—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Mutación

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La gallardía de las nuevas construcciones era espectacular, pero la ciudad que acababa de morir dejó su impronta en el aire durante años. El polvo quedó suspendido sobre la meseta y, aunque pareció que el viento lo arrastraría enseguida, no terminó de marcharse; se mantuvo allí como recordatorio de una caída que, pese a haber sucedido en minutos, había sido en realidad un derrumbe a cámara lentísima.

Algunas tardes de primavera, el trueno cantaba con la lluvia en las esquinas más lejanas de la ciudad, allí donde sus perfiles se confundían con la bruma deshilachada de la tormenta y se adivinaban algunos retazos de cielo azul, mientras los adultos se hacían viejos atesorando traumas. Los bebés coleccionaban insólitas alergias otoñales, que adornaban con mocos sus tristes caritas de crepúsculo. Con el tiempo, solo los niños que en invierno escudriñaban los copos de nieve en sus microscopios los encontraban tiznados de gris. Y pasadas las décadas, las chicas y chicos que se tomaban los rincones históricos con un rictus de guasa en el rostro mientras vivían sus historias de amor y dramas veraniegos, todavía tenían que retirar alguna que otra mota oscura, llegada de no se sabía bien dónde y que contrastaba muy feamente con sus impecables pieles de alabastro.

Sin embargo, otro había sido el peor efecto: la caída había creado una membrana de insania psicótica que dividió en dos a la ciudad para siempre. Quienes habían cumplido los treinta y cuatro en el año de la caída acusaron el trauma a nivel epidérmico y, lidiando con él a pelo o psiquiatras mediante, lograron hacerse viejos conservando una cierta estabilidad vital. Pero muchos de los que no habían alcanzado tal edad en aquel año de gloria desarrollaron personalidades desorientadas con las que se auto-percibían a través de enfoques fantásticos; actitudes extravagantes que les llevaban a relacionarse con los demás de maneras aberrantes; temperamentos distorsionados que les hacían desplegar frente al mundo reacciones estrambóticas.

Y el desquiciamiento fue creciendo a medida que las generaciones transcurrían.

Paranoia Agent (2004), Satoshi Kon.


Trozos

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Historias --> emociones vs valores éticos

Días sin huella, Los mejores años de nuestra vida, Eva al desnudo, La ley del silencio, Marty, Lawrence de Arabia, El apartamento, Ben-Hur, El cazador, Annie Hall, Alguien voló sobre el nido del cuco, El padrino I y II, El golpe, The French Connection, Patton, Cowboy de medianoche, Amadeus, Sin perdón, El silencio de los corderos.

https://unapaginaunminuto.wordpress.com/2014/06/02/10-consejos-de-billy-wilder-sobre-como-hacer-una-pelicula/

El silencio de Madrid

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Tras varias intrépidas aventuras, acabo de trasladarme al barrio de Chamberí y empiezo una nueva etapa vital.

Lo primero que hice el primer fin de semana que pasé aquí fue acercarme hasta la biblioteca Central para pasar una mañana de sábado leyendo. Tenía en mi cabeza algo parecido a la Manuel Alvar, que además de las mesas para los estudiantes ofrece por aquí y por allí algunos cómodos sofás de lectura.

Me equivoqué. En la Central todo está pensado para el estudiante, y a mayores solo pude ver algunos bancos de metal junto a las escaleras, con mucha pinta de incómodos. La sala de revistas es para los lectores de revistas, y yo que a veces me he saltado algunas normas, esta la respeté absurdamente.

Un poco decepcionada, el sábado siguiente fui hasta la Universidad Pontificia de Comillas: el uso de la biblioteca es exclusivo para alumnos. Hasta la biblioteca pública José Acuña, aunque no parece que vayan a tener sofás allí: los sábados por las tardes está cerrada. Hasta el Centro Cultural Conde Duque: solo abren de lunes a viernes.

Además de pecar de clásica, fui un poco ingenua. Debería haber consultado primero el internet, que lo sabe todo.


Miedos

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"Todo un hombre", de Tom Wolfe (1998).

Charlie Croker tiene miedo a perder las posesiones materiales que tanto le ha costado conseguir; las mil descripciones de todo lo que es importante para él son obscenas y vulgares.
A Martha Croker le espanta el ninguneo social; lo que se le escapa entre los dedos es insignificante, ridículo.
A Ray Peepgass le aterroriza la pobreza; sitúa su idea de la dignidad en un plano equivocado.
A Roger White le asusta no encajar ni entre blancos ni entre negros; no basa sus decisiones ni su idea del triunfo en convicciones propias, sino en lo que piensan o pensarán los demás.
Wes Jordan teme perder el poder; una adicción que se alimenta de los miedos ajenos.
A Conrad Hensley le da pánico traicionar los valores en los que cree y que desea transmitir a sus hijos. A diferencia de casi todos los demás paga un alto precio por este miedo, pero también a diferencia de ellos, es el único ajeno a ese mezquino súcubo llamada cobardía.

Crece

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Boyhood, de Richard Linklater (2002-2013). Jamás volvería a verla, pero olé por su singularidad. La siguiente:

Al cine le gusta mucho narrar las etapas vitales a través de la superación de ritos. En el caso de la infancia/adolescencia, el protagonista siempre pasa por los mismos dolores y los mismos gozos: que tus padres ya no se quieran; que tu padre/madre se caiga del pedestal; el primer beso; la primera vez que te enfrentas a los matones o las pijas bobas del colegio; el baile del instituto y la graduación (en los USA); la pérdida de la virginidad; el primer amor; el triunfo académico; el primer trabajo de porquería; etcétera, etcétera, etcétera.

Supongo que esta narrativa servirá al propósito de mostrar el aprendizaje vital del que nos empapamos al enfrentarnos a estas situaciones. Al fin y al cabo, con menos épica y menos instrumentos de cuerda, casi todas las vidas ordinarias están estructuradas así en buena parte.

Lo que aprecio de Boyhood es que se haya centrado en lo que la vida nos enseña en los tiempos muertos que hay entre rito y rito. Lo que en otras películas es central, aquí aparece esquinado (divorcio), se insinúa (bullying) o directamente ni se enseña (el primer beso, la intensidad o la torpeza de los primeros amores). Uno de los puntos álgidos, una de las breves tensiones argumentales, se basa en la traición a una promesa de infancia que jamás llega a verse en pantalla. Obviamente 'pasan cosas': los padrastros fallidos, las mudanzas constantes, el desarraigo, en definitiva. Pero la película no va de eso.

A mí me deja el recordatorio de que la vida es un eterno momento presente que fluye silencioso en una corriente de tiempo que no espera a nadie. Que es cierto que, como canta Hawke, no podremos bañarnos dos veces en el mismo río, porque río, bañista, tiempo, cielo y todo lo demás serán ya otra cosa la segunda vez. No hay asideros, no hay puntos de apoyo. Podemos reaccionar ante esta verdad como queramos, con frustración, ira o perplejidad según sea nuestro carácter, pero la vida seguirá pasando y careciendo de significado, más allá del que queramos darle en nuestro interior. La cosa no va de pactar con un dios, la justicia o algo más grande que nosotros mismos. El pacto es solo con nosotros mismos y con todo lo que nos importa. Si lo que nos importa está a gran escala, acabaremos involucrando un dios, la justicia, el futuro, cualquier cosa inmensa que nos trascienda. Pero qué bien nos iría si fuéramos conscientes de que esto no es nada más que, en última instancia, un pacto interno con aquel, aquella, que llevamos dentro.

...

Por un momento se me ha pasado por la cabeza el final de El forastero misterioso de Mark Twain, pero no. No es esta mi idea del mundo. Qué terribles serían las relaciones con los demás bajo ese punto de vista.