhere between (1) take care of self and (10) change that light bulb. The lasting bequest of any involvement with Vronsky seems to be emotional ruin» (JBooks).

«Su incondicional entrega se corresponde a medias con la de su amado. Aunque al principio Vronsky se desboca por lograr su apreciado trofeo, luego caerá en lo que Schopenhauer advirtió: el aburrimiento. Allí donde ella empuja, él solo frena. Allí donde nació la pasión, ahora pervive la frustración. [...] Con algo más de paciencia, con algo más de cordura y con los ojos bien abiertos se hubiera dado cuenta de la inconsistencia de su amado» (El País).
Aunque se encuentran (Mejor con salud), es difícil localizar un análisis que no ponga a Aleksei Vronsky a caer de un burro. Sin embargo, no hace falta que el amado te rompa el corazón para que tu amor obsesivo sea perjudicial.

Rompo una lanza a favor del vapuleado Vronsky: no le vi inconsistente como personaje en absoluto (falto de atractivo sí, pero eso es otra cosa), y sí en cambio desorientado por la personalidad obsesiva de Karenina, que la vuelve celosa y deteriora su personalidad, lo cual lleva al hombre al desánimo. Pero este desánimo no impide que, con todas las limitaciones de su propio carácter, Vronsky sea no solo amado sino también amante —en su significado más literal— hasta el último momento... y más allá.

¿Por qué se autodestruye Karenina? Ya he mencionado su actitud obsesiva, que la hace creer que Vronsky ya no la ama. Pero ¿qué desencadena esta actitud? En mi opinión, la ausencia de un espíritu elevado. Para explicar lo que quiero decir la compararé con el personaje de Konstantin Levin, trasunto del Tolstoi y a quien considero el verdadero antagonista de Karenina. Solo interactúan una vez y sus destinos no se influyen mutuamente ni para bien ni para mal, pero en mi opinión uno de los temas de la novela es el contraste entre personalidades apolíneas y dionisíacas.

Levin pasa todo lo que le ocurre por los filtros de su raciocinio y de su alma. Tiene un examinador interno que cuestiona cada aspecto de su vida: no solo los sentimientos que le embargan por Kity Shcherbátskaya, sino también las decisiones que toma, las cuestiones políticas y sociales en las que quiere implicarse, la relación con sus hermanos, la deriva del país, el papel del campesinado y de la clase obrera. Este examinador interno tiene inquietudes de trascendencia y Dios es una figura muy importante para él: primero para negarle, finalmente para acabar aceptándole. Este fue, según parece, un proceso que vivió el propio Tolstoi.

Karenina, por el contrario, nunca se cuestiona nada, vive por y para unas emociones que la zarandean y la arrollan, e interactúa con los demás en función de ellas y de las circunstancias: cuando cae enferma siente una ternura admirativa y ensalzadora por el marido al que ha abandonado por Vronsky, pero cuando se pone buena desarrolla hacia él un asco que no puede controlar; en algún momento puntual percibe a su hijo como una carga, pero cuando le pierde pasa a adorarlo con una pasión entrañable y a idealizarlo como un hijo "mejor" que la pequeña nacida de su relación con Vronsky, por la que siente a veces ternura y a veces indiferencia; cuando conoce a Levin, su trato se limita a una coquetería superficial con la que demostrarse que conserva su poder hechizante sobre los hombres, impidiéndose así entablar amistad con una persona fuera de lo común, que le habría hecho mucho bien tener cerca.

Con este panorama, no extraña que su pasión amorosa por Vronsky sobrepase varios límites y se convierta en una emoción insana, en unos celos enfermizos que deterioran la relación. Karenina no maneja nada bien lo que de incertidumbre tiene el amor (que no es poco), y esto le impide disfrutar de todas sus demás vertientes. No se puede olvidar, por cierto, que su posición es injusta y delicada: mientras él puede retomar su vida social sin ninguna censura, a ella la sociedad rusa la aísla y la obliga a relacionarse casi solo con él. Una posición difícil de sobrellevar para cualquiera, cuanto más para una mujer que está gobernada por sus emociones y no medita quién es, ni sus acciones, ni hacia dónde quiere ir.

