—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Emocionarse o ser

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De entre todos los misterios del mundo, el que me tiene ocupada estos días mezcla literatura, psicología y comprensión lectora. La literatura aporta el nombre de Tolstoi; la psicología, un síndrome que, al menos en castellano (en inglés es otra cosa muy distinta), lleva el nombre del personaje femenino más conocido del escritor ruso: Anna Karenina; la comprensión lectora aporta un fallo, pero no sé si es la mía o la de todos los demás.

Dondequiera que consultes, leerás que el "síndrome de Anna Karenina" se caracteriza por un amor excesivamente entregado por alguien que no corresponde en igual medida. En esta ausencia de correspondencia está la clave de mi confusión.
«La tragedia de Anna Karenina [la amante] radicó en el momento en que Vronsky [el amado], habiendo conseguido lo que deseaba, experimenta finalmente el aburrimiento de la consumación» (La mente es maravillosa).

«A Vronsky will make a mess of your life and disappear when it’s time to pick up the pieces. Among his priorities, you fall somewhere between (1) take care of self and (10) change that light bulb. The lasting bequest of any involvement with Vronsky seems to be emotional ruin» (JBooks).

«Su incondicional entrega se corresponde a medias con la de su amado. Aunque al principio Vronsky se desboca por lograr su apreciado trofeo, luego caerá en lo que Schopenhauer advirtió: el aburrimiento. Allí donde ella empuja, él solo frena. Allí donde nació la pasión, ahora pervive la frustración. [...] Con algo más de paciencia, con algo más de cordura y con los ojos bien abiertos se hubiera dado cuenta de la inconsistencia de su amado» (El País).
Aunque se encuentran (Mejor con salud), es difícil localizar un análisis que no ponga a Aleksei Vronsky a caer de un burro. Sin embargo, no hace falta que el amado te rompa el corazón para que tu amor obsesivo sea perjudicial.

Rompo una lanza a favor del vapuleado Vronsky: no le vi inconsistente como personaje en absoluto (falto de atractivo sí, pero eso es otra cosa), y sí en cambio desorientado por la personalidad obsesiva de Karenina, que la vuelve celosa y deteriora su personalidad, lo cual lleva al hombre al desánimo. Pero este desánimo no impide que, con todas las limitaciones de su propio carácter, Vronsky sea no solo amado sino también amante —en su significado más literal— hasta el último momento... y más allá.

¿Por qué se autodestruye Karenina? Ya he mencionado su actitud obsesiva, que la hace creer que Vronsky ya no la ama. Pero ¿qué desencadena esta actitud? En mi opinión, la ausencia de un espíritu elevado. Para explicar lo que quiero decir la compararé con el personaje de Konstantin Levin, trasunto del Tolstoi y a quien considero el verdadero antagonista de Karenina. Solo interactúan una vez y sus destinos no se influyen mutuamente ni para bien ni para mal, pero en mi opinión uno de los temas de la novela es el contraste entre personalidades apolíneas y dionisíacas.

Levin pasa todo lo que le ocurre por los filtros de su raciocinio y de su alma. Tiene un examinador interno que cuestiona cada aspecto de su vida: no solo los sentimientos que le embargan por Kity Shcherbátskaya, sino también las decisiones que toma, las cuestiones políticas y sociales en las que quiere implicarse, la relación con sus hermanos, la deriva del país, el papel del campesinado y de la clase obrera. Este examinador interno tiene inquietudes de trascendencia y Dios es una figura muy importante para él: primero para negarle, finalmente para acabar aceptándole. Este fue, según parece, un proceso que vivió el propio Tolstoi.

Karenina, por el contrario, nunca se cuestiona nada, vive por y para unas emociones que la zarandean y la arrollan, e interactúa con los demás en función de ellas y de las circunstancias: cuando cae enferma siente una ternura admirativa y ensalzadora por el marido al que ha abandonado por Vronsky, pero cuando se pone buena desarrolla hacia él un asco que no puede controlar; en algún momento puntual percibe a su hijo como una carga, pero cuando le pierde pasa a adorarlo con una pasión entrañable y a idealizarlo como un hijo "mejor" que la pequeña nacida de su relación con Vronsky, por la que siente a veces ternura y a veces indiferencia; cuando conoce a Levin, su trato se limita a una coquetería superficial con la que demostrarse que conserva su poder hechizante sobre los hombres, impidiéndose así entablar amistad con una persona fuera de lo común, que le habría hecho mucho bien tener cerca.

Con este panorama, no extraña que su pasión amorosa por Vronsky sobrepase varios límites y se convierta en una emoción insana, en unos celos enfermizos que deterioran la relación. Karenina no maneja nada bien lo que de incertidumbre tiene el amor (que no es poco), y esto le impide disfrutar de todas sus demás vertientes. No se puede olvidar, por cierto, que su posición es injusta y delicada: mientras él puede retomar su vida social sin ninguna censura, a ella la sociedad rusa la aísla y la obliga a relacionarse casi solo con él. Una posición difícil de sobrellevar para cualquiera, cuanto más para una mujer que está gobernada por sus emociones y no medita quién es, ni sus acciones, ni hacia dónde quiere ir.

Mientras Levin se salva de su inicial fracaso amoroso volcándose en otros aspectos de su persona que son fundamentalmente sociales y espirituales, a Karenina se le niegan los primeros porque la sociedad rusa la priva de vida social, y también los segundos porque Tolstoi la priva de inquietudes espirituales. Jamás piensa en ninguna divinidad. Que yo recuerde, solo en una ocasión nombra a Dios, pero es una exclamación de desesperación suprema como esas que también a los agnósticos se nos escapan. Se le atribuye al escritor ruso esta frase: «No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo». ¿Y en qué cree Anna Karenina? En nada. Cuando surge la inseguridad se aferra por unas semanas a su "encanto". Cuando este "encanto" en su opinión falla, no queda nada más por hacer ni por ser.

Entonces, ¿un amor grandioso por quien no lo merece? No. ¿Una pasión insana y obsesiva que solo produce angustia, y destruye la personalidad porque hace girar toda la vida en torno a ella? Sí.

Sabía cuál era el destino del personaje desde la primera página (por eso no he conseguido implicarme mucho con la montaña rusa de la relación amorosa), aun así sus últimas líneas me han tomado por sorpresa. Son de las más conmovedoras que he leído nunca.

Autor: Oleg Shupliak