Mientras Levin se salva de su inicial fracaso amoroso volcándose en otros aspectos de su persona que son fundamentalmente sociales y espirituales, a Karenina se le niegan los primeros porque la sociedad rusa la priva de vida social, y también los segundos porque Tolstoi la priva de inquietudes espirituales. Jamás piensa en ninguna divinidad. Que yo recuerde, solo en una ocasión nombra a Dios, pero es una exclamación de desesperación suprema como esas que también a los agnósticos se nos escapan. Se le atribuye al escritor ruso esta frase: «No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo». ¿Y en qué cree Anna Karenina? En nada. Cuando surge la inseguridad se aferra por unas semanas a su "encanto". Cuando este "encanto" en su opinión falla, no queda nada más por hacer ni por ser.

Entonces, ¿un amor grandioso por quien no lo merece? No. ¿Una pasión insana y obsesiva que solo produce angustia, y destruye la personalidad porque hace girar toda la vida en torno a ella? Sí.

Sabía cuál era el destino del personaje desde la primera página (por eso no he conseguido implicarme mucho con la montaña rusa de la relación amorosa), aun así sus últimas líneas me han tomado por sorpresa. Son de las más conmovedoras que he leído nunca.

Autor: Oleg Shupliak

Mutación

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La gallardía de las nuevas construcciones era espectacular, pero la ciudad que acababa de morir dejó su impronta en el aire durante años. El polvo quedó suspendido sobre la meseta y, aunque pareció que el viento lo arrastraría enseguida, no terminó de marcharse; se mantuvo allí como recordatorio de una caída que, pese a haber sucedido en minutos, había sido en realidad un derrumbe a cámara lentísima.

Algunas tardes de primavera, el trueno cantaba con la lluvia en las esquinas más lejanas de la ciudad, allí donde sus perfiles se confundían con la bruma deshilachada de la tormenta y se adivinaban algunos retazos de cielo azul, mientras los adultos se hacían viejos atesorando traumas. Los bebés coleccionaban insólitas alergias otoñales, que adornaban con mocos sus tristes caritas de crepúsculo. Con el tiempo, solo los niños que en invierno escudriñaban los copos de nieve en sus microscopios los encontraban tiznados de gris. Y pasadas las décadas, las chicas y chicos que se tomaban los rincones históricos con un rictus de guasa en el rostro mientras vivían sus historias de amor y dramas veraniegos, todavía tenían que retirar alguna que otra mota oscura, llegada de no se sabía bien dónde y que contrastaba muy feamente con sus impecables pieles de alabastro.

Sin embargo, otro había sido el peor efecto: la caída había creado una membrana de insania psicótica que dividió en dos a la ciudad para siempre. Quienes habían cumplido los treinta y cuatro en el año de la caída acusaron el trauma a nivel epidérmico y, lidiando con él a pelo o psiquiatras mediante, lograron hacerse viejos conservando una cierta estabilidad vital. Pero muchos de los que no habían alcanzado tal edad en aquel año de gloria desarrollaron personalidades desorientadas con las que se auto-percibían a través de enfoques fantásticos; actitudes extravagantes que les llevaban a relacionarse con los demás de maneras aberrantes; temperamentos distorsionados que les hacían desplegar frente al mundo reacciones estrambóticas.

Y el desquiciamiento fue creciendo a medida que las generaciones transcurrían.

Paranoia Agent (2004), Satoshi Kon.


Trozos

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Historias --> emociones vs valores éticos

Días sin huella, Los mejores años de nuestra vida, Eva al desnudo, La ley del silencio, Marty, Lawrence de Arabia, El apartamento, Ben-Hur, El cazador, Annie Hall, Alguien voló sobre el nido del cuco, El padrino I y II, El golpe, The French Connection, Patton, Cowboy de medianoche, Amadeus, Sin perdón, El silencio de los corderos.

https://unapaginaunminuto.wordpress.com/2014/06/02/10-consejos-de-billy-wilder-sobre-como-hacer-una-pelicula/

El silencio de Madrid

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Tras varias intrépidas aventuras, acabo de trasladarme al barrio de Chamberí y empiezo una nueva etapa vital.

Lo primero que hice el primer fin de semana que pasé aquí fue acercarme hasta la biblioteca Central para pasar una mañana de sábado leyendo. Tenía en mi cabeza algo parecido a la Manuel Alvar, que además de las mesas para los estudiantes ofrece por aquí y por allí algunos cómodos sofás de lectura.

Me equivoqué. En la Central todo está pensado para el estudiante, y a mayores solo pude ver algunos bancos de metal junto a las escaleras, con mucha pinta de incómodos. La sala de revistas es para los lectores de revistas, y yo que a veces me he saltado algunas normas, esta la respeté absurdamente.

Un poco decepcionada, el sábado siguiente fui hasta la Universidad Pontificia de Comillas: el uso de la biblioteca es exclusivo para alumnos. Hasta la biblioteca pública José Acuña, aunque no parece que vayan a tener sofás allí: los sábados por las tardes está cerrada. Hasta el Centro Cultural Conde Duque: solo abren de lunes a viernes.

Además de pecar de clásica, fui un poco ingenua. Debería haber consultado primero el internet, que lo sabe todo.


Miedos

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"Todo un hombre", de Tom Wolfe (1998).

Charlie Croker tiene miedo a perder las posesiones materiales que tanto le ha costado conseguir; las mil descripciones de todo lo que es importante para él son obscenas y vulgares.
A Martha Croker le espanta el ninguneo social; lo que se le escapa entre los dedos es insignificante, ridículo.
A Ray Peepgass le aterroriza la pobreza; sitúa su idea de la dignidad en un plano equivocado.
A Roger White le asusta no encajar ni entre blancos ni entre negros; no basa sus decisiones ni su idea del triunfo en convicciones propias, sino en lo que piensan o pensarán los demás.
Wes Jordan teme perder el poder; una adicción que se alimenta de los miedos ajenos.
A Conrad Hensley le da pánico traicionar los valores en los que cree y que desea transmitir a sus hijos. A diferencia de casi todos los demás paga un alto precio por este miedo, pero también a diferencia de ellos, es el único ajeno a ese mezquino súcubo llamada cobardía.

Crece

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Boyhood, de Richard Linklater (2002-2013). Jamás volvería a verla, pero olé por su singularidad. La siguiente:

Al cine le gusta mucho narrar las etapas vitales a través de la superación de ritos. En el caso de la infancia/adolescencia, el protagonista siempre pasa por los mismos dolores y los mismos gozos: que tus padres ya no se quieran; que tu padre/madre se caiga del pedestal; el primer beso; la primera vez que te enfrentas a los matones o las pijas bobas del colegio; el baile del instituto y la graduación (en los USA); la pérdida de la virginidad; el primer amor; el triunfo académico; el primer trabajo de porquería; etcétera, etcétera, etcétera.

Supongo que esta narrativa servirá al propósito de mostrar el aprendizaje vital del que nos empapamos al enfrentarnos a estas situaciones. Al fin y al cabo, con menos épica y menos instrumentos de cuerda, casi todas las vidas ordinarias están estructuradas así en buena parte.

Lo que aprecio de Boyhood es que se haya centrado en lo que la vida nos enseña en los tiempos muertos que hay entre rito y rito. Lo que en otras películas es central, aquí aparece esquinado (divorcio), se insinúa (bullying) o directamente ni se enseña (el primer beso, la intensidad o la torpeza de los primeros amores). Uno de los puntos álgidos, una de las breves tensiones argumentales, se basa en la traición a una promesa de infancia que jamás llega a verse en pantalla. Obviamente 'pasan cosas': los padrastros fallidos, las mudanzas constantes, el desarraigo, en definitiva. Pero la película no va de eso.

A mí me deja el recordatorio de que la vida es un eterno momento presente que fluye silencioso en una corriente de tiempo que no espera a nadie. Que es cierto que, como canta Hawke, no podremos bañarnos dos veces en el mismo río, porque río, bañista, tiempo, cielo y todo lo demás serán ya otra cosa la segunda vez. No hay asideros, no hay puntos de apoyo. Podemos reaccionar ante esta verdad como queramos, con frustración, ira o perplejidad según sea nuestro carácter, pero la vida seguirá pasando y careciendo de significado, más allá del que queramos darle en nuestro interior. La cosa no va de pactar con un dios, la justicia o algo más grande que nosotros mismos. El pacto es solo con nosotros mismos y con todo lo que nos importa. Si lo que nos importa está a gran escala, acabaremos involucrando un dios, la justicia, el futuro, cualquier cosa inmensa que nos trascienda. Pero qué bien nos iría si fuéramos conscientes de que esto no es nada más que, en última instancia, un pacto interno con aquel, aquella, que llevamos dentro.

...

Por un momento se me ha pasado por la cabeza el final de El forastero misterioso de Mark Twain, pero no. No es esta mi idea del mundo. Qué terribles serían las relaciones con los demás bajo ese punto de vista